Loto rojo Capítulo 10
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Capítulo 10

M e entristeció saber que había hecho falta doblegar y destruir una aldea entera para poder mantener nuestro dominio sobre la zona.

Rogué a los dioses por que el resto de los pueblos del lugar fueran más inteligentes y no opusieran resistencia.

Tras el reparto de esposas, encargué a Fang que vigilara con discreción a las que habían quedado en nuestro barco.

Según ella, no mostraban síntomas de rebeldía ni resentimiento y se habían adaptado bien a la vida a bordo.

Un día, por mediación de Mei Yin, mi antigua compañera del burdel de Madame Yeng, me enteré de que una de esas mujeres había solicitado hablar conmigo. La recibí sentada en la silla de Cheng Yi, en su despacho.

—¿Cómo te llamas?

—Xia Hon, excelencia —me dijo con la mirada gacha.

—Te escucho, Xia Hon.

—Mi esposo no es bueno conmigo, excelencia. Me pega, no me habla cuando estamos juntos y me trata peor que a una criada.

—Esa es una acusación grave. ¿Puedes demostrarlo?

—Todas lo hemos visto, aquí no hay intimidad —intervino Mei Yin—. Además, hay pruebas. Enséñaselo, Xia Hon.

La joven se levantó las mangas de la túnica. Sus brazos estaban casi negros y se apreciaban marcas de dedos entre los hematomas. Me puse en pie.

—Bien, gracias por acudir a mí. Me ocuparé de ello.

En cuanto las jóvenes se marcharon acudí a buscar a Cheng Yi. Estaba furiosa, aunque él no se alteró lo más mínimo cuando se lo conté.

—A veces ocurre —dijo acariciando su perilla—. No es agradable, pero poco podemos hacer.

—¡Claro que podemos hacer algo! Nuestros hombres se comprometieron a tratar a sus esposas con respeto y sin violencia. Han faltado a su palabra y te han desobedecido. Eso merece un castigo, esposo mío.

No podía rebatirme, sabía que tenía razón.

Así que reunimos un pequeño grupo en cubierta.

Estaba la joven Xia Hon y su marido, un pirata de cerca de cincuenta años llamado Ho Ju, con cara de pocos amigos.

Había testigos de la situación y también se encontraba con nosotros la cadena de mando del Dragón Celestial .

Cheng Yi y yo estábamos sentados en sendas sillas al frente y Pao Tsai se encontraba de pie tras su padre.

El marido argumentó y trató de defenderse, pero en ningún momento negó que hubiera pegado a su esposa.

Cheng Yi lo juzgó como un caso de ruptura del código, pues había desobedecido una orden directa, y fue declarado culpable.

Recibió diez latigazos y la amenaza de que a la próxima ocasión se le cortarían las orejas.

Xia Hon me miró con lágrimas en los ojos, pero yo no podía hacer nada: debía volver con su marido.

No obstante, Ho Ju resultó ser un hombre conflictivo.

Apenas un mes después de aquello, violó a la mujer de otro pirata con quien tenía una enemistad personal.

Fue una estupidez: en aquel barco no había departamentos para cada familia y la mayoría compartía espacio en la bodega con hamacas y jergones separados apenas con telas colgadas del techo.

Todo el mundo oyó los lamentos de la pobre mujer.

Su marido, ultrajado, lo denunció a Cheng Yi y hubo un nuevo juicio.

Yo fui expeditiva: la violación debía castigarse con la muerte para ser ejemplarizante.

Pao Tsai me apoyó. Kuayin Song, capitán de la bandera verde, que estaba en ese momento a bordo, se posicionó a favor de un castigo severo, pero no definitivo.

Yo no cedí. Me encabezoné y exigí que, de ahora en adelante, toda violación fuese castigada con la muerte.

No quise escuchar a nadie. Tal vez me sobrepasé un poco.

Tal vez no pensé en si aquello tendría consecuencias más adelante, pero cuando me empecinaba en algo no atendía a razones.

Cheng Yi meditó y luego dictó sentencia.

Ho Ju fue condenado a muerte. Le cortaron la cabeza y su cuerpo se tiró por la borda.

Así se castigarían las violaciones a partir de ahora.

Cuando en un espacio pequeño había tanta convivencia era importante que hubiese un rígido código de conducta para facilitar las cosas.

No debía haber lugar para la duda. La mitad de su botín personal se entregó al marido de la mujer violada.

La otra mitad, a la viuda del agresor. Se le ofreció devolverla a tierra, pero resultó que un joven marinero de nuestro barco se había fijado en ella y esta le correspondió, así que se quedó a bordo con su nuevo compañero.

