Capítulo treinta y tres
Treinta y tres
S iento como si mi mundo se hubiera encogido.
La sensación de expansión que experimenté en Mabon ha desaparecido, sustituida por la monotonía diaria de existir sin vivir.
Duermo hasta tarde siempre que puedo —no tiene sentido madrugar—, y mi familia me trata con un cuidado casi excesivo, mientras trato de sobrellevar mi desilusión.
Cuando no estoy agotada, me vuelco en la investigación que empecé con Nightly.
Intento aprender todo lo que puedo. Mi habitación está llena de libros de nuestra biblioteca familiar.
Me quedo de pie junto a la ventana, esperando que Ankoth regrese con las manos vacías. En la mía, sostengo la llave de Neoards. Paso el pulgar una y otra vez sobre la N y la W entrelazadas: sólo pienso en Nightly.
Mi madre y Frances han salido temprano; Emery y Jackson charlan con ellas mientras se alejan. Mi madre mira hacia mi ventana y me saluda con la mano, pero yo no me muevo.
Después sale Vaughn, que cruza la plaza Hemlock en dirección a la residencia de los Prior-Okore.
Echo tanto de menos a Constance. Echo de menos a Vaughn.
Su forma de comportarse conmigo me recuerda a los primeros días tras recibir mi magia maldita: me trata con excesivo cuidado, como si cualquier cosa pudiera romperme.
Y la forma en que yo lo mantengo a distancia es exactamente la misma también.
Observo cómo Constance le abre la puerta y le lanza los brazos al cuello.
Mira fugazmente a su alrededor, luego lo besa.
Y yo sonrío por ellos. Estoy segura de que, si ahora el Real Consejo Mágico no me tuviera prácticamente secuestrada, Vaughn y Constance ya habrían anunciado sus intenciones.
Faltan dos días para Ostara, y desde hace dos semanas, los periódicos están llenos de anuncios de parejas que van a forjar un vínculo.
Ahora que mi magia —y mi felicidad— tienen los días contados, Platz y Russo han acelerado su investigación, y cada noche acabo rendida.
Agradezco la inconsciencia del sueño cuando llega, y cada mañana despierto con la promesa de esa euforia fugaz que me invade durante las pocas y felices horas en que fluye por dentro de mí la magia secundaria.
Esta mañana me he despertado con algo de esperanza. Con la llave de Neoards en la mano, bajo las escaleras y, al pasar, me detengo a sacar de un jarrón una de las rosas que creamos Nightly y yo. Siguen vivas, aunque las cortamos hace ya muchos meses.
Mientras desciendo los peldaños hacia el hechizorio familiar, recuerdo el último conjuro que lancé anoche con Sebastian. La idea me encendió de pronto en el camino de vuelta a casa, y decidí probarla en la puerta cerrada del hechizorio de mi padre.
Estas semanas de pruebas han fortalecido mi magia. Platz y Russo me han enseñado hechizos que ningún otro debutante conoce, y me encantaría poder ponerlos en práctica ahora.
Extiendo la mano y noto la magia en la puerta.
Un único hechizo, potente, lleno de magia antigua, parecida a la que Nightly y yo sentimos en el crómlech de Neoards.
Pero hay algo más… una neblina en los bordes.
Una magia más oscura, maligna, se ha entretejido en el conjuro.
Me recuerda a los bosques que había tras la puerta de la llama negra, y a la criatura que acechaba detrás.
Entonces comprendo que eso fue lo que sentí anoche, al percibir Excalibur.
La espada estaba impregnada de una magia que busca dominar y controlar, una magia desequilibrada, opuesta a la magia salvaje y benévola que extraigo de las líneas ley, y contraria también a la que quiero llevar al mundo.
Me pregunto quién lanzó este hechizo. ¿Fue mi padre? ¿O la bruja —o brujo— que lo asesinó?
Tengo clara la forma de la magia, la percibo. Es más profunda y vinculante que la magia de los círculos, pero confío en la magia más poderosa de todas para conjurar este hechizo.
