Capítulo 20
A brí los ojos al amanecer y me vino a la mente lo que había ocurrido la noche anterior.
Me giré en la cama y miré hacia el jergón de Pao Tsai: ya se había levantado.
Me latían un poco las sienes por culpa del alcohol de la fiesta.
Trencé mi pelo de cualquier manera y me vestí como siempre, con pantalones, casaca, chaleco y sombrero.
Salí a cubierta. Ya comenzaba a haber actividad y divisé a Pao Tsai apoyado en la borda de estribor, muy cerca de la proa.
Acudí allí. La temperatura era muy agradable.
Todavía no picaba el sol, pero la calidez impregnaba el ambiente.
Pao Tsai llevaba camisa y por un instante sentí no poder admirar sus músculos, como de costumbre.
Sacudí la cabeza y me reprendí a mí misma.
Me apoyé a su lado y miré al mar, hacia una isla próxima, en la que casi se podían divisar los monos saltando de palmera en palmera. No me miró.
—Lo siento —le dije en un susurro.
Él cerró los ojos antes de hablar.
—No tienes por qué sentirlo. No es culpa tuya.
Me recliné sobre la borda y al hacerlo rocé su brazo sin querer. Él reaccionó apartándolo con rapidez y yo me sentí un poco herida por su actitud. No quise darle más vueltas: tenía cosas más importantes en las que pensar.
Dos meses y medio más tarde llegó un mensajero de Inglaterra. El padre de Francis Reuel había decidido pagar la suma que habíamos exigido y nos la entregaba en el momento, así que el chico volvió a ser libre. Al despedirnos me dio la sensación de que estaba triste.
—Ha sido muy interesante ver cómo vivís —me dijo—. He tomado muchos apuntes y creo que mi libro podrá estar listo para el año que viene.
—Te deseo suerte —le dije. La verdad es que me había caído bien ese joven—. ¿Volverás a Inglaterra?
Él negó con la cabeza.
—¡Por supuesto que no! —sentenció—. Volveré a Hong Kong. Si regresara a Inglaterra perderíamos meses en la puesta en marcha de la empresa y ya se ha demorado bastante. Tengo que ponerme a trabajar de inmediato.
—En ese caso —me reí—, quién sabe si volveremos a encontrarnos.
—Espero que sea en tierra —contestó él jocoso.
Chang Pao Tsai llegó en ese momento y le dio la mano, cortés. Sabía que estaba deseando librarse de él, así que no fingió una simpatía que no sentía. Francis Reuel Glasspool se fue de nuestro junco. Una pequeña barca de remos le llevó hasta su barco y se marchó a emprender su nueva vida.
Me quedé pensativa tras su marcha. Los días siguientes estuve dándole vueltas a una idea, y por fin llegué a la conclusión de que nosotros también necesitábamos una oficina.
—¿Para qué? —preguntó Pao Tsai cuando se lo conté.
—Piénsalo —le dije—. Un barco que vaya a atravesar estas aguas se enfrentará a mil peligros. Y los mil provendrán de nosotros, si exceptuamos tifones y borrascas.
—Claro —respondió él—. Apenas quedan piratas en el mar del sur de China que no se hayan unido a nosotros. Los demás se han buscado otro territorio de caza.
—A eso me refiero. Un barco no puede atravesar esta zona sin que nosotros lo sepamos.
Disponemos de más de mil doscientas naves, podemos cubrir todo el territorio.
Las posibilidades de que crucen el mar con su carga intacta son escasas.
¿Y si proponemos un impuesto, una tasa similar a la que cobramos a los pueblos de la costa, que les asegure un viaje en paz?
—No entiendo por qué íbamos a hacer eso —dijo Chang Pao Tsai frunciendo el ceño—. A los hombres les gusta que haya un poco de acción de vez en cuando.
—Lo comprendo —concedí—, pero piensa que cada vez más barcos buscan otras rutas que no impliquen cruzar por nuestras aguas.
