Capítulo treinta y cinco #2
Durante el trayecto, mi cabeza da vueltas: las líneas ley, las runas, las brujas asesinadas —once hasta ahora—, y dos más que completarían un antiguo círculo con las runas Golowhe.
Y luego están quienes no deberían tener magia, pero la tienen.
¿Cómo consiguieron Jonathan y Kit recuperarla?
¿Y por qué lo ocultan? ¿Y cuál es el papel de Geoffrey Knott en todo esto?
Estoy tan absorta en mis pensamientos que no me doy cuenta de que vamos en dirección contraria hasta pasados unos minutos.
—¿No íbamos a la Academia? —pregunto.
—Sí, pero esta noche esperamos algún que otro alboroto, con la llegada de Ostara. Por eso entraremos por el acceso sur.
Tardamos algo más de lo habitual en llegar a nuestro destino, la lluvia no da tregua y el viento sopla con fuerza en contra.
Nunca he usado la entrada sur, y no me sorprende demasiado ver que es idéntica a la entrada oeste por la que suelo entrar.
Recorro con la vista los altos ventanales de vidrieras y, al subir las escaleras, leo la inscripción que tan bien conozco en el arco de la puerta: «Por el reino y la magia». Entonces me detengo en seco.
Ahí, grabada en la piedra, hay una runa. Una de las runas Golowhe: Dalleth, que significa «comienzo». Un sudor frío me recorre el cuerpo.
—¿Estás bien, Wycherley? —pregunta Emery.
No, no lo estoy en absoluto, pero asiento.
Cruzo el arco con la cabeza hecha un lío, pero al poner un pie dentro de la Academia, me detengo de golpe.
—Emery, Platz me contó una vez que una bruja murió en la Academia. Dijo que fue un accidente, sin magia de por medio. Debió de ser hace unos tres años. ¿Tú sabes algo? ¿Sabes quién era?
—Sí, me acuerdo. Sucedió hace cuatro años, durante nuestro año de formación.
Fue un caso de máxima prioridad. Probablemente no lo recuerdes, eras demasiado joven y tenías cosas más interesantes en la cabeza que la política.
Se llamaba Louis Heap, era miembro del Real Consejo Mágico y antiguo cabeza del Círculo de la Justicia.
Cuando murió, tu madre y Frances ocuparon el lugar que él y su vínculo dejaron en el consejo. ¿Cómo se llamaba ella?
Emery frunce el ceño, intentando hacer memoria.
—¿Unos sabbats antes de que muriera mi padre? —pregunto.
Asienten.
—Creo que al final determinaron que fue un infarto.
—¿Era muy mayor?
—No mucho, ahora que lo pienso. ¿Por qué lo preguntas? —Emery entrecierra los ojos, con suspicacia.
Me encojo de hombros.
—Por simple curiosidad… y porque necesito distraerme. Quién sabe lo que Platz y Russo me tienen preparado.
El corazón se me acelera y se apodera de mí una inquietud extraña, como si la propia magia de la Academia tratara de decirme algo.
Louis Heap... Estoy casi segura de que él fue la primera figura mágica asesinada, no mi padre.
Y si tengo razón, eso significa que no han sido once las brujas asesinadas, sino doce.
«Pero trece es el número de seres mágicos que se necesitaba en la magia antigua para formar un círculo», pienso.
Voy repitiendo aquella vieja canción infantil mientras intento recordar el resto de la rima y me adentro con paso firme en la estructura principal de la Academia.
De pronto algo llama mi atención: la puerta de la llama negra.
Las rosas yacen marchitas a sus pies, y al otro lado percibo una vibración mágica constante, que me llama de una forma distinta a la de ayer.
Y allí está Nightly, de pie junto a lo que queda del rosal.
Nuestras miradas se cruzan. Quiero correr hacia él… y, cuando lo alcance, tengo tantas ganas de besarlo como de lanzarle una maldición.
Sigue con el pelo demasiado largo y revuelto, y aprieta tanto la mandíbula que me da miedo que se le rompa algún diente.
Hace un pequeño amago de acercarse a mí, pero se detiene y aparta la mirada. La herida que me desgarra el pecho se hace aún mayor.
Sigo la dirección de sus ojos y veo, al otro extremo de la Academia, un estrado elevado. Encima, mi madre, Frances y el resto del Real Consejo Mágico ocupan sus asientos.
