Capítulo 9
P ao Tsai observó cómo su padre se marchaba airado y cerraba la puerta de su camarote tras él.
O Po Tae se quedó apoyado en la borda mirando al mar.
Vio desde su posición a Cheng I Sao, su madre, observando toda la escena con la misma atención que él.
Miró a su alrededor: nadie más parecía haber sido testigo de ella, o al menos no le habían dado importancia.
Tras un momento de duda dejó lo que estaba haciendo y se acercó al capitán.
—No deberías enfrentarte a él —dijo con tono amigable.
O Po Tae no giró la cabeza, pero miró de reojo al apuesto joven.
—Él no debería insultarme como lo hace.
—No te insulta. Pero es el líder de esta armada y no puede dejar que nadie cuestione sus decisiones, ni siquiera tú.
—Pero sí puede hacerlo esa mujer.
—Esa mujer de la que con tanto desprecio hablas —dijo Pao Tsai muy serio— es mi madre ahora. Es capaz y muy inteligente, y vencimos al emperador gracias a ella. Deberías fijarte más en su mente y menos en su sexo.
—Te cae muy bien tu nueva madre, por lo que veo —dijo el almirante de la bandera negra con malicia.
Chang Pao Tsai trató de no dejarse llevar por el enojo, no era su estilo.
—Lo que insinúas está fuera de toda lógica y de todo decoro. Tal vez sea tu estrechez de miras lo que impide que hayas prosperado más en la armada. Eso y que mi padre no termina de fiarse de ti.
—Nunca he sido desleal.
—Pero nunca has demostrado una lealtad sin fisuras.
Escucha, O Po Tae. Sé que para ti fue duro dejar de ser el líder para quedar a la sombra de mi padre, pero eres un hombre inteligente.
Sabes que, de no haber propiciado esta unión, hubieras sido derrotado y habrías corrido peor suerte.
Es difícil pasar a ser aliado cuando se ha sido rival, pero no imposible.
Demuéstrale que eres de fiar, demuéstrale lo que vales, y sé que mi padre demostrará su agradecimiento.
Ya tienes su respeto, ahora gánate su amor.
—Pao Tsai le puso una mano en el hombro tratando de apaciguarlo, pero O Po Tae se la sacudió con un movimiento. Se giró.
—Que tú seas su perro fiel no significa que yo también deba serlo.
Se marchó con el ceño fruncido y volvió a su barco.
Chang Pao Tsai se quedó pensativo, pero luego volvió a su tarea.
Casi había terminado de afilar sus armas cuando notó una presencia a su lado.
Al levantar la vista descubrió a Cheng I Sao, que lo miraba con curiosidad desde arriba.
Ella se arrodilló a su lado y Pao Tsai se perdió por un momento en sus ojos negros antes de sacudir la cabeza y tratar de centrarse.
—¿Qué se te ofrece, madre?
—Alguien nos está robando.
Pao Tsai no tuvo dudas de que decía la verdad: nunca había conocido a nadie con semejante facilidad para los números y una mente tan ágil.
—No se me ocurre quién puede ser —dijo tratando de encontrar pistas en su cerebro, comportamientos extraños de algún compañero o motivos ocultos que pudieran empujar a alguien a hacer aquello.
—Muy pocas personas tienen acceso al fondo —replicó su madre.
Por un momento, Pao Tsai dudó y pensó si ella lo estaba acusando con sutileza. Pero la mirada confiada de Cheng I Sao desmintió sus temores y se sintió feliz de despertar esa actitud en ella.
—Las investigaré a todas —dijo el joven—. Pero creo que no es el momento de molestar a padre.
I Sao negó con la cabeza.
—No, no lo es. Mañana hablaré con él, alguien tiene que responder por esto. Pero, por hoy, ya tiene bastante con lidiar con O Po Tae y los suyos.
¿Seguirá con nosotros por la mañana?, se preguntó.
La respuesta se vio cuando amaneció. Sus barcos seguían allí y todavía ostentaban la bandera negra.
Cheng Yi gruñó con satisfacción y envió una jarra de buen licor a la nave de O Po Tae.
Pao Tsai sabía que había hablado con I Sao de lo ocurrido y supuso que ella le había convencido de tener un detalle con él que mostrara, si no aprecio, sí al menos cierta deferencia. Pao Tsai se acercó a su padre.
—O Po Tae nos dará problemas.
—Lo sé —dijo Cheng Yi mirando hacia su junco—. Lo que me preocupa no es si nos va a traicionar o no, sino cuándo lo hará, y si lo veré venir.
—¿Y por qué mantienes la alianza con él si sabes lo que pasará?
—Porque no puedo ajusticiarlo sin más. ¿Qué imagen daría eso de mí al resto de la coalición? Y romper la alianza tampoco es una opción.
—No lo entiendo.
—Si lo expulsamos no sabríamos cuáles son sus movimientos —dijo Cheng I Sao, que se acercó en ese momento vestida con bombachos, qipao y un pequeño sombrerito negro. Llevaba, como siempre, el sable al cinto.
