Loto rojo Capítulo 14
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Capítulo 14

L levábamos años de bonanza. Mi posición en la armada era indiscutible.

Nadie me cuestionaba ya, al menos cara a cara, y mi palabra era tan ley como la de Cheng Yi.

Sabía que el respaldo de mi marido era fundamental, pues nadie quería enfrentarse a él insultándome a mí, pero veía cómo poco a poco, decisión a decisión, me iba ganando el respeto de la mayoría de capitanes.

Solo O Po Tae me daba problemas, pero no era a mí en exclusiva.

Mi marido también sabía que la situación era insostenible y lo aguantaba porque era mejor tenerlo cerca y controlado que no saber qué tramaba.

Por eso la bandera negra estaba siempre cerca de nosotros.

Ho Woo y Kuayin Song pasaban meses recorriendo otros rincones de nuestro mar, saqueando barcos y pueblos que no eran aliados y, a veces, ni siquiera acudían a nuestras reuniones habituales: enviaban un navío cargado con la parte del botín que correspondía al fondo común y, en otras ocasiones, comunicaciones escritas en juncos rápidos.

Nosotros nos hacíamos cada vez más ricos.

Cheng Yi mandaba su parte a un intermediario que conocía en Cantón y que se dedicaba a estos menesteres.

Pronto me di cuenta de que no podía guardar la mía en una caja, como hacía en mis tiempos en el burdel, y comencé a dejarlo también en manos del contable de mi esposo.

Perdí la cuenta del dinero del que disponía. Era una mujer rica y, aunque no vestía ni actuaba ni me identificaba con una de aquellas mujeres de fortuna que se veían por la capital, comencé a acostumbrarme a la idea de que podría comprar media flota si quisiera.

El tiempo pasó y, sin darme cuenta, cumplí los treinta años.

Aunque no me miraba demasiado en el espejo, lo hacía lo suficiente como para saber que apenas parecía que hubieran pasado los años por mí.

Me protegía del sol todo lo que podía para preservar la tez blanca que tanto había gustado a mi marido, aunque nunca pude volver a esa palidez que tenía antaño, pues el sol me perseguía cada vez que me asomaba a cubierta.

Hacía cinco años ya, casi seis, que vivía como una pirata y daba gracias a los dioses a diario por haber cruzado a Cheng Yi en mi camino y haberme permitido vivir semejante aventura.

Un día, un mensajero vino con una misiva de Park Kuang, nuestro primer espía en la corte del emperador.

Seguíamos contando con él, aunque habíamos ampliado nuestra red.

En ella nos decía que sabía de buena tinta que el emperador estaba en conversaciones con un pirata del mismísimo Dragón Celestial para traicionar a Cheng Yi.

A cambio de un indulto y tierras para él y su familia, se comprometía a entregarnos a Jiaqing.

—La mayoría de tus hombres son analfabetos —le dije a mi esposo—. Eso reduce mucho el número de sospechosos.

—Salvo que alguien haya mentido, apenas diez hombres en este barco saben leer y escribir.

—No deberías fijarte solo en los hombres —apuntó Chang Pao Tsai, que como de costumbre se encontraba con nosotros cuando estaba a bordo del Dragón Celestial y teníamos asuntos que discutir—. Una mujer ambiciosa puede querer medrar y ayudar a su marido a comunicarse.

—Eso eleva el número a, tal vez, once personas. —Rio Cheng Yi. Sin embargo, yo no me reí. La apreciación de Pao Tsai me parecía muy inteligente.

Esa misma tarde hubo una redada a bordo.

Junto con Pao Tsai, cinco hombres de nuestra confianza registraron el barco de arriba abajo buscando pliegos de papel.

No buscábamos en concreto cartas con el sello imperial, no creía que hubieran sido tan tontos de marcar esa correspondencia con un símbolo tan llamativo.

Sin embargo, me equivoqué: no solo las cartas llevaban el sello imperial, si no que estaban en poder de alguien que ni en un millón de años podía haberme imaginado traicionándonos… otra vez.

