Capítulo 3
C heng Yi resultó ser un fantástico amante.
Me despojó poco a poco de toda mi ropa y luego hizo lo mismo con la suya.
Aprecié su cuerpo compacto y musculado, de espalda ancha y piernas robustas, cubierto de cicatrices producto de toda una vida en la batalla.
Esa potencia que se apreciaba en su musculatura era extensible a toda su anatomía y, cuando al final quedó satisfecho, yo sentí que no podría ponerme en pie.
Se lo dije y se echó a reír con la risa franca y escandalosa de aquellos a quienes no les importa llamar la atención.
—Me siento honrado —dijo inclinándose sobre mí para besarme.
También hablamos mucho en esa noche, que pasó volando.
Me contó que su padre fue pirata antes que él, y su abuelo antes que su padre, y así hasta varias generaciones atrás.
Llevaba su título con tanto orgullo como si se tratara de uno nobiliario, y era evidente que lo consideraban un aristócrata entre su gente.
No tenía uno o dos barcos, no. Su flota se componía de doscientas naves y de más de dos mil hombres, y contaba con ampliarla hasta más allá de lo que el pirata más ambicioso hubiera podido soñar.
Yo sabía de Cheng Yi y de sus andanzas, por supuesto.
¿Quién no había oído hablar de él? Pero nunca hubiera imaginado que sería un acompañante tan entretenido.
El alba llegó antes de lo que esperaba y él se incorporó y comenzó a vestirse.
Yo le ayudé y besé su mano izquierda cuando la alargó para acariciarme la cara.
Ya me había fijado en que le faltaban dos dedos en esa mano y que todo el brazo era una enorme cicatriz que se extendía hasta su cuello, pero no había hecho ningún comentario. Le miré.
—Fue en una batalla —me dijo sin darle mayor importancia—.
Luchábamos contra un barco portugués y uno de esos malditos cañonazos nos alcanzó de lleno llevándose media borda por delante.
Un enorme madero en llamas cayó sobre mí aplastándome el brazo.
Por suerte me sacaron de ahí debajo bastante rápido y no tuve que lamentar más pérdidas.
—Te las apañas bastante bien con tres dedos. —Bajé la mirada y sonreí. Le anudé los lazos del qipao.
—Tú me inspiras, mi pequeña Lin. Me tengo que marchar, pero volveré pronto y te querré para mí.
—Te estaré esperando. —Le sonreí. Me besó, se colocó el sombrero y salió.
Me quedé en la habitación envuelta en las sábanas, escuchándole dar voces ordenando a sus hombres que se pusieran en marcha y salieran ya de las camas.
Mi criada entró con ojos soñolientos y una bandeja con té, arroz y pasteles.
Di buena cuenta de todo ello y luego me quedé dormida hasta que me despertaron los ruidos de la casa en funcionamiento.
Las chicas agacharon las cabezas y rieron tapándose la boca con las manos, cuchicheando entre sí, cuando aparecí envuelta en mi bata con el pelo suelto.
Era ya mediodía y la mesa estaba servida.
Pocas veces dormía hasta tan tarde, pero había pasado la noche en vela.
Aunque yo estaba por encima de ellas en nuestra particular jerarquía, el ambiente en la casa era cordial y solíamos apoyarnos unas a otras.
—¿El gran Cheng Yi es tan fogoso como se comenta? —me preguntó una de ellas animada por el codazo que le dio la chica que tenía al lado. Miré hacia el suelo con discreción ocultando una sonrisa. Madame Yeng lo observaba todo desde la cabecera de la mesa con expresión divertida.
—¡Oh, vamos, Lin! —exclamó otra, una joven que tendría unos veinte años y llevaba ya varios sirviendo en la casa—. ¡No nos tengas en ascuas!
Las hice esperar unos segundos más.
—¡Es un tigre! —dije a carcajadas sin poderlo evitar—. Casi no puedo andar.
El alboroto duró hasta que Madame Yeng nos llamó al orden. Cuando terminamos de comer, me llevó aparte. Me arrodillé sobre la esterilla frente a ella, en uno de sus cuartos personales.
—¿Sabes quién es Cheng Yi?
—Lo sé —le contesté.
—No hace falta que te diga lo poderoso que es ese hombre —me recordó—. Una palabra suya y nuestro hogar se hundirá para siempre.
—No es la primera vez que atiendo a alguien con poder —le recordé.
—No, pero este es un pirata.
—Tampoco es la primera vez que atiendo a un pirata.
—Cierto —concedió ella—, pero debes ser consciente.
Cheng Yi es un pirata con mucho poder. La mezcla de las dos cosas es explosiva.
Ni siquiera el emperador se atreve a llevarle la contraria.
Esto puede encumbrarnos, convertirnos en el mejor burdel de la ciudad si deja los demás de lado y siempre acude a ti, o puede hundirnos si le ofendes o desagradas por cualquier motivo.
