Loto rojo Capítulo 2
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Capítulo 2

L os años siguientes fueron fáciles en comparación con lo que había sido mi vida anterior.

Trabajaba por la noche, dormía hasta el mediodía y dedicaba la tarde a seguir mi instrucción.

Madame Yeng perfeccionaba mis artes y cuando crecí un poco me empezó a enseñar también algo de cultura general para dominar el arte de la buena conversación.

—Tienes que aprender a ser interesante —dijo—. No vale con ser una amante excepcional: si quieres mantener la atención de un hombre y que pague grandes cantidades de dinero por tu compañía debes ser irresistible en todos los aspectos.

Así que aprendí a contar historias, los mitos propios de nuestro pueblo, las fábulas de los dioses y las diosas, las leyendas de toda China, desde el norte hasta el sur, e incluso algunos cuentos occidentales para los visitantes británicos, portugueses y holandeses que abundaban en aquella época por nuestra tierra.

Me enseñó nociones básicas de historia, las preguntas que debía hacer a un hombre para alimentar su ego y la cara que debía poner para que me creyera interesada.

Era buena. Era muy buena, aunque ni siquiera yo entiendo por qué.

Tal vez era cierto que Madame Yeng supo ver en mí un potencial oculto, o tal vez es que estaba en mi naturaleza ser la mejor en todo aquello que hiciera, fuera lo que fuese.

También descubrimos que tenía una gran habilidad para la contabilidad: aprendí a sumar, restar y multiplicar sin apenas esfuerzo, de forma natural, y pronto ayudaba a Madame Yeng en mis ratos libres a llevar la economía de la casa.

Me di cuenta de que ganaba mucho dinero conmigo y, cuando el precio de mis servicios subió tanto que solo los ricos podían pagarme, le pedí un aumento sobre mi porcentaje.

—¿Estás loca? Apenas llevas tres años trabajando, eso no se ha hecho nunca.

—Pero yo soy yo, Madame Yeng —dije humildemente, con la cabeza gacha, para demostrar que no pretendía un enfrentamiento—. Le hago ganar mucho dinero a diario y creo que es justo que pueda percibir algo más a cambio.

—Pero a lo que ganas hay que descontar tu manutención, el espacio en el que vives y el coste añadido de tu educación, a la que dedico varias horas a diario.

Y todos los años que te mantuve sin que me dieras dinero a cambio.

No sabía si recuperaría algo de todo ese gasto, es justo que se me retribuya ahora.

—Esos años me gané mi sustento como sirvienta, Madame Yeng —insistí tozuda, pero sin endurecer la voz—.

Y mi educación no es sino una inversión que le hace ganar más dinero cada vez.

Los marineros y piratas pagan bien, aunque no aprecian nada que no sea el sexo.

Pero conmigo los altos funcionarios y los mercaderes ricos ofrecen verdaderas fortunas para tenerme para ellos solos toda la noche. Ni Luna consiguió tanto.

—Si hago lo que dices podrás comprar tu libertad en apenas dos años más. —Supe que le daba miedo perderme. Quise creer que no solo porque se desvaneciera una buena fuente de ingresos, sino porque tal vez me tenía algo parecido al cariño. Noté en su tono que empezaba a flaquear.

—Si me lo he ganado, ¿por qué no? —Levanté la mirada—. Seguiré aquí, ¿para qué me iba a marchar? Todavía no he aprendido todo lo que hay que saber sobre cómo funciona este oficio. Y aquí estoy bien.

—Si me prometieras quedarte hasta los veinte años, al menos, para que pudiera recuperar mi inversión…

Supe que había ganado la batalla. El porcentaje que percibía sobre mis ingresos creció, una jovencita que llegó en esos días al burdel pasó a ser mi criada personal y me comprometí a quedarme con Madame Yeng hasta los veinte años, como mínimo.

Con diecinueve ya era dueña de mi destino.

Desde ese momento, Madame Yeng dejó de enseñarme porque consideró que ya sabía suficiente, y su trato conmigo pasó a ser más cálido, pues ya éramos iguales en cuanto a derechos y deberes.

Seguía quedándose una parte generosa de lo que yo ganaba en concepto de vivienda y manutención, pero ya no hacía cambios sin consultarme.

