Loto rojo Capítulo 19
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Capítulo 19

F rancis Reuel Glasspool resultó ser un joven instruido y agradable.

Se relajó pronto al ver que le trataban bien y aprovechó el tiempo para perfeccionar su mandarín, que hablaba con cierta soltura y entendía cada vez mejor, y para escribir sin parar en sus diarios todo lo que le contaban sobre la forma de vida pirata y sobre las antiguas leyendas chinas.

Solía sentarse al lado de un marinero y preguntarle cosas, como si había sobrevivido a tifones y otras trivialidades.

También pasaba mucho tiempo con Ching Shih y con Chang Pao Tsai.

Ella le relataba historias que había aprendido cuando era más joven y trabajaba para Madame Yang, y él las transcribía.

Quería, dijo en una ocasión, escribir un libro en el que se contasen todos los cuentos tradicionales chinos y publicarlo en su tierra.

El resto de sus compañeros no tuvo tanta suerte: hacinados con el resto de marineros sin familia, eran obligados a participar en los saqueos y abordajes.

Pasaron las semanas y pronto llegó el día de la fiesta de las Barcas del Dragón.

Ching Shih le explicó que en esa jornada, también conocida como fiesta del Doble Cinco, por tener lugar el quinto día del quinto mes lunar, se conmemoraba la muerte por ahogamiento del poeta Qu Yuang, famoso en todo el país, y además se celebraban antiguos ritos de fertilidad.

Los pueblos que al principio pagaban a regañadientes un tributo a la armada y que también la aprovisionaban habían cambiado su relación con Ching Shih.

Vieron que les merecía la pena a cambio de vivir tranquilos y, además, cuando se les solicitaba algo, bien fueran víveres, armas o cualquier otra cosa, se lo abonaban con generosidad.

Así que poco a poco fueron considerándose más bien aliados y protegidos de la flota.

Con el tiempo se llegó a considerar un honor que el Dragón Celestial apareciera el día anterior a la festividad frente a un pueblo costero, desde el que enviaban barcas con alimentos para un banquete, algo que a bordo agradecían mucho para salir de su dieta habitual de orugas con arroz y ratas cebadas, y los agasajaban como si fueran enviados del emperador.

Ese año se dirigieron al pueblo que iba a recibirlos. Al amanecer se empezó a ver una actividad frenética en la costa y en el mar. Francis salió a cubierta frotándose los ojos.

—¿Qué ocurre? —preguntó medio dormido.

—Vas a ver las carreras de canoas, muchacho —le dijo Chang Pao Tsai, que se había vestido, por una vez, con toda la elegancia posible.

Ching Shih, que también se había engalanado y peinado para la ocasión como una gran dama de la corte, hablaba con la delegación que el pueblo había enviado.

Las viandas que iban subiendo a bordo se dejaban en una gran mesa ubicada en el centro de la cubierta.

En el puente de mando habían colocado dos grandes sillas de madera tallada y pintada bajo un palio con el que protegerlas del tímido sol que poco a poco iba ascendiendo en el cielo y aumentando la fuerza de sus rayos.

Otras sillas, más pequeñas y menos adornadas, estaban situadas cerca de las anteriores.

Hacia allí se dirigieron Ching Shih y Chang Pao Tsai cuando los enviados del pueblo terminaron de subir los obsequios.

Ching Shih le hizo una seña al joven inglés y él se acercó.

Admiró maravillado el intrincado peinado que llevaba la pirata, las flores que adornaban su pelo y las ristras de perlas y cuentas que se movían cuando ella giraba la cabeza.

Francis Reuel le calculaba poco más de treinta años, una edad si no avanzada, sí desde luego alejada de la juventud.

Sin embargo, se veía muy hermosa así vestida.

Todos alrededor del inglés notaron que se había quedado paralizado y se rieron de él.

Francis se rascó la nuca avergonzado y fue a sentarse en la silla que le indicaron, casi a los pies de la de ella.

—¿Las mujeres en tu país no se arreglan para las celebraciones? —preguntó.

Él enrojeció y agachó la cabeza.

—Desde luego que sí. Pero no son tan hermosas como vos, señora.

Chang Pao Tsai lo miró de reojo. No le gustó el tono y no le gustó que su mujer, al menos de nombre, sonriera y ocultara su rostro detrás del abanico que llevaba.

Miró hacia delante apretando los dientes, hasta que notó una mano delicada y femenina en su muslo.

Un escalofrío le recorrió entero y puso su mano, más grande, morena y callosa, sobre la de ella.

Cuando se giró a mirarla, Ching Shih parpadeó despacio.

«No te pongas celoso», decían sus ojos. Su corazón comenzó a latir tan fuerte que pensó que ella lo iba a oír.

Se sintió como un niño y su sangre hirvió de rabia por no ser capaz de controlar sus impulsos.

Pero así era todo con Ching Shih. Un halo se extendía a su alrededor como un perfume denso y almizclado y, para cuando te querías dar cuenta, se había metido debajo de tu piel y tenías que vivir cada día de tu vida sabiendo que nunca sería para ti.

Apretó sus finos dedos y Pao Tsai notó la caricia que el pulgar depositaba sobre el dorso de su mano antes de retirarse.

Sintió esa retirada como algo que hacía que el sol brillara un poco menos y las cálidas aguas de aquel mar fueran un algo menos transparentes.

Carraspeó tratando de recobrar el ánimo.

—¿Ves todas esas canoas? —preguntó a Francis inclinándose hacia adelante.

Él asintió.

—En un par de horas comenzarán las carreras. Tendrán lugar durante todo el día y el equipo que se lleve la victoria final será un héroe en su aldea.

