Capítulo 4
D espués de aquello volvimos en silencio al burdel.
Cuando nos despedimos, Yi me dio un beso en la mejilla y se marchó sin decir nada.
Temí haberlo estropeado todo, haberlo alejado de mí.
Madame Yeng tenía razón cuando decía que a los hombres no les interesan nuestras penas, que solo quieren que seamos bonitos complementos a su lado, entretenidas y hermosas, ocurrentes y divertidas en ocasiones, complacientes siempre.
El nudo en la garganta volvió. ¿Cómo había sido tan estúpida?
Entré en mi casa y me retiré. Madame Yeng hizo ademán de irme a preguntar algo, pero no le di opción.
Me metí en la habitación y no le dije ni palabra a Fang cuando me desvistió, desmaquilló y peinó.
Ya en la cama, suspiré. ¿En qué momento, en apenas tres ratos que había pasado con él, había creído ver algo más que una relación de negocios?
¿En qué estaba pensando para bajar la guardia así? Me prometí que no pasaría de nuevo.
Al día siguiente no vino. No sabía si ya no quería volver a verme o es que algo le había impedido acudir, pero había pagado por tenerme en exclusiva y no iba a aceptar a ningún otro cliente esa noche.
Algunos de sus hombres aparecieron al caer el sol por el burdel para visitar a las chicas, pero de él, ni rastro.
No pregunté, habría sido indigno arrastrarse así.
Cuando Madame Yeng indagó, me encogí de hombros.
—¿Pasó algo ayer? —indagó como un perro de presa.
—No que yo sepa. Pero ¿quién sabe qué se les pasa por la cabeza a los hombres así?
—¿Hiciste algo mal? —insistió. Me levanté y me acerqué a ella con todo el orgullo que me quedaba. La obligué a levantar la mirada hacia mí, algo que sabía que la incomodaba.
—No que yo sepa —repetí cortante—. Y puesto que no puedo trabajar esta noche, me retiro. Mañana es la víspera de Año Nuevo y quiero estar fresca.
No se atrevió a decirme nada más. A la mañana siguiente me desperté algo más animada. Si él no quería saber nada más de mí, estaba en su derecho. Recuperaría mi vida y me olvidaría de su existencia. Sin duda la casa sobreviviría a su marcha.
El día transcurrió muy ajetreado. La víspera de Año Nuevo era un día de actividad frenética y llena de esperanza: todas las chicas, no solo las criadas, participamos en las tareas de limpieza dejando nuestro hogar reluciente para expulsar la mala suerte, dejar atrás todo lo malo y prepararnos para el nuevo ciclo.
Después, como la familia que éramos en realidad, nos reunimos todas en la cocina para preparar la cena, la más especial del año.
Hicimos empanadillas, asamos cerdo y pescado, cocinamos dumplings y sopa wonton.
Estaba amasando cuando una de las criadas, que había bajado a tierra a por agua, entró corriendo.
—¡Lin! ¡Lin!
La sirvienta entró deprisa a las cocinas, jadeando, haciendo que el agua que llevaba en el cubo salpicara.
—¿Qué ocurre? —pregunté sobresaltada.
—El señor Cheng está fuera, pregunta por ti.
A mi alrededor se formó un alboroto. Yo no sabía qué pensar. ¿Habría vuelto para despedirse? La sangre se me agolpó en la cabeza. Miré mis manos llenas de harina y masa pegajosa. Me observé, vestida con una bata de estar por casa, el pelo en una trenza, sin maquillar ni perfumar.
—¡No puedes recibirle así! —comenzó a gritar una de las chicas.
La histeria se empezó a adueñar de todas. Me entraron ganas de reír, pero entonces acudió Madame Yeng a poner orden. Me limpió las manos con un trapo húmedo y me observó con ojo crítico.
—A mí no me engañas, niña —dijo muy seria—.
Veo en tu cara que no esperabas que volviera.
Y eso solo significa que hiciste algo que no deberías haber hecho.
Ese carácter tuyo puede ser una maldición, pero también una bendición.
—Ante mi silencio, que era una afirmación, continuó—.
Bien, si fuiste indiscreta y aun así él ha vuelto, es que le gustas de verdad.
Dile al señor Cheng que Lin saldrá enseguida y ofrécele un té —le dijo a una de las sirvientas, que se apresuró a obedecer a su señora—.
Tú —continuó dirigiéndose a otra de las chicas—, sube corriendo y baja el qipao rojo de seda, el que tiene el dragón bordado.
Trae el cepillo y el perfume de flor de cerezo. Y unos escarpines sencillos.
—¿No subo a vestirme?
—No —negó ella—. Hoy vas a mostrarte como si te hubiera pillado de sorpresa, cosa que ha hecho, y no quisieras perder el tiempo en arreglarte. Deseas verle y deseas mostrarte tal y como eres. Con algún añadido —concluyó guiñando el ojo.
Me puso el vestido, ordenó mis cabellos y rehízo la trenza, y aplicó un poco de perfume sutil tras mis orejas. Nada más. Y así, sin ningún artificio, me mandó a la sala donde Cheng Yi esperaba. Él se levantó al verme entrar.
