Capítulo 9 #2
Suspiró: acababan de borrar de la faz de la tierra un pueblo entero.
No le gustaba nada toda aquella violencia, no iba con su personalidad.
No disfrutaba con la muerte ni con la sangre, ni con los gritos de dolor y angustia de los supervivientes, a quienes sus hombres rematarían uno por uno para asegurarse de que no se levantaran.
Él había sido feliz como pescador de perlas en su pueblo de Vietnam y nunca había aspirado a enriquecerse ni a prosperar más allá de tener sus necesidades básicas cubiertas, una familia a la que querer y que las revueltas no llegaran hasta su hogar.
Pero nada de eso se cumplió. Los hermanos Tay Son se alzaron en armas, no sin razón según su opinión, y al final él se vio envuelto en una lucha entre el emperador y los rebeldes, una lucha en la que ni siquiera pudo decidir en qué bando posicionarse.
Cheng Yi fue magnánimo cuando lo sacaron del agua y lo fue aún más cuando, nadie sabe por qué motivo, decidió adoptarlo y darle su nombre y su aprecio.
Le enseñó todo sobre aquel oficio para que algún día heredara el mando de la armada y todos sus barcos.
Había tenido mucha suerte en su vida y debía estar agradecido.
Daría la vida por su padre y la daría también por su madre, a quien admiraba desde el momento en que la conoció, no solo por su belleza, sino también por su carácter, su ambición y su inteligencia.
Estaba seguro de que juntos crearían un imperio como nunca se hubiera visto antes en la piratería y él esperaba ser digno de ellos.
Aunque para eso tuviera que llevar a cabo acciones tan severas como esta.
Cuando volvió al Dragón Celestial no escatimó detalles a la hora de contar lo sucedido. Cheng I Sao trató de mantenerse serena, pero Pao Tsai vio la tristeza asomar a sus ojos. Cheng Yi sacudió la cabeza.
—Es una lástima —dijo—. Pero no podemos permitirnos que un poblado nos haga frente y no haya consecuencias: los demás estarían tentados de hacer lo mismo. A veces es mejor cortar de raíz para evitar males mayores en el futuro.
I Sao se mantuvo en silencio, con la cabeza gacha. Era evidente que trataba de controlar sus emociones y no dejarlas salir a la luz. Poco después habló:
—¿Y dices que las mujeres están a bordo?
—Así es.
—¿Han sufrido algún daño?
Pao Tsai negó con la cabeza.
—No es nuestro estilo. Cheng Yi siempre ha insistido en el respeto. Tal vez alguien pierda el control en algún momento, pero no es algo que aceptemos de buen grado.
Cheng Yi miraba a su mujer con atención. Ella se levantó con expresión firme en el rostro.
—Bien —dijo—, mejor a bordo que muertas.
Además, entiendo que muchos de nuestros hombres necesitan una mujer, pero no consentiré que se las use y luego se las deseche.
Haremos una cosa. Quien quiera tomar una de las prisioneras como esposa podrá hacerlo, siempre que ella acepte y que a partir de ese momento la trate como se trata a una esposa, con respeto y sin violencia.
Las que no resulten elegidas serán devueltas a tierra sanas y salvas, cerca de algún otro poblado en el que puedan encontrar un futuro.
—De acuerdo. —Cheng Yi asintió.
—Y otra cosa —añadió Cheng I Sao—. Si alguien fuerza a una prisionera, lo tiraremos por la borda.
—¿No es un poco excesivo? —preguntó su marido con una leve sonrisa en la cara.
—Disciplina, querido —dijo ella—. Si no son capaces de controlar sus instintos, ¿qué podemos esperar de ellos?
Y así se decidió. Las mujeres se reunieron en cubierta y se llevó la noticia a toda la armada de que había esposas disponibles.
Quienes estaban interesados subieron en varias tandas a bordo.
Algunas lloraban, no en vano acababan de perder a sus maridos, pero en general se mantenían serenas: pocos matrimonios se daban por amor en aquel momento y aquel lugar.
Sus hijos al menos estaban a salvo al cuidado de los ancianos, y aquellas que tenían bebés de pecho habían recibido permiso para quedárselos.
Y la posibilidad de contraer matrimonio con un pirata perteneciente a la famosa Armada de la Bandera Roja era bastante más de lo que les hubiera esperado en cualquier otra circunstancia.
Así que todos los que buscaban esposa la encontraron y volvieron a sus barcos con una mujer y, en algunos casos, con bebés a los que se comprometieron a cuidar como si fueran suyos.
Aquellas que fueron consideradas mayores o poco atractivas por los piratas fueron devueltas a tierra sin sufrir daños.
Ninguna rechazó la propuesta de matrimonio.
El fondo común se benefició de aquello, pues parte de lo que los piratas pagaron por sus mujeres fue a parar a él, y otra parte se dio a las propias esposas.
Todo se realizó de forma ordenada y civilizada.
—¿Tú no buscas esposa? —le preguntó Cheng I Sao a Chang Pao Tsai mientras ambos veían la escena. Él rio con suavidad.
—No así. Ninguna de esas mujeres se acerca a lo que quiero para mí.
—¿Y qué quieres?
Pao Tsai se quedó en silencio.
—Nada que esté a mi alcance —dijo al fin, y tras una pequeña reverencia se marchó.