Continué ayudándola con las cuentas y aprendí, de la mujer más astuta e inteligente que he conocido, a llevar un negocio.

Conocí a mucha gente interesante. No salía mucho, pero a veces alguno de mis amantes me llevaba a cenar.

Los banquetes se celebraban en las casas de comidas y consistían en una ingente cantidad de platos, a cada cual más exquisito, que se sucedían hasta no poder más.

Todo aquello me deslumbraba. Costaban el equivalente a lo que la mayoría de gente ganaba en un mes y las chicas me miraban envidiosas cuando sabían que iba a cenar fuera.

La comida habitual de la casa no salía del arroz, la fruta que se cultivaba en nuestro entorno, sopas variadas y pescado fresco.

No tenía queja, pero con aquellos hombres descubrí exquisiteces famosas en toda China, como el pato laqueado, el cerdo asado crujiente o la muy célebre sopa de aleta de tiburón.

¿Y el sexo? Bueno, el sexo nunca me importó.

Para mí era simplemente un trabajo y no le daba vueltas.

Me servía de él igual que lo hacía de otros métodos para conseguir que los hombres me adoraran y se dejaran el dinero en mí.

Y me gustaban los regalos. A decir verdad, desde que dejé de pertenecer legalmente a Madame Yeng ella ya no se ocupaba de comprarme ropa, maquillaje ni ungüentos, y me costaba mucho, con esa mentalidad de campesina pobre que nunca me había abandonado, gastar mis ingresos en esas cosas.

Me gustaba contemplar cómo crecían mis ahorros.

Tenía una caja de madera lacada escondida en mi habitación y por las noches miraba el dinero.

Pronto tuve que comprar otra caja, pero ni siquiera entonces gastaba con alegría, no sabía cómo hacerlo.

Así que me venía muy bien que mis clientes me hicieran regalos: túnicas, abanicos, perlas, adornos para el pelo, joyas y hasta vestidos occidentales que me ponía para algunos de ellos.

Unos cuantos me quisieron en exclusiva, incluso me propusieron matrimonio.

Yo no decía nada. No quería rechazarlos para no perderlos, pero no pensaba aceptar.

Me había acostumbrado a mi vida y no quería ser de un solo hombre.

Perteneciendo a muchos me pertenecía a mí misma.

O tal vez, tal vez es que no quería que otra persona pudiera decidir por mí el resto de mi vida.

Mi padre tuvo ese derecho y después Madame Yeng. No volvería a pasar por eso.

Cuando salía del burdel flotante y bajaba a tierra firme, solía pasearme por Cantón con lujosas vestimentas, sombrillas decoradas y abanicos de plumas, disfrutando de las miradas que arrancaba a los hombres con los que me cruzaba.

Las mujeres solían observarme con una mezcla de desprecio y envidia.

No me importaba: las entendía. Cuando acudía al templo vestía de forma más discreta y hacía las ofrendas acompañada de mi criada.

Fang resultó ser poco agraciada y tenía los dientes torcidos, así que decidí quedármela en lugar de dejar que Madame Yeng la vendiera a quién sabe qué clase de persona.

Era agradable, servicial y simpática, y también divertida.

A su estilo, un poco burdo, me hacía reír y solía ser a ella a quienes los hombres adinerados con los que nos cruzábamos se dirigían para preguntar por mí.

Me servía bien y trataba de compensarla con un buen trato.

Mi vida no era apasionante ni estaba llena de sorpresas, pero a mí me gustaba. Era mucho mejor de la que hubiera tenido de haberme quedado en la aldea y sus arrozales. Qué ironía que al final tuviera que agradecerle a mi padre que se hubiera deshecho de mí.

Y una noche, cuando tenía veinticinco años y empezaba a sentirme mayor para seguir llevando la misma vida de siempre, los piratas llegaron a la casa.

No es que fuera la primera vez. Estábamos en Cantón: los piratas salían de detrás de las esquinas en cuanto girabas una y, por supuesto, visitaban los burdeles tan pronto como pisaban tierra.

A veces, como era nuestro caso, ni siquiera necesitaban alejarse del mar.

Nuestra casa era un enorme junco 2 al que se le habían quitado las velas, añadido estancias y llenado de lujos, con una cómoda rampa para acceder desde tierra.

