Capítulo 12 #2
—Igual que ayer. Más viuda que casada, si te soy sincera.
—Creo que has sido muy inteligente.
Fang nunca daba su opinión si yo no se la pedía directamente, así que me sorprendió.
—No es que nadie me haya dicho nada —continuó—, ya saben el vínculo que me une a ti, pero yo veo y escucho, aunque luego calle.
Cuando Cheng Yi…, cuando murió, la gente hablaba de la posibilidad de que tú reclamaras el liderazgo, y no contabas con muchos apoyos.
Incluso Ho Woo, que siempre ha estado de tu parte, se sentía incómodo al respecto.
Pero al anunciar que pasado el luto Chang Pao Tsai y tú os desposaríais, a pesar del escándalo, las aguas se calmaron.
—Lo sabía, por eso tomé esta decisión.
—Hiciste bien, Ching Shih. Hasta el cambio de nombre es muy apropiado. Siempre fuiste la más lista de las chicas de la casa de Madame Yeng y siempre fuiste buena conmigo. Te seguiría hasta donde hiciera falta.
Puse mi mano sobre la suya.
—Lo sé, descuida. Y ahora que ha pasado el tiempo y ya hemos celebrado la ceremonia, ¿qué se dice?
—Casi todo el mundo está conforme con este acuerdo. Hubo alguna protesta, se llegó a decir que era una traición a la memoria de Cheng Yi, pero tras ver anoche que ni siquiera dormisteis juntos, creo que todo el mundo está de vuestro lado.
—Salvo O Po Tae.
—Salvo O Po Tae —confirmó Fang—. Y algunos otros capitanes afines a él. Pero no temas, tendré los ojos y los oídos bien abiertos.
Cuando salí a cubierta el ambiente estaba muy tranquilo. Apenas había marineros a la vista. Me acerqué a Chang Pao Tsai, que estaba sentado con la espalda apoyada en la borda mirando al cielo.
—Buenos días, esposo.
Él me miró con una sonrisa y me invitó a sentarme a su lado.
—¿Cómo has pasado la noche? —me preguntó.
—Dormí profundamente —respondí—. Estaba agotada.
—Es normal. Demasiadas emociones. Entiendo que sea raro para ti verte casada tan pronto.
—¿Te comentaron algo los hombres anoche?
Mi marido se encogió de hombros.
—Alguna broma, alguna chanza. Ya los conoces. Nada irrespetuoso o desagradable.
—¿Y cuando acudiste a tu hamaca a dormir?
—Ni una palabra.
—He pensado… —Me quedé en silencio y bajé la mirada antes de continuar—. He pensado que los hombres apreciarán que durmamos separados por respeto a tu padre, aunque tal vez sea motivo de burla más adelante.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Pao Tsai frunciendo el ceño.
—Que si crees en algún momento que es lo más conveniente, mi camarote estará abierto para ti.
Pao Tsai abrió los ojos con sorpresa.
—No me malinterpretes, por favor —me apresuré a aclarar—.
Podemos poner un jergón en el suelo para que duermas.
Nadie tiene por qué saberlo. Pero es cierto que tendremos que pasar mucho tiempo juntos si queremos gobernar mano a mano esta armada y tal vez sea más normal, dentro de un tiempo, que se nos vea hacer vida como el matrimonio que somos.
—Entiendo —dijo él, y su cara no dejó traslucir nada—. Lo tendré en cuenta.
La paz no duró mucho. Como unas dos semanas después de nuestra boda me despertaron unos gritos al amanecer.
—¡Madame Ching! ¡Chang Pao Tsai! ¡Madame Ching!
Salí corriendo de la habitación. Pao Tsai apareció por la escotilla de la bodega anudándose los pantalones, descalzo y sin camisa, como siempre. Me miró y apartó la vista con rapidez, así me di cuenta de que llevaba el qipao mal abrochado y se me veía la camisa interior.
—¿Qué ocurre? —pregunté mientras me lo colocaba bien.
El resto de la tripulación iba asomando al oír los gritos. Un hombre subía por la escala llamándonos con la cara desencajada. Cuando nos vio se acercó a nosotros a la carrera.
—¡Es O Po Tae! —gritó el mensajero cayendo de rodillas—. ¡Ha abandonado la armada!