Emery y Jackson se quedan atrás, y Russo y Platz me hacen un gesto para que me acerque a Nightly. Me coloco a su lado, frente al consejo. Si alargara la mano, lo tocaría. Fijo la vista al frente, y me concentro en respirar con calma y en que la varita de pulsera se quede en su sitio.
«Crenshaw le conviene más», me repito… pero no me lo creo.
Platz y Russo se colocan entre Nightly, el consejo y yo. Se dirigen al estrado, enumerando todos los experimentos que han hecho conmigo en estas seis semanas, toda la valiosa magia que he logrado conjurar.
Mientras escucho a medias, repaso mentalmente todo lo que necesito contarle a Nightly. «No hay once brujas asesinadas, sino doce, y puede que esta noche muera una más. Nuestras madres lo sospechan…».
Entonces algo hace clic en mi cabeza.
—Wycherley, necesito que sepas que Crenshaw y yo…
Lo hago callar con un gesto, y noto que se queda desconcertado. Ahora mismo, en mi cabeza, lo que menos importa es, probablemente, lo único de lo que él me quiere hablar… aunque, para mí, sea lo esencial.
Russo y Platz acaparan la atención del consejo mientras les muestran la esfera metálica que fabriqué el otro día.
Bajo la voz y le susurro a Nightly:
—Escúchame. Tenemos que salir de aquí. Van a hacernos usar magia. Hay que hacer lo que nos pidan, pero cuando te dé la señal, necesito que me sigas. ¿Te acuerdas de la runa Kosoleth, la del grimorio? Significa «quietud».
Nightly asiente.
—Bien. Vamos a usarla como parte de una secuencia para un hechizo de sellado.
Vamos a detener el tiempo a nuestro alrededor para poder salir de aquí.
Traza la runa en tu mente, en tu magia, con tu varita, tu cuerpo y toda tu alma…
pero no lo hagas hasta que yo te lo diga —le susurro deprisa, en voz muy baja.
—Sabemos que muchos pensáis que lo mejor sería dejar que la magia de Wycherley se marchitara —plantea Platz—, pero nosotros creemos… No, no creemos, sabemos, que es la bruja más poderosa de esta Era, quizá de todas las Eras.
Miro atónita a Platz. Me cuesta creer que se refiera a mi magia con esas palabras tan grandilocuentes.
—Con su magia maldita puede aumentar el poder de cualquier ser mágico con el que esté en contacto directo, ya sea una sola figura o todo un círculo…
incluso un batallón. Anoche realizó un hechizo junto a un círculo de brujas del trigésimo primer Batallón de la Guardia Mágica Real, del Círculo de la Concordia.
Su magia fluyó a través de setenta y dos brujas.
Doce estaban aquí, en la Academia, con ella, y las otras sesenta estaban desplegadas por todo el país.
Al conectar con su magia, todas lo sintieron.
Les habíamos indicado a cada una que realizaran un hechizo sencillo: invocar un soplo encantado.
Mi madre se inclina hacia delante.
—¿Estás diciendo que el huracán que azota nuestras costas lo ha provocado Aurelia?
—Sí —responde Platz, sin rodeos—. Es producto de un simple soplo encantado. ¿Veis ahora por qué es imprescindible que le permitáis a Wycherley conservar su magia?
—Pero la única forma de que conserve su magia de por vida es forjando un vínculo, y si lo hiciera, provocaría que la bruja —o brujo— que fuera su pareja mágica enfermara.
Justo lo que ocurrió con mis integrantes del trigésimo primer Batallón —declara Carmen Torres.
Se apoya en un bastón con gesto firme; su largo cabello blanco está recogido en un moño trenzado con cuidado.
Con su túnica rojo oscuro del Círculo de la Concordia, bien podría pasar por una figura de la Primera Era de la Magia.
—Sí, se vieron afectadas. Pero todas las brujas se han recuperado por completo… y tenemos una teoría sobre cómo neutralizar esos efectos indeseados. Estamos aquí reunidos para verla en acción —anuncia Russo, y nos señala a Nightly y a mí.
—Estos dos seres mágicos tienen una conexión.
Desde Mabon han estado haciendo magia juntos, y en Samhain, la magia de Nightly buscó la de Wycherley.
En todo este tiempo, Jules ha sufrido los efectos, como los demás, pero la magia que han creado juntos ha sido, con diferencia, la más duradera que ha logrado Aurelia.
Platz da un paso al frente.