Loto rojo Capítulo 11
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Capítulo 11

L os meses siguientes fueron muy buenos en todos los sentidos: el emperador nos dejaba a nuestro aire y cada vez más y más barcos llegaban para unirse a nuestra flota y ser parte de la armada.

Además, mi idea de recaudar un impuesto por protección y avituallarnos en los propios pueblos costeros había derivado en la organización de una red de información fiable y muy eficiente.

El fondo común seguía creciendo sin parar, tanto por estas actividades como por las incursiones piratas.

Un día yo estaba en la habitación. Cheng Yi había salido hacía poco y me demoré en arreglarme.

Pao Tsai llegó y se quedó parado en la puerta.

Ya me había dado cuenta de que le incomodaba encontrarme con el pelo suelto o con la ropa de cama.

Suponía que se había acostumbrado a verme como a un pirata más y se le hacía raro.

—Pasa —le dije. Mandé a Fang fuera cuando vi la mirada que le dirigía Pao Tsai—. ¿Qué ocurre?

—Madre —me dijo en voz baja—, he descubierto quién ha estado robando del fondo común.

Cheng Yi entró poco después y nos encontró sentados hablando con semblante serio.

—¿Pasa algo? —quiso saber.

Le pusimos al día. No le gustó que le hubiéramos ocultado aquello, pero entendió nuestros motivos. Su cara se ensombreció cuando Chang Pao Tsai le contó quién había sido el responsable. Aquello me ponía en una situación muy incómoda.

—¡No lo puedo creer! —Mey Yin negó y las lágrimas cayeron por sus mejillas—. Shen Hao no ha podido hacer semejante cosa.

—Me temo que es así —le dije a mi antigua compañera con todo el dolor de mi corazón—. Tu marido tendrá la oportunidad de defenderse, pero Pao Tsai ha encontrado una bolsa con dinero bajo vuestro jergón.

—Es su parte de los botines.

—Es mucho más de lo que le corresponde, y tiene acceso al pañol del botín, lo sabes, puesto que se encarga de asistirme con el reparto de las indemnizaciones. Lo siento, Mei Yin.

—Por favor, por favor —suplicó arrodillándose ante mí—. No me hagas pasar por esa vergüenza. Perdónale sin hacerlo público y te juro que devolverá todo si de verdad se lo llevó. Te prometo que nunca más volverá a hacerlo.

—No puedo hacer eso. —Sacudí la cabeza con suavidad—. Ni Cheng Yi lo permitiría ni está bien que se lo pida. No puedo tener favoritismos solo por mi amistad contigo. Lo lamento.

Shen Hao fue juzgado al día siguiente. No trató de defenderse.

Admitió su culpa desde el primer momento y ni siquiera pidió clemencia.

La pena por robar del fondo común era cortar una oreja; si volvía a hacerlo lo que perdería sería la cabeza.

Creo que Mei Yin esperaba que fuese condenado a muerte y por ello la vi suspirar aliviada al conocer la sentencia.

Aun así, la vergüenza por los actos de su marido la acompañó desde entonces y comenzó a caminar con la cabeza gacha tratando de pasar desapercibida.

Una tarde, ya de anochecida, Cheng Yi y yo nos habíamos retirado. Yo le estaba contando una historia de las que aprendí en casa de Madame Yeng y él escuchaba con la cabeza apoyada en mi regazo. Oímos golpes en la puerta y apareció Ho Woo en persona seguido por Chang Pao Tsai. Cheng Yi se incorporó.

—¿Qué ocurre?

Ho Woo le tendió un pliego de papel.

—Ayer la bandera amarilla estaba patrullando cerca de la costa cuando nos alcanzó un pequeño junco pesquero de la aldea cercana.

—Ho Woo hablaba a toda velocidad, de lo que deduje que era grave—.

En el puerto oyeron hablar a un emisario imperial con alguien a quien no identificaron, pero la información era importante, así que vinieron en nuestra búsqueda.

El capitán que recogió a nuestro hombre lo mandó a mi barco.

Yo le tomé declaración, le di unas monedas por la información y puse proa hacia tu posición enseguida.

—¿Qué pone en la nota? —pregunté mientras Cheng Yi la leía.

Ho Woo frunció el ceño.

—Según nuestro informante, tenemos un espía del emperador en la armada.

Cheng Yi se levantó.

—Tampoco voy a decir que me extrañe mucho. Tengo miles de hombres a mi servicio, es lógico que haya algún gusano entre ellos.

—Hablaban de alguien cercano a tu círculo.

—O Po Tae —dije sin poderlo evitar.

Pao Tsai intervino.

—Lo dudo mucho, madre. No será muy fiable, y tal vez no sienta un gran aprecio por nosotros, pero no se uniría al emperador. No sin una importante ofensa mediante.

—¿Crees lo mismo? —pregunté a mi marido. Él asintió.

—Bien —dije—. Entonces, ¿quién?

—Alguien que asiste a las reuniones del consejo —dijo Ho Woo.

—Pero no puede tener una posición demasiado visible o sería fácil de detectar.

—Algún capitán de la bandera roja —dije yo—.

Acudirá a los consejos si aportó barcos suficientes a la coalición y, al estar en nuestra sección, siempre estará disponible para las reuniones.

