Capítulo treinta y seis
Treinta y seis
-J ules, yo me quedaría así para siempre, pero tenemos que irnos —le urjo, a la vez que lo agarro de la mano y salimos corriendo hacia la puerta norte.
Fuera de la Academia, el viento ruge con fuerza. El tiempo apremia. Me pregunto cuánto tardarán mi madre y los demás en venir tras nosotros. Nunca he conjurado un hechizo como éste y no tengo ni idea de cuánto durará.
Nightly y yo corremos a contraviento, intentando alejarnos lo máximo posible de la Academia. Nos detenemos un momento en un callejón para recuperar el aliento.
—Parece que podemos añadir «fugitivos a la carrera» a nuestra lista de planes románticos —bromea, tirando de mí para abrazarme—. Aurelia…
—Nightly, ¿dónde está tu madre? —lo interrumpo justo antes de que sus labios rocen los míos. Se para en seco.
—De todas las cosas que podías decirme ahora mismo, ésa, desde luego, no se me había pasado por la cabeza.
—Jules, es importante, por favor.
—Está en casa, seguramente de tan mal humor como cuando me fui —responde, y me mira con suspicacia.
Saco del bolsillo mi cartera de documentos y busco el dibujo de Londres con la línea ley marcada.
—Tu casa no está sobre esta línea, ¿verdad? —pregunto, recordando que vive cerca de los jardines. Él toma el mapa.
—Aurelia, ¿qué está pasando?
—Un momento.
Me aparto un poco y lanzo el conjuro de invocación, llamando a Ankoth.
—Aurelia, ¿mi madre está en peligro?
Por muy tensas que estén las cosas entre ellos, su preocupación es evidente.
—Espero que no. Ojalá me equivoque. Ayer conseguí abrir el hechizorio de mi padre, y dentro encontré información sobre el trabajo que él y Jonathan llevaban a cabo.
Habían descubierto las runas Golowhe, y creo que Jonathan averiguó cómo usarlas para lograr lo que nosotros buscamos: descubrió cómo conservar la magia sin necesidad de forjar un vínculo.
Y ahora están utilizando la magia salvaje de la línea ley, combinada con las runas perdidas, para anclar la magia a uno solo de los miembros de cada pareja mágica. Pero para conseguirlo… creo que están acabando con la vida del otro.
Nightly camina de un lado a otro, inquieto.
—¿Quiénes? ¿Crees que todos murieron a manos de su propia pareja mágica? ¿Pero por qué?
—No tengo ni idea —respondo con sinceridad.
—Jonathan mató a tu padre, y Kit Thorne…
—Mató a Cora Stewart —afirmo.
Nightly se queda lívido.
—Si Evelyn se hubiera vinculado con él...
—Habría perdido algo más que su magia.
Me pregunto si Kit llegó a querer de verdad a Evelyn y por eso no pudo emparejarse con ella; porque sabía que si lo hacía tendría que matarla para quedarse con su magia. Pensar que buscara a alguien sin apenas familia para asesinarla y quedarse con su magia me revuelve el estómago. Pobre Cora.
—¿Y mi madre?
—¿Recuerdas que cuando vi a Kit y a Jonathan juntos, estaban con otro brujo? No supe quién era hasta Imbolc, cuando conocí a tu madre y a su pareja mágica, Geoffrey Knott.
Noto que Ankoth se acerca y extiendo la mano. Me estremezco de satisfacción cuando aterriza en mi palma extendida.
—Al principio pensé que él estaba allí porque el Círculo de los Misterios sabía cómo recuperar la magia y estaban ayudando a Jonathan y a Kit, pero ahora...
—¿Crees que estaba allí para que lo ayudaran... a matar a mi madre? ¿Que va a quitarle la magia y asesinarla? ¿Para qué? ¿Por poder? ¿Por codicia o por envidia? —Nightly empieza a pasear de un lado a otro, como si necesitara hacer algo con las manos, con el cuerpo, con la rabia.
Recuerdo la perturbación que sentí cuando Jonathan lanzó aquel hechizo… esa energía tan parecida a la magia que hay más allá de la puerta de la llama negra.
—Malevolencia: poder, codicia, control, envidia, odio.
Percibí todo eso en la magia de Jonathan.
Pero no sé con certeza por qué lo hacen.
Lo que sí sé es que alguien va a morir. Siempre que han asesinado a una bruja ha sido en un sabbat, y siempre ha habido alguna manifestación de El Nuevo Amanecer.
Espero que tu madre no sea el objetivo, pero creo que sé dónde va a ocurrir.
Y sé que ésta será la última: no la duodécima víctima… sino la decimotercera. La última pieza del círculo.
Me subo a Ankoth y le tiendo la mano a Nightly. Se monta detrás justo cuando Emery y Jackson doblan la esquina corriendo. Nightly alza una barrera para desviar cualquier hechizo del Círculo de la Justicia mientras yo me concentro en volar.
Nightly se aferra a mí mientras ascendemos contra el viento racheado. La tormenta —que, al parecer, yo misma he provocado— empieza a amainar, pero el viento sigue fuerte y volamos de cara a él.