Con una tiza trazo rápidamente un círculo que me sirva de ancla.
Alrededor escribo las trece runas Golowhe.
Desde Yule me he familiarizado mucho con ellas y las he usado en mis hechizos tanto aquí como en la Academia, sin que Platz ni Russo se hayan dado cuenta.
Las introduzco discretamente en mis conjuros, donde encajan a la perfección, actuando como canal para mi magia y facilitando que ésta fluya de manera más sutil hacia el mundo.
Nightly creía que las runas me llamaban, pero creo que más bien hay algo en mi magia que las atrae.
Cuando atravesé la puerta de la llama negra, aquellas criaturas dijeron que llevaba magia antigua en mi interior.
Eso tiene sentido: al fin y al cabo, Heston recurrió a la magia antigua para maldecir a Mathilde.
Cuando acabo, cubro el círculo de tiza con sal; esa veta maligna que he percibido en la puerta me inquieta.
Recojo la rosa y la sostengo en una mano, en la otra tengo la llave de Neoards.
Concentrada en ambas, me adentro en la secuencia inicial: mis poderes se han aferrado ya a la magia que emana de la puerta, y mi corazón está anclado a Nightly, a todo lo que siento por él.
La manera en que me observa cuando cree que no me doy cuenta.
Cómo se me acelera el pulso cada vez que lo veo.
El sabor de sus labios sobre los míos. Su magia…
cuando fluye en mí, siempre lo hace acompasada a la mía a la perfección.
La mano que sostiene la llave, y en la que llevo mi varita de pulsera, empieza a calentarse, mientras que la otra se enfría.
La rosa se está marchitando, su color escapa de ella para penetrar en mí; toda la magia que era mía y de Nightly me inunda igual que cuando él entrelaza sus dedos con los míos y su magia me llena.
Esa energía baila en mi interior con una alegría exquisita, y lo echo muchísimo de menos.
Intento apartar de mi mente el desencanto y la rabia que siento hacia él, expulsarlos de mi magia.
En lugar de eso, me imagino todas las maneras en que voy a besarlo cuando por fin volvamos a estar juntos.
Cuando termino el hechizo, suelto la rosa; ha perdido todo el amor y la magia; sus pétalos están grises. Creía que nuestras rosas durarían para siempre, y me embarga una profunda tristeza.
La llave está caliente, y en su superficie ha aparecido la runa de apertura Anter. He modificado los dientes de la llave para que coincidan con la magia de la puerta.
La introduzco en la cerradura y la giro en sentido contrario a las agujas del reloj. La magia se retira, y empujo la puerta.
En cuanto entro, una llamarada umbría brota en mi mano y lanzo esferas para iluminar la estancia. Creía que el hechizorio estaría cubierto de polvo y telarañas, pero sigue tal como lo recuerdo: ese caos ordenado de libros y papeles.
Es un espacio pequeño, pero me impone más que la Real Biblioteca de la Magia. No estoy segura de cómo voy a encontrar lo que busco, ni siquiera sé qué estoy buscando.
Sobre el escritorio de mi padre está su grimorio abierto. Su letra es un garabato enmarañado y, con un nudo en la garganta, leo las últimas palabras que dejó escritas en su libro.
La línea ley es la clave. Hay que reconstruir los antiguos círculos de piedra.
Jonathan ha hecho un hallazgo importante relacionado con las runas extrañas que descubrimos en las ruinas del crómlech oculto de Kernow.
Quiere enseñarme algo que ha descubierto, y parece convencido de que está relacionado con las investigaciones sobre líneas ley que llevamos a cabo juntos.
Me alegra que hayamos retomado el contacto, y quiero creer que este regreso a nuestros antiguos trabajos significa que por fin ya se le han pasado las bobadas del último año.
Desde nuestra disputa no he vuelto a sentir esa veta de malevolencia que se colaba entre nuestra magia como una cuña, así que confío en que esta vez esté realmente del lado correcto.
