Los Wycherley (Los Wycherley 1) Capítulo treinta y dos
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Capítulo treinta y dos

Treinta y dos

O tra bruja sin vínculo se desploma en el suelo de la Gran Academia de Londres, inconsciente.

Una sanadora acude de inmediato, la examina y la hace levitar hacia una sala lateral para que se recupere.

En estas seis semanas, todo el personal sanador se ha vuelto experto en tratar los efectos de mi magia maldita, y se han conseguido limitar los daños colaterales: ya nadie cae en coma, lo cual es un alivio.

La verdad, ya casi no siento nada al ver cómo se desvanecen uno tras otro.

—Extraordinario —comenta Russo mientras camina alrededor de la esfera metálica flotante que ocupa el centro de la sala.

Jade Drew y yo hemos conjurado juntas magia secundaria y nos hemos concentrado en atraer metales no magnéticos.

Russo y Platz los habían escondido por toda la Academia, y hemos usado nuestra magia para localizarlos.

La magia de Drew es espesa y pegajosa, como de caramelo; me ha costado lo suyo manipularla, combinarla con la mía y hacer que funcione.

Una vez formada la masa metálica, nos hemos dedicado a cargarla, a volverla magnética.

Para testarla, Platz saca un alfiler de hierro de su capa y, en cuanto lo suelta, sale disparado hacia la esfera.

Miro a Drew mientras las brujas de verde se la llevan flotando.

Al principio parecía asustada, pero en cuanto nuestras magias se han entrelazado, su miedo inicial ha dado paso al entusiasmo.

Se ha dejado llevar por la emoción de trenzar un hechizo tan complejo.

Su magia era sencilla, pero he conseguido sacar lo mejor de ella.

Desde que Russo y Platz se empeñaron en estudiar mis poderes, me he vuelto bastante buena sintonizando con todo tipo de energía mágica.

Mis días se han convertido en una sucesión de pruebas.

Mi magia ha crecido sin medida, pero mi corazón se ha ido encogiendo.

Echo de menos estar rodeada de seres mágicos, extraño incluso su desprecio.

Echo de menos hacer lo que quiero. Añoro a Constance, nuestras sonrisas compartidas.

Y a Nightly… a Nightly lo añoro con todo mi corazón.

Cuando no estoy en la Academia, me siento agotada.

Sigo intentando avanzar con la investigación sobre el vínculo que Nightly y yo comenzamos, siguiendo algunas pistas que mi madre mencionó y que mi padre también había estado estudiando.

He estado aprendiendo sobre las líneas ley, los crómlech y la magia antigua, gracias a la biblioteca de nuestra familia.

Cada noche escribo a Nightly, y Ankoth espera impaciente junto a la ventana para llevarle mis mensajes.

Pero nunca vuelve con respuesta por la mañana.

No sé si Demelza o el Real Consejo Mágico están interceptando mis cartas como parte de las condiciones impuestas para dejarme terminar la temporada, pero su silencio me supone un dolor crónico.

Incluso cuando estoy ocupada por completo en la Academia, hay una parte de mí que no deja de pensar en Jules Nightly.

Cada ser mágico sin vínculo ha recibido un decreto real que les informa de que Platz y Russo los visitarán en algún momento, y de que, por su juramento a la Corona, es obligatorio colaborar con su magia.

Antes de reunirse conmigo en la Academia, cada persona presta juramento de que no le contará a nadie lo que está a punto de hacer.

Sin ese juramento, las brujas y brujos de la sociedad mágica no tardarían en hablar, y nadie se presentaría si supiera que va a hacer magia secundaria conmigo.

Sigo esperando que el siguiente sea Nightly.

A estas alturas, hasta provocarle náuseas me parecería un buen plan, con tal de tenerle cerca un rato.

—Voy a necesitar otro ser mágico para deshacer esto —digo, señalando la esfera metálica.

Pero dos aprendices ya han sacado un cajón enorme y están intentando meterla dentro.

—El Círculo de la Curiosidad necesita estudiarla —informa Platz.

—¿Me dejarán convertirla en oro la semana que viene? —pregunto, medio en broma.

Estoy bastante segura de que la alquimia no anda muy lejos de los planes del Círculo de la Curiosidad.

Por los experimentos que me imponen tengo claro que cada círculo quiere ver cómo sacar partido de mi magia.

Han estado poniendo a prueba mis poderes para conocer sus límites, pero todavía no los hemos hallado.

No obstante, estoy segura de que no van a parar hasta lograrlo… y sólo quedan unos días para Ostara.

He llegado a la Academia en la oscuridad del amanecer invernal y he pasado el día entre sus muros.

Ahora ya es tarde, y hasta el momento, seis de mis compañeros debutantes han acabado inconscientes o con distintos grados de malestar.

Cada vez que veo a alguien desplomarse por culpa de mi magia, pienso que tal vez lo mejor sea que no me dejen usarla después del próximo sabbat.