Su cuerpo, cálido contra mi espalda, me reconforta más de lo que quisiera admitir. He echado tanto de menos tenerlo así, tan cerca, que cuando todo esto acabe pienso demostrárselo.
Es casi medianoche cuando llegamos a los Jardines de la Temporada.
Aterrizamos junto a la verja, y en cuanto tocamos el suelo, Nightly echa a correr hacia la entrada.
Está cerrada. Ostara marca el comienzo de la primavera.
Como a medianoche se produce el cambio de estación, esa noche los jardines siempre permanecen cerrados al público.
—¿Estás segura de que es aquí? —pregunta Nightly.
Suelto la escoba, que se queda flotando cerca de mí. Asiento.
—Deberíamos avisar a alguien.
Saco una hoja de mi cartera de documentos y garabateo un mensaje rápido. Luego lo ato a la escoba.
—Ankoth, busca a mi madre o a Vaughn. No te detengas hasta que uno de los dos reciba esta nota.
La escoba sale disparada, y al volverme veo que Nightly me está mirando.
—Eso no es, precisamente, el comportamiento habitual de una escoba —señala, sonriendo.
—¿Y cuándo ha sido normal algo —o alguien— que me haya elegido?
—Supongo que me lo merezco.
—Todo es extraordinario —añado, y él vuelve a sonreír.
—Luego te diré lo extraordinaria que eres tú, Wycherley, pero ahora tenemos que entrar.
Llevo la varita preparada.
—¿Notas los hechizos que hay en las puertas? —le pregunto, mientras deslizo nuestra magia combinada sobre cada uno de ellos, como si pellizcara cuerdas invisibles.
—¿Cómo haces eso? —pregunta Nightly con los ojos muy abiertos, atónito.
—Luego te lo enseño. Ahora necesito que intentes sintonizar tu magia con la frecuencia de los hechizos. Es la forma más rápida de desactivarlos.
Levanta la varita y repite la secuencia conmigo, en perfecta sincronía. Los hechizos protectores caen uno a uno y, tras unos minutos, las puertas se abren de par en par. Nightly se lanza al interior. Yo lo sigo.
Dentro de los Jardines de la Temporada, el aire sigue tan frío como en pleno invierno. Nuestras pisadas quedan marcadas en la nieve al correr, pero no son las únicas. Veo muchas más, todas dirigiéndose hacia el lago, donde unas luces brillan en la isla.
Nightly se apresura sobre el hielo y se cae al instante.
—¡Espera! —le grito y salgo corriendo tras él. Me agacho e invoco al invierno que me rodea, paso las manos por las suelas de sus botas y las transformo en patines hechos de carámbanos.
—Eres un genio —me piropea, me da un beso rápido y se pone en pie. Sale disparado hacia la isla; lo que le falta de técnica y elegancia lo compensa con velocidad, decidido a salvar a su madre.
Conjuro el mismo hechizo para mí misma; los carámbanos que se adhieren a la suela de mis zapatos se deslizan con suavidad sobre el lago helado. Sigo a Nightly, que a veces pierde el equilibrio, pero no se cae.
Siento la magia a mi alrededor. Procede de dos fuentes: una es la magia salvaje de la línea ley; la noto como vapor a punto de rebosar de una olla, a punto de derramarse sobre los jardines.
La otra viene de la isla: doce seres mágicos, conectados como parte de un círculo, pero sin vínculo, y dos figuras vinculadas.
Sé que Nightly también siente esta magia a través de nuestra conexión.
De pronto, una idea se me pasa por la cabeza, y patino lo más rápido posible para alcanzar a Nightly, pero él va demasiado deprisa, impulsado por la idea de que su madre está en peligro.
Llega a la isla y siento cómo invoca una llamarada umbría para derretir el hielo de sus botas. Luego desaparece de mi vista.
Ojalá esperara… y me diera un momento para pensar, para trazar un plan. Pero ¿me detendría yo si se tratara de mi madre?
La nieve de la isla se está derritiendo y percibo que los jardines están a punto de cambiar de estación: del invierno a la primavera. Sea lo que sea que están tramando Jonathan, Kit y los demás, va a ocurrir muy pronto.
Siento que Nightly tira de mi magia y acelero, hasta que entro en un claro iluminado por antorchas y me lo encuentro ya en pleno duelo con Geoffrey Knott.
A su alrededor se alzan doce seres mágicos sin vínculo.
Reconozco a cada uno: los he visto en los dibujos de los archivos, junto a las parejas mágicas que asesinaron y a quienes robaron la magia.
Jules está al otro lado del círculo de combate formado por el grupo de seres mágicos desvinculados, lo más cerca posible de su madre, que está atada a un poste.
Pero está viva. Tiene las manos atadas a la espalda, amordazada, lleva los ojos vendados y está de rodillas.
Nunca había deseado tanto estar equivocada.
Demelza Nightly corre un peligro terrible, y Jules se ha lanzado de cabeza al centro del círculo para salvarla.
Me quedo paralizada durante un instante, incapaz de asumir que esto está pasando… y que ya ha sucedido doce veces antes. Que estas brujas y brujos han arrebatado la vida y la magia a la persona más cercana a ellos. Que Jonathan me arrebató a mi padre.