Los Wycherley (Los Wycherley 1) Capítulo treinta y uno
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Capítulo treinta y uno

Treinta y uno

V aughn me abraza con fuerza.

—Por la forma en que te miraba Demelza Nightly, pensé que iba a condenarte a la hoguera.

—No tiene gracia, Vaughn —le reprende mi madre.

Constance, que no se ha ido a casa, sino que se ha quedado en el salón, también me abraza.

—Lo digo en serio. No me sorprendería que lo hiciera —insiste Vaughn, muy serio.

—Entonces es que no sabes nada de Demelza Nightly. Es muy estricta con las normas y las tradiciones mágicas —responde mamá.

Les cuento a Constance, a Vaughn, a mi madre y a Frances todo lo que ha pasado cuando me he quedado a solas con Demelza y Geoffrey. Sólo omito una cosa: que Demelza le ha exigido a Jules que forje un vínculo con otro ser mágico que no soy yo… Me siento incapaz de pensar en eso ahora.

—¿¡Que hizo qué!? —exclama mi madre al oír cómo Demelza ha intentado hurgar en mis recuerdos.

—Estaba en su derecho; como integrante del Círculo de los Misterios que lleva a cabo una investigación oficial —replica Frances.

—¿Y qué pasará en esa reunión del consejo? —pregunta Constance—. ¿Y si les aseguramos que Demelza Nightly se equivoca contigo y con tu magia?

Mi madre niega con la cabeza.

—La vista será a puerta cerrada. Llamarán a declarar a la princesa regente; ella estuvo presente en la sesión original, en la que se autorizó tu participación en la temporada.

—Tendrías que haberme contado eso. Que todos se oponían a que yo participara —balbuceo, con rabia, tristeza y agotamiento.

—Quería que disfrutaras de tu magia mientras pudieras. No te lo conté por tu bien.

—Igual que no nos contaste que nuestro padre fue asesinado por El Nuevo Amanecer.

Se me escapa sin pensarlo, y al momento me arrepiento. No era así como Vaughn debía enterarse.

—¿Qué? —espeta Vaughn.

—¿Cómo lo sabes? —pregunta mi madre, con el rostro lleno de dolor y sorpresa.

—Os oí hablar con Emery y Jackson sobre Cora Stewart —respondo, sin apartar la mirada. Creí que lo negaría, que me diría que estaba equivocada. No esperaba verla venirse abajo de esa manera. Frances la abraza enseguida, y mi madre se echa a llorar. Y yo me vuelvo a sentir fatal.

—Mamá...

—No, tienes razón. Os mentí. A los dos. No quería que supierais la verdad. Y luego cuando El Nuevo Amanecer siguió matando seres mágicos, menos aún quería que os enterarais que todo había empezado con vuestro padre.

—¿Ha habido más asesinatos? —pregunta Vaughn, con la voz apagada. Constance está junto a él, y le toma de la mano—. ¿El Nuevo Amanecer mató a papá aquí, en nuestra casa?

—No estamos seguras al cien por cien —responde Frances.

—Todas las pruebas apuntan en esa dirección. Es lo único en lo que Demelza Nightly y yo estamos de acuerdo —murmura mi madre, secándose las lágrimas. Nos obsequia con una sonrisa amarga.

—¡Teníais que habérnoslo contado! —protesta Vaughn—. Tal vez no en ese momento, pero sí después, ¡no ahora!

—Probablemente sí —admite Frances—. Pero a medida que pasaba el tiempo seguían muriendo más brujas y brujos, y ya no supimos cómo explicároslo.

—Habéis hablado de más asesinatos. ¿Cuántos ha habido? —pregunta Vaughn.

—Once —responde mi madre—. Pero no se lo podéis contar a nadie. Es información de alto secreto.

Nos lanza una mirada severa a los tres: a Constance, a Vaughn y a mí. Sé que ninguno va a decir una palabra. Bueno… salvo yo a Nightly, claro.

—¿Me estás diciendo que no hay un Magimáncer por ahí matando brujas y brujos? ¿O que El Nuevo Amanecer es el Magimáncer y ya se ha cargado a todo un círculo, y que ha dejado a otro sin magia? —Vaughn niega con la cabeza.

«Pero no a un círculo», pienso. Al menos no como se entendía en los tiempos antiguos de la magia, cuando se usaban las runas que ahora aparecen en los cuerpos, y no se necesitaba forjar un vínculo mágico para conservar los poderes.

Y los círculos, entonces, eran de trece.

Además, al menos dos de las personas que han sobrevivido al asesinato de su pareja mágica aún conservan su magia. Y eso no debería ser posible.

Hay una conexión en todo esto, pero no consigo ver cuál.

El vínculo, la magia antigua, las runas Golowhe, las brujas muertas…

todo forma parte de lo mismo. Por un momento se me ocurre que tal vez debería contarles a mi madre y a Frances todo lo que Nightly y yo hemos averiguado, pero sigo sin ver cómo