Pero cuando lanzo un hechizo, siento una conexión tan profunda con todo… que no quiero que se acabe nunca.

—Uno más y ya estamos por hoy —suelta Platz. Alzo la vista y veo a Sebastian Crenshaw. Me cruzo de brazos y niego con la cabeza.

—No. Puedo hacer magia con cualquiera, menos con él.

—No tienes opción, Wycherley. Prestaste juramento en Mabon y estás obligada a usar tu magia del modo en que lo decida la Corona.

—¿Y qué me va a pasar si me niego? Ya estoy maldita —respondo.

—Hay cosas peores que una maldición… el castigo por traición, por ejemplo.

Tiene razón: el castigo por traición, para una bruja o un brujo, es la hoguera.

—Pues yo tampoco quiero hacer magia con ella. Si lo hago, me muero, lo sé —espeta Sebastian, mirándome como si fuera una mota de polvo en sus zapatos recién lustrados.

—Crenshaw, sólo una persona ha muerto en esta Academia, y no fue por causa de la magia —replica Platz—. Ahora, Wycherley, Crenshaw, vamos a terminar con esto de una vez, ¿os parece bien?

Lanzo una mirada fulminante a Sebastian.

—Tú y Nightly… ¿seguís tan unidos? —pregunta, con una sonrisa burlona. Se me seca la boca al pensar en todas las cartas sin respuesta.

Le doy la espalda sin contestar.

El resto de aprendices saca un cofre largo y estrecho de madera.

Conecto mi magia con este objeto, intento descubrir sus secretos.

Está hecho de duramen de roble, y siento que ese árbol estuvo vivo durante la Primera Era de la Magia, que una bruja lo talló para un rey.

Tiene un gran candado metálico en la parte delantera, y en su interior resuena la magia de una miríada de brujas y brujos.

Mis habilidades han mejorado de forma notable en el poco tiempo que Platz y Russo llevan instruyéndome, y soy capaz de percibir cada uno de los hechizos que lleva el cofre.

—¿Te sabes la secuencia de apertura? —pregunto a Sebastian. Asiente con la cabeza.

—¿Y la de liberación?

—¿No es lo mismo? —responde.

—No, no lo es.

Repaso la secuencia con él y le hago repetirla varias veces hasta que la memoriza.

—¿Y para deshacerla?

Y otra vez repasamos el orden paso a paso. Russo me observa mientras le explico el procedimiento a Sebastian. Platz toma notas.

—¿Algún otro hechizo o encantamiento, Wycherley? —pregunta.

Me concentro en el cofre.

—Noto dieciséis hechizos distintos. Están encajados unos dentro de otros, como una muñeca rusa.

Los dos del centro son los más potentes: percibo un vínculo hecho por un círculo mágico completo, además de un hechizo de sellado.

El resto son hechizos secundarios, lanzados por parejas vinculadas; distintas parejas para cada conjuro.

Algunas formaban parte de los dos círculos que tejieron los hechizos centrales… tres de las parejas, para ser exacta.

Y dentro de la caja hay algo… algo que me resulta familiar, aunque aún no logro identificarlo. Pero estoy segura de que lo sabré en cuanto desactivemos el resto de la magia.

Platz toma más notas, y yo le tiendo la mano a Sebastian, que me mira atónito, como si no pudiera creer lo que está oyendo.

—Sigue mi ritmo. No rompas la conexión hasta que yo te lo diga —le advierto.

He repetido esto tantas veces que ya sé cómo actúa la maldición… y hay una parte de mí —una que prefiero no nombrar— que está deseando ver que Crenshaw se sienta mal.

—Cuando quieras, Crenshaw —ordena Russo.

Con cautela, Sebastian coloca su mano sobre la mía, y yo le envío mi magia antes de que pueda retirarla. Jadea.

No me vuelvo hacia él; no quiero verle la cara cuando se dé cuenta de toda la magia que ha rechazado por apartarse de mí.

—Desbloqueo —anuncio, y ejecutamos la secuencia.

Adapto mis movimientos a los suyos para mantenernos coordinados. He descubierto que la magia responde mejor cuando me sincronizo con la persona que trabaja conmigo, cuando me muevo a su ritmo. Sólo Nightly ha logrado seguirme al compás, paso por paso.

Casi pierdo el control del hechizo al pensar en él.

—Liberación —ordeno, y volvemos a movernos.

Cada vez que deshacemos uno de los hechizos, anuncio el siguiente, y seguimos.

Puedo sentir cómo la magia de Sebastian se va agotando conforme nos acercamos a los últimos conjuros.

—¡Espabila, Crenshaw! —le suelto mientras tropieza con la secuencia—. Esos dos últimos van a ser duros, y no puedo hacerlo todo yo sola.

Por fin llegamos a los hechizos lanzados por los dos círculos. No creo que podamos romperlos así, tal cual. Instintivamente, me quito los zapatos y las medias sin soltar la mano de Sebastian. Le digo que haga lo mismo, pero se niega.