—Mei Yin, supongo que no puedes explicarme esto —le dije tratando de mantener mi expresión neutra y sin traslucir el dolor que sentía por la vileza de mi antigua amiga. Fang, sin embargo, a mi lado, lloraba sin recato.

—Yo… Nosotros… —Mei Yin no acertaba a pronunciar una frase coherente. Su marido, a su lado, se limitaba a mirar a Cheng Yi con la expresión ausente de quien se sabe condenado.

—Shen Hao —le dijo Cheng Yi con esa voz suave que siempre ponía cuando más peligroso era—. Llevas conmigo casi diez años, en los que no creo haberte tratado mal. ¿Por qué querías entregarnos al emperador?

—No quería. —Shen Hao comenzó a llorar y se puso de rodillas—. ¡No quería, te lo juro! Pero estábamos cansados de vivir siempre a bordo. Queríamos unas tierras donde retirarnos a llevar una vida más sencilla y menos peligrosa, Mei Yin, los niños y yo.

—¿Por qué no me lo contaste?

—Nadie puede abandonar la armada —dijo Mei Yin como explicación—. No teníamos más opciones.

—¡Claro que había más opciones! —Cheng Yi se levantó y se volvió a sentar tratando de calmarse. Le puse la mano en el brazo.

—Podríamos haber estudiado vuestro caso. No se permite la deserción, pero una petición es diferente. Podríamos haber fijado una cantidad de aportación al fondo tras la cual os pudieseis retirar.

—No tenemos dinero —dijo Shen Hao sin dejar de llorar—. Nunca nos hubierais dejado marchar.

Me pregunté qué habrían hecho con su parte del botín, pero pronto recordé los rumores de que a Shen Hao le gustaba demasiado apostar. Suspiré desconsolada.

—Supimos que el emperador estaba ofreciendo indultos. —Mei Yin estaba arrodillada con la frente en el suelo y hablaba sin mirarnos—. No queríamos traicionaros, os lo juro.

—Pero en estas cartas dice claramente… —Cheng Yi agitó la correspondencia frente a ellos— que, además del indulto, os ofrecía tierras y una bolsa de monedas si vosotros le conseguíais algo a cambio.

Y en la siguiente… —la buscó entre las que llevaba en la mano—, especifica que, si procuráis nuestra muerte, se considerará un gran servicio a su celestial majestad y Shen Hao tendrá, además, un puesto de funcionario en las altas esferas.

—Eso era una tentación irresistible, ¿no es así?

—Miré a Mei Yin con pena infinita, pero ella no levantó la cabeza—.

Para qué llevar una vida humilde cuando podías llevar una vida de riquezas, ¿verdad?

Y tú, que eras mi amiga, tú aprovechaste tus conocimientos para escribir estas cartas, para leerle las respuestas a tu marido.

¿No pensaste ni por un momento en lo que ibas a hacernos?

La espalda de Mei Yin se comenzó a sacudir y supe que estaba llorando.

En ningún momento pidieron clemencia: sabían que ni la merecían ni la obtendrían.

Se les ejecutó en público. Todos conocían lo que habían tratado de hacer; todos sabían que la traición no tenía perdón, y menos una como esa.

También sus dos pequeños murieron. Cheng Yi se mantuvo firme en ese punto y yo no insistí.

Tenía razón: por doloroso que resultase, no debía quedar nadie de esa familia con vida.

Solo así los demás lo pensarían dos veces antes de ofrecer nuestras cabezas a cambio de dinero.

A los niños les dieron a beber veneno tratando de que su muerte fuera lo menos dolorosa posible.

Mei Yin y Shen Hao suplicaron poderse suicidar para mantener algo de honor, pero les fue denegado.

Ambos fueron decapitados y los cuerpos de toda la familia se arrojaron al mar.

Nadie protestó, a nadie se le ocurrió decir que aquello no era justo.

