Loto rojo Capítulo 15
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Capítulo 15

U n junco llegó veloz al Estrella Plateada .

—¡Lugarteniente! —gritó el marinero en cuanto se acercó lo suficiente.

Pao Tsai tardó un poco en asomarse por la borda.

—¿Qué ocurre?

—¡Se requiere tu presencia en el Dragón Celestial !

—¿Ha pasado algo?

Hubo un pequeño silencio.

—Por favor, señor, tengo instrucciones de llevarte a bordo de forma inmediata.

Chang Pao Tsai miró a su alrededor. Dio un par de órdenes al capitán de la nave y se descolgó por un cabo hasta la barca. No podían ser buenas noticias, pero no insistiría, esperaría a que fuese su padre quien se las diera.

Cuando llegó al buque insignia de la armada y puso un pie en cubierta supo que debía ser grave.

Pequeños grupos de gente cuchicheaban en los rincones y lo miraron con seriedad cuando apareció.

Ho Woo fue a acercarse, pero Kuayin Song le puso una mano en el hombro y susurró algo que Chang Pao Tsai no llegó a entender.

¿Qué hacían todos a bordo? Hasta O Po Tae estaba allí y lo observaba con las cejas juntas y una sonrisa inquietante y maliciosa en la boca.

No le gustaba que todos estuvieran reunidos.

—¿Dónde está mi padre? —preguntó.

El pirata que le había ido a buscar comenzó a caminar y él le siguió con un nudo atenazando su garganta y el cerebro en una nube.

Cuando llamó al camarote de sus padres y abrió la puerta, se encontró a Cheng I Sao vestida toda de blanco, sentada en la cama, mirando por la ventana.

Se apresuró a acercarse, temeroso. Cheng I Sao levantó la vista.

Tenía los ojos enrojecidos e hinchados y, cuando vio que era él, se levantó y se colgó de su cuello. Él le devolvió el abrazo.

—Es padre, ¿verdad? —preguntó con un hilo de voz.

Notó, más que vio, como Cheng I Sao asentía. Pareció que le faltaba el aire y un gemido salió de su pecho. I Sao se separó de él, se enjugó las lágrimas y se volvió a sentar.

—¿Cómo ha sido? —preguntó Chang Pao Tsai.

—Un tifón —contestó ella.

—Pero ¿dónde estaba? ¿Por qué no se encontraba en el Dragón Celestial ?

Chang Pao Tsai notaba un peso en el pecho, una pena que se asemejaba a aquella que sintió el día en que su madre biológica murió, enferma, en sus brazos.

—No lo entiendo —continuó—. No debería haberse alejado de ti. Siempre dijo que eras su buena fortuna.

Una triste sonrisa se extendió por el rostro ojeroso y ajado de Cheng I Sao.

—No sabía que decía eso. Era tan propio de él… Hubo que dirigir una expedición de castigo contra la aldea de Pang Yi, cerca de Macao. Se habían negado a pagar.

—¿Y por qué no mandó a otro?

Cheng I Sao se encogió de hombros.

—Quién sabe. —Su voz sonó infinitamente cansada—.

Tú no estabas, Ho Woo se encontraba volviendo de Filipinas después de negociar tratados con algunos pueblos costeros y Kuayin Song se acababa de marchar a piratear en la zona del delta de Hanoi.

O Po Tae estaba por Cantón y, además, sabes que nunca hubiera contado con él para eso.

—Pero había tantos capitanes…

—Cuando los dioses deciden algo no está en nuestras manos cambiarlo. Tal vez estaba aburrido. Yo notaba que languidecía sin entrar en acción. Así que vio una oportunidad y decidió ir él.

—¿Cuántos barcos se llevó? —Chang Pao Tsai no daba crédito.

Hacía pregunta tras pregunta tratando de asumir lo que había ocurrido, de entender qué clase de fatalidad había acabado con la vida de su padre, de su mentor.

Se frotaba los ojos y tiraba de su pelo hacia atrás como si todo fuera un mal sueño, como si pellizcándose en el brazo pudiera despertar y descubrir que todo seguía como siempre.

No había lágrimas en sus ojos, pero notaba que el aire le faltaba, y quería gritar y golpear cosas hasta que la ira y la pena que sentía en su interior cediesen, aunque solo fuera un momento.