Son rutas mucho más largas y costosas, pero, si hay menos posibilidades de ataques, pueden merecerles la pena.
¿Qué haremos nosotros sin presas? Ahora que todavía no estamos en esa situación es el momento ideal.
Crearemos una oficina en la que todos los barcos que quieran navegar desde Taiwán hasta Malasia sin peligro paguen una tasa y reciban un salvoconducto que les permita hacer su ruta sin preocupaciones.
Pao Tsai se quedó pensando.
—Es muy interesante —dijo al fin—. Aunque también podríamos ampliar nuestro territorio.
—Al final el resultado sería el mismo.
—¿Por qué te importa lo que yo piense? Se va a hacer lo que tú digas —me preguntó con una sonrisa en la boca.
—Porque siempre me interesará tu opinión, somos un equipo —respondí—. Además, tu respaldo es importante: los hombres te adoran.
Y así fue como nos convertimos en algo más parecido a un negocio que a un ejército pirata.
Creamos una oficina en Cantón con delegaciones en los principales puertos del mar del sur de China.
Todos los barcos que querían cruzar con sus preciosos cargamentos de especias, seda o joyas hablaban con nuestro delegado en el puerto, pagaban su tasa y recibían un documento firmado por mí en el que se les garantizaba la seguridad.
Si eran abordados (que lo serían), solo tenían que enseñar ese salvoconducto y se les permitiría seguir su camino sanos y salvos.
El dinero entraba en enormes cantidades y me planteé hacer algo con él más allá de acumularlo.
Tal vez poner en marcha algún otro negocio al que pudieran recurrir nuestros hombres cuando sintieran que el mar ya no era para ellos.
Algo que siguiera aumentando nuestras riquezas en tierra.
Pero entonces, en 1808, sucedió algo que hizo que mis pensamientos se centraran en otra parte.
—¡Madame Ching! ¡Madame Ching!
Los gritos del marinero que subía por la escala al Dragón Celestial se oían hasta en la bandera amarilla. Contuve mis ganas de asomarme por la borda para ver qué pasaba y esperé a que aquel hombre saltara a cubierta y se inclinara ante mí.
—Y bien, ¿qué sucede?
El hombre agitó un papel en su mano.
—¡Un mensaje urgente de Beijing! ¡Me han ordenado que lo lea de inmediato!
Asentí. Chang Pao Tsai llegó apresurado al oír los gritos.
—¿Ocurre algo?
—Aún no lo sé —contesté mientras abría el pliego con el corazón en un puño—. Son noticias de Park Kuang y, a juzgar por la urgencia, deben de ser importantes.
Conforme leía a la tenue luz del atardecer lo que nuestro informante en la corte del emperador me contaba mi angustia creció. Levanté la vista.
—Dadle una bolsa de monedas a este hombre. Dile a tu señor —me dirigí a él— que le estoy muy agradecida por esta información.
Me giré haciéndole un gesto a Pao Tsai para que me siguiera.
—Convocad al consejo a todo el que esté a menos de cincuenta millas de aquí. Que se den prisa, quiero que lleguen antes del amanecer. A los demás, ordenadles que acudan de inmediato, les lleve el tiempo que les lleve.
—¿Toda la flota, señora? —preguntó mi lugarteniente.
—Excepto la bandera verde.
—¿Me vas a decir ya qué está pasando? —preguntó Pao Tsai cuando estuvimos a solas en nuestro camarote.
Me senté y apoyé la frente en mis manos. Respiré hondo tratando de ordenar mis pensamientos.
—El emperador viene a por nosotros.
Él se sentó a mi lado en la cama.
—¿A qué te refieres?
Le mostré la carta.
—Park Kuang dice que está en posición de asegurar que se está armando una flota gigantesca. Por lo menos quinientas naves. Quiere acabar con la piratería en estos mares y somos la mayor amenaza que tiene.
—Quinientos juncos son muchos. ¿De verdad va a movilizar a tantos?
—Según Park Kuang, para él esto no es una incursión, sino una guerra, y se está preparando para ella. Será una batalla inmensa, Pao Tsai.