—¿Cuántos pueblos participan?

—Todos los de los alrededores. Pero no compiten pueblo contra pueblo. Algunos participan con una canoa, otros, con varias.

Aquellas preciosas embarcaciones decoradas con imágenes de dragones entrenaban en la ancha franja de mar entre la costa y el junco de la armada, flanqueado por otras naves de la bandera roja.

Todos los barcos cercanos a la costa se aproximaban a ver las carreras en ese o en otros pueblos más alejados.

Los aldeanos se amontonaban en pequeñas barcas a lo largo del recorrido animando a sus favoritos.

Era una gran festividad llena de música y color y las horas pasaron sin darse cuenta.

Cuando se proclamó la canoa vencedora, esta llegó hasta el Dragón Celestial y Ching Shih lanzó coronas de flores a los triunfadores, que los jóvenes remeros se pusieron en la cabeza.

Esa noche, Fang no se encontraba bien y Ching Shih le mandó descansar. Se sentó en un taburete y fue Pao Tsai quien le deshizo el peinado.

—No me ha gustado cómo te miraba el inglés —dijo Chang Pao Tsai mientras quitaba las flores del pelo de Ching Shih.

Ella le miró a través del espejo. Estaba concentrado en su melena, como si así evitara fijarse en sus ojos. Ching Shih notó su tensión en la rigidez de los hombros y en los músculos que se le marcaban en la mandíbula.

—¿Francis? Es un joven muy agradable, no creo que esté haciendo nada malo.

—Se está enamorando de ti —dijo él tratando de no dejar traslucir su enfado en la voz.

Ella se encogió de hombros.

—¿Y qué si es así? Yo no puedo evitarlo.

—Tampoco deberías alentarlo.

Ching Shi se giró y lo miró hasta que él tuvo que hacer frente a sus ojos oscuros.

—¿Qué es lo que te preocupa?

Él titubeó.

—Nada, es solo que no me gusta.

—Pao Tsai. Esposo. —Él se sobresaltó cuando lo llamó así—. Dime qué es lo que te preocupa.

—¿Él te atrae?

Ching Shih comenzó a reír con ganas dejando fluir la risa por su garganta hasta salir al exterior a través de los labios e inundar todo aquel espacio. Reía con tantas ganas que echaba la cabeza hacia atrás y, pronto, Chang Pao Tsai no tuvo más remedio que esbozar también una sonrisa.

—¿No te gusta, entonces?

Ella negó con la cabeza secándose las lágrimas.

—No, no me gusta. Pero ¿por qué iba a importarte eso?

—Eres mi esposa.

—De palabra sí, pero…

Ching Shih calló. Sus ojos relucieron al comprender y dejó de reír.

De golpe entendió que el íntimo momento que vivieron antes de abordar al Marquis of Ely no fue debido a la tensión previa a la batalla, sino que era algo más profundo.

Pao Tsai se acuclilló a su lado y apoyó la frente en sus rodillas.

—Lo siento —dijo—. No tengo derecho a ponerme así. Prometí que no te pediría que te comportases como una esposa.

Ella le puso la mano suavemente en la nuca y comenzó a acariciarlo.

—Pero ¿te gustaría?

Él levantó la mirada y ella se fijó en el dolor que sus ojos traslucían. Volvió a ocultar el rostro entre sus rodillas.

—¿Por qué me preguntas eso? ¿Qué más da lo que desee o no? ¿No es más importante acaso lo que tú quieras?

Ella se agachó hasta que su boca tocó el pelo del joven que se arrodillaba frente a ella.

—Quiero saberlo.

—Sí —dijo él—. Me gustaría, pero eso ya lo sabes. Hace mucho tiempo que lo deseo, que mi padre me perdone.

—Pao Tsai…

—Lo sé. No te pido nada, no te exijo nada.

—No puedo.

Él levantó de nuevo la mirada. La pena que mostraban sus ojos era tan grande que Ching Shih se conmovió.

Acarició su mejilla. Chang Pao Tsai se levantó y volvió a su posición tras ella.

Desenrollaba la melena de la pala mechón a mechón, y a veces rozaba su cuello con los dedos al dejar caer el pelo.

Ching Shih sentía, cuando ese contacto se producía, una agradable calidez que le recorría la espalda y ayudaba a mitigar esa desazón amarga que la invadía.

Cerró los ojos disfrutando de la sensación.

Hacía mucho tiempo que no notaba ese cosquilleo que recorría su columna vertebral.

Chang Pao Tsai era un hombre muy atractivo, y buena compañía, y era su esposo…

Pero no, se dijo. No podía faltar así a la memoria de Cheng Yi.

Abrió los ojos.

Pao Tsai besaba sus mechones antes de soltarlos y la miraba a través del espejo con sus brillantes ojos negros.

Ella se mantuvo sentada, sin apartar la vista, y esperó a que él le acabara de cepillar el pelo, porque sabía que entonces todo volvería a ser como siempre.

Y eso estaba bien, era lo que ella quería…

Salvo que, tal vez, no había pensado detenidamente qué era lo que quería en realidad.

Pao Tsai terminó. Ella se levantó y ambos quedaron frente a frente.

Estaban muy cerca y se miraban a los ojos con intensidad, pero Ching Shih se mantuvo firme y no recorrió el espacio que los separaba, y Chang Pao Tsai cumplió su palabra y no actuó según sus impulsos.

El instante pasó. Ching Shih agachó la cabeza y pasó de largo rozando el brazo de Pao Tsai.

—Buenas noches —murmuró.

—Buenas noches —respondió él.