—Comprendo —concluyó Pao Tsai—. Entonces, padre, al menos ten la seguridad de que serán seis ojos los que lo vigilarán para que no te pille de sorpresa cuando llegue el momento.
En las semanas siguientes la armada puso en práctica el plan de Cheng I Sao y remontó el río de la Perla saqueando los pequeños pueblos cercanos a él.
Los campesinos apenas podían presentar resistencia y el ejército de la bandera roja consiguió aprovisionarse para una larga temporada.
Los pueblos costeros no corrieron mejor suerte.
Cheng I Sao no participó directamente en los saqueos, pero se mantuvo al tanto de todo y trabajó muchas horas al día registrando todo lo que se conseguía, mandando emisarios a cada barco para asegurarse de que no trataban de esconder nada al fondo común y repartiendo de forma equitativa víveres y recursos.
Fang ya había dado a luz y pronto comenzó de nuevo a servirla.
Era su mano derecha y, gracias a que sabía leer y escribir, pues ella misma le había enseñado, le resultaba de mucha ayuda.
Su marido no estaba de acuerdo en que dedicara parte de su día a asistir a la líder en lugar de a él y a su hijo, pero una sola mirada de I Sao le dejó sin opción de replicar.
Una mañana Chang Pao Tsai llegó corriendo al camarote de su padre. Entró cuando se le autorizó y encontró a su madre en camisón, con la larguísima melena negra suelta mientras Fang la trenzaba y peinaba. Cheng Yi apareció con la casaca abierta.
—¿Qué ocurre?
—Tres barcos de la bandera amarilla han reportado disturbios en uno de los pueblos del delta. Se ve que sus gentes se organizaron y presentaron batalla.
—¿Qué batalla pueden presentar unos simples campesinos contra, cuántos, cincuenta piratas?
—Setenta —dijo Pao Tsai—. Tenían armas, aparte de todas las hoces, horcas y aperos que pudieron reunir. Y piedras. Son muy hábiles con la honda. Sea como fuere, los nuestros tuvieron que retroceder, volver a las naves y marcharse.
—Eso no es bueno para nuestra reputación —dijo Cheng I Sao mirando a su marido.
—No, no lo es. —Se cerró la casaca y cogió el sable, que ciñó a su cadera—. Ya sabes lo que hay que hacer, hijo mío. Lo dejo en tus manos: coge las naves que necesites, diez, veinte, no importa, y dales un escarmiento.
Salió de la estancia y Chang Pao Tsai iba a seguirle cuando una voz le detuvo.
—Espera —dijo Cheng I Sao. Se levantó y se acercó a él.
Pao Tsai la vio muy joven con el pelo enmarcándole la cara, aunque era varios años mayor que él. También era muy alta, más que la mayoría de hombres a bordo, aunque no más que Pao Tsai, así que no tuvo que bajar la mirada hacia él cuando llegó a su altura. Le tomó de la mano y lo miró a los ojos.
—Ten mucho cuidado.
A Chang Pao Tsai le faltó el aliento, un momento solo. Luego asintió, ella soltó su mano y él se marchó.
Ascendió por el río con diez naves. No creía que fueran necesarias más.
Llevaba con él las tres que tuvieron que salir huyendo.
Por las explicaciones que habían dado, los campesinos no deberían de ser una fuerza considerable a la que presentar batalla.
Las orillas verdes y fértiles del río les dejaban ver a lo lejos, por eso supieron que el pueblo tenía apostados vigías, que corrieron de camino al poblado.
Conforme se fueron acercando la agitación entre las casas se hizo visible.
Vieron a los hombres armarse y a las mujeres y niños huir tierra adentro.
Chang Pao Tsai dio indicaciones: los barcos viraron, se pusieron de costado y, en lugar de desembarcar, dispararon los cañones.
El estruendo fue ensordecedor. Varias casas saltaron hechas pedazos y unos cuantos hombres cayeron abatidos en el suelo de la plaza.
Los que quedaban se reagruparon. Se disparó otra salva de cañonazos y, entonces, Pao Tsai dio la orden.
Los piratas saltaron por la borda y se lanzaron contra los campesinos, en cuyos ojos ardía el deseo de proteger su hogar y el miedo por lo que se les venía encima.
Los asaltantes tenían indicaciones muy claras: mataron a todos los hombres, robaron todo lo que había de valor en las casas y quemaron el resto.
El ganado fue llevado a bordo también. Un grupo fue a por las mujeres y las condujo a bordo: había muchos que necesitaban esposas y estas mujeres podrían servir.
Los ancianos se salvaron; los dejaron con los niños, aunque no matarlos no implicaba salvarles la vida.
Los acababan de privar de brazos fuertes que cultivaran la tierra, de un techo sobre sus cabezas y del alimento con que sobrevivir hasta la cosecha.
Chang Pao Tsai esperaba que pudieran buscar cobijo en otra aldea.