—Disculpa mi aspecto —le dije algo avergonzada. No me había mostrado tan sencilla desde que había empezado a trabajar allí. Él se acercó y me besó en los labios.
—Estás preciosa. Demos un paseo.
Bajamos a tierra y nos internamos en las calles, en las que se apreciaba la actividad previa a la cena.
Las casas tenían paneles rojos colgados en sus puertas y farolillos encendidos.
Nos cruzamos con varios desfiles de linternas, a cada cual más elaborada y decorada.
Nunca me acostumbraría a ese día, a la sensación de que todo Cantón daba la bienvenida a un nuevo año con una explosión de luz.
Los niños se acercaban a nosotros y Cheng Yi les daba sobres rojos que contenían monedas.
Los adultos le saludaban con una inclinación de cabeza y le presentaban sus respetos.
—Eres muy querido —comenté.
—Sé hacer que la gente me aprecie. Es lo mejor si pretendes que ningún vecino te denuncie a los hombres del emperador cuando estás en tierra.
—Es lógico.
—Y tú, Lin, ¿me aprecias?
Me paré sorprendida por la pregunta.
—Pues claro que sí, ya lo sabes.
Él se aproximó a mí y me cogió por los hombros acercándome a él.
—Me refiero a si me aprecias… de forma especial.
Traté de desviar la conversación. No quería mostrarme tan vulnerable.
—¿Qué quieres decir?
Él me besó la mano en medio de esa calle abarrotada de gente portando linternas, del ruido de los petardos y del atardecer que se acercaba veloz.
—Quiero decir que, aunque apenas nos conocemos, siento que tenemos algo especial. Una conexión. Pienso en ti todo el día y estoy deseando que llegue la noche para poder ir a verte. Quiero saber si para ti soy un cliente más o si sientes algo parecido.
Me escabullí de su abrazo y seguí caminando.
—¿Qué importa lo que yo sienta? Estoy muy a gusto contigo, Yi, pero no sé dónde quieres ir a parar.
Él me tomó del brazo para que me detuviera.
—Ven conmigo —dijo de repente.
Parpadeé confusa.
—¿A dónde?
—A mi barco. Ven conmigo, sé mi concubina. Te mantendré bien, no te faltará de nada.
Guardé silencio, pensando. Era una buena oferta.
Cheng Yi era un hombre muy rico y podría vivir muy bien a su lado.
Y, si era lista, ahorraría aún más para poder montar un negocio propio cuando se cansase de mí, porque daba por hecho que se cansaría.
Tenía ya veinticinco años. No me quedaban muchos más antes de que dejara de estar tan cotizada y debía pensar en mi futuro.
Además, él me gustaba, me gustaba mucho.
No sabía si volvería a tener una oferta tan tentadora.
Aunque, por otro lado, una ligera decepción se instaló en mi pecho.
¿Concubina? ¿Eso era todo a lo que podía aspirar?
¿Eso era lo que quería para mí? ¿No ser nunca más una mujer libre, no poder tomar mis propias decisiones, estar siempre pendiente del día en que él trajera a otra y comenzara a darme de lado?
No sabía si mi ego lo resistiría. Si seguía donde estaba, en un par de años podría retirarme, montar mi propia casa o incluso comprarle la suya a Madame Yeng y ser yo la que manejara las vidas de los demás.
—Y bien, ¿qué dices? —me apremió Yi.
Alcé la mirada, indecisa. Sentí una honda pena, pero abrí la boca y habló el orgullo.
—No iré contigo, Yi. No lo haré. No voy a negar que es una tentación enorme, pero no seré la concubina de nadie.
Me dolió ver su cara de desconcierto.
—Es una propuesta muy generosa y te la agradezco. Y sí, es verdad que te aprecio de forma… especial. Pero eso no es suficiente, me temo.
—¿Y qué es lo que quieres? —me preguntó abriendo las manos en gesto de duda.
—No lo sé. —Fui sincera. ¿Qué otra cosa podía hacer?—. Pero sé lo que no quiero. No quiero perder mi libertad. No es la primera propuesta que recibo, pero sí es la primera que me cuesta rechazar. —Me acerqué a él y lo besé en los labios—. Lo siento.
Él asintió sin decir palabra. No creo que estuviese acostumbrado al rechazo y tal vez no sabía digerirlo. Regresamos a la casa y me dejó en el borde de la pasarela.
—¿Te volveré a ver? —le pregunté con un nudo en la garganta.
Me miró a los ojos.
—¿Te gustaría?
—Más que nada —susurré.
—Entonces, sí. —Se acercó y me besó en la boca, un beso triste, de despedida—. Mañana zarpamos de nuevo. Espero que el nuevo año me traiga más alegría que este que dejamos atrás.
Despedí el año rodeada de mis hermanas, de mis compañeras.
Sentí alegría y tristeza a la vez. Tristeza por haberme cerrado una puerta, pero alegría al ver que no era la única que se había dejado llevar en esa corta pero intensa relación.
Cuando terminamos de cenar salimos todas al exterior para admirar los fuegos artificiales.
Esa noche era para el festejo, no para el trabajo.
Y cuando una de mis compañeras me agarró de la cintura y me abrazó, sentí esperanza, y también tuve la certeza, asomando por detrás de la decepción, de que el año que estaba por empezar sería decisivo para mí.