—¿Qué más da eso? —I Sao sacó un pequeño y arrugado pañuelo blanco de seda y se enjugó la comisura de un ojo—.

Veinte, quizás alguno más. Solo un barco ha resistido y volvió para darme la noticia.

El tifón los sorprendió cuando ya regresaban.

Intentaron esquivarlo, pero viraba veloz.

Usaron los cañones tratando de romperlo; no sirvió de nada.

Cuando vieron que no se podía hacer otra cosa, rezaron.

Al amainar la tormenta solo quedaban siete barcos en la superficie.

Uno tras otro, seis de ellos se fueron hundiendo después por los daños recibidos.

—¿Y no hubo supervivientes?

—No después del tifón. Buscaron y buscaron, pero solo encontraron cadáveres.

—Dime que al menos lograron recuperar su cuerpo.

Cheng I Sao sacudió la cabeza con pena infinita.

Fue a hablar, pero la voz se le quebró y comenzó a llorar de nuevo.

Pao Tsai nunca había visto a su madre tan hundida y se le partió el corazón aún más, si aquello era posible.

Se sentó a su lado y puso la mano en su hombro.

Ella se giró y se aferró a él hasta que se serenó lo suficiente como para poder continuar.

—No, hijo mío. No podremos rendirle honores. No podré hacer ofrendas a los dioses para que lo acojan en su seno, al menos de cuerpo presente, y tú no podrás rezar a tu Dios para que resucite el día del juicio.

—No hay cuerpo…

Chang Pao Tsai agachó la cabeza cerrando los ojos.

La mar era muy cruel a veces. Respiró hondo y trató de calmarse, de deshacer el nudo de su garganta para poder seguir adelante.

No podía venirse abajo también él. Se levantó y caminó por el camarote intentando ordenar sus pensamientos antes de sentarse en una silla de madera frente a la cama.

Miró a Cheng I Sao, que parecía haberse serenado.

—Y ¿qué piensas hacer ahora?

Cheng I Sao lo miró con fijeza procurando leer en su rostro sus pensamientos.

Estuvo en silencio un largo rato, tanto que Chang Pao Tsai llegó a creer que se había olvidado de la pregunta y se había perdido en algún lugar entre todo ese dolor.

Su madre abrió la boca y la cerró como si fuera a hablar y se arrepintiera de lo que iba a decir. Volvió a hacerlo.

—No recuerdo haberte visto nunca sin palabras, madre —dijo Chang Pao Tsai sin dar crédito.

—Es que lo que voy a decir no es fácil.

—No te preocupes por mí si quieres conservar la armada bajo tu dirección —añadió él para hacerle las cosas más fáciles—. No ansío poder ni la responsabilidad de tener bajo mi mando a tanta gente. Ser lugarteniente ya es más de lo que quería. ¡Ni siquiera sé si sería capaz de organizarlo todo!

Cheng I Sao rio quedamente, sin alegría. Se levantó y se acercó a Chang Pao Tsai. Posó su mano en la mejilla del chico, que cerró los ojos ante el contacto. El pulgar acarició con levedad la piel antes de retirarse. Cheng I Sao volvió a sentarse.

—Eres muy atento. Quiero mantener la flota bajo mi mando, es cierto. Yo la convertí en lo que es y no es justo que ahora se me arrebate. Pero tú eres el heredero legítimo. Cheng Yi te estaba preparando para sucederle y todo el mundo lo sabe.

—Pero esperaba que quedasen muchos años hasta ese momento.

Cheng I Sao asintió.

—Lo sé. Eres un joven muy inteligente, buen guerrero, y los hombres te siguen de forma ciega. Pero aún no estás listo. No sabes todo lo que es necesario saber para gestionar un imperio como este.

Chang Pao Tsai se levantó de la silla.

—Pues entonces no hay más que hablar. Les diré a los capitanes que no deseo comandar la flota y que la dejo en tus manos.

Cheng I Sao se levantó también y quedaron los dos frente a frente. Ella lo miró con tristeza.

—No me aceptarán. Todos estos años me han respetado y obedecido porque contaba con el respaldo de Cheng Yi.

