Loto rojo Capítulo 16
49%

Capítulo 16

T uve miedo cuando le propuse a Chang Pao Tsai lo que había meditado.

Yo sabía que era la única forma de mantener el control de la flota, de que los hombres lo vieran a él como sucesor de Cheng Yi y el encargado de las decisiones tácticas, de guiarlos en la batalla y de imponer resp eto.

Solo así aceptarían que yo siguiera en mi posición de siempre: menos expuesta, menos marcial, dedicada a la organización, a la diplomacia, la economía y los acuerdos.

En realidad, dedicada a reinar sobre ese imperio que habíamos creado mi difunto marido y yo y que se desmoronaría si no se llevaba con la mano de hierro con que yo lo hacía.

Estaba convencida de ello, pero no sabía si Pao Tsai lo vería de la misma forma.

Hacía años que convivíamos y siempre le vi una lealtad ciega a su padre y, por ende, a mí; aprecié su talento, inteligencia y buen ojo, pero nunca se sabe cómo van a reaccionar los hombres ante las pruebas del destino.

¿Y si se ofendía? ¿Y si rechazaba mi propuesta y quería la armada entera para él?

También lamentaba en lo más profundo de mi alma ser yo quien le diera la noticia de la muerte de su padre y llevar tal dolor a su corazón.

Por otro lado, ¿quién mejor que yo? Había desarrollado un afecto muy profundo por aquel joven desde el momento en que lo conocí y sabía que nos acompañaríamos en nuestra pena.

Y así fue. Mostró una gran templanza y supo ver las ventajas de la unión que yo le proponía.

Aceptó y fue muy tierno cuando quiso aclararme que no me pediría nada que yo no pudiera dar.

Algo más difícil fue que los capitanes y el resto de los hombres digirieran nuestra decisión.

Reunimos a todo el alto mando en una cubierta tan despejada como era posible y tuve que aguantar las miradas de O Po Tae, cuyos ojos brillaban con malicia anticipando mi caída a pesar de tratar de transmitir duelo.

Era un día soleado y magnífico. El típico día que tal vez hubiéramos aprovechado para coger una pequeña barca, acercarnos a una isla desierta cercana, nadar en el mar y pasar una agradable tarde en la orilla…

Eso hubiera sido antes…, ese antes que se encontraba a unos pocos días de distancia y, al mismo tiempo, tan lejos que parecía que hubiese pasado una eternidad.

Pero ahora nos hallábamos ahí reunidos todos, y Chang Pao Tsai y yo nos encontrábamos sobre el puente de mando, en pie, mirándolos a todos. Pao Tsai habló.

—¡Armada de la Bandera Roja!

Los hombres respondieron con un grito.

—Todos conocéis las tristes noticias que han llegado hasta nosotros.

Cheng Yi, mi padre, nuestro almirante, el mejor pirata que ha existido, el más fuerte y poderoso de todos ellos, no ha podido hacer frente a la fuerza de la naturaleza.

Un tifón ha acabado con su vida y con la de tantos otros compañeros, y nos ha dejado huérfanos.

A mí, pero también a vosotros. Aunque no tenemos cuerpo que embalsamar y llorar, haremos las ofrendas y las ceremonias que procedan, para él y para todos los miembros de la flota que ahora descansan en el fondo del mar.

Y cuando todo termine la armada seguirá funcionando como siempre.

—¿Quién nos liderará? —preguntó Ho Woo adelantándose a otros.

—Lo haré yo —contestó Chang Pao Tsai. Oí los murmullos de asentimiento entre la tripulación—.

Y ella también —dijo señalándome. Los murmullos cesaron—.

Nos ha demostrado a lo largo de estos años que nadie mejor que ella para organizar la flota y hacerla crecer.

Cheng I Sao nos ha convertido en una potencia formidable y seguirá en su papel.

—¡Eso no es posible! —gritó O Po Tae. Suspiré. ¿Nunca me iba a dejar en paz?—. ¡Solo es una viuda! ¿Qué poder va a ostentar?

—No es solo una viuda, O Po Tae —dijo mi futuro marido mirando con determinación al capitán de la bandera negra—. Cuando terminen las ceremonias, ella y yo nos casaremos y seguirá siendo la mujer de vuestro líder.

Las voces crecieron en intensidad. Algunas incluso podían considerarse gritos.

—¡Es una viuda! —repitió alguien a quien no pude localizar—. ¡No está permitido que se vuelva a casar sin un permiso especial!

—Ni en mil años pensé que oiría defender las leyes del emperador en este barco —dijo Chang Pao Tsai.

Me adelanté.

—Así será —dije—. Quien no esté de acuerdo puede irse, pero ya sabe la pena que reservamos a los desertores.

Muchos de aquellos hombres, empezando por quienes sabíamos que serían nuestros aliados, pues ya lo eran de Cheng Yi, se inclinaron en una reverencia ante nosotros.

Los demás, poco a poco, fueron haciendo lo mismo.

Al final, hasta O Po Tae y sus seguidores tuvieron que claudicar.

Sabía que en muchos casos no era un apoyo real, pero sentí una explosión de orgullo en mi pecho.

—Una cosa más —añadí con la barbilla levantada—. A partir de ahora os dirigiréis a mí como Ching Shih.

