Loto rojo Capítulo 21
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Capítulo 21

E l Dragón Celestial avanzó y se posicionó cerca de la bandera verde para poder controlar toda la estrategia.

Había un islote en las inmediaciones de Macao, deshabitado, pero que se utilizaba para las labores de mantenimiento de los barcos cuando no se quería entrar a puerto, y allí podían esconderse sin llamar demasiado la atención para quien no conociera la nave.

Lo bastante cerca como para poder observar la situación y dar órdenes, pero a distancia suficiente como para que el fuego no los alcanzara.

—Tú debes estar a salvo —dijo Chang Pao Tsai a Ching Shih. Alzó la mano para detenerla cuando vio que iba a protestar—. No, esta vez no voy a ceder. Eres un símbolo, que los hombres te vean les levanta la moral. Debes estar aquí, dirigiendo la ofensiva y preparada para huir si las cosas se tuercen.

—No huiré —dijo ella con decisión.

Chang Pao Tsai fue claro y no titubeó.

—Lo harás de ser necesario. Si la batalla no va como esperamos, vete y reagrupa a nuestras fuerzas. Somos muchos y seguiremos siendo una flota temible, incluso si somos derrotados. Pero sin ti a la cabeza no tenemos nada que hacer.

—¿Te quedarás conmigo?

Él negó.

—Desde luego que no. Perdería el respeto de mis hombres, no dejaré que piensen que soy un cobarde. A ti desean protegerte. Conmigo desean luchar. Me llevaré al Estrella Plateada y comandaré el ataque de la retaguardia.

Ching Shih fue consciente de que esta era, con toda probabilidad, la batalla más importante y peligrosa en que nunca se había visto envuelta.

Ni cuando lucharon en las revueltas de los hermanos Tay Son, en Vietnam, se vio metida en un escenario semejante.

Tenía la seguridad de que vencerían, pero si no…

Si Pao Tsai no volvía… Sacudió la cabeza para alejar los malos pensamientos.

Abrazó a Pao Tsai con fuerza y él le devolvió el abrazo con cierta desesperación.

—Merece la pena arriesgar la vida si a cambio consigo un abrazo tuyo.

—Venceremos —dijo ella con una sonrisa en la que no había el más mínimo rastro de duda, guardando sus miedos para sí—. Jiaqing aprenderá que él será el emperador en tierra, pero en los mares nosotros somos la ley. Que tu dios te proteja.

Chang Pao Tsai se marchó y ella se quedó en un barco que se le antojó solitario y vacío, a salvo, lejos de la acción.

Las mujeres y niños a bordo de las naves de la armada, salvo las de la bandera verde, habían sido realojados en algunos de los juncos que en principio no iban a participar: no tenía sentido arriesgar sus vidas para nada.

Las mujeres que habían decidido acompañar a sus hombres no fueron obligadas a dejar las naves: tuvieron la posibilidad de elegir que a Ching Shih le había sido negada.

Suspiró. Se acercó a la pequeña capilla tras la bodega: allí se alojaba la imagen de Kuan Yin, diosa de la piedad y patrona de los marineros.

No recordaba la última vez que había ido allí: tal vez desde que esperaba, cargada de malos presagios, el regreso que nunca se produjo de Cheng Yi.

Encendió una varilla de incienso y, por primera vez en años, rezó.

Todos estaban en sus puestos y el atardecer teñía el horizonte con toda una colección de rosas, rojos y añiles.

Al amanecer del siguiente día se esperaba que hiciera aparición la flota enviada por el emperador.

Esa noche casi no durmió. Sin querer reconocérselo a ella misma, añoraba el sonido de la profunda respiración de Chang Pao Tsai en el jergón a su lado.

También, al mismo tiempo, extrañaba a Cheng Yi.

«¿He sido demasiado ambiciosa?», se preguntó.

«¿Debería haberme conformado con menos, con lo que teníamos cuando me casé contigo?

». Si hubieran seguido como antaño, el emperador nunca los hubiera considerado una amenaza tan grande que hubiera que eliminarla de la faz de la tierra.

«Pero también he conseguido algo que nunca nadie antes había soñado lograr», se dijo.

Y era cierto. El mundo no había visto nunca antes una flota pirata así y, con toda probabilidad, nunca, tras su muerte, volvería a existir nada semejante.

La noche pasó más rápido de lo que le hubiera gustado, aun habiéndola pasado en vela.

Sabía que la luz del amanecer traería consigo la batalla y, con ella, dolor y muerte, aunque seguía confiando en la victoria.

Salió a cubierta antes de que el primer rayo de sol asomara por el horizonte.

Aún no había nadie. La oscuridad de la noche ya se estaba retirando y poco a poco la claridad ganaba la partida.