¿Crees que si hay una batalla acatarán mis órdenes sin rechistar?

Desde que llegó el barco que trajo tan desgraciada noticia los veo mirarme, observo cómo se reúnen en grupitos en cualquier rincón, los oigo murmurar y callarse de repente cuando me ven aparecer.

Están maquinando contra mí, Pao Tsai, y no tengo manera de defenderme ni de defender lo que es mío por derecho si ellos están en mi contra.

Chang Pao Tsai hizo un pequeño movimiento hacia adelante que le acercó aún más a Cheng I Sao y levantó las manos como si fuera a abrazarla, pero luego un relámpago de duda cruzó por sus ojos y las bajó de nuevo. Su madre no pareció percatarse.

—Y ¿qué propones hacer, madre?

—Solo me aceptarán si estoy respaldada por el heredero de Cheng Yi.

Y ese eres tú, no yo. No vale con que se lo digas de palabra.

Necesitan un gesto, un símbolo que les haga ver que todo va a continuar marchando como hasta ahora.

Aunque sea yo la que dirija la flota, quieren saber que todavía hay un hombre al frente de las tropas. Un almirante con el que contar.

—No entiendo. ¿Qué gesto? —Pao Tsai se calló bruscamente cuando creyó entender a qué se refería Cheng I Sao—. Espera, ¿estás diciendo…?

La mujer miró a los ojos del joven, donde se leía la confusión y algo más que no podía descifrar. Una leve sonrisa torció una de las comisuras de su boca.

—Sí. Debemos casarnos. Es la única forma.

Entonces Pao Tsai sí que levantó las manos y las puso en los hombros de la mujer.

—Tu marido acaba de fallecer. Mi padre ha muerto. ¿Crees que es buena idea?

—¿Se te ocurre otra mejor? Esperaremos, claro, a después de las ceremonias y ofrendas. Pero todos deben saber que lo haremos. Si es que quieres…

—Quiero —dijo Pao Tsai de forma, tal vez, demasiado apresurada.

Carraspeó—. Es decir, entiendo que no hay más opciones.

—Retiró las manos de sus hombros y dio un paso atrás—.

Sé que será duro para ti, madre, después de tu pérdida, y quiero que sepas, aunque seguro que no es necesario que lo aclare, que te respetaré como siempre y que, aunque seas mi esposa, no pretenderé que te comportes como tal.

—Mi dulce Pao Tsai —replicó Cheng I Sao bajando la mirada—. Sé que haremos un buen equipo juntos. No te preocupes, nada cambiará entre nosotros.

Se acercó a la pequeña ventana que tenía su camarote y contempló el mar, por lo que no pudo ver el fugaz gesto de Chang Pao Tsai, que cerró los ojos como si hubiera recibido una bofetada.

Se recuperó tan rápido que, para cuando su madre y futura esposa se dio la vuelta, ya tenía en su rostro su expresión habitual.

—De acuerdo —dijo él—. Entonces está decidido. No tardemos más en salir y dar la noticia. Tenemos que enviar emisarios a todos los rincones de la flota, a nuestros informantes y a todo el que deba conocer este cambio de poder.

Se dirigió hacia la puerta.

—Espera —dijo ella. Chang Pao Tsai se giró—. A partir de ahora no volveré a ser conocida como Cheng I Sao. No tiene sentido ahora que él ha muerto y que voy a ser tu esposa.

—¿Cómo deberemos llamarte a partir de ahora, madre?

—Bueno, madre no. —La pequeña broma les hizo reír y alivió un poco la tensión en aquel espacio. Siguió hablando como si lo tuviera todo ya meditado, lo que conociéndola era más que probable—. Ching Shih.

—¿Viuda de Cheng?

Ella se encogió de hombros.

—¿Por qué no? Hará que nadie olvide quién soy y no interfiere en nuestro acuerdo.

—¿No te gustaría tener un nombre propio en algún momento, algo que te defina por ti misma, no por mi padre?

Ella rio de nuevo.

—Yo me defino a mí misma. Un nombre no es sino una herramienta más que usar para conseguir mis objetivos.

—Está bien —dijo él—. Ching Shih entonces.

Y salió de la habitación.