No hubo comentarios. A la mayoría de la gente le valía con saber que seguiría teniendo un hombre al mando para darles órdenes en las batallas.

Y todos aceptaban el papel que yo había tenido en esos años.

Tampoco el anuncio de nuestro matrimonio escandalizó: resultaba obvio que era un acuerdo político y no una traición a la memoria de Cheng Yi.

Y quienes sabíamos que nos darían problemas cumplieron con lo que se esperaba de ellos.

Ahora habría que tener más vigilados si cabe a O Po Tae y sus fieles.

En el resto de las banderas, si había quien no estaba de acuerdo no lo demostró.

Como siempre, la lealtad se probaría con el tiempo.

Al día siguiente hicimos las ceremonias.

En un barco, y más en una flota pirata, las costumbres no eran tan estrictas como en tierra.

Allí no importaba la edad del fallecido.

Todos honrábamos al difunto y le mostrábamos nuestro respeto.

Las mujeres embarazadas, sin embargo, se habían quedado en las bodegas sin asistir al funeral para conjurar la mala suerte.

Los cuerpos que se habían podido recuperar formaban una fila sobre la cubierta de nuestro barco y de otros juncos que nos rodeaban, todos unidos en nuestro dolor como la familia que éramos. Estaban amortajados con telas de color azul y paños amarillos cubrían sus rostros.

Pusimos comida a los pies de cada uno de nuestros compañeros muertos y quemamos incienso. No hubo flores; no había dónde conseguirlas en mitad del mar. Con todo el mundo vestido de luto, rezamos a nuestros dioses bajo un sol abrasador.

Repartimos cerveza, bebimos, lloramos, brindamos y lanzamos los cuerpos y las ofrendas al agua deseándoles una buena vida en el más allá.

Apenas había cristianos en la armada: de los asistentes al funeral, solo Pao Tsai y otros tres lo eran, y rezaron también una plegaria a su Dios por el alma de los fallecidos.

Dimos permiso para fumar opio y beber sin restricciones, solo por ese día.

Cien días después, en cuanto acabó el luto oficial, celebramos la ceremonia en que Chang Pao Tsai y yo nos unimos en matrimonio.

Fue corta y no demasiado emotiva. No era una verdadera boda, ya que yo era viuda y a las viudas no solía permitírseles volver a casarse, por lo que no podía ser legal.

Pero era un símbolo. Ambos vestimos de rojo e intercambiamos regalos, pero no dimos ningún banquete ni aceptamos ofrendas.

Pao Tsai me dio la mano y me puso una copa de vino en ella al terminar.

—Ha sido muy rápido —dijo.

—Siento mucho que tu boda haya resultado ser así —me disculpé con pesar en mi corazón—. Deberías haberte casado por amor, no por el capricho de una mujer de mantener el poder.

—Ya está hecho —respondió él mirándome con dulzura—. Yo estaba de acuerdo, así que no te sientas mal por mí. Acabo de desposarme con la mujer más poderosa de estos mares. No está tan mal para mi edad.

Reímos con los codos apoyados en la borda, mirando al mar, que reflejaba la luna en sus aguas oscuras.

Estábamos muy juntos, con los brazos pegados, bebiendo, hablando del día, de Cheng Yi y de lo que él hubiera hecho en nuestra situación.

Hacía apenas unos meses que me había quedado viuda y ya estaba casada de nuevo, pero no le di vueltas: siempre había sido una mujer práctica y aquello era lo que había que hacer.

Me sentía algo borracha, nostálgica, triste y esperanzada, todo a la vez. Bostecé tapándome la boca con la mano.

—Ha sido un día largo —dijo Pao Tsai incorporándose—. Deberíamos descansar.

Cuando llegamos a la puerta del camarote nos quedamos parados: no habíamos hablado de cómo íbamos a llevar ese tema. Sin embargo, solo hubo un momento de duda. Chang Pao Tsai se inclinó en una pequeña reverencia, algo envarado.

—Que duermas bien, esposa.

Me dijo. Y, dando media vuelta, se marchó hacia la hamaca en cubierta donde dormía siempre que se encontraba a bordo y el tiempo lo permitía. Yo me giré, entré en mi habitación y me tumbé en la cama vacía que antes compartía con Cheng Yi.

—¿He hecho bien? —pregunté al aire—. ¿Apruebas mis actos? —Miré por la ventana, por donde entraba un rayo de luna que se reflejaba en el suelo de madera frente a mí—. Supongo que solo el tiempo lo dirá. Espero que seas feliz en el más allá. No te preocupes por mí, podré cuidarme sola.

Me pareció que la luz de la luna titilaba en respuesta. Y, sin tan siquiera quitarme el traje que había servido para desposarme de nuevo, caí rendida.

A la mañana siguiente tardé un poco en despertar y, cuando lo hice, el dolor de cabeza se apoderó de mí.

Fang llamó a la puerta. Me traía el desayuno.

Había hecho un trabajo magnífico, teniendo en cuenta lo limitado de nuestro menú a bordo, compuesto de manera habitual de galletas, arroz y hasta ratas cebadas si se terciaba.

—¿Cómo te sientes? —me preguntó sentándose en una esquina de la cama.

Le alargué mi taza de té y compartimos la infusión.