Capítulo 13
E l capitán enemigo cada vez estaba más cerca.
Lo veía luchar y deshacerse sin demasiado problema de los piratas que caían a su alrededor.
Chang Pao Tsai enseñó los dientes; no sería tan fácil librarse de él.
Cuando estaba a punto de comenzar a subir las escaleras que conducían al puente de mando oyó una trompeta.
Eran los suyos tocando retirada. Miró a su alrededor.
En ese barco iban ganando, pero sabía que en la parte exterior del delta los daños estarían siendo cuantiosos y tal vez no pudieran aguantar más.
La llamada se repitió. Soltó un grito de frustración y dejó de subir.
Mantuvo el contacto visual con el capitán del barco portugués y le apuntó con su sable.
Él sonrió e hizo una pequeña reverencia encogiendo los hombros como dando a entender que él también sentía no poder luchar con Pao Tsai.
—¡Retirada! —gritó caminando hacia atrás y tratando de localizar a todos sus hombres en la contienda.
Se acercó a los fardos que habían dejado aparte y tomó las armas que pudo llevar enganchadas al cinto.
Algunos compañeros hicieron lo mismo mientras los demás mantenían la formación para evitar que los portugueses llegaran hasta ellos.
Cuando cogieron todo lo que pudieron cargar, echaron por la borda el resto y luego fueron ellos quienes se colgaron de los cabos y las escalas para regresar a su nave entre el fuego de los disparos de los europeos.
Salieron como pudieron de aquella encerrona.
La retirada, entre dos filas de buques enemigos, no se haría sin pérdidas.
Navegar en ceñida, contra el viento, implicaba ir lentos y en zigzag ofreciendo un blanco fácil.
Agachados tras las bordas, prácticamente escondidos, disparaban a las naves imperiales y europeas tratando de cubrir su retirada.
Al salir del alcance de sus fusiles respiraron tranquilos, pero solo un momento.
Cuando consiguieron rebasar la primera línea y se encontraron con el resto de la flota, los cañones fieles a los Nguyen volvieron a tronar.
Uno alcanzó el barco en que navegaba Chang Pao Tsai.
Hubo un tremendo estruendo. Las esquirlas de madera saltaron por todas partes y Pao Tsai vio cómo el timonel caía con una de ellas, del tamaño de una pata de silla, clavada en el estómago.
Corrió hacia allí sin hacer caso de los rasguños que llevaba en la espalda y en los brazos.
Agarró el timón con fuerza y dirigió el barco hacia mar abierto, tratando de ceñir en el menor ángulo posible para dificultar la puntería de la artillería enemiga.
El Dragón Celestial navegaba justo delante de ellos y el resto de la flota los seguía.
Nadie los persiguió: al final sus enemigos habían perdido también muchos barcos y sufrido grandes daños, por lo que no estaban en condiciones de dar caza a los piratas.
—¿Cuántos juncos hemos perdido? —preguntó a Cheng Yi cuando se reunieron cerca de la isla que usaban como base de operaciones.
—Unos cien —contestó él acariciándose la perilla—. Son muchos, pero no puedo decir que no conociéramos el riesgo.
—¿Y ellos?
—Es difícil asegurarlo —respondió Ho Woo, que estaba sentado a la mesa del consejo con un brazo en cabestrillo y una venda cubriendo su frente—. Conseguimos hundir dos fragatas. Había menos de diez, así que es un triunfo. E innumerables juncos imperiales.
—Además interrumpimos el suministro a tierra —añadió Cheng I Sao—. Tuvimos éxito en casi todos los abordajes, por lo que Nguyen Anh habrá quedado bastante desabastecido.
—Le llegarán refuerzos por el norte. Está avanzando y aprisionando a los hermanos Tay Son entre los frentes del norte y del sur —añadió O Po Tae con voz grave—. Acabará venciendo, ya lo veréis, y habremos apoyado a los perdedores.
—Estuviste de acuerdo cuando participamos la primera vez. —Cheng Yi se enfrentó a él.
—La primera vez parecía que iban a ganar.
—Nguyen Anh solo tiene el sur. No se puede decir que vaya ganando. —Pao Tsai no pudo evitar intervenir.
O Po Tae lo miró con una media sonrisa en su cara redonda.
—Eso parece, pero me juego la mitad de mi fortuna a que se recompondrá y reunificará el país. No solo tiene el apoyo de Jiaqing y toda la flota imperial, también franceses y portugueses han aportado barcos y hombres a cambio de buenos tratados comerciales si vence.
—Ya está hecho —dijo Cheng Yi—. La mitad del pago que nos corresponde se hizo efectiva antes de entrar en combate; la otra mitad llegará en poco tiempo, espero.
Es más que suficiente para pagar a las familias de los caídos, aunque no hemos perdido tantos hombres: muchas barcas los recogieron evitando un desastre mayor y pocos se han ahogado.
De momento repartiremos a los hombres en el resto de los barcos.