Además, por la cercanía con Cheng Yi, será de los primeros en enterarse de las decisiones que tomemos.

Tendrá acceso casi a cada acción que llevemos a cabo.

—¿Y por qué un capitán y no alguien de este mismo barco? —preguntó Chang Pao Tsai.

—Porque, aunque aquí esté más cerca de nosotros, si no acude a las reuniones tardará más en enterarse de lo que sucede. Tiene que ser un capitán de la sección de la bandera roja.

—Es posible —dijo mi marido—. De momento haremos como que no sabemos nada. Debemos pensar una estrategia.

Sería difícil dar con el espía. Si pasábamos información falsa como cebo, les llegaría a diferentes personas a la vez, lo que haría inútil la estrategia.

Así que Cheng Yi acudió de visita a los barcos principales de cada escuadra, algo que de vez en cuando hacía para dejarse ver por todos los piratas de su ejército, y, en un aparte, entró en contacto con un marinero fiel de cada uno de ellos.

Se trataba de cinco o seis naves, nada excesivo.

Con su carisma, la lealtad que despertaba en casi cualquiera y unas cuantas monedas tendría un espía propio en cada barco dispuesto a avisarle en cuanto alguno de los capitanes que teníamos en el punto de mira hiciera algo sospechoso.

Lo siguiente fue organizar un consejo, uno a pequeña escala, en el que no participaron más que aquellos que estaban a menos de un día de navegación, lo cual incluía la bandera roja y parte de la negra.

Allí Cheng Yi les comunicó su decisión de subir por el delta del río hacia Cantón y saquear la ciudad a un nivel nunca visto antes.

Los avisó de que se prepararan para hacerlo antes de la luna nueva, y luego cada uno volvió a su barco.

Tres días después, un pequeño junco a remos manejado por uno de los espías de mi marido solicitó permiso para subir a bordo.

—Mi capitán estuvo escribiendo durante un buen rato después de regresar del consejo —contó aquel hombre—, y más tarde encargó a otro marino de su confianza que cogiera una barca y se marchara a llevar el mensaje.

Me escapé y le seguí en otro junco. Con un ardid conseguí que me dejara subir a bordo diciendo que el capitán me había pedido que le acompañase, y me hice con el mensaje.

—¿Y el otro hombre? —pregunté.

Nadie contestó y entonces vi las manchas de sangre en la camisa de aquel pirata.

—Entiendo.

Nos tendió la misiva, que Cheng Yi cogió y me pasó a mí, pues leía con más fluidez que él. Fruncí el ceño y levanté la mirada. El mensajero se retiró.

—Es él.

—¿No hay duda?

—No —aseguré—. Va dirigida a la oficina del ministro de Guerra de Cantón y le explica detalladamente cuándo tendrá lugar el ataque, con cuántos efectivos y en qué condiciones para que pueda prepararse.

Tendí la carta a mi esposo, que le dedicó una rápida mirada antes de guardársela. Chang Pao Tsai no sabía leer, así que no hizo ademán de cogerla. Los tres nos miramos.

—¿Qué hacemos ahora? —pregunté.

—Cuanta menos gente sepa de esto, mejor.

—¿No deberíamos darle un escarmiento público? —preguntó Pao Tsai.

—No —negó mi marido—. Es mejor que nadie sepa que el emperador está interesado en colocar espías en nuestra armada o tal vez comiencen a surgir voluntarios que se le ofrezcan. Prefiero que nuestro hombre desaparezca sin dejar rastro y que la imaginación de cada uno haga el resto.

Pao Tsai se encargó de todo. Cogió una barca con otros dos hombres de confianza, llegó hasta la nave del traidor, lo invitó a subir a su pequeño junco, lo llevaron a un islote y allí desembarcaron. El topo no volvió y nadie se atrevió a preguntar.

Todo aquello me dejó pensativa. Comencé a darle vueltas a la cabeza hasta que el germen de un plan surgió en mi mente.

—El emperador tuvo una buena idea —dije un día que comíamos Pao Tsai, Cheng Yi y yo en nuestro camarote, en lugar de compartir mesa con el resto de la tripulación.

—¿Ya estás maquinando, esposa? —Cheng Yi levantó una ceja.

—Por supuesto. —Sonreí. Él sabía muy bien que algo me inquietaba, porque cuando me obsesionaba con algo me pasaba días con el ceño fruncido, murmurando para mis adentros y sin casi prestar atención a nada más.

También sabía que en esos momentos me volvía un poco arisca y era mejor no preguntarme, ya hablaría cuando estuviera preparada.

Y en aquel momento lo estaba, porque me gustaba sorprender a mi marido y ver la admiración en sus ojos cuando se daba cuenta de que había tenido una gran idea.

—¿Y qué planeas?

Me levanté y comencé a caminar alrededor de la mesa.

—¿No sería maravilloso que, tal y como Jiaqing coloca espías en nuestro círculo, nosotros pudiéramos tener informantes en la propia corte del emperador?

Chang Pao Tsai y Cheng Yi se miraron y luego se echaron a reír.

—¡Desde luego que sería fantástico! Pero ¿cómo podríamos lograr algo así? —dijo mi marido.