Loto rojo Capítulo 6
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Capítulo 6

A maneció un nuevo día y yo me desperté, como de costumbre, con el tímido sol que entraba por el ventanal de nuestro camarote.

Era grande y cómodo, y disponía de ciertos lujos, pero tampoco podía decirse que viviera entre algodones.

Me desperezaba disfrutando de los ecos de la vida en el barco cuando escuché un sonido que me sobresaltó.

La voz de Cheng Yi emergía enfadada y parpadeé confusa cuando vi que no estaba a mi lado en la cama.

Salí a cubierta vestida con pantalones amplios, camisa y chaleco.

Desde que vivía a bordo, en pocas ocasiones me arreglaba como una mujer.

Me resultaba mucho más cómodo para moverme por el barco vestir como ellos.

Además, si hubiera usado ropa femenina me habrían tratado como a cualquiera de las mujeres que vivían a bordo: como a una madre y esposa.

Con respeto, sí, pero no del tipo que yo buscaba.

Si quería su respeto como líder y pirata, debía vestir como uno más. Me ceñí el sable a la cadera.

Al salir a cubierta distinguí a mi marido y a mi hijo hablando con Ho Woo y con algunos otros hombres.

Me acerqué en silencio y escuché. Alrededor de nuestro barco había al menos otras treinta naves y veía más acercarse en la lejanía.

Eso significaba que Cheng Yi había mandado emisarios para que la flota se congregara.

Existía un sistema de comunicación que consistía en ir pasando el mensaje de barco en barco por trompetas y señales con banderas, y disponíamos de varios juncos pequeños y veloces para llevar mensajes más elaborados o más lejos.

Fruncí el ceño: eso no auguraba nada bueno.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

—Una avanzadilla del emperador viene en nuestra busca —comentó Cheng Yi—. Nos ha llegado el mensaje de que están muy cerca de aquí.

—¿Estamos seguros de eso?

Entre las poblaciones costeras había informantes que nos buscaban y transmitían cuanta información pudieran considerar importante.

Estaban bien pagados y así daban un mejor uso a sus barcos pesqueros y pequeños juncos.

Me preocupaba que alguno de ellos pudiera transmitir en alguna ocasión noticias falsas, bien por interés, bien por ignorancia.

—Lo estamos —contestó no obstante Chang Pao Tsai saludándome con una leve inclinación de cabeza—. Nos ha avisado uno de nuestros hombres de confianza.

—¿Y cuántos son?

—Según el pescador, al menos cincuenta barcos —me informó mi esposo—. Vienen desde Hainan.

—Estamos muy cerca de las Paracelso —sugerí yo—. Si nos quedamos aquí, en un día como mucho nos avistarán. ¿Qué piensas hacer?

—Yo sugiero dirigirnos a Filipinas —dijo Ho Woo—. Evitar el enfrentamiento es lo más seguro.

Miré a mi alrededor. Un escribano llegó con un plano enorme que había dibujado y lo colocó en la mesa de cubierta en torno a la que estábamos reunidos.

Éramos unos diez, pero faltaban Kuayin Song y O Po Tae de entre los grandes capitanes.

La bandera negra de O Po Tae se encontraba en esos momentos cerca de Macao en una misión de abastecimiento junto con la mitad de la bandera amarilla.

La bandera verde de Kuayin Song debía encontrarse cerca, a uno o dos días de navegación según el viento, pero demasiado lejos para participar en la decisión.

Más barcos seguían llegando y más capitanes subían a bordo desde pequeñas canoas a remos que los trasladaban entre los juncos. Miré a Cheng Yi.

—Pero tú estás pensando en presentar batalla, ¿no es así?

—¿Qué te hace pensar eso? —Mi marido mostró la sonrisa torcida que ponía cuando tramaba algo.

—¿Para qué si no ibas a mandar llamar a todas estas naves?

La sonrisa se amplió. Uno de los capitanes intervino.

—Para reunir un consejo, por supuesto.

No contesté. Seguí mirando a Cheng Yi.

—Qué bien me conoces, esposa. —Los demás se giraron hacia él estupefactos—. Estoy pensando en enfrentarme a ellos, sí.

—¡Pero son demasiados! —exclamó uno de los piratas—. Sufriremos grandes pérdidas.

Los murmullos de asentimiento se propagaron en torno a la mesa.

—¿Tú qué opinas? —pregunto Yi.

Vi de reojo las muecas de desagrado de muchos de aquellos hombres: habían aprendido a tolerar mi presencia, aunque todavía no se habían acostumbrado a que me preguntara en voz alta mi opinión y la tuviera en cuenta.

Pero ya iba siendo hora de reclamar mi puesto.

Había estudiado, me había formado, había aprendido.

Durante meses me había preparado para ese momento.

Era comandante de esa flota al igual que Yi y se me iba a escuchar.

—Creo que deberíamos luchar.

Los murmullos se convirtieron en exclamaciones.