Después de eso Cheng Yi dio permiso a la tripulación para fumar y beber, y los ánimos volvieron a su ser envueltos en una nube de opio.

—De verdad que no puedo creer que fueran a hacerlo —le dije a Cheng Yi permitiéndome por fin llorar.

Él me enjugó las lágrimas y me besó en la frente.

—Llevas ya el tiempo suficiente en este mundo para saber que la mayoría de la gente vendería a su madre si pudiera sacar algo a cambio.

—Lo sé. ¡En qué pocos podemos confiar! —me lamenté.

—Ser líder es duro y solitario. Al menos, yo he tenido la inmensa fortuna de poder compartir el trono contigo.

A la mañana siguiente no se volvió a hablar de Mei Yin en mi presencia. Ni siquiera Fang volvió a hacerlo. En lo que a mí respectaba, no había existido. No iba a perder ni un pensamiento en quien no supo valorar mi amistad.

Tenía treinta y un años cuando la desgracia se abatió sobre mí.

Era noviembre de 1807 y una aldea cercana a Macao había rehusado pagar por nuestra protección.

Sabíamos lo que eso significaba: había que recordarles lo que podía pasar si no lo hacían.

Habitualmente hubiera sido Chang Pao Tsai quien hubiera liderado esa misión como lugarteniente de la armada, o habríamos mandado a Ho Woo, o incluso a alguno de los capitanes de menor rango, pues era una incursión aparentemente sin dificultad.

Pero Pao Tsai estaba en otro barco persiguiendo presas y, además, llevábamos tiempo sin entrar en batalla.

Creo que Cheng Yi echaba de menos algo de movimiento y decidió ir él en persona.

No se llevó el Dragón Celestial, sino que embarcó en un junco más pequeño y se marchó al mando de una flotilla de veinte barcos hacia la aldea díscola.

Nosotros nos quedamos donde estábamos en ese momento, a algunas millas de la costa vietnamita.

Era una misión que no debía llevarle más de diez días entre ir, realizar la tarea y volver.

No había mucho que hacer a bordo. Nuestro imperio se gestionaba de forma fácil en el día a día y no había conflictos que requiriesen de mi presencia por el momento, así que me dedicaba a leer, pasear por cubierta, jugar a los dados con Fang y algunas de las otras mujeres, y trabajar en un borrador del código de conducta que quería implantar para nuestro creciente ejército.

Había llegado un momento en que los castigos tenían que endurecerse porque, con tanta gente, los conflictos eran inevitables y muchos pensaban que valía la pena arriesgarse a perder una oreja o a recibir unos azotes a cambio del premio.

Quería que hubiera castigos ejemplares. Necesitaba que los hombres fuesen disciplinados y no dieran problemas para poder centrarnos en lo importante.

Habían pasado doce días desde que Cheng Yi se había marchado y comenzaba a inquietarme.

No habría sido extraño que, aprovechando que iban hasta allí, hubiera decidido hacer una visita a alguno de nuestros informantes, o que se hubiera metido en alguna escaramuza con algún mercante por diversión, pero lo normal es que hubiera mandado un barco para notificarme sus movimientos.

Me inquieté aún más al día siguiente y estuve desde la mañana oteando el horizonte sin resultados.

Me retiré tras la comida a descansar, pero pronto algo interrumpió mi reposo.

—¡Cheng I Sao! ¡Cheng I Sao!

Salí a cubierta a toda prisa y vi acercarse un pequeño junco maltrecho y lento.

Conforme se aproximaba a nosotros se adivinaba la magnitud de la tragedia que había vivido: solo le quedaba un palo, las velas estaban agujereadas y los travesaños de bambú rotos.

Cuando estuvieron pegados a nuestra borda apareció uno de nuestros capitanes.

Tendimos una escala entre ambos barcos y él pasó caminando como si fuera el puente más estable del mundo.

Al llegar a bordo cayó de rodillas ante mí, apoyó la frente en el suelo y dijo.

—Cheng Yi ha muerto, señora.