Capítulo 17
C hing Shih había mandado reunir a todos los comandantes de la flota y a todos los capitanes que participaban en el consejo.
Algunos habían tenido que viajar varios días para estar allí y ella se encargó de que fueran agasajados al llegar a bordo.
En la mesa que estaba preparada para la reunión había carne asada, pastelillos, vino, cerveza, fruta fresca y sopas variadas.
Todo un banquete para el que había mandado barcos a los pueblos que les suministraban víveres y por el que había pagado religiosamente.
Chang Pao Tsai y ella estaban sentados uno al lado del otro en sillas más grandes y adornadas que las demás. «Nuestros tronos», las llamaba ella entre risas. Tenían a su alrededor a casi cincuenta personas que los miraban con expectación.
—Os he hecho venir —dijo Ching Shih atenta a cualquier signo de disgusto o rechazo entre aquella gente— porque tenemos que hablar de un tema muy importante.
—¿Qué ocurre? —preguntó Kuayin Song.
—Somos casi mil naves ya. —Ching Shih hizo una pausa hasta que amainaron los aplausos—. Cuando llegué a esta armada teníais apenas doscientas. Hemos crecido mucho, somos los dueños de este mar, aunque también somos mucho más difíciles de organizar y controlar.
—Gracias a vosotros, nuestros tenientes y capitanes, la armada funciona como un reloj bien engrasado —añadió Pao Tsai.
—Pero cada vez somos más y la convivencia puede ser difícil, y más con las familias viviendo a bordo —continuó Ching Shih—.
Es por eso que hemos decidido que hay que imponer un código de conducta más detallado que el que teníamos antes.
He redactado uno. Os parecerá muy estricto, y lo es, pero quiero que entendáis que es la única forma de mantener los malos instintos a raya y conseguir la armonía entre nuestros hombres.
—Cada capitán tendrá potestad para hacer cumplir el código en su barco, cada capitán de escuadra vigilará que se lleve a cabo, cada teniente a cargo de una bandera supervisará sus naves, y todos responderéis ante nosotros —detalló Pao Tsai.
Aquellos hombres escucharon con atención.
Algunos se removieron en sus asientos. No les gustaban los cambios, aunque sabían que la disciplina era complicada por la cantidad de personas que componían la flota y que se necesitaba un código rígido por el que guiarse.
Los piratas reaccionaban bien a la disciplina, a pesar de todo: era el orden dentro del caos.
Así que escucharon. El nuevo código se llamaba San Ti’ao y recogía algunos de los delitos que ya se contemplaban, con sus castigos habituales o más duros, y añadía otros derivados del nuevo rumbo que había tomado aquel imperio.
—¿Vamos a castigar a quien vaya a tierra sin permiso? —preguntó uno de los capitanes.
—Por supuesto que sí —dijo Ching Shih impertérrita—. Si uno lo hace y no hay castigo, ¿qué impedirá que lo haga un barco entero que quiera visitar un burdel, o la flota al completo en el día de Año Nuevo? La disciplina tiene que ser lo primero.
—Acabar con las orejas cortadas no es un castigo tan duro —añadió Chang Pao Tsai, que, aunque dejó al buen hacer de su esposa la redacción del código, había dado su aprobación antes de presentarlo a los demás—. Es un aviso. Pero la segunda vez, perderá la cabeza.
—Hay muchos delitos que ahora se penan con la decapitación. Lo veo un poco exagerado —dijo otro hombre.
—No podemos ser clementes, o cada vez será más difícil conseguir disciplina —dijo Ching Shih.
Ho Woo contestó.
—Muerte para quien robe del fondo común, muerte para quien desobedezca una orden, muerte para quien moleste a los campesinos que pagan tributo por nuestra protección. Cualquiera entiende que estas medidas son necesarias.
—Pero la muerte por infidelidad me inquieta. Hay muchas mujeres y muchos hombres a bordo, y es del todo inevitable que se produzcan estas situaciones. Esto puede derivar en más ejecuciones de las que estemos dispuestos a asumir —se preocupó otro pirata.
—No si la gente es consciente del riesgo que conlleva una infracción y, por lo tanto, no rompe el código.
Pero no se trata solo del hecho moral del adulterio —explicó Ching Shih—.
¿Cuántas veces ha habido reyertas a bordo de un barco porque dos hombres pelean por la mujer de uno de ellos?
Eso merma la camaradería entre los nuestros y los lleva a desconfiar los unos de los otros, y necesitamos que se comporten como hermanos si queremos salir bien parados en la batalla.
Si todo el mundo sabe que esa posibilidad conlleva la muerte, no habrá infidelidades y, si no las hay, no habrá desconfianza ni peleas, ni riñas entre las esposas tampoco. Todo es por el bien de la convivencia.
—Entiendo.
