Capítulo 11 #2
—Habría que enviar a alguien. Alguien que sepa hablar, leer y escribir no solo mandarín y cantonés, sino también manchú.
Que tenga aspecto manchú y que conozca sus costumbres y modos.
Ese alguien se las podría arreglar para infiltrarse en la corte o, si esto es difícil, acercarse a algún alto funcionario que, a cambio de dinero o favores, acceda a proporcionarnos información.
—¿A quién podríamos mandar? —se preguntó Pao Tsai.
Fue relativamente sencillo encontrar un voluntario. Nos dirigimos a Cantón y allí fuimos a visitar a la madre de Yi.
—¿Todavía no me das un nieto? —me preguntó mirándome con la barbilla levantada y un rictus desagradable en la boca.
Solo la había visto una vez, el día de mi boda, y no me había caído muy bien.
Las suegras tenían poder absoluto sobre sus nueras por norma general, pero yo no estaba dispuesta a consentirlo y ella se encargó de demostrar lo mucho que le ofendía aquello.
Mi suegra había sido cortés, pero también había dejado bien claro que sabía a qué me dedicaba antes de embarcar y que no lo aprobaba.
No me importó entonces, pero ahora me sentía un poco insultada.
—Un hijo es cosa de dos, madre —le dije más seca tal vez de lo que pretendía—. Y tenemos a Chang Pao Tsai.
Yi me miró enarcando las cejas, pero no dijo nada.
Conocía a su madre y su temperamento, y me conocía a mí.
Aquella mujer se encargó de mostrar bien a las claras su descontento por mi falta de respeto y por lo que ella consideraba mi imposibilidad para darle nietos, y Yi decidió que era mejor no hacernos pasar más tiempo juntas.
Fuimos a hablar con su hermano mayor, que vivía en la casa familiar con su mujer, una esposa secundaria y varios de sus hijos.
La familia Cheng tenía mucho dinero, pues, como he dicho, venía de una larga estirpe de señores piratas.
El hermano mayor de Cheng Yi, sin embargo, no quiso continuar con la tradición y se dedicó a los negocios.
—Es una buena idea, hermano pequeño —dijo cuando Yi le contó nuestros planes.
—Fai, mi sobrino, tu hijo mayor, es un joven muy inteligente.
—Lo es —corroboró su padre—. E instruido. Estoy muy orgulloso de él.
Fai era un joven de veintipocos años que sentía gran admiración por su tío.
Le pareció bien emprender el largo viaje hasta Beijing como director de la empresa de exportaciones de su padre.
Con la excusa de negociar un acuerdo de aprovisionamiento de la corte, entraría en contacto con quien él considerase que podía servir a nuestros fines y le tantearía.
Cheng Yi confiaba en su sobrino, así que no puse objeciones. Los barcos que le acompañarían saldrían de nuestra propia armada y la tripulación también. Tenía instrucciones de mantenernos informados continuamente.
No nos quedamos a dormir. Una de las desventajas de la vida pirata es que es mejor no acomodarte en ningún sitio que no sea tu propio barco, por si alguien te delata.
A la vuelta quise pasar por el burdel de la señora Yeng.
Seguía como siempre, apenas había cambiado en ese tiempo que yo había estado fuera.
Se alegró mucho de verme y de comprobar lo bien que me iba.
Se deshizo en reverencias tratándome como a una gran señora, y las chicas, la mayoría de las cuales habían sido compañeras mías, me miraban con admiración y algo parecido a la envidia.
Me marché de allí con la sensación de que me había convertido en una extraña para mi propia gente y la conciencia de que nunca podría volver a mi vida anterior.
No habían pasado ni dos meses desde que se inició nuestro plan cuando el sobrino de Cheng Yi nos escribió una carta en la que daba su misión por cumplida.
Había contactado con un alto funcionario de la corte, un hombre que tenía una flotilla de barcos con los que transportaba mercancías entre China y Europa.
Se llamaba Park Kuang y, aunque pasaba por manchú, su origen era cantonés y no sentía la lealtad absoluta de otros hacia el emperador, así que estuvo dispuesto a colaborar con nosotros a cambio de una buena suma anual y de que sus barcos no fueran asaltados nunca más al cruzar nuestras aguas.
Así, gracias a eso, comenzamos a saber con antelación si el emperador estaba organizando algún ataque contra nuestra flota, si se aliaba con los europeos o, incluso, dada la extraordinaria eficacia de nuestro espía, si trataba de captar informantes cercanos a nosotros.