—Como quieras. Luego no te quejes del dolor de cabeza —mascullo, y apoyo las plantas de los pies sobre la dura piedra del suelo de la Academia.

Recuerdo haber leído en uno de los libros que he estado estudiando que la Academia se construyó sobre una línea ley, y empiezo a invocar su energía al tiempo que Sebastian y yo realizamos el hechizo de liberación.

Esta vez soy yo quien jadea al sentir cómo recorre mi interior una oleada de magia salvaje. Repetimos la secuencia una y otra vez.

—Aurelia, tengo que parar —me pide Sebastian.

—Te lo dije: deberías haberte quitado los zapatos. Una ronda más. Casi lo tengo.

Dejo que una parte de la magia salvaje que fluye desde la línea ley se deslice hacia él, y Sebastian resiste mientras los hechizos de sujeción se deshacen. Sólo queda el cierre final del círculo.

—De verdad que ya no puedo más, Aurelia.

Intenta soltarme la mano, pero yo se la aprieto con más fuerza.

—Un intento más y lo dejamos —le aseguro.

Camino hacia el cofre, tirando de él para que me siga, y me inclino a examinar el candado metálico. «Ojalá tuviera una llave mágica», pienso.

Hay algo dentro del cofre que me llama, a mí y a mi magia. Algo que deseo y que no pienso dejar escapar hasta tenerlo. Mis ojos recorren la madera y el candado, y entonces lo veo: un escudo grabado. Es el escudo del Real Consejo Mágico.

—¿Llevas alguna llave encima, Crenshaw? —le suelto de pronto, espoleada por un chispazo de intuición.

—Sí, pero no abre eso —responde, señalando el arcón.

—Dámela. —Le tiendo la mano.

He aprendido a fiarme de mi instinto, de esos empujoncitos sutiles que me da la magia. Y ahora que la magia salvaje fluye dentro de mí, lo único que tengo en la cabeza es la llave que Nightly y yo encontramos en el cuadrante perdido de Neoards.

Crenshaw saca una llave del bolsillo interior y me la ofrece. La tomo y la observo.

—Sujétala conmigo —le exijo, sin soltarla.

Yo agarro el perno y él sostiene el aro. Noto cómo se me clava en la palma y se retuerce poco a poco cuando me concentro para que mi magia moldee su forma.

—¿Sabías, Crenshaw, que la parte de la llave que se introduce en la cerradura se llama «paletón», y que lleva unos dientes que forman un cifrado único, igual que los hechizos protectores? —comento con una sonrisa.

Retiro la mano y tomo la llave de la suya. Me fijo en que el aro ha cambiado: ahora lleva grabada una de las runas Golowhe. Delivra: liberar.

Introduzco la llave con suavidad en la cerradura y la giro en sentido contrario a las agujas del reloj, siguiendo el ritual de la disolución.

La magia se detiene por completo en cuanto el mecanismo cede.

—Ya está —digo.

Las dos figuras vestidas de verde claro —el color de la sanación— se apresuran hacia nosotros. Cuando suelto la mano de Crenshaw, lo atrapan con su magia y lo bajan con delicadeza al suelo.

—Muy impresionante, Wycherley. ¿Qué te llevó a usar la llave? —pregunta Russo—. Nunca había visto… esa técnica.

—Creo que lo recuerdo de un libro que solía leerme mi padre.

Una historia sobre una bruja de la Primera Era de la Magia que usaba una llave mágica para abrir una puerta hacia un reino encantado.

Seguro que era un cuento de brujas para críos, pero, como bien he aprendido, tengo que seguir mi intuición.

—Ha sido un enfoque muy inteligente —concede Russo—, y por lo visto no ha requerido mucha participación de Crenshaw —añade, alzando una ceja.

—Usar la llave era un riesgo, un último intento —confieso—. No creo que hubiera soportado otro desbloqueo, y menos uno con un hechizo de círculo. Hay que reconocerle el mérito: llegar hasta aquí no ha sido fácil… y mañana lo va a pagar.

Estiro el cuello y me masajeo los hombros con ambas manos. La magia salvaje ya me ha abandonado y noto el cansancio en los huesos.

—Estoy molida. ¿Puedo irme ya a casa? —pregunto.

—Por supuesto —responde Russo, como si pudiera marcharme cuando quisiera—. Pero… ¿no quieres ver qué hay en el arcón? —añade.

—No —respondo, dándome la vuelta para salir. Camino hacia la salida, junto al rosal que creamos Nightly y yo. Al pasar, rozo los pétalos con la yema de un dedo.

Sé perfectamente lo que guarda ese arcón: Excalibur, la espada que la princesa regente usa en Mabon para sellar el Juramento de Obediencia. Ese zumbido de magia que percibí era la sangre de todas las brujas y brujos contenida en el diamante del puño.

Esa extraña atracción posesiva del metal me pone los nervios de punta, y la añado a la lista de cosas que tengo que contarle a Nightly.

Si es que llego a verlo de nuevo.