—No es que yo esté a favor de las violaciones en los saqueos o abordajes —intervino Bao Kang, que se había adaptado muy bien a liderar la bandera negra tras la deserción de O Po Tae—.
Pero los hombres a veces se extralimitan.
¿En serio hay que ejecutar a todos los que cometan esta infracción? ¿No valdría con, no sé, unos latigazos?
Ching Shih negó con la cabeza.
—Sobre este tema no hay discusión posible. Todo violador perderá la cabeza y su cuerpo será arrojado al mar. No es necesario llevar a cabo semejantes actos y, si los hombres tienen necesidades, que se busquen una esposa.
—Sabéis que nuestra gente siempre tiene la posibilidad de quedarse con alguna de las mujeres que capturamos —continuó Chang Pao Tsai—.
Siempre ha sido así y eso no va a cambiar.
Si desea una mujer, puede encontrarla entre estas cautivas, pero entonces deberá tratarla con absoluto respeto, como si fuera su esposa.
—Las que los hombres consideren feas o las que no quiera nadie serán llevadas a tierra y dejadas allí, cerca de un pueblo donde se puedan refugiar, intactas y a salvo.
No somos animales que no saben controlarse.
—El tono de voz de Ching Shih dejó bien claro que no pensaba discutir ni este ni ningún otro aspecto de su código.
Todos los miembros del consejo lo captaron.
Miraron de reojo a Chang Pao Tsai, pero cuando vieron que este también se mantenía firme, asintieron y lo aceptaron.
No podían hacer otra cosa. Cuando todos y cada uno de los puntos del código fueron explicados y asumidos, Ching Shih repartió copias que había mandado hacer.
Cada barco tendría la suya propia. No siempre los capitanes sabían leer, pero todos los juncos tenían a alguien a bordo que sabía hacerlo por si se recibían mensajes importantes.
En poco más de una semana, toda la flota conocería cuáles eran las nuevas normas y el código por el cual deberían regir su conducta.
Cuando los capitanes se marcharon, Pao Tsai cogió de la mano a Ching Shih sonriendo.
—Solo tú puedes hacer que los piratas más temidos del mar de la China bajen la mirada y acepten las órdenes sin rechistar.
—Sí rechistan. —Ching Shih echó una breve ojeada a la mano que Pao Tsai sujetaba, pero no dijo nada—. Y también Cheng Yi se imponía a ellos.
—Te enseñó el mejor. —Pao Tsai besó con suavidad el dorso de su mano y la soltó—. Espero que no nos cueste mucho conseguir que se cumpla.
La semana siguiente un barco se acercó con bandera blanca. Cuando subió a bordo, el capitán pidió hablar con Ching Shih y con Pao Tsai. Se sentaron los tres en cubierta bajo un toldo para protegerse del fuerte sol y compartieron un vaso de vino.
—Quiero formar parte de la Armada de la Bandera Roja —dijo sin rodeos.
—¿Por qué? —preguntó Ching Shih.
—Nadie puede haceros frente, Madame Ching —respondió él—. Yendo por libre tenemos que conformarnos con vuestras sobras y no es eso lo que deseo. Quiero una parte del pastel para mí y para mis hombres.
—¿Cuánto podrías aportar a la coalición? —preguntó Pao Tsai.
El hombre meditó su respuesta.
—Tengo veinte juncos y unos doscientos cincuenta hombres.
—¿Juncos de guerra?
El pirata titubeó.
—Solo dos juncos bien armados. El resto lleva algunos pedreros. Pero pueden armarse si encontramos las piezas de artillería necesarias. Diez de mis barcos son de tamaño mediano y grande, y los otros, aunque más pequeños, son rápidos y efectivos.
—Y los hombres, ¿son buenos piratas?
—Lo son —afirmó él—. Llevamos juntos varios años en la mar y siempre nos ha ido bien.
Pero ahora… Ahora es difícil. Vuestros barcos están por todas partes.
Apenas encontramos presas y atacar a vuestros poblados aliados sería enfrentarnos a vosotros.
Nos queda la salida de unirnos a la armada o retirarnos.
Y así los barcos y hombres de aquel pirata se unieron a las fuerzas de la bandera roja.
Más naves lo hacían cada semana, a veces casi a diario.
Poco a poco la flota fue creciendo hasta que se convirtió en la única fuerza pirata de aquel mar.
Todos los demás tuvieron que irse a otros mares, retirarse de la piratería o unirse a ellos.
Pronto hubo que añadir una quinta bandera, la morada, y en menos de un año otra más, una bandera blanca con una serpiente dibujada.
El poder y la influencia de Madame Ching crecieron a un ritmo incluso superior al que crecía su armada y pronto se la conoció como «el terror del sur de China».
Nadie, ni siquiera los europeos, ni tan siquiera el celestial emperador de la China Jiaqing, podía hacerle frente.