Loto rojo Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

Las voces que daba Chang Pao Tsai instando a la rendición llegaban claras hasta mí: trataba de evitar las pérdidas de vida inútiles, aunque, por lo que parecía, el capitán inglés no estaba por la labor.

Había hombres que no eran capaces de darse por vencidos ni aun sabiendo que tenían la lucha perdida de antemano, ni siquiera por salvar las vidas de los suyos.

Meneé la cabeza con lástima. Pronto se escucharon gritos de triunfo que venían de los nuestros: el capitán había caído.

Enseguida se oyó una voz que decía algo en inglés.

—¡Se rinden! —tradujo uno de nuestros piratas, que había trabajado con ellos y dominaba su idioma.

Poco a poco, los sonidos de la lucha se fueron apagando hasta que una relativa calma invadió la cubierta.

Me asomé y cuando vi que todo estaba ganado, pasé al otro barco por las tablas que habían colocado para facilitar el abordaje.

Pao Tsai me esperaba allí y me ofreció su mano para bajar.

Los ingleses se hallaban sentados en grupo frente al palo mayor.

Varios de los nuestros montaban guardia y el resto saqueaba la nave en busca de tesoros.

Aquellos hombres me miraron con terror: estaba claro que mi fama me precedía. Hice una seña al traductor.

—¿Quién manda aquí? —pregunté.

Un hombre joven, de unos treinta años, se levantó de suelo con las manos atadas a la espalda.

—¿Por qué no os habéis rendido?

—El capitán se negó —contestó él—. En cuanto fue abatido di orden de rendición. Sabemos quiénes sois y que no toleráis la resistencia.

Asentí satisfecha.

—Habéis tenido muchas bajas, pero no puedo dejaros sin castigo. ¿Qué será de nuestra reputación si se corre la voz de que consiento que se nos enfrenten?

—¿Qué hacemos? —preguntó Chang Pao Tsai.

—Coge dos hombres de cada diez y ejecútalos. —Me volví hacia el nuevo capitán—. Tú salvarás la vida por haberte rendido tan rápido. Los supervivientes podréis marcharos con el barco. No nos interesa un mercante, es demasiado lento.

Así lo hicimos, y cuando habíamos vuelto a nuestro junco y emprendido la marcha después de recoger todo lo de valor y las armas que habíamos encontrado a bordo del buque, nos cruzamos con un pequeño bote en el que iban ocho marineros ingleses, uno de ellos vestido como un señor.

Estaban desorientados y nos miraron con confusión cuando nuestro barco apareció de entre la bruma, que se había hecho más densa desde hacía un rato.

Nosotros tuvimos que maniobrar para no pasarles por encima.

Enseguida les lanzamos escalas y cuerdas para que subieran a bordo, y convencimos a los reticentes enseñando nuestras armas y apuntándoles con ellas.

Una vez a bordo, el bien vestido, que tendría veintipocos años, habló:

—Gracias por rescatarnos —dijo con una sonrisa en la cara como si no hubiera sido obligado a subir a bordo—. Decidnos dónde está el Marquis of Ely , llevadnos hasta él y seréis recompensados.

Las risas de mis hombres resonaron en cubierta. Él miró alrededor, inquieto.

—Lo siento —dije tratando de contener la risa—, eso no será posible.

Levantó la barbilla desafiante.

—Haced lo que os he dicho. ¿Acaso no sabéis quién soy? No os conviene enfrentaros a mí.

Entonces no me pude aguantar más y rompí a reír. Pao Tsai a mi lado se doblaba sobre sí mismo, sacudido por las carcajadas. El joven nos miró con el desconcierto escrito en la cara.

—¿Qué he dicho que sea tan gracioso?

—Nada —negué secándome las lágrimas de risa—. Y ¿quién eres, valiente joven? ¿Cómo es que hablas de forma tan aceptable el mandarín?

Él hizo una reverencia.

—Soy Francis Reuel Glasspool, hijo primero de Ronald Glasspool, armador del Marquis of Eley y propietario de toda una flota asociada a la East India Company. Mi padre tiene muchos negocios en esta zona y llevo años estudiando para poder comunicarme con nuestros proveedores sin intermediarios.

—Eres muy aplicado, Francis Reuel. ¿Qué haces aquí?

—Padre ya me consideraba preparado y me iba a instalar en Hong Kong para dirigir las oficinas de nuestra empresa.

—Me refiero en una barca a la deriva.

—Oh, eso. —Hizo un gesto con la mano como quitándole importancia—. Regresábamos de la factoría, pero este maldito tiempo nos ha hecho desorientarnos. No encontrábamos el barco.

Chang Pao Tsai observó el aspecto desaliñado de esos hombres. Frunció el ceño.

—¿Cuánto hace de eso?

Francis agachó la mirada.

—Tres días.

—¿Tres días? —No daba crédito—. ¿Llevabais alimento, brújula, algo de utilidad?

El joven levantó de nuevo la barbilla con el orgullo brillando en sus ojos y se negó a responder.

—¡Exijo que nos liberéis de inmediato! Soltadme y no os pasará nada.

—¿Tú sabes con quién estás hablando? —interrumpió Pao Tsai dando un paso hacia él.

El joven retrocedió un poco, pero no mostró miedo.

—Sí. Vos, madame , sois la que llaman Madame Ching, el terror de estos mares, y vos, señor, supongo que seréis su esposo e hijo adoptivo, Chang Pao Tsai. Señora, se os considera muy inteligente, seguro que sabréis hacer lo correcto.

—Ya lo creo que sí. —Me estaba divirtiendo mucho con ese chico—.

No voy a soltar a alguien que vale tanto como tú.

No —dije al ver su cara de duda—, vendrás con nosotros a nuestro barco.

No recibirás daño alguno, pero todo dependerá del dinero que tu amante y rico padre esté dispuesto a desembolsar por ti.

El joven Francis dudó y la máscara de decisión que con tanto ahínco trataba de mantener se descompuso, dejando ver detrás al joven asustado que era en realidad.

Los marineros que iban con él miraban al frente, resignados.

Ellos no nos interesaban, pero tampoco íbamos a asesinar a quien no nos había hecho nada.

Así que los alimentamos y mandamos a dos de ellos en su barca a tierra.

Allí podrían pedir ayuda y comunicarse con el señor Glasspool para trasladarle nuestra exigencia.

Los demás se quedarían con nosotros, a expensas de que enviaran el rescate.

Cuando llegamos al Dragón Celestial el chico abrió la boca al ver el tamaño de nuestro junco insignia.

Le asignamos un camarote bajo cubierta, uno que pertenecía al lugarteniente y que se lo cedió sin problemas, sobre todo cuando le di a cambio una generosa bolsa de monedas por las molestias.

El resto tuvo que buscarse la vida y una hamaca libre.

Asumimos que durante unos meses tendríamos invitados extranjeros a bordo, hasta que llegase el dinero esperado.