Al ritmo al que crecemos, en unos meses volveremos a ser tantos o más que antes.
Y como Cheng Yi había dicho, el pago por sus servicios llegó, aunque también O Po Tae tuvo razón.
Nguyen Anh ganó posiciones, avanzó con ayuda de los refuerzos y en unos meses había tomado Hanoi reunificando Vietnam por primera vez desde hacía muchos años.
La dinastía Tay Son se extinguió y la Nguyen volvió a resurgir, y tanto China como Francia y Portugal sacaron sustanciosas ventajas de esa victoria.
Pao Tsai no dijo nada cuando se enteró. Al fin y al cabo, esa ya no era su guerra, aunque su corazón estuviera con los rebeldes. Se encogía de hombros cuando alguien le preguntaba y seguía con sus quehaceres, como si nunca hubiera apoyado a ningún bando.
Al año siguiente recibieron una misiva del emperador: les ofrecía un indulto y el puesto de caballerizo real para Cheng Yi si aceptaba abandonar la piratería.
Cheng Yi se echó a reír. Se negó incluso a contestar a Jiaqing para rechazar su oferta y el barco que les había llevado la comunicación tuvo que volver sin respuesta.
La armada siguió con sus negocios y continuó creciendo: para 1805 llegaban casi a mil naves que Cheng Yi y Cheng I Sao dirigían con mano de hierro.
Su dominio se extendía por todo el mar de la China.
Había pocos barcos que cruzaran sus aguas sin que ellos se enteraran.
Normalmente dejaban en paz a los buques europeos: aun pudiendo asaltarlos y quedarse con sus tesoros, las represalias probablemente serían mayores que los beneficios que pudieran sacar.
Los hijos continuaban sin llegar. Chen I Sao no se quedaba embarazada, aunque tenían a Pao Tsai y ambos se conformaban con eso. El linaje de Cheng Yi continuaría pasara lo que pasara.
—Ya tienes edad suficiente para tomar esposa —le dijo Cheng I Sao a Chang Pao Tsai una tarde, apoyados en la borda, mientras Cheng Yi hacía unos cálculos con su contramaestre en la mesa junto al timón.
—No quiero una esposa, madre. —Pao Tsai miró hacia la lejanía, hacia el sol que comenzaba a caer con lentitud tiñendo los cielos de toda una gama de rosas, rojos y añiles que se reflejaban en el agua casi transparente de esa zona del mar de la China, cercana a Filipinas.
—Pero tienes ya veintidós años, Pao Tsai. ¿No hay ninguna mujer que te atraiga?
Cheng I Sao lo miraba con cierta preocupación. Lo conocía bien y en los últimos meses lo había notado alicaído. A su pregunta siguió un largo silencio.
—Ninguna a la que pueda tener —dijo finalmente sin retirar la vista del horizonte.
—Cuánto sufrimiento trae la juventud y su afán por los amores prohibidos.
—Cheng I Sao rio suavemente tratando de quitarle hierro al asunto, aunque calló al ver que Pao Tsai cerraba los ojos y no contestaba.
Era un sentimiento profundo, entonces. Le puso la mano en el brazo en una suave caricia, pero la retiró cuando notó el espasmo que provocó en el joven—.
Lo siento, no pretendía herirte. ¿Ella es libre? ¿Qué te impide tenerla?
—No es libre. —Pao Tsai lanzó una mirada de reojo a su madre antes de volver la vista de nuevo al mar—. Está casada, es fiel a su marido y su voluntad y su firmeza es una de las cosas que más me atraen de ella.
—Lo siento mucho. Si está casada… Sabes lo que opino del adulterio.
En la Armada Roja, más para evitar conflictos de convivencia que por temas morales, el adulterio, tanto femenino como masculino, se castigaba con escarnio público y azotes frente al resto de la tripulación.
Cheng I Sao pretendía endurecer las penas, pues no eran pocas las ocasiones en que dos hombres habían acabado a cuchilladas por la esposa de uno de ellos en las noches en que se les iba la mano con el alcohol.
Si la amada de Pao Tsai estaba casada, estaba totalmente fuera de su alcance.
—Lo sé, madre. Nunca haría algo que te avergonzase. —Pao Tsai se giró y apoyó los codos en la borda. Echó la cabeza hacia atrás y miró al cielo—. No te preocupes por mí, estoy bien así.
—Conocerás a otra, eres muy joven —aseguró I Sao tratando de animarlo.
Él sacudió la cabeza, se retiró el pelo de los ojos y acarició con brevedad el crucifijo que llevaba colgado al cuello y que era una rareza en aquel lugar.
—No conoceré a nadie como ella —dijo con el tono de voz de quien tiene la absoluta convicción de que lo que dice es cierto—. Debo irme, madre, tengo cosas que hacer.
Y se marchó dejando a Cheng I Sao preocupada, preguntándose quién de las mujeres de a bordo sería de la que Pao Tsai se había prendado de semejante manera.