—¿Qué sabrás tú? —Oí que decía en voz baja uno de los capitanes de la bandera amarilla sin hacer caso de la mirada de advertencia del único ojo de Ho Woo. Me giré hacia él, lo localicé y me acerqué hasta dejar mi nariz muy cerca de la suya.

—¿Cuántos años llevas en el mar? —le pregunté.

—Veinte como marinero, tres como pirata —contestó desafiante.

—¿Y tres años como pirata te dan la sabiduría como estratega que Cheng Yi necesita? —pregunté.

—Me dan más experiencia que a ti. —Aquel hombre encogió un poco los hombros, pero no retrocedió.

No miré a mi marido: esa era mi guerra.

—Si tu experiencia te dicta que huyamos como conejos asustados a escondernos hasta que nuestros enemigos pasen de largo, es mejor prescindir de ella y escuchar a la sangre nueva.

—Me giré a mirar al resto del consejo—. Si retrocedemos ahora nos perseguirán para siempre esperando el momento en que una pequeña escuadra se separe del resto para ir a cumplir cualquier misión.

Vosotros seréis piratas, pero yo entiendo más de estrategia y de la naturaleza humana.

—Explícate —me alentó Cheng Yi.

—¿No os dais cuenta? —continué. Vi a Pao Tsai esbozar una ligera sonrisa que me infundió ánimos—.

El emperador nos está tanteando. Quiere saber si nos hemos acomodado, si nos hemos relajado en nuestra disciplina y nos hemos vuelto vulnerables.

Si huimos sabrá que le tenemos miedo y no cejará hasta destruirnos.

Somos lo bastante grandes para hacerle mucho daño a nivel económico, pero no lo suficientemente fuertes para poder plantarle cara si manda su armada completa contra nosotros.

—¿Y qué sugieres? —preguntó Chang Pao Tsai. Los demás callaron, atentos a mis palabras.

—Crecer. Crecer tanto que nadie pueda hacernos daño, ni siquiera el emperador, ni siquiera con ayuda de los europeos que campan a sus anchas por nuestras aguas y nuestras tierras como si fueran sus dueños. Hacernos tan grandes que nadie ose siquiera llevarnos la contraria.

—La idea es buena —admitió Ho Woo—. Pero ¿cómo piensas llevarla a la práctica? No es tan fácil de conseguir.

—Ataca. —Me giré hacia mi marido—. Diseñemos una buena estrategia y asegurémonos de vencer.

Hazte con todos esos barcos y después vendrán muchos otros.

No nos conformemos con ser la flota pirata más grande.

Yo quiero ser la armada más grande de esta parte del mundo.

Una armada de tal tamaño que ni los imperios puedan controlarnos. Solo así estaremos seguros.

El silencio se adueñó del consejo. Cuando comenzaron a hablar quedó en evidencia que la mayoría de ellos no estaba de acuerdo con mi punto de vista.

Esgrimieron argumentos, algunos de los cuales tenían sentido, para convencer a Cheng Yi de mover la flota hacia Filipinas.

Ho Woo se mantenía callado al igual que Chang Pao Tsai, y mi marido alzó la mano para hacer el silencio.

—Tal vez hayáis olvidado que no soy el único que tiene aquí poder de decisión. Mi esposa es vuestra líder y deberíais convencerla a ella de que vuestra posición es la correcta.

Me miraron incómodos y rehusaron hablar. Cheng Yi tomó de nuevo la palabra.

—Bien —dijo dando una palmada—. Entonces se hará como ella ha dicho.

Él y yo sabíamos que, de haber opinado Yi diferente a mí, no hubiera aceptado mi palabra con tanta ligereza, pero agradecí el apoyo y el respaldo que eso me proporcionaba frente a nuestros hombres.

Nos reunimos en un consejo más reducido para determinar la estrategia.

Decidimos que la mitad de las naves disponibles, unas veinte, se internarían entre dos islas del archipiélago Paracelso como si trataran de abastecerse sin ser conscientes de la fuerza que se les acercaba desde el norte.

Atraerían así a la flota enviada por el emperador mientras que el resto se escondería tras una ensenada que Yi conocía y que haría que pasásemos desapercibidos hasta el momento de atacar.

El Dragón Celestial , el barco insignia, en el que íbamos nosotros, estaría a la vista como cebo.

Enviamos pequeñas embarcaciones camufladas como si fueran pescadores para vigilar los movimientos de la flotilla.

Estaba claro que era una expedición de tanteo: el emperador no había mandado un gran contingente y estaba segura, al igual que mi marido, de que solo trataba de ver si huíamos o nos enfrentábamos a él.

—¿Sabemos qué tipo de barcos vienen hacia aquí? —preguntó Chang Pao Tsai frunciendo el ceño. Uno de los capitanes asintió.

—Son todo juncos de guerra, unos cincuenta.

Era una buena noticia que solo hubiera barcos chinos.

