Loto rojo Capítulo 7
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Capítulo 7

Los más adelantados comenzaron a disparar sus cañones y nosotros respondimos.

Yo me encontraba en el castillo de popa observando todo junto a Cheng Yi.

Él tenía el sable desenfundado y gritaba órdenes que una serie de prácticos trasladaban con banderas de colores a otros barcos.

Yo llevaba mis armas enfundadas: no tenía sentido llevarlas en la mano puesto que no pensaba usarlas y, de ser necesario, me hubieran servido de bien poco.

Había practicado tiro y movimientos de ataque y defensa con el sable y el cuchillo, pero, aunque me defendía, nadie hubiera dicho que era buena con ellos.

Sabía mantenerme imperturbable cuando era necesario, eso sí, y me sostenía erguida con el semblante concentrado y serio sin dejar traslucir ni una pequeña parte del miedo que me atenazaba.

Más tarde me acostumbré a la batalla, y he de decir que la muerte nunca me dio ningún miedo, pero aquella primera vez, entre el humo, la pólvora y los gritos de los hombres, tuve que hacer acopio de toda mi fuerza de voluntad para no echar a correr y esconderme en nuestra alcoba.

Sus barcos nos hicieron mucho daño y perdimos varias de las embarcaciones pequeñas que más cerca estaban de la entrada de la bahía.

Contábamos con ello, pero no por eso se hizo menos duro.

Era la primera vez que me veía inmersa en una escaramuza, no digamos ya en una batalla, y aunque los barcos del emperador no tenían grandes piezas de artillería ni iban más armados que nosotros, era inevitable que hubiera bajas entre los nuestros.

Pensar en la gente que había a bordo yéndose a pique me partía el corazón.

Cheng Yi estaba muy ocupado dando directrices a sus subalternos, que a su vez las transmitían mediante señas, gritos y banderas a otras embarcaciones, pero tuvo el tiempo suficiente para detenerse un segundo, venir hasta mí y ponerme una mano en el hombro.

—Es duro, lo sé —dijo—. Pero así es la guerra. Nadie ha ganado batallas sin sangre y sin muerte.

Asentí y miré al frente tratando de no perderme nada. Si esa era la vida que había elegido, más me valía endurecerme rápido y no perderme en pensamientos oscuros ni sentimientos inoportunos.

Cheng Yi volvió a lo suyo. Me concentré: los juncos del emperador estaban donde queríamos, pero no terminaban de entrar.

Si no conseguíamos que llegaran hasta la parte central del pequeño mar interior, nuestros barcos, que aguardaban entre las islas Pattle y Robert, y aquellos que estaban en el arrecife cercano, no podrían cortarles el paso por detrás para dejarlos atrapados y sería el fin para la Armada de la Bandera Roja.

La batalla continuó y hundieron otro de nuestros navíos.

Miré a Yi desesperada. Él no me miró, estaba demasiado concentrado gritando órdenes, tratando de salvarnos del desastre.

Los juncos pequeños propulsados por remos intentaban llegar hasta las naves del emperador para un abordaje, pero los pedreros que disparaban desde la armada imperial, y que tan efectivos eran en distancias cortas, les impedían avanzar.

Supe que solo había una manera de salir de aquello, una forma tan desesperada como arriesgada.

Había que atraerlos más hacia el interior. Me acerqué a mi marido.

—¡Hay que conseguir que entren más en el círculo! —grité entre el estruendo de las andanadas que caían cerca de nosotros, aunque de momento nos habíamos librado.

—¡Lo sé! —contestó él—. Pero no sé cómo lograrlo.

—Necesitamos una presa jugosa —sugerí.

Él se paró y me miró.

—¿Cómo de jugosa? —preguntó, aunque sabía a qué me refería.

No contesté. Suspiró.

—Tenemos el viento en contra, no podemos avanzar.

—Sí podemos —le dije—. Tenemos preparado el esquife, deja que los remeros nos adelanten como si quisiéramos luchar.

Cheng Yi volvió a suspirar y se giró hacia su contramaestre.

—De acuerdo —dijo—. Avisa al timonel, nos vamos a acercar a la armada imperial.

—¡Pero es una locura! —dijo el hombre, aunque bajó enseguida la cabeza y corrió a cumplir las órdenes de mi marido.

Él comenzó a gritar instrucciones y las banderas volaron desde las dos bordas del barco.

Preparamos y cargamos la artillería. Pasamos entre nuestras embarcaciones remolcados por la barca.

Algunas de ellas estaban dañadas y un par habían botado sus juncos y se afanaban en recoger a los supervivientes de los barcos hundidos por el enemigo, esquivando los disparos directos de los tiradores del emperador.