—Entiendo. ¿Qué más sabemos?
—Nos tiene localizados ahora mismo. Sabe dónde está cada bandera y quiere arrinconar a la bandera verde cerca de Macao y exterminarla antes de ir a por la siguiente. No sé si estaremos listos.
—Seguro que se nos ocurrirá algo.
Me devané los sesos tratando de trazar un plan. Esto no sería una escaramuza, sino algo mucho más serio. Si salía mal… No quería ni pensarlo. Una idea se abrió paso por mi mente. Levanté la vista hacia Pao Tsai.
—Tenemos una ventaja sobre él.
Una sonrisa se extendió por el rostro de mi esposo.
—No sabe que conocemos sus planes.
—Exacto, y por eso piensa que se encontrará a solo una parte de la armada. —Sonreí con dulzura—. Le daremos una sorpresa.
Todos los capitanes que habían conseguido llegar hasta nosotros en el tiempo establecido estaban sentados en torno a la mesa que se había colocado bajo una sombrilla en el puente de mando.
—¿Cómo enfrentaremos esto? —preguntó Ho Woo.
Bao Kang se rascó la perilla.
—Creo que lo mejor será que vayamos de frente, todos a una, en batalla abierta.
—Querido Bao Kang —dije con voz suave, la voz que siempre ponía cuando iba a dejar a alguien en evidencia—. Si vamos todos a una, además del problema de que con toda probabilidad no habrá espacio para maniobrar, estaremos dejándole claro al almirante que conocíamos sus intenciones.
—Ching Shih tiene razón —terció Lian Pau, capitán de la bandera de la serpiente—. Es mejor pillarlos por sorpresa.
Observé con detenimiento las piezas que había dispuestas sobre el tablero en el centro de la mesa. Estaban representados los ríos, islas y costas de la zona, y había figuras para cada cincuenta naves, suyas o nuestras.
—¿Quién comanda la ofensiva, lo sabemos? —preguntó Ho Woo.
Asentí.
—Nuestro hombre nos dice que el emperador le ha dado el mando a Kwo Lang. No pretende enfrentarse a la Armada de la Bandera Roja al completo, por eso ha enviado quinientas naves y no más. Quiere usar el factor sorpresa y acabar con las escuadras una por una.
—Conozco a Kwo Lang —dijo Bao Kang—. Cuando era mercader, antes de dedicarme a la piratería, hice negocios con él en Beijing. Es muy listo y le gusta la batalla. En un enfrentamiento cara a cara, aunque estuviese en inferioridad, se lanzaría a por nosotros como un perro de presa.
—Por eso no lo haremos así. —Retiré piezas del tablero—.
La bandera verde está frente a Macao. Muy bien, los avisaremos para que no muevan su posición y estén alerta.
La flota llegará en una semana como mucho; están terminando de armarse.
Repartiremos la bandera amarilla por el litoral.
Desperdigados, como si no fuéramos nosotros.
La bandera morada y la de la serpiente estarán cerca de la isla de los piratas y se pondrán en marcha, dando un rodeo, en cuanto sepan que la flota imperial ha pasado por delante camino de Macao.
—¿No nos verán llegar? —se preocupó Li Tian, que comandaba la bandera morada.
—Es un riesgo que deberemos correr —dijo Chang Pao Tsai encogiéndose de hombros—. Si esperamos lo suficiente como para que la retaguardia no pueda vernos, dejaremos demasiado expuesta a la bandera verde y nos arriesgamos a llegar tarde.
—La idea es atraparlos entre dos frentes. Las banderas roja y negra estarán atentas, cerca para acudir si son necesarias, pero no entrarán en combate en primer lugar. No creo que sea preciso.
Nadie discutió la estrategia. Yo era la jefa, Chang Pao Tsai mi mano derecha y ambos ordenábamos lo mismo. Además, nuestro plan era inteligente y, si se llevaba a cabo tal y como se había dicho, la victoria sería nuestra.