Aún no comprendo cómo la historia de la bruja desvinculada pudo llegar a inspirarle ideas tan turbadoras.
Líneas ley, crómlechs, las runas Golowhe… Todo lo que Nightly y yo hemos ido averiguando ya lo había descubierto mi padre. Me asombro en silencio: es verdad que, cuando se trata de magia, las casualidades no existen. Estaba destinada a dar con todo ello.
Junto al grimorio está el libro de cuentos de brujas y brujos que reconozco como mío, de cuando era niña.
En él está la historia de la bruja y la llave, y al levantarlo veo que está abierto por el relato del brujo desvinculado.
Lo devoro de un tirón. Es una historia siniestra: un brujo y una bruja cuyo vínculo se rompe.
Él quiere deshacer su conexión sin perder su magia, y para ello acude a un lugar de magia antigua.
Allí accede a un reino del pasado y habla con una Criatura de Magia de la Primera Era, que le entrega un hechizo escrito en una lengua extraña.
Luego, invita a la bruja que fue su pareja mágica a su casa con la promesa de una reconciliación, pero cuando ella llega, la ata a una silla y conjura el hechizo que le han dado.
En efecto, queda libre de la bruja, pues ella muere como parte del hechizo. Al matarla, absorbe su magia y transforma la suya en algo deforme y maligno. Incapaz de vivir con lo que le ha hecho a su vínculo, regresa al lugar de la magia antigua y vuelve su poder contra sí mismo.
La historia me hace pensar en Heston y Mathilde, aunque él no la mató, sino que la maldijo. Aun así, noto un leve latido de magia agitarse en mi interior... y entonces oigo unos pasos en el piso de arriba.
Recojo el grimorio de mi padre y el libro de cuentos.
Cierro la puerta del hechizorio y echo la llave, esperando que los hechizos protectores vuelvan a activarse como antes…
pero no lo hacen. Al colgar la llave del collar que me regaló Nightly —y que no me he quitado desde Yule—, veo cómo la runa desaparece y en su lugar aparecen las letras N y W.
Los dientes mágicos de la llave recuperan su forma original.
Ahora el hechizo de apertura se ha disipado, pero la puerta tampoco ha quedado protegida.
Sé que, si quiero, podré volver a entrar.
—Aurelia —me llama Vaughn desde el piso de arriba.
Tomo otros dos libros de hechizos de la pequeña estantería que tenemos en la Academia, dejo el grimorio de mi padre y el libro de cuentos a la vista, como si no tuvieran importancia, y subo deprisa las escaleras.
Entro en el salón y dejo los libros sobre el aparador, junto a otro jarrón con las rosas que creamos Nightly y yo. También están marchitas.
—¿Así que ya te has enterado? —pregunta Vaughn al entrar en la sala y verme acariciar suavemente una de las rosas, cuyos pétalos mustios se desprenden al tocarla.
—¿Enterarme de qué? —respondo, algo confusa, debo de haber absorbido más magia de las rosas de la que pretendía.
—De lo de Nightly —responde Vaughn, dando un paso hacia mí con el periódico del día en la mano. Por la expresión de su rostro sé que algo no va bien.
—¿Está bien? ¿Le ha pasado algo? —apenas puedo pronunciar las palabras mientras trato de quitarle el periódico.
—Le pasará cuando hable con él —murmura Vaughn con tono sombrío, intentando alejar el diario de mí. Pero mis reflejos son rápidos y se lo arrebato.
Reviso la página, buscando su nombre. Y ahí está:
La señora H. Crenshaw y el señor C. Pollock, de la plaza Hemlock, junto con la señora D. Nightly y el señor O. Hallow, de Kestrel Lodge, se complacen en anunciar el futuro vínculo mágico entre Sebastian Bartimus Crenshaw y Jules Horatio Victor Nightly.
De no haberse marchitado ya, las rosas habrían sucumbido en ese preciso instante.