Cuando estuvimos casi al frente de nuestras fuerzas viramos, Cheng Yi gritó la orden y nuestros cañones escupieron.

El buque insignia del emperador vino directo hacia nosotros seguido de parte de la flotilla.

Viramos de nuevo todo lo rápido que pudimos y retrocedimos, con ellos pisándonos los talones.

Estaban tan sedientos de sangre y victoria que no se dieron cuenta de nuestra treta.

Sus disparos pasaron rozándonos, pero nos libramos gracias a los dioses.

Nuestro truco tuvo éxito y para cuando se quisieron dar cuenta, nuestras veinte naves al mando de Ho Woo entraron en el mar interior por el mismo sitio que la armada imperial, encerrándolos en una trampa de la que no podían escapar.

Cuando ellos lo percibieron, comenzaron una transmisión frenética de órdenes e instrucciones.

Veíamos a su gente tratar de maniobrar, pero ya no sabían hacia dónde dirigirse, pues nuestros barcos estaban tanto delante como detrás de ellos.

El almirante al mando, que destacaba en el puente de su barco con el sable desenfundado y vestido de vivos colores, decidió tratar de salir de allí.

Se dirigió hacia nuestra izquierda, entre las islas Ducan y Money, donde un ancho paso les podría dar la oportunidad de huir, aunque fuese enfrentándose a nosotros.

Con lo que no contaba era con los cerca de treinta juncos que estaban camuflados en el arrecife cercano esperando la señal, que había llegado hacía rato.

Cuando vi aparecer el primer junco de guerra con Chang Pao Tsai vestido únicamente con un pantalón bombacho y el moreno pecho al aire, y colgado de uno de los cabos mientras gritaba órdenes, supe que habíamos vencido.

Miré a mi marido y él me sonrió, orgulloso de su hijo.

De nuestro hijo. Cuando los hombres del emperador vieron que estaban atrapados y que no tenían escapatoria, comenzaron a rendirse.

No el buque insignia, por supuesto. Nadie esperaba que ellos lo hicieran, ya que eso significaba que el almirante sería condenado a muerte en cuanto estuviera en presencia del emperador.

Pero los demás…, los demás no estaban dispuestos a morir y sabían que, si se unían a nosotros, podrían tener una oportunidad.

Al fin y al cabo, acabábamos de demostrar que podíamos hacer frente al mismísimo Jiaqing, el hasta entonces todopoderoso emperador de la dinastía Qing.

Los barcos que se iban rindiendo paraban de disparar y se hacían a un lado, dejando cada vez menos juncos entre nuestros tres grupos de embarcaciones, que iban aumentando la presión sobre ellos.

Pronto quedaron menos de una decena de barcos.

Era un suicidio continuar resistiendo, no sé por qué lo hacían.

Aunque nos provocaban daños con su artillería, no llegamos a enzarzarnos en abordajes.

No era necesario, los estábamos acribillando a cañonazos, a pesar de que también nosotros sufríamos destrozos.

Conseguimos hundir tres de ellos. La figura del almirante desapareció del puente de mando.

Unos minutos después, otro hombre tomó esa posición y se rindió.

En nuestro junco todo fue alegría. Poco a poco los barcos que quedaban, al ver a su nave insignia abandonar, se rindieron también.

Aunque no solíamos mostrarnos afecto en público, Cheng Yi me abrazó riendo a carcajadas.

—¡Eres un genio, mi hermosa Lin! —Nunca dejó de llamarme Lin cuando no nos oían, aunque siempre se dirigió a mí como Cheng I Sao en presencia de otros—. ¡Acabamos de reclutar más de cuarenta barcos nuevos, y todo gracias a tu ingenio!

Me reí a mi vez.

—Sabes tan bien como yo que esto se te habría ocurrido también a ti. Pero me alegro. Y ahora, ¿qué hacemos?

—Ahora debemos reunirnos con quien sea que haya tomado el mando de la armada y con los capitanes de todos los barcos que se han rendido. Subirán a bordo en una reunión con nosotros y pactaremos las condiciones en que se unen a nuestro ejército, aunque no creo que estén en disposición de elegir.

Y así se hizo. Cheng Yi mandó emisarios a todos los barcos y, poco a poco, los capitanes que se habían rendido fueron llegando a nuestra nave, donde habíamos preparado una gran mesa y jarras de agua.

Conforme iban subiendo, uno tras otro, sudorosos y vencidos, se iban sentando alrededor de la mesa, en donde aguardaban ya mi esposo, Chang Pao Tsai y varios de los otros capitanes.

Yo estaba sentada a la derecha de Cheng Yi y Pao Tsai a su izquierda.

