Loto rojo Capítulo 8
24%

Capítulo 8

P ara mí ya no había marcha atrás. Había participado en mi primera batalla, contra el emperador nada menos, y por tanto me había convertido en una pirata, en una proscrita.

No me importó. Es más, Cheng Yi me preparó un banquete para nosotros dos solos, en nuestro camarote, para celebrar por todo lo alto mi entrada en el mundo de la piratería, y pasamos la noche haciendo el amor.

Tímidamente al principio, algunos de nuestros hombres comenzaron a preguntarme qué hacer, aceptando mi autoridad.

Me dedicaba también a llevar la contabilidad de la armada, pues era, sin lugar a dudas, la más ducha en esa tarea de todos aquellos hombres.

Agradecí a Madame Yeng que me hubiera enseñado a llevar las cuentas, porque eso me permitió ver que, aunque éramos una fuerza formidable que conseguía numerosos botines, nuestras finanzas eran algo caóticas.

—Esto no se sostiene —le dije a Cheng Yi una mañana en que estábamos sentados fumando en pipa, mirando al horizonte. Pao Tsai se encontraba con nosotros, como era habitual.

—Explícate —dijo mi marido.

—Las cuentas no están claras. Cada barco funciona por libre además de ser parte de nuestro ejército.

Cuando hay capturas, se quedan la mitad del botín a repartir entre sus hombres y la otra mitad pasa al fondo común de la armada.

De esa mitad, nosotros nos quedamos una parte como líderes y tú, Kuayin Song, Ho Woo y O Po Tae otra en concepto de comandantes de las cuatro banderas.

—Así es —Cheng Yi frunció el ceño tratando de comprender—. ¿Qué tiene de malo?

—Es una buena organización cuando se trata de una pequeña escuadra de juncos.

Pero esto es otra cosa, hay que cambiar la mentalidad.

Somos un ejército, pequeño todavía, pero creceremos, y el fondo común debe ser más amplio para poder garantizar reparaciones, sobornos, indemnizaciones y todos los gastos que sean necesarios para que todo esto funcione.

—Ahora de las indemnizaciones y reparaciones se ocupa cada barco —dijo Pao Tsai.

Asentí.

—Exacto, y ese es el error. De momento la mayoría de juncos tienen ingresos similares, pues patrullan el mar de la China meridional en igualdad de condiciones. Pero ya somos casi trescientos barcos. ¿Qué pasará cuando seamos quinientos, setecientos, mil? ¿Podremos garantizar ese equilibrio?

—Entiendo. —Yi dio una larga aspiración a su pipa—. Si no reciben los mismos ingresos, comenzará a haber descontentos entre las tripulaciones.

—Eso es —asentí. Continué mi exposición—. Debemos centralizar todo: no solo el mando, sino también la economía y la organización. Solo así podremos manejar el imperio que estamos construyendo.

—Tu ambición no conoce límites —dijo mi esposo con admiración en la voz.

Me reí.

—Pero eso tú ya lo sabías.

La suave risa de nuestro hijo me hizo girar la cabeza.

—Quién si no tú, madre, exigirías la mitad de la flota a cambio de tu mano.

—Tu padre es un gran líder —le dije—. Y tú lo serás después de él.

Pero yo haré que nuestros nombres resuenen en los siglos venideros.

¿Qué es un líder sin un ejército? Conseguiremos que el mundo entero tiemble cuando escuche el nombre de la Armada de la Bandera Roja, os lo juro por todos los dioses.

—¿Y qué sugieres?

—Debe quedar claro que cada barco no es un ente independiente que a su vez forma parte de otro más grande. No hay individualidad aquí. Solo la armada es importante, ella debe garantizar todos los imprevistos que puedan surgir.

—Pero hay que darles parte del botín o tendremos una revuelta entre los nuestros. —Pao Tsai se echó el pelo hacia atrás.

—Lo entiendo. —Incliné la cabeza—. Por eso había pensado en que se quedaran dos partes del botín.

El resto pertenecerá al fondo común. Ese beneficio será para ellos en su totalidad, a repartir como es habitual según la jerarquía.

Todos los gastos que pudieran derivar del barco, su mantenimiento o si hay que hacerse cargo de alguno de los nuestros saldrá del fondo común.

Puesto que lo que llegue al fondo será bastante más que antes, podemos rebajar algo nuestra parte y la de los comandantes sin perjuicio alguno.

—Hacernos cargo de todo será muy costoso —dijo Yi.

—Lo será —afirmé—. Habrá que nombrar un intendente para ello.

Yo supervisaré las cuentas y manejaré los libros: todo lo que entre y salga del fondo pasará por mis manos.

Pero dame un par de hombres que se ocupen de llevar la logística.

Y necesitaremos más ingresos. ¿Cuánto hace que no efectuáis incursiones en los pueblos de la costa?

—Hace tiempo, es cierto —concedió Pao Tsai.

—No se puede sacar mucho de ellos —dijo Cheng Yi—. No son ricos y apenas tienen nada de valor.

—Subiremos por el río.

—¿Por cuál?