Ching Shih miró al cielo: sería un día cálido y no parecía que los vientos fueran a arreciar.

Sacó el catalejo y vio casi a ras de la línea del horizonte los puntitos que eran los barcos de la bandera verde.

A estribor, casi indetectables, parte de su escuadra amarilla.

Por delante de ella, separados en pequeños grupos como si estuvieran faenando, o metidos en las calas de la isla en la que se habían refugiado, estaban las banderas violeta y de la serpiente casi al completo.

Con la primera luz del alba vio aparecer por babor el primer barco de la flota imperial. Ya tenía a su lado a Fang, que le había llevado un té, y al contramaestre de la nave, que seguía lo que ocurría con otro catalejo.

—Ahí están —susurró ella, y contuvo la respiración como si así pudiera evitar que los detectaran.

Si conseguían pasar desapercibidos, su táctica podría resultar un éxito.

Si los veían y viraban para atacarlos, un desastre: estarían solos y las flotas negra y amarilla tardarían en acudir a su rescate, pues sus órdenes eran esperar el ataque enemigo a la bandera verde y no tendrían forma de saber qué estaba ocurriendo.

—Vamos allá —dijo el contramaestre.

Siguieron las evoluciones de las naves imperiales en silencio.

La tensión se palpaba en el aire; casi daba miedo abrir la boca.

Hasta el mar estaba en calma. Uno tras otro, los juncos del emperador fueron pasando con la lentitud del suave viento que soplaba ese día.

Una flota inmensa que se dirigía directa hacia donde se encontraba fondeada la bandera verde.

De no haber sido por su espía, pensó Ching Shih, aquello podría haber sido el final de esa escuadra y quién sabe cuántas bajas más se hubieran producido antes de poder reaccionar.

—Son muchos —dijo el hombre a su lado.

—Estamos preparados —contestó ella—. Solo hace falta que no nos vean. Solo eso y saldremos victoriosos.

El sol comenzó su ascenso. Por fin dejaron de aparecer nuevos barcos en el horizonte. Ching Shih soltó el aire despacio. Parecían seguir la ruta prevista y ninguno de ellos daba muestras de que su presencia hubiera supuesto un cambio de estrategia. Los vio acercarse a la bandera verde.

—¡Ahora! —gritó Ching Shih—. ¡En marcha!

Un práctico comenzó a mover las banderas por babor y otro por estribor.

Poco a poco, cada nave iba repitiendo el mensaje a los juncos colindantes y el gong sonó indicando que era la hora.

Los barcos escondidos en las calas salieron a mar abierto y se unieron a sus compañeros, que se iban agrupando.

La flota imperial estaba a la suficiente distancia como para no percatarse de que los seguían, pero, incluso si lo hacían, no tendrían tiempo ya de reaccionar.

Cuando el sol estaba ya en lo alto y calentaba con fuerza comenzaron a oírse los cañones.

En cuanto el primero de ellos sonó, la bandera amarilla comenzó a agruparse y a desplazarse hacia la zona de la batalla.

No tardarían nada en llegar. La violeta y la de la serpiente tendrían que ir contra el viento y tardarían un poco más, pero no tanto como para dejar vendido al resto.

El sol todavía estaba alto en el cielo cuando llegaron los refuerzos. El Dragón Celestial avanzó: Ching Shih necesitaba una mejor visión de lo que estaba ocurriendo y se encontraba demasiado lejos. Además, si debía tocar a retirada, no la oirían desde allí.

Pronto se encontró en donde quería estar.

El olor a pólvora llegaba hasta su nariz y las columnas de humo que salían de los barcos en llamas se veían con claridad.

Mirar tanto rato y de forma tan fija a través del catalejo hacía que le lloraran los ojos.

Tenía el corazón en un puño y trataba de hacerse una composición de la situación a través de lo que observaba desde el puente de mando.

«Ojalá estuviera allí», pensó impotente.

—¡Atacad! —gritó Chang Pao Tsai desde el puente de mando del Estrella Plateada .

Se habían puesto en marcha en cuanto oyó el primer cañonazo y habían tardado muy poco tiempo en llegar a la zona de la contienda.

La bandera verde estaba en clara inferioridad numérica e, incluso con la ayuda que ellos les prestaran, la batalla estaría muy igualada, no había garantías de éxito.

Los artilleros cargaron los cañones, prendieron las mechas y sus piezas escupieron fuego.

Muchos proyectiles alcanzaron su objetivo, otros cayeron al agua.

Siguiendo su ejemplo, el resto de barcos de su escuadra comenzó a disparar.

Hubo un momento de desconcierto entre la armada imperial, pero pronto se oyeron los gongs y gran cantidad de barcos viraron para tenerlos a tiro.

Entonces dispararon y se desató el infierno.