Me miraban con curiosidad, pero ninguno dijo nada.

Luego llegó Ho Woo y tomó asiento. Los capitanes que llegaron más tarde se sentaron en el suelo, pues no había asientos para todo el mundo.

El líder no lo dijo claramente, pero me dio la impresión de que el almirante no se había suicidado, sino que lo habían quitado de en medio porque prefería morir luchando a rendirse a nosotros.

Kuayin Song y O Po Tae, líderes de las banderas verde y negra, no estaban allí, uno porque no había llegado a tiempo para la batalla y otro porque estaba en otra parte del mar de China saqueando en nombre de la armada.

La reunión fue breve. Mi marido les explicó sus condiciones: sus barcos pasaban a ser nuestros sin ninguna excepción, así como sus cargas y sus armas.

La tripulación era libre, pero quedaban atados al ejército de la bandera roja por un juramento de lealtad a mi marido y a mí.

Admito que eso me sorprendió, pues no esperaba que lo incluyera en las condiciones, pero me pareció justo.

Si liderábamos juntos, debíamos exigir la misma lealtad.

Nadie rehusó: haberlo hecho significaba la muerte, aunque noté que a muchos les costaba pronunciar las palabras.

Debían también aceptar las condiciones generales.

La mitad de aquellos barcos pasaría a ser de la bandera roja, diez de la amarilla, cinco de la negra y cinco de la verde.

Cheng Yi era reacio a darle más barcos a O Po Tae, pero había que hacer concesiones o nos encontraríamos con problemas más pronto que tarde.

Todo fue muy rápido. No firmábamos nada, no era necesario.

Chang Pao Tsai les explicó las normas por las cuales nos regíamos y todos las aceptaron.

Desde ese momento cada barco quedaba al mando de un capitán que era miembro de nuestra coalición desde tiempo atrás.

No era inteligente dejarlos al mando de los hombres de la armada imperial.

Las tripulaciones se mezclaron para evitar problemas de lealtades.

Cheng Yi se encargó de darles reposo a los muertos y prometió a los nuevos integrantes que los dejaría volver a tierra lo antes posible para recoger a sus familias si querían llevarlas a bordo.

Hecho este reparto, cada uno volvió a su barco a recoger sus objetos personales y se dirigió después a su nuevo destino.

Esa noche Yi y yo estábamos en la cama, desnudos, hablando sobre los acontecimientos del día.

—Aguantaste bien —me dijo.

—No podía echar a correr —repliqué riendo. Me puse seria—. Además, si esta va a ser mi vida, más vale que me acostumbre pronto.

—Fue muy arriesgado exponernos así.

—Lo fue —asentí—. Pudo haber sido un desastre, pero funcionó, y eso es lo que importa.

—Tal vez no seas una guerrera —dijo pensativo—, pero desde luego eres una buena estratega. Fue todo un acierto traerte a bordo.

Nos besamos, pero no pudimos hacer mucho más. No es que Yi no tuviera ganas, es que antes de que pudiera darme cuenta me había quedado dormida, agotada. Apenas alcancé a oír su suave risa y notar sus labios en la mejilla y la cálida manta cubriéndome.

A la mañana siguiente me levanté como nueva.

Los hombres me miraban con un respeto en los ojos que antes no estaba allí.

Yi se había encargado de que todos supieran que la estrategia de combate había sido mía y, habiendo dado resultado, estaban más que dispuestos a concederme crédito.

Podría haber perdido mi credibilidad y cualquier atisbo de consideración que me hubiera ganado antes de eso si hubiéramos perdido, pero vencimos.

Me gustó la sensación. Me estaba acostumbrando al poder y me gustaba.

Supe que ahí era donde quería estar, que ese era mi destino: había nacido para triunfar, no importaba cuáles fueran las circunstancias de mi venida al mundo o cómo había transcurrido mi vida hasta ese momento.

Era una líder nata, una triunfadora, y me encargaría de que ese éxito fuera cada vez mayor.

Comencé a soñar con una armada tan grande como ninguna que se hubiera visto jamás; un ejército tan fuerte que ni el mismo emperador con toda su potencia pudiera hacernos frente.

Cheng Yi vio ese brillo en mis ojos y por un momento una chispa de miedo atravesó los suyos, pero luego una amplia sonrisa se extendió por su rostro y me tendió la mano.

Ocupé mi lugar a su lado. Nuestro hijo estaba desayunando en la mesa común y me miró con una expresión indescifrable, con admiración y algo más que no supe distinguir.

Cuando su mirada se cruzó con la mía inclinó la cabeza con respeto. Sonreí. Adoraba mi nueva vida.