—Por el Perla. Por todos. Hay multitud de aldeas de las que podemos sacar algo.

Si no riquezas, sí al menos arroz, grano, telas y suministros.

Con los barcos de que disponemos ahora podemos mandar unos cuantos río arriba y que el resto se quede vigilando el delta para que los juncos del emperador no nos sorprendan.

Cheng Yi y Chang Pao Tsai se miraron hablando entre ellos sin palabras. Después mi esposo se giró hacia mí con el amor rebosante en sus ojos oscuros.

—Te dije que eras una gran estratega. De acuerdo, así lo haremos. Esperaremos a reunir toda la flota para anunciar los cambios.

Y así lo hicimos. Sabíamos que habría voces que disentirían, protestas y argumentos en contra, pero expuse las razones que me habían llevado a tomar esa decisión y tuvieron que ver la razón de mis palabras.

Mi esposo y mi hijo cerraron filas en torno a mí y pronto todos estuvieron de acuerdo.

Por supuesto, O Po Tae se enfadó y levantó la voz, pero no le sirvió de nada.

Cuando la reunión terminó, él y mi esposo se acercaron a la borda y comenzaron a discutir.

Yo estaba bebiendo cerveza con Fang, que ya se encontraba embarazada de su primer hijo, y podía escuchar más o menos toda la conversación.

Pao Tsai estaba afilando su sable y sus cuchillos sentado sobre un cabo enrollado y noté que también estaba prestando atención.

Nuestras miradas se cruzaron y compartimos una sonrisa de entendimiento.

—No me tratas con el respeto que merezco —decía O Po Tae muy enfadado. Su largo bigote temblaba cuando él hablaba.

—Nunca te he faltado al respeto. —La voz de Cheng Yi sonaba tranquila, pero yo sabía que bajo esa calma había un volcán que no convenía despertar—.

Eres un buen pirata y agradezco los barcos que aportaste a nuestra coalición.

Pero yo soy el líder y mis decisiones son la ley.

No te atrevas a llevarme la contraria en público, porque me obligarás a tomar medidas desagradables para ambos.

—¿Y esa mujer? ¿Su palabra también es la ley?

Me encogí levemente de hombros al notar el desprecio en su voz. Mi marido endureció su tono.

—Por supuesto. La mitad de mi flota es suya. Mi flota, O Po Tae, no lo olvides.

—Te ha hechizado.

—No, no me ha hechizado. Sé lo que hago, O Po Tae, y si no eres capaz de verlo es tu problema. El hecho es que es la dueña de la mitad de todo lo que es mío. Podría llevarse cientos de barcos ahora mismo si decidiera marcharse.

—Yo también podría llevarme mis barcos si quisiera.

La risa de Yi sonó más peligrosa que sus gritos.

—Podrías, desde luego. Llévate los barcos que trajiste y trata de sobrevivir con ellos. No hay espacio para ambos en este mar, y es bien sabido que el pez grande se come al chico. ¿Quién crees que tendría las de perder?

—No me amenaces. —La voz de O Po Tae subió de tono y la de mi marido bajó.

Sabía que eso significaba que estaba a punto de explotar.

Me incliné un poco hacia adelante para no perderme una palabra.

Fang, que era una mujer muy intuitiva, se mantuvo en silencio acariciando su tripa abultada bajo los ropajes.

—No es una amenaza. Hay pocos hombres libres en el mundo, O Po Tae, y tú eres uno de ellos.

Puedes quedarte o puedes irte, pero atente a las consecuencias.

Soy un líder justo, tú lo sabes, pero no soy tonto.

No toleraré la traición ni dejaré que murmures e intrigues a mis espaldas.

Piensa bien qué vas a hacer y no me hagas perder el tiempo con quejas inútiles de bebé malcriado si es que decides quedarte.

Cheng Yi se giró y se marchó dejando allí a O Po Tae, que se quedó mirando por la borda con los brazos cruzados.

No podía ver la expresión de su rostro, aunque por la tensión en los hombros percibía la tormenta en su interior.

Yi pasó por delante de nosotras y no me miró.

Se encerró en nuestro camarote y no le molesté.

Pao Tsai miró a ambos lados y luego se levantó y acudió al lado de O Po Tae.

Observé que le hablaba, pero ya no pude escuchar, pues conversaban en voz baja.

Estuvieron así un buen rato, hasta que mi hijo le puso la mano en el hombro a aquel desagradable hombre y él se la quitó con un aspaviento, se giró y se marchó, muy erguido, sin mirar a nadie a su alrededor.

Bajó por la escala hasta el pequeño junco que le estaba esperando y volvió a su nave.

Ya estaba anocheciendo y yo debía revisar el botín, así que apuré mi cerveza y le dije a Fang que viniera conmigo para ayudarme a contar.

Entonces me di cuenta de que no solo el fondo común no era suficiente, sino que alguien había estado metiendo mano en él.

Nos estaban robando. Sabía que no era el momento de molestar a Yi con eso, pero tenía que contárselo a alguien.

Salí del pañol donde guardábamos el dinero y los libros, cerré con una llave que me guardé en un bolsillo y me fui a buscar a Pao Tsai.