Loto rojo Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Los primeros meses del nuevo año pasaron rápido.

Volví a mi vida como si Cheng Yi nunca hubiera estado en ella.

Es cierto que me acordaba de él a menudo y lo echaba de menos, pero así eran las cosas.

Había tomado una decisión y tenía que lidiar con ella.

Cumplí veintiséis años y empecé a pensar en retirarme: estaba cansada ya de esa vida.

Y entonces, una noche, con el local recién abierto y sin apenas clientes, se oyó un tremendo jaleo en la calle.

Nos asomamos con cautela y vimos varios barcos atracados muy cerca de la orilla y a hordas de piratas entrando en tropel en Cantón.

A saber por qué atacaban la ciudad, que normalmente respetaban: tal vez alguien habría denunciado a alguno de los suyos ante las autoridades, o los mercaderes se habrían negado a pagar por su protección, o los altos cargos habrían llevado a cabo alguna ofensiva contra la flota.

Daba igual. Comenzamos a correr tratando de salvaguardar nuestras pocas posesiones: si los piratas atacaban, nadie estaba a salvo.

Entré en mi habitación a la carrera y metí mis preciadas cajas de ahorros en un saco. Entonces oí un estruendo abajo y a las chicas chillar.

—¡Lin!

El grito retumbó por toda la casa y mi corazón se saltó un latido.

—¡Lin!

El latido se reanudó y yo me puse en pie, nerviosa.

Mi habitación estaba en la parte superior, junto a la de Madame Yeng, como reconocimiento a mi estatus.

Me asomé desde lo alto, doblada sobre la barandilla.

Cheng Yi estaba en medio de la sala con los brazos en jarras, imponente y autoritario, y sus hombres aguardaban tras él el permiso para esparcirse por la casa.

Madame Yeng estaba arrodillada frente a su figura suplicando que respetaran su hogar.

—¡Lin! —volvió a repetir cuando me vio. Una ancha sonrisa se expandió por su rostro—. ¡Baja aquí a hablar conmigo!

Negué con la cabeza, riendo.

—¡Sube tú! Y diles a tus hombres que se comporten en tu ausencia.

—Ya habéis oído a la señora —les indicó con un gesto de la cabeza—. Comportaos. Nada de saquear esta casa. Si buscáis esposa, preguntad antes de llevaros a alguna chica.

Cheng Yi subió en dos zancadas las escaleras, me tomó por la cintura y me besó con ansia. Le devolví el beso con las mismas ganas.

—¿Me has echado de menos? —me preguntó.

No tenía sentido tratar de disimular.

—A todas horas —le dije.

—Tenemos que hablar. —Me cogió de la mano y me miró a los ojos—. Hay algo que quiero decirte, ¿podemos ir a un sitio tranquilo?

Le guie a mi habitación y nos sentamos sobre el colchón. Él permaneció en silencio.

—¿Y bien? —apremié.

—Cásate conmigo —propuso. Me pareció no haber oído bien.

—¿Cómo dices?

—Cásate conmigo. Sé mi esposa, Lin. Tenías razón, tú no has nacido para ser una concubina. Sé mi esposa.

Medité lo que iba a decir antes de hablar y él respetó mi silencio.

—No hay una gran diferencia entre ser concubina o ser esposa. El prestigio es mayor, pero sigue sin ser lo que quiero.

—¿Qué quieres entonces? —Yi se pasó la mano por el pelo al borde de la desesperación—. ¡No te entiendo!

—Quiero que seamos iguales.

Se me quedó mirando, atónito.

—Has oído bien —corroboré—. Iguales en todo. Si acepto ser tu esposa, si me caso contigo, no seré un objeto delicado y hermoso al que contemplar. Seré tu socia.

—Explícate. —Su cara de sorpresa dio paso a otra expresión. Ahora estábamos teniendo una conversación de negocios.

—Quiero la mitad de tu flota. Quiero que se me reconozca como tu igual, es decir, como la superior de tus hombres. Soy lista y sé llevar las cuentas mejor que cualquiera de tus hombres, eso seguro. Enséñame y seré la compañera perfecta en la piratería.

Hubo un instante de silencio. Un momento que se me hizo eterno, pues pensé que me había excedido y había perdido mi oportunidad. Entonces él habló.

—¿Algo más? —Creo que estaba a punto de reír.

Cogí aire: no pensaba dejarme nada en el tintero.

—Sí. También será mía la mitad del botín que te corresponda y tendré voto en el consejo. Mis órdenes serán atendidas como si fueran las tuyas y me tendrás en todo momento al tanto de tu estrategia y de tus intenciones.

Ahora sí, rompió en carcajadas. ¿Me había pasado? Se levantó, rodeó el colchón y me tendió la mano para levantarme. Me besó.

—No podría negarte nada, porque te necesito más que al aire que respiro. Pero, además, creo que es buena idea. Trato hecho, mi hermosa Lin. Serás mi socia.

Y así me convertí en pirata.

Recogí todas mis pertenencias en unos baúles y exigí llevarme a Fang, mi criada, conmigo.

Entre ella y los hombres de mi marido trasladaron mi equipaje.

No fui la única que se marchó aquella noche.

Mei Yin, Xen y Tsi, tres compañeras, aceptaron las propuestas de matrimonio de sendos piratas y vinieron a bordo también.

Me despedí de Madame Yeng. Ella me cogió de los hombros y me miró de arriba abajo.

—Sabía que harías algo grande —me dijo cuando le conté el trato que había negociado—. Desde el primer momento en que te vi supe que eras especial. Me has dado mucho más de lo que yo te he dado a ti. Espero que seas feliz.

Por primera vez en su vida me abrazó, y supe que era sincera.

—Gracias por todo, Madame Yeng —le dije también con sinceridad—. Gracias por enseñarme a ser la mejor.

Antes de salir del burdel para nunca más volver, me paré y cogí a Yi de la mano.

—No quiero ser más Lin.

—¿Por qué no?

—Porque no es un nombre respetable. No quiero que se me conozca así si voy a dedicarme a la piratería.

—Como desees —rio—. ¿Y cómo quieres llamarte?

Lo medité unos instantes.

—Cheng I Sao.

—¿Esposa de Cheng? ¿Por qué quieres llamarte así?

—Porque hará que tus hombres me respeten. Les recordará en todo momento quién soy y mi posición.

—Tenías razón en que eres astuta. Muy bien, Cheng I Sao, tu nueva vida te espera.

Y me fui de allí para no volver.