La noticia voló por toda la armada y cada capitán de cada barco recibió instrucciones de reportar cualquier acusación de violación que hubiera en su nave.

El capitán de su bandera lo juzgaría y, si era declarado culpable, el agresor sufriría la misma suerte que Ho Ju.

Yo sabía que esto se hacía para preservar la honra no de las mujeres de a bordo, sino de sus maridos, pero ¿qué más daba si el resultado era que así estarían protegidas?

Yo albergaba la ambición de que este castigo se aplicase también a aquellos que cometieran ese delito en los saqueos y abordajes, pero sabía que todos los cambios llevan su tiempo y que debía tener paciencia.

Continuamos con nuestra táctica para aumentar los fondos: saqueábamos pueblos costeros y las lindes del río Perla.

Las noticias corrieron como la pólvora y ningún pueblo nos volvió a presentar resistencia.

No obstante, yo no estaba del todo satisfecha ni con los medios ni con los resultados: estábamos empobreciendo a gente que ya no tenía apenas nada y consiguiendo que la población nos viera con miedo y con odio.

No era eso lo que yo buscaba, porque entorpecía mis planes a largo plazo.

Pronto nos llegó información de que los campesinos de la zona habían suplicado protección al emperador.

Este había mandado emisarios, pero no con ayuda, sino aconsejando a los moradores de asentamientos cercanos al río o a la costa que dejaran sus viviendas y se mudaran tierra adentro para evitar los ataques. Decidimos reunir al consejo.

—No podemos seguir atacando los pueblos costeros o nos quedaremos sin recursos para más adelante —dijo Cheng Yi.

—Por supuesto. —O Po Tae no perdía ocasión de demostrar su desacuerdo—. Si Cheng I Sao no hubiera insistido en atacar esos pueblos, no nos veríamos en esta situación.

Me reí con suavidad. Había aprendido a no enfrentarme directamente a O Po Tae, eran más efectivos otros métodos.

—Hemos aumentado el fondo en gran cantidad. Estoy segura, O Po Tae, de que si alguno de tus hombres queda inválido o muere en una batalla, su familia agradecerá disponer de una buena indemnización.

—Podríamos haberlo conseguido de otra forma.

—Pero esa no es la cuestión —respondí—. Tenemos la sartén por el mango, esto es una buena noticia.

—¿Cómo puede ser una buena noticia? —preguntó Ho Woo frunciendo el ceño.

Cheng Yi me hizo un gesto con la cabeza instándome a hablar.

—Es el momento de dar un paso más allá. Mandemos un mensaje a todas las poblaciones a orillas del Perla o en la costa: no los atacaremos más, tan solo tienen que pagar una cantidad anual en concepto de tributo y los dejaremos tranquilos.

—¿Estarán dispuestos a ello? —preguntó Kuayin Song mientras se atusaba el bigote.

—Diría que sí. Es mejor que arriesgarse a un ataque que los deje sin nada o que tener que levantar de nuevo su aldea tierra adentro.

—Podemos protegerlos de los ataques de otros piratas —añadió Chang Pao Tsai.

Asentí.

—Eso es. Pagarán por nuestra protección.

—No podemos estar haciendo guardia de forma permanente —rebatió O Po Tae—. Es imposible.

—Somos más grandes y fuertes que cualquier otro —respondió Cheng Yi—.

Cada vez más barcos se unen a nosotros. Ya somos cerca de setecientos.

No podremos hacer guardia, pero podemos dejar una escuadra en el delta para vigilar quién sube por el río, perseguir a quien haya atacado una aldea si nos avisan con rapidez y devolver lo robado.

—Si cada pueblo tiene un junco rápido preparado para comunicarse con nosotros se sentirá a salvo. Y podremos usar esa comunicación para que nos avisen si se enteran de algo que nos pueda interesar relacionado con el emperador o con nuestros rivales —dije yo.

—Así tendremos montada una red de información —concluyó Ho Woo—. Desde luego es muy interesante.

—Y aún hay más —añadí—. Nombremos a algunos pueblos costeros proveedores oficiales de la Armada de la Bandera Roja. Pagaremos por las provisiones. Eso les hará apoyarnos y cubrirnos siempre que sea necesario, pues su sustento dependerá de nosotros.

Hubo discusiones en la mesa, pero pocas voces llevaron la contraria a mi plan.

Incluso O Po Tae hubo de reconocer que era una buena estrategia que nos daría estabilidad, ingresos y una red de informantes que nos podría servir de mucho.

Todos estuvieron de acuerdo y solo hubo que organizar el envío de mensajeros a todas las aldeas de la zona.

Estábamos dejando de ser una coalición pirata. Nos estábamos convirtiendo en un ejército organizado, en un imperio propio. Y yo era su emperatriz.