Loto rojo Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

A partir de ese día me dediqué en cuerpo y alma a aprender.

Yi me explicó todos los entresijos del funcionamiento de la flota: la cadena de mando, las secciones, quién se encargaba de qué, las distintas formas de ganar dinero y quién era de fiar y quién no.

La mayoría de los capitanes de las secciones de la flota eran leales: algunos eran viejos piratas sin demasiado éxito que pactaron con Yi y le ofrecieron sus barcos.

Mantenían cierto control efectivo sobre sus antiguas naves y hombres, pero siempre supeditados a las órdenes de Cheng Yi.

Otros capitanes eran marinos que empezaron su carrera con mi marido y a quienes él quiso recompensar con el mando de una o más naves.

Y luego estaba O Po Tae. Yi no se fiaba de él, Chang Pao Tsai tampoco, y desde luego yo no pensaba confiar en ese pirata orgulloso que me miró con superioridad y me juró obediencia por el simple hecho de que, de haberse resistido, no hubiera salido de la habitación con la cabeza unida a los hombros.

Yi sabía que había que tenerlo controlado, que su unión era circunstancial y que O Po Tae había admitido entregar sus barcos a Cheng Yi porque su flota era más pequeña y más temprano que tarde hubiera afrontado una derrota tan humillante y completa que sus navíos hubieran pasado de igual manera a formar parte de la flota de la bandera roja.

Así al menos él podría sacar algo de la situación y mantener cierto estatus.

Llevaba casi un año ya a las órdenes de mi marido y siempre era la nota discordante.

La situación no tardaría mucho en explotar.

Cuando le trasladé mi preocupación a Yi me dijo que ya lo había tenido en cuenta.

Así que me limité a compartir espacio con él cada vez que era preciso, aguantando su fría indiferencia rayana en la falta de respeto y devolviéndosela con la misma moneda.

Si Cheng Yi era el primer eslabón de la cadena de mando (puesto que ahora compartía conmigo), el segundo era, sin lugar a dudas, Chang Pao Tsai.

El que ahora se dirigía a mí como madre resultó ser un joven de inteligencia excepcional y gran instinto de supervivencia.

Poseía además un carisma desbordante que hacía que toda la flota le respetara y le siguiera, aunque apenas llevara tres años a bordo.

Tenía madera de líder natural, la gente quería satisfacerle y que les prestara atención, y él sabía llevarlo con sencillez y sin grandes alardes.

Me caía bien y veía en él un aliado inmejorable.

Con Pao Tsai apoyando mi posición, las cosas me resultaron mucho más fáciles.

La armada se dividía en secciones. En aquel momento teníamos unas doscientas naves y era una fuerza difícil de manejar en bloque.

Así que Chen Yi había optado por separarlas en grupos de cincuenta juncos más o menos para facilitar el control, ya que no siempre la flota completa iba a los mismos sitios.

Cada sección se dividía en colores: bandera negra, bandera verde y bandera amarilla, siempre bajo el mando total y absoluto de la bandera roja, comandada por mi esposo.

O Po Tae era el capitán de la bandera negra y uno de sus puntos de fricción con Cheng Yi era que él había aportado más barcos a la coalición de los que comandaba en ese momento.

Mi marido lo apaciguaba diciendo que respetaba su posición, pero que no podía tener más navíos que el resto o la organización no surtiría efecto.

La bandera amarilla estaba dirigida por Ho Woo, un viejo amigo de la infancia de Cheng Yi, leal hasta la médula y el único que se atrevía a llevar la contraria a mi marido cuando creía que no llevaba razón.

Ho Woo solo tenía un ojo, pues había perdido el otro en el transcurso de alguna batalla, pero eso no le impedía ser inteligente y tener perspectiva.

Yi tomaba muy en cuenta sus opiniones, ya que tenía experiencia y hablaba con el afán de que la flota prosperara.

La bandera verde seguía las órdenes de Kuayin Song, el más joven, que había creado con apenas veinte años su propia flota pirata.

Quería hacer dinero y vivir una vida de aventuras, pero sabía que no podía hacerlo solo, así que fue Song quien se acercó a Yi y le propuso unirse a él.

Fue su primer socio y por ello tenía esa posición privilegiada.

Cada uno de estos hombres tenía a otros a su cargo que hacían que las órdenes fuesen transmitidas y cumplidas con presteza.

Todos aquellos que habían aportado suficientes barcos de forma voluntaria a la coalición tenían un puesto en el consejo y eran escuchados, aunque no fueran considerados alto mando.

Era una organización complicada y muy jerarquizada, pero que funcionaba como la seda.

Para cuando pasó el verano yo ya conocía todos los entresijos del funcionamiento de aquel pequeño imperio, me había empapado de todas las técnicas y me había hecho respetar con más o menos éxito por la mayoría de aquellos hombres.

Cheng Yi era una persona cultivada y poseía una amplia biblioteca en su camarote.

Yo me dediqué a buscar los libros que me pudieran servir y a estudiármelos en cada rato libre que tenía.

Desde Sun Tzu hasta Julio César, todos me ayudaron a saber de estrategia, a conocer técnicas marciales y a desarrollar mi visión de conjunto.

También leí mucho sobre batallas navales y conversé con Yi sobre todo eso tratando de aprender cuanto más y más deprisa mejor.

Aprendí también todo lo que necesitaba saber sobre marinería, barcos y navegación; cómo orientarnos, los mapas y la utilización de los instrumentos. Incluso aprendí a hacer nudos y los nombres de todos y cada uno de los cabos y velas que había a bordo.

Con las mujeres embarcadas tenía una relación cordial, pero notaba que nunca se relajaban del todo en mi presencia, cohibidas por mi excepcional posición de poder.

De las antiguas chicas del burdel de Madame Yeng que vinieron conmigo a bordo, solo una se quedó en nuestro barco, Mei Yin.

Se sentía muy orgullosa de mí y me trataba con familiaridad, pues esa relación hacía que también ella aumentara su estatus en el barco.

Debo admitir que fue una buena amiga y me hizo reír muchas veces, al menos al principio.

También Fang, mi criada, se adaptó bien a la vida a bordo y me demostró ser de total confianza.

Fang y Mei Yin fueron las que hicieron que mi mundo no se redujese a mi marido y Pao Tsai.

Fang me pidió permiso para casarse pasados dos meses y se lo concedí, feliz.

Ya no era una criada de forma oficial, pero siguió preocupándose de mis necesidades y mi bienestar igual que antes.

Y antes de que finalizara el año, decidí que estaba preparada para ejercer los derechos que en teoría poseía y reivindicar mi poder.