La primera andanada no alcanzó al Estrella Plateada , pero hizo mucho daño al barco que se encontraba a su lado.

Pao Tsai vio los cuerpos desperdigados por cubierta y el palo mayor destrozado y abatido.

Siguieron disparando, unos y otros. La segunda andanada les impactó y destrozó varios paños de su vela trinquete y parte de la borda de estribor.

Un hombre quedó atrapado bajo un barril que resultó desplazado por la explosión.

Chang Pao Tsai corrió a socorrerlo y le ayudó a salir de debajo: salvaría la pierna, pero no le servía de mucho en aquel momento.

—¡Disparad! —volvió a gritar.

Los artilleros corrían como nunca y todo se hacía siguiendo un trabajo en cadena que funcionaba como un reloj: metralla, pólvora, proyectil, mecha, fuego.

Otro cañonazo enemigo impactó en la nave y el mundo tembló bajo los pies de Pao Tsai.

Unos gritos le alertaron de que algo iba mal.

La explosión había hecho que una de las culebrinas se soltara de sus amarres y ahora se desplazaba por la cubierta como un búfalo enfurecido y sin ningún control.

Un marino no se pudo apartar a tiempo y ya no se volvió a levantar. Otros más fueron arrollados.

—¡Controlad el cañón! —gritó Pao Tsai.

Varios hombres se acercaron a él con cuerdas y se las echaron por encima.

En el siguiente bandazo se mantuvieron firmes y, no sin dificultad, consiguieron sujetarlo.

Con ayuda de otros compañeros lo devolvieron a su sitio.

Otro proyectil se enredó en al amantillo de la vela dañada y cayó a cubierta haciendo un agujero en el suelo de madera, sin causar más daños.

Pao Tsai volvió al puente de mando: necesitaba hacerse una idea de cómo iba la batalla.

Su mirada apenas podía abarcar todo el espacio ocupado por barcos.

Con el catalejo llegaba a ver la bandera verde, que parecía estar teniendo problemas, pero que se defendía bien.

Pensó por un momento en las mujeres y niños que había a bordo, a los que no habían podido desalojar porque no daba tiempo.

Se santiguó y miró al cielo: esperaba que cada uno encontrase su recompensa en la otra vida, fueran cuales fueran sus creencias.

Ellos habían tenido también pérdidas, aunque aún podían defenderse.

La flota imperial, sin embargo, parecía bastante entera.

Miró hacia atrás. El resto de la armada se acercaba.

Esperaba que no tardasen mucho. Los gritos de los heridos y las súplicas de aquellos que habían caído al agua y no sabían nadar resonaban en sus oídos.

El humo picaba en los ojos y el olor a pólvora irritaba la garganta.

Siguieron disparando y aguantando disparos.

Los que impactaban les hacían daño, pero la estructura se mantenía y ninguna vía de agua les estaba dado problemas.

Entonces, cuando Chang Pao Tsai empezaba a pensar que perderían y que el emperador conseguiría su objetivo, oyeron los gongs de la Armada de la Bandera Roja.

El resto de barcos de la flota entró en la batalla y rodeó la armada del emperador Jiaqing.

Comenzaron a disparar y, muy pronto, las tornas habían cambiado.

La flota imperial no tenía por donde retirarse y recibía impactos desde todas las direcciones.

Se habían quedado en inferioridad numérica y, sobre todo, táctica.

El almirante Kwo Lang debía de darse cuenta, pero, aun así, siguieron atacando.

La lucha continuó durante horas: el sol fue bajando y ya casi se escondía en el horizonte cuando, entre la nube de humo que rodeaba la zona, vieron aparecer la bandera blanca de la rendición.

Poco a poco los cañonazos fueron cesando.

Al principio nadie hizo nada: se mantenía todo en un estado de calma tensa en el que ninguno se atrevía a dar el primer paso.

Pero tras unos minutos, cuando el humo comenzó a disiparse, Chang Pao Tsai tomó la iniciativa y el Estrella Plateada se fue acercando al buque insignia enemigo con cautela.

Cuando llegó a su costado un oficial asomó la cabeza.

—Soy Chang Pao Tsai —dijo—. ¿Dónde está el almirante Kwo Lang?

—Muerto —respondió aquel hombre—. No ha soportado la deshonra de la derrota. Yo estoy al mando ahora.

Este bajó del junco seguido de otros cinco hombres y montó en una pequeña barca que le llevó hasta el Estrella Plateada . Subió para entregar su espada a Chang Pao Tsai.

—Yo no soy el líder de esta armada —dijo él—, pero acepto vuestra rendición en nombre de Ching Shih.

Uno se arrodilló en cubierta extendiendo los brazos, que sostenían su sable, y el otro lo tomó con ceremonia proclamando su victoria.