Celebramos la victoria brindando con champán francés que habíamos requisado en uno de nuestros abordajes.
Solo Pao Tsai, Ho Woo y tres personas más de confianza sabían de nuestra estrategia: era más seguro para todos, sobre todo para Park Kuang, que se jugaba la vida por nosotros.
Esa noche acabamos bastante borrachos. Cheng Yi me pidió que cantara y yo, en un arranque, saqué la pipa y canté y toqué como hacía meses.
Cuando levanté la vista percibí que todos aquellos hombres me observaban como a una joya oculta que hubieran descubierto de repente, y llegué a ver avaricia en sus miradas.
No me gustó la sensación. Hacía mucho que no me sentía así.
Ahora era una pirata y lo que buscaba era respeto, no deseo.
Chang Pao Tsai se puso rojo y bajó de inmediato la cabeza, como avergonzado por sus propios pensamientos.
En cuanto a Cheng Yi, fue consciente del embrujo que se había extendido sobre los presentes, se levantó y dio por terminada las celebraciones.
—Siempre serás mi hermosa Lin —dijo cogiendo un mechón de mis cabellos entre sus dedos—. Mía, la pirata más hermosa e inteligente que hayan dado jamás estos mares.
Me colgué de su cuello.
—Solo seré Lin para ti —le dije—. Para todos los demás soy Cheng I Sao, y me deben obediencia.
—No creo que lo olviden fácilmente, aunque por unos momentos se permitan soñar con disfrutar de tu compañía.
Me desnudó y esa noche hicimos el amor muy lento, disfrutando de nuestros cuerpos y de las caricias que nos dimos el uno al otro sin ninguna prisa, hasta que el amanecer nos saludó por la ventana de nuestro camarote.
Tras comprometernos a no atacar los pueblos costeros a cambio de un pago, debimos buscar otra fuente de recursos y nos centramos, más que nunca, en la piratería en el mar.
Llegó el invierno y después la primavera, y pronto comenzaron a verse más barcos europeos de los que habíamos visto antes por esos mares.
Macao estaba llena de portugueses, sin contar con los británicos y holandeses que hacían rutas comerciales entre nuestro país y los suyos.
Ellos tampoco se libraban de nosotros. Recorríamos los mares en escuadras de entre treinta y cincuenta barcos haciéndonos con lo que nos interesaba, y nos reuníamos una vez al mes en una isla poco poblada que se había convertido en nuestro puerto franco.
Allí poníamos en común las capturas, repartíamos el botín y registrábamos lo que se quedaba el fondo.
Yo llevaba las cuentas: nadie mostraba queja y si alguien tenía objeciones, nunca se atrevió a pronunciarlas en voz alta.
Cuando teníamos bajas, bien por accidentes, bien debido a algún abordaje, del fondo salía el dinero que se daba a la familia y que les permitiría comprar un pedazo de tierra y aperos para labranza, construir una casa y salir adelante sin más ayuda que sus propios brazos, o montar una casa de té, o llevar adelante cualquiera que fuera la idea que tuviera la viuda para mantenerse ella misma y a sus hijos, si los hubiera, y no quedar en la más absoluta pobreza.
Si un pirata quedaba inválido o lisiado, o caía enfermo, también recibía ayuda.
El fondo común estaba para esas cosas y, cuando todos comprobaron que ellos y sus familias tenían las espaldas cubiertas en caso de una desgracia, se acabaron las protestas por entregar un porcentaje tan alto de su parte para ello.
Siempre había quien trataba de engañarnos para quedarse una parte más grande del botín.
Supongo que eran los menos, porque en general la gente era leal y porque, de haberlo descubierto, hubieran perdido las orejas de ser la primera vez y la cabeza si la afrenta se repetía.
Por mi mente cruzó la idea de marcar un código de conducta.
Unas tablas de la ley que sirvieran como guía y a las que acudir cuando alguien cometiera una infracción.
Nuestro propio código, elaborado según nuestras propias ideas y necesidades.
No dije nada, de momento, aunque seguí dándole vueltas.
Sin embargo, tuve que dejarlo de lado cuando la guerra llamó a nuestra puerta de nuevo.
Los hermanos Tay Son solicitaron nuestra ayuda en su lucha contra el gobierno legítimo de Vietnam y mi marido decidió, sin lugar a dudas, que había que participar en las revueltas apoyando a los insurgentes, como ya hiciera años atrás.