Chang Pao Tsai y yo nos miramos. No puedo decir que me sorprendiera: sabía que no era de fiar y que acabaría traicionándonos.
—¿Cuándo?
—Hace dos noches, imagino. Mi junco estaba con la bandera negra, ya lo sabéis.
Ayer al amanecer descubrimos que un gran número de barcos había abandonado sus posiciones.
Nos juntamos los capitanes de los juncos que quedaban y uno dijo que oyó una conversación en la que O Po Tae aseguraba que cualquier día aceptaría el ofrecimiento del emperador.
—Eso es traición.
—Lo sé —dijo el hombre bajando la frente hasta el suelo—. Pero jura que pensó que era una bravata de las suyas y no le dio mayor importancia.
Suspiré.
—¿Cuántos barcos se ha llevado? —preguntó Pao Tsai.
—Casi todos los que formaban parte de la bandera negra. Les ha comido la cabeza, es un buen orador.
—Hablamos de más de cien barcos —dije yo.
—Y eso contando con que su bandera tenía menos naves que las demás —dijo Pao Tsai para sí.
—¿No viste ningún indicio de que esto pudiera pasar? —le pregunté al pirata que nos había traído la noticia.
Él negó con la cabeza con vehemencia.
—Os juro que no. Mis hombres y yo siempre os hemos sido leales a Cheng Yi, a ti, Ching Shih, y a Chang Pao Tsai. Si hubiera notado algo habría venido de inmediato a avisar.
—¿Les damos caza? —pregunté a mi marido.
—No —negó él—. Nos llevan ventaja, y supongo que habrán ido a ponerse al servicio del emperador Jiaqing.
Perseguirles sería meternos en la boca del lobo.
Pero —añadió con la mandíbula tensa y sus ojos oscuros lanzando chispas— los condenamos a muerte.
Si alguna vez nos los encontramos, en mar o en tierra, en una escaramuza o en tiempos de paz, cualquier miembro de la Armada de la Bandera Roja tendrá el deber de acabar con su vida.
Casi me aliviaba haberme librado de aquel hombre sin luchar, aunque por el camino nos había hecho mucho daño.
Mandamos barcos para reunir lo que quedaba de la bandera negra.
Así supimos que no se había llevado toda esa flotilla.
Algunos estaban pirateando por la zona separados del resto de la escuadra y otros habían permanecido fieles.
Al final, O Po Tae nos había robado unos ciento sesenta juncos de distintos tipos, más de veinte de ellos navíos de guerra con buen armamento.
Casi ocho mil hombres se habían ido con él.
Me sorprendió que no hubiera querido enfrentarse a nosotros en batalla, aunque tal vez pensó que la lealtad de sus hombres podía flaquear si tenían que luchar contra sus compañeros de armas.
Se había llevado bastante más de lo que aportó a la coalición, lo cual me hizo hervir de rabia. Pao Tsai se lo tomo con más filosofía.
—No podemos hacer nada —me dijo—. Reestructuremos la armada. ¿Quién estará al mando de la bandera ahora?
Lo pensé bien. Debía ser alguien leal, alguien curtido en el combate y con experiencia en guiar a sus hombres.
Miré a quien había demostrado una lealtad tan fuerte hacia nosotros como para que O Po Tae ni siquiera se hubiera planteado contarle sus planes.
Hice un gesto a Pao Tsai y hablamos en un aparte.
—¿Cómo se llama ese hombre? ¿Lo conoces?
Él asintió.
—Lo conozco, sí. Se llama Bao Kang y lleva con nosotros diez años, desde antes de que llegaras tú.
—¿Por qué no lo conocía yo? —me pregunté.
—No participa en los consejos y, al pertenecer a la bandera negra, siempre ha quedado a la sombra de O Po Tae. Es normal que no hayas coincidido.
—Desde luego, es leal.
Chang Pao Tsai asintió.
—Lo es. Es un buen hombre y ha participado en muchos combates. ¿Crees que haría un buen papel como capitán de la bandera?
—Puede ser. Conoce a las tripulaciones, tiene experiencia y, lo más importante, no tendremos que temer una traición por su parte. ¿Qué opinas?
Pao Tsai lo miró de reojo.
—Es buena idea.
Así fue como Bao Kang, que hasta ese momento era el capitán de un junco de los cientos que componían la Armada de la Bandera Roja, pasó a comandar toda una bandera.