Loto rojo Capítulo 18
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Capítulo 18

Un día salí del pañol donde guardábamos nuestro fondo después de organizar las cuentas.

Esto me llevaba un buen rato a diario, pues cada día llegaban uno o varios barcos con botines que habían conseguido en sus incursiones, con los impuestos de protección de los pueblos y con otros ingresos obtenidos de distintas formas.

También el dinero salía de allí constantemente: había que comprar víveres, aprovisionarse, compensar a las familias de los fallecidos, sobornar, pagar a informantes y cientos de otras cosas que hacían que estuviera entretenida con la gestión de nuestro negocio.

Aun así, la riqueza no dejaba de aumentar y me planteé que, tal vez, habría que hablar con alguien en tierra, puede que un contable o un testaferro.

Alguien que guardase nuestra fortuna de manera más segura que en un barco que podía irse a pique en cualquier momento, bien por tifones, como el de mi añorado Yi, o por un cañonazo enemigo.

Aunque el Dragón Celestial no solía entrar en combate.

Cuando íbamos a hacer incursiones se quedaba en la retaguardia para protegerse.

Esto lo hacíamos así no por miedo: tanto Cheng Yi, desde que comenzamos actuar de esa manera, como Chang Pao Tsai, después, se trasladaban de embarcación para ser quienes guiaran a los hombres en muchos de aquellos enfrentamientos.

Pero desde la batalla en Vietnam que tantas bajas nos provocó convinimos que tener el barco insignia a salvo era primordial para la moral de la tropa.

Ese mediodía, como digo, salí del cuarto del tesoro y me dirigía a encontrarme con mi esposo para la comida cuando unos gritos resonaron desde lo alto del palo.

—¡Buque a la vista!

Un joven pirata se hallaba colgado como un orangután de uno de los cabos, oteando con un catalejo el horizonte. El día, como los anteriores, estaba brumoso y con borrasca, así que tenía un gran mérito haber visto algo con ese tiempo. Pao Tsai estaba revisando materiales y se levantó de un salto.

—¿A qué distancia?

—Como a cuatro millas hacia el este-sureste.

Tanto él como yo corrimos hacia el puente de mando seguidos por el contramaestre. El joven marinero se descolgó en dos saltos y vino detrás de nosotros.

—Es una fragata europea, señor, señora —aseguró.

Descolgué el catalejo que llevaba siempre en el cinturón y se lo pasé a Pao Tsai, quien, como de costumbre, lo único que llevaba sujeto al cinto que le sostenía el ancho pantalón recortado era el puñal.

—Deberías empezar a usar al menos una camisa —le dije entre dientes.

Él se rio.

—¿Te molesta verme así?

Me callé y volví la mirada hacia donde suponía que estaba la nave.

No me molestaba verle así. Lo cierto es que no me molestaba en absoluto.

Chang Pao Tsai se había hecho un hombre.

Aunque mantenía la sonrisa traviesa de cuando lo conocí y el gesto algo infantil de retirarse el pelo de la frente cuando los mechones le hacían cosquillas, se había desarrollado mucho.

De aquel chaval atlético pero flaco que me recibió cuando llegué al barco el primer día no quedaba nada.

A mi lado había un hombre de brazos y espalda fuertes, hombros anchos y cadera estrecha que se llevaba las miradas de todas las mujeres de a bordo cuando pasaba por delante de ellas con los músculos marcados bajo su piel oscura, tostada por el sol.

—Es un buque inglés —indicó.

Me sobresalte; me había perdido en mis pensamientos.

—¿Perdona?

Él me miró entrecerrando los ojos. Luego repitió.

—Es un buque inglés. Un mercante. Es una buena presa.

Asentí.

—Y tenemos el viento a favor. Además, con este tiempo no distinguirán quiénes somos hasta que estemos demasiado cerca. Bien, vayamos a por él.

—Acudiré con el Estrella Plateada y cuatro barcos más, será suficiente.

Hasta que comenzó a dirigir la flota, repartía su tiempo entre este junco y el Dragón Celestial y, aunque ahora se había instalado de forma definitiva en este, el otro seguía siendo su favorito. Por eso siempre estaba cerca de nosotros, por si se requerían sus servicios.

Se marchó a prepararse. Cuando entré en la habitación estaba cogiendo su sable y varias pistolas. Yo le imité.

—¿Qué haces? —me preguntó.

—Voy contigo.

Se acercó a mí.

—Pero será arriesgado.

Me encogí de hombros.

—Tal vez busque algo de emoción. Me aburro aquí, Pao Tsai. Te acompañaré esta vez.

Él negó con la cabeza.

—No quiero ponerte en peligro. La armada no puede sobrevivir sin ti. Te necesita.

—Iré.

—Por favor, piénsalo. No solo la armada te necesita.

Le miré. Él se acercó un poco más, con la duda reflejada en el rostro, y me susurró al oído:

—Yo te necesito.

Mi corazón casi se paró al oír esas palabras.

Mi mano se movió por voluntad propia y acarició su mejilla.