Aunque no contábamos con que hubiera pedido ayuda a los occidentales, estaban en buenos términos y era un riesgo.

Uno solo de sus buques podía acabar con decenas de nuestros juncos con su potencia de fuego y su rapidez.

Nos dirigimos pues a las islas Paracelso y nos quedamos agrupados entre dos pequeños islotes dentro del semicírculo compuesto por varias de las islas del archipiélago, que creaban una especie de mar interno.

Esperábamos que la flota enemiga supusiera que contaba con el factor sorpresa y creyera que nos había pillado desprevenidos.

Lo cierto era que corríamos un gran riesgo quedando tan expuestos porque, si todo salía tal y como habíamos previsto, nos acorralarían en un cerco del que podríamos salir a cuentagotas a través de la ancha entrada por la que vendría la flota enemiga.

Además, si no variaba el tiempo, ellos tenían el viento a barlovento, lo que significaba que contarían con una enorme ventaja y podrían atacarnos a placer hasta que el resto de la flota entrara por el mismo sitio que la armada imperial y los atrapáramos entre dos fuegos, para luego abordarlos.

Esperaríamos allí, en la curva de la isla Drummond, con casi treinta naves.

Si fuéramos muy pocas podrían sospechar.

Otras veinte esperarían disgregadas, algunas haciéndose pasar por pescadores en el arrecife cercano, otras camufladas entre las islas Robert y Pattle para atacar cuando diéramos la orden.

Las que fueran llegando más tarde se situarían tras las islas Duncan y Money, según la ruta que llevaran, pues ya estaban avisados.

Yo propuse la estrategia. Muchos se escandalizaron pensando que era un suicidio, y era cierto que, si no acudían a nuestro rescate con rapidez, podíamos sufrir grandes pérdidas, pero Chang Pao Tsai me apoyó desde el principio y mi marido dijo que era un plan tan arriesgado como inteligente.

Nadie pudo hacer nada: estuvieran de acuerdo con nosotros o no, eran las órdenes de sus superiores.

Para evitar deserciones, eso sí, los barcos que vendrían en nuestro auxilio estarían comandados por Ho Woo y nuestro hijo, de cuyas lealtades no teníamos ninguna duda.

Aquellos que se veían temerosos o disconformes con nuestra decisión, porque había sido la mía y les indignaba mi posición, fueron destinados al círculo interior.

—Tal vez deberías moverte a otra nave menos expuesta —me dijo Cheng Yi con la duda escrita en la cara.

Yo negué con la cabeza.

—No pienso moverme, esposo mío. —Sus ojos se ensombrecieron—. ¿Qué respeto me ganaré si propongo enfrentarnos al emperador y luego huyo y me escondo antes de la batalla? Nunca podré volver a mirarles a los ojos si no estoy a tu lado en esta ocasión.

—Será muy peligroso. Hasta que estemos en la posición adecuada podrán atacarnos a placer. —Trataba de disimular, pero yo lo conocía bien y notaba la angustia en su voz. Apreté su mano con calidez.

—Si me diera miedo el peligro, nunca te hubiera seguido aquí. Sabes que tengo razón. —Lo miré a los ojos—. Lo sabes, ¿verdad?

El asintió y la conversación acabó ahí. Me había salido con la mía.

Tardamos medio día en llegar a la posición acordada.

Al amanecer siguiente llegó un pequeño junco, más rápido que las naves más grandes, y nos avisó de que la flota enemiga estaba en camino y no tardaría más de medio día en llegar.

Pequeñas barcas a remos llevaban nuestras comunicaciones entre los distintos barcos y, para mensajes más concisos, usábamos el sistema de banderas que Cheng Yi había ideado hacía unos años.

Observé que se quedaba un poco corto cuando el número de juncos era ya considerable y decidí trabajar en completarlo y modernizarlo cuando todo eso pasase.

Ninguna de nuestras naves estaba incomunicada.

Todas se mantenían al alcance de la vista unas de otras y se transmitían las órdenes que surgían desde nuestro junco insignia.

Y por ese método supimos con un par de horas de antelación que los barcos del emperador estaban a punto de entrar en el círculo de islas.

Todo el mundo se preparó. Era muy arriesgado: tenía que parecer que nos habían pillado por sorpresa o no terminarían de entrar en la zona que nos interesaba para quedar atrapados.

Por ello, muchos de nuestros barcos le daban la proa al lugar por donde aparecerían nuestros contrincantes, y pocos estaban bien situados para poder plantar batalla en el momento.

Sabíamos que habría bajas hasta que consiguiéramos maniobrar, pero la recompensa sería aún más grande que el riesgo corrido.

Cuando el primero de los barcos enemigos apareció y se adentró en aquella especie de mar interno, hasta el viento pareció contener la respiración. Tras él, las siluetas de otros muchos juncos aparecieron en el horizonte dirigiéndose hacia nosotros.