Tenía un gran prestigio y a los piratas les gustaba, pero yo no solía encargarme de ellos.

Buscaban diversiones más básicas que las que yo ofrecía y, además, tampoco hubieran podido permitirse mi compañía.

Pero entonces, esa noche, una horda de piratas llegó a mi hogar riendo y gritando.

Madame Yeng trató de poner orden, pero le lanzaron una enorme bolsa llena de monedas y con eso consiguieron que les dejara hacer.

Se expandieron por la sala como una plaga, echaron al resto de clientes y eligieron a las chicas que les gustaban.

Ellas les siguieron el juego, pues los piratas solían ser una compañía divertida y contaban buenas historias, pero entonces uno de aquellos hombres se acercó hasta mí.

Yo estaba sentada en una silla algo elevada observando indolente el desarrollo de los acontecimientos.

El que era mi mejor cliente en esa época, un poderoso hombre de negocios, me había reservado para esa noche en exclusiva y, por lo que podía ver, no le iban a dejar entrar.

El pirata me miró de arriba abajo y dijo:

—Tú, conmigo.

Me reí con insolencia, ocultando mi rostro detrás de un precioso abanico.

—¿De qué te ríes? Quiero ver qué hay debajo de tanta ropa.

Ya he dicho que yo no necesitaba mostrar piel.

Mis talentos eran otros y una manera de diferenciarme era, precisamente, no enseñar tanto como las demás.

Mis compañeras solían llevar qipaos 3 sin pantalones, cortados a la altura del muslo o con aberturas laterales más allá de la cintura, o muy ceñidos, o los llevaban bien abiertos enseñando la ropa interior.

Yo, sin embargo, vestía esa noche un qipao completo en rosa con bordados de dragones azules y chopines con altas plataformas que exageraban mi altura aún más.

Madame Yeng insistía en que los calzara, decía que así parecía una diosa mirando a sus fieles desde las alturas.

—Tú no puedes pagarme —le dije devolviéndole la mirada con indiferencia—. Valgo mucho más de lo que tú ganas en una de tus campañas.

—¡Ya le hemos pagado a tu señora una buena suma! —protestó indignado—. ¡Si te quiero, te tendré!

—No es mi señora. —Me puse seria y me levanté. Erguida, le sacaba más de una cabeza a ese hombre. Miró hacia arriba, incómodo, mientras me acercaba—. Soy una mujer libre y elijo mis compañías. Tú no puedes pagarme.

Dudó, pero las risas de sus compañeros a su espalda debieron encenderle.

Se irguió intentando que la diferencia de altura no fuese tan notoria y alzó la mano como si fuera a agarrarme.

No es que pudiera hacer gran cosa si ese hombre se empeñaba, pero en general sabía hacerme respetar.

No retrocedía. Entonces se alzó una voz con el tono de quienes están acostumbrados a ser obedecidos sin demora. Ni siquiera tuvo que gritar.

—Déjala —dijo, y aquel hombre se encogió como un perro apaleado, dio media vuelta y se marchó.

El dueño de esa voz profunda y potente apareció por detrás de los demás piratas y clavó su mirada en mí.

Vestía como un alto cargo, de rojo y negro, y una larga trenza recorría su espalda.

Me fijé en sus ojos, pequeños y penetrantes, que me observaban con admiración.

Tal vez no poseyera una gran belleza, pero tenía algo que le hacía sumamente atractivo: su porte, la forma de moverse como si fuera dueño del lugar, su mirada.

Y su sonrisa, esa sonrisa que ahora me dedicaba a mí y que estrechaba sus labios hasta hacerlos invisibles.

Se acercó andando con calma, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Su piel era muy oscura, supuse que por la vida a bordo, aunque vestía más como un mandarín del emperador que como el jefe de una banda pirata. Cuando estuvo delante de mí alzó la cabeza, en absoluto impresionado por mi estatura.

—Yo sí puedo permitirme tu compañía. ¿Me harías el honor? —dijo tendiendo su mano derecha. Sin apenas dudar le devolví la sonrisa y dejé caer la mirada tomando su mano.

Y así fue como Chen Yi, el famoso pirata, perteneciente a una ilustre familia cuyos miembros ejercieron ese oficio durante generaciones, y dueño de una de las flotas más importantes del mar de la China, entró en mi vida.