Me sorprendió lo que esa simple frase me hizo sentir, como si hasta ese momento hubiera anhelado sin saberlo escuchar algo así de su boca.

No negaré que, a veces, se me había pasado por la cabeza la posibilidad de ser un matrimonio normal, pero la sombra de Cheng Yi era alargada y yo no podía quitarme de la cabeza que él era su hijo y que solo me necesitaba como guía y socia.

—Si te pasara algo no sé qué sería de mí —insistió buscando el contacto de mi mano con su mejilla. Cerró los ojos un breve momento. Retiré la mano.

—Si nos hubiéramos conocido en otro momento, en otro lugar… —dije con voz triste.

Él abrió los ojos.

—Pero estamos aquí y ahora.

Negué, abatida, y di un paso atrás.

—No puedo, lo siento.

Él se acercó de nuevo y me besó con suavidad en la mejilla.

—Lo entiendo. Sabes que siempre te respetaré.

Siguió armándose. Se puso una camisa.

—¿Ahora me haces caso? —Cambié de tema para intentar que el nudo en mi estómago se deshiciera.

—Tal vez tengas razón. No quiero que esos europeos piensen que somos unos animales.

Cogí una tercera pistola que me ajusté al cinto, junto con el sable y el cuchillo.

—¿Qué haces? —me preguntó mirándome incrédulo.

—No te creas que diciéndome cosas bonitas evitarás que haga lo que quiero. Iré contigo.

Chang Pao Tsai me observó con los ojos muy abiertos y expresión de incredulidad, luego hundió la cabeza entre los hombros y la sacudió como si renunciara a hacerme entrar en razón.

—De acuerdo —dijo—. Pero no entrarás en batalla. Por ahí no paso.

—Descuida —le tranquilicé—. No lucharé si no es necesario. Pero, aunque no sea la mejor espadachina, he mejorado mucho. Podría defenderme bien. Además, sabes que tengo buena puntería —añadí—. Os puedo venir bien en el ataque.

Pao Tsai aceptó, pero decidió que fueran diez los barcos que vinieran con nosotros.

Mandamos barcas a remos a los elegidos para que se agruparan en torno al Estrella Plateada y nosotros nos trasladamos a él dejando al Dragón Celestial a las órdenes del contramaestre.

Todo se llevó a cabo en apenas media hora, pues los barcos estaban cerca.

Poco después formamos una escuadra y comenzamos la caza.

Desplegamos las velas de los tres palos en toda su longitud y alcanzamos una velocidad que hacía que el viento me agitara el pelo. Alcé la cara al cielo con los ojos cerrados, sujeta a un cabo, asomada a la proa, disfrutando de todo aquello.

—¿Te gusta?

Asentí sin abrir los ojos.

—Es maravilloso.

—Cuando nos acerquemos empezará la acción. Quiero que te agaches detrás de la borda y te asomes lo justo para disparar.

—Lo haré.

—Y si no te asomas, aún mejor.

—No tengo quince años, Pao Tsai. Además, a los quince ya sabía cómo funcionaba el mundo. No tengas miedo. Me protegeré lo mejor que pueda, pero no voy a esconderme.

Noté su mano en mi espalda.

—Tú eres la jefa —me dijo.

En una hora ya estábamos en la estela del buque.

No era tan rápido como las fragatas de guerra y no estaba tan bien armad o, por eso decidimos atacar.

No podíamos acercarnos con subterfugios: sabían a lo que íbamos, no había forma de disimular.

Cuando estuvimos a tiro dispararon, pero al acercarnos a ellos desde su popa y no desde un costado, no tenían apenas potencia de fuego.

Deberían haber aminorado y virado si querían descargar los cañones de babor o estribor.

Nos hicieron poco daño; sus proyectiles cayeron al agua.

Nosotros no respondimos; estábamos más centrados en llegar rápido hasta ellos.

Siguieron disparando y, aunque hicieron diana en un par de ocasiones, nuestra nave se libró.

Sin mayores inconvenientes llegamos hasta su popa siguiendo su estela y entonces se dieron cuenta de que iban a tener que luchar cuerpo a cuerpo.

Nuestros barcos se desplegaron tratando de rodearlo, disparando a los artilleros para que ellos a su vez no pudieran hacerlo con sus cañones. Los nuestros también escupieron fuego.

Sentí silbar las balas cerca de mí y no tuve miedo.

Tal vez se debiera a la adrenalina, pero no me escondí tras la borda y continué disparando mientras Chang Pao Tsai, con el sable desenfundado, gritaba órdenes.

Pronto pudimos arrojar los ganchos y las escalas.

Todos los piratas se lanzaron al abordaje y yo cumplí mi promesa de quedarme en nuestro junco, junto al timonel, el cocinero y el sanitario de a bordo, al que ayudé a atender a los heridos en la aproximación.

Oía los gritos y los disparos, olía la pólvora, y una parte de mí se alegraba de estar a salvo en nuestra nave, pero otra no podía evitar sentir envidia de la clase de emoción que corría por las venas de los que estaban luchando en el otro barco.