—Lo entiendo, Madame Yeng —dije—. Seré cuidadosa.
Pero si por algo era famosa, si había un motivo por el que los hombres volvían una y otra vez a mí, no era porque fuese especialmente hermosa, pues no lo era, o porque bailase bien, cantara con una voz melodiosa o supiera relatar leyendas y leer historias picantes.
Todo aquello lo tenía en mayor o menor medida, pero lo que les llamaba la atención era mi carácter.
Había encontrado el equilibrio justo entre ser discreta y complaciente, y dar rienda suelta a mi naturaleza para saber mostrarme descarada o fuerte cuando era necesario.
Creo que, tal y como Luna había predicho, era esa mezcla entre fragilidad y fortaleza lo que los volvía locos, y esa era la baza que pretendía explotar para que Cheng Yi volviera a mí.
Y lo hizo, vaya si lo hizo. Había pasado menos de un mes, era febrero y estábamos inmersas en las festividades de Año Nuevo, cuando apareció por nuestra casa, en esta ocasión vestido como un pirata, con pantalones bombachos y casaca azul, y el sable al cinto.
Cuando me vio le hizo una seña al hombre con el que yo estaba hablando, que se fue sin rechistar, me cogió por la cintura y me besó delante de todo el mundo.
No quiso comer ni beber nada. Fuimos a la habitación y se me lanzó encima como un tigre hambriento.
—No sabes cuánto te he echado de menos —me dijo mientras me desnudaba—. ¿Me has echado de menos tú a mí?
—He estado muy ocupada. —Le quité importancia con una mano—. No he tenido tiempo apenas de pensar.
Él gruñó y se tumbó sobre mí. Al terminar, yacimos con las piernas entrelazadas y él jugó con mi melena entre sus dedos.
—Sí, te he echado de menos —le dije con voz suave mirándole a los ojos—. Estaba deseando que volvieras.
Asintió satisfecho.
—He pensado mucho en ti estos días a bordo. Contaba las horas para volver a puerto.
—¿Te marchas mañana?
—No. —Sacudió la cabeza—. Nos quedaremos unos días, hasta después del Festival de las Linternas. Quiero que mis hombres disfruten estos días en familia.
—¿Y tú? —le pregunté. No sabía si tenía a alguien.
—Yo lo pasaré con mi madre y varios de mis hermanos y sus familias. Viven en el propio Cantón, así que podré venir a verte a diario. No quiero que te comprometas con nadie más: estos días serás toda mía.
—¿Nunca has tenido familia propia?
No era buena idea hacer preguntas tan personales la segunda vez que nos veíamos.
Lo cierto es que no era buena idea en ningún momento, pero me pudo la curiosidad.
Jamás me he considerado una mujer entrometida, pero, aunque apenas lo conocía, sentía la necesidad de saber más de él.
No pareció enfadarse. Solo frunció ligeramente el ceño.
—Nunca me ha interesado. Mi vida no es fácil. Nunca quise tener a alguien esperando por mí en tierra, ni llevarlos a bordo como hacen muchos otros. Eso no es para mí, aunque tengo un hijo adoptivo.
—¿En serio?
—Hace dos años combatimos unos meses en Vietnam. Apoyamos la rebelión de los hermanos Tay Son.
—No entiendo por qué os metisteis en esa guerra. ¿No teníais bastante con vuestras actividades?
—Los piratas también podemos tener ideales —me dijo riendo, en absoluto ofendido—.
Bueno, y nos pagaron. —Me guiñó un ojo—.
Además, el emperador luchaba en el otro bando y me gusta llevarle la contraria.
El caso es que en una de esas batallas hundimos un pequeño velero y un joven sobrevivió agarrado a una tabla.
Lo subimos a bordo y resultó ser un cazador de perlas de la bahía.
Nadaba como un pez y nos vino bien para ciertas reparaciones que había que hacer en el casco sin fondear.
Después se unió a nuestra tripulación y lo mantuve en el barco para vigilarlo y asegurarme de que no nos traicionaba.
Acabé adoptándolo. Es inteligente y rápido, y algún día me sucederá, ya que no tengo hijos que lo hagan.
Tenía quince años cuando lo rescatamos. Se llama Chang Pao Tsai. Algún día te lo presentaré.
—El temible pirata tiene su corazoncito —dije impresionada.
—¡Pues claro! Pero ¿qué te has creído? —Se llevó la mano al corazón como si le hubiera herido.
Cuando se marchó informé a Madame Yeng de que no aceptara citas para mí, pues debía estar disponible para Cheng Yi.
Pagó por adelantado toda esa semana y podría decir con absoluta seguridad que nunca nadie había pagado tanto por mí.
Jamás había visto tanto dinero junto. Y, si he de ser sincera, por la cara que Madame Yeng puso, tampoco para ella debía de ser habitual.
Dos días después me vestí con mis mejores galas para salir a cenar con él. Era el día del baile del dragón y mi amante quería llevarme fuera. Me puse los altos escarpines, pero cuando me vio me dijo que me los quitara.
—Nunca me han gustado las mujeres de pies vendados, tan frágiles e inútiles que no pueden caminar ni dos minutos sin ayuda. ¿Por qué quieres parecerte a ellas?
Así que salimos a pasear esa tarde con total libertad de movimientos.
Con mis escarpines planos todavía era más alta que Cheng Yi, pero no llamaba tanto la atención.
Cantón era una fiesta. Los burdeles, tabernas y casas de comidas comenzaban a despertar y los faroles ardían encendidos en las puertas cubiertas por paneles rojos.
Todavía hacía sol y me protegía con una sombrilla.
Caminamos por las calles atestadas de gentes y música.
Vimos los distintos desfiles en que los cantoneses bailaban enormes dragones de papel y Cheng Yi me regaló joyas de jade y oro como quien compra un helado.
El ruido era ensordecedor a nuestro alrededor y me contagié de la algarabía hasta el punto de querer saltar y bailar, por poco apropiado que fuese.
Entramos al local de comidas. Durante la cena Cheng Yi se explayó contándome sus aventuras desde la vez anterior que había estado en Cantón.
Cuando habló de uno de sus capitanes frunció el ceño y le pregunté si ocurría algo.
Tras dudar unos instantes me contó algunas cosas sobre la organización de su flota que no le satisfacían.
Le hice algunas observaciones, aunque pronto callé.
Al ver la expresión con la que me miraba temí haberme extralimitado.
Para cuando salimos de allí era noche cerrada. Un niño de unos siete años se acercó a Cheng Yi y trató de venderle una figurita de jade. Yo vi algo raro en ella y se la pedí para observarla. Mi acompañante creyó que me gustaba y fue a comprarla para obsequiármela, pero lo detuve con un gesto.
—Es falsa —dije sin un ápice de duda. El niño se sintió muy ofendido y Cheng Yi miró la figurita de cerca.
—A mí me parece buena.
—¡Por supuesto que es buena, señor! —dijo el pequeño—. Las mujeres no entienden de estas cosas.
—Las mujeres entienden más de lo que a ti te gustaría, granujilla. Cierra la mano —le dije a Cheng Yi, que apretó el puño dejando la figurita dentro. Pasó un minuto—. Ya puedes abrirla. Si se enfría rápido, me habré equivocado. Si mantiene el calor, tendré razón.
Cheng Yi miró con desconfianza al chico, que se movía pasando su peso de un pie a otro, y, de pronto, echó a correr y se perdió entre el gentío. Yi me miró con asombro y se echó a reír:
—¡Eres una caja de sorpresas! ¿Dónde has aprendido eso?
Oculté mi sonrisa tras el abanico.
—Una vez un cliente quiso pagar a una chica con jade falso. Madame Yeng lo descubrió y lo denunció. Yo quise saber cómo lo había distinguido. Aprendo rápido.
Seguimos caminando. La fiesta continuaba y nos alejamos un poco de los desfiles, hasta llegar al puerto.
—Nian perderá la batalla un año más —dije sentada en un murete frente al mar.
La bestia con cuerpo de buey y cabeza de león vendría en un par de noches para aterrorizar al pueblo y por eso en todas partes se vestía de rojo, se colgaban carteles de ese color que tanto miedo le daba a la bestia, se lanzaban fuegos artificiales para alejarlo con el ruido y se encendían faroles para asustarlo con la luz.
—Y cuando venzamos y el año nuevo comience, me marcharé —dijo Yi con cierta pena en la voz.
Me recosté y apoyé la cabeza en su hombro.
—¿Volverás?
—Siempre volveré a por ti, Lin —me dijo pasando su brazo por mis hombros—. Es curioso cuánto te define tu nombre —añadió mirando al mar, hablando más para sí mismo que para mí.
—Ese no es mi nombre real —le confesé—. Solo es uno que Madame Yeng me puso la noche de mi estreno y que me vale como cualquier otro.
—Pues acertó. Con razón Madame Yeng es tan conocida. ¿Cómo te llamas en realidad? —me preguntó con curiosidad.
—No lo sé. —Me angustiaba hablar de esa parte de mi pasado, que apenas nadie conocía.
Habían transcurrido muchos años, pero para nadie es agradable que tus padres te rechacen y te vendan sin preocuparse por lo que será de ti.
Un nudo en la garganta me hizo temblar la voz, pero a Cheng Yi se lo conté todo.
Tal vez no fuera la mejor estrategia comercial en mi trabajo, pero Yi había dejado de ser un cliente más.
Al menos así lo sentía yo. No lo pensé y me sinceré como nunca antes, y su silencio cuando terminé de hablar me hizo temer que me hubiera equivocado al abrirle mi corazón. Me erguí y me separé ligeramente de él.
—Lin es buen nombre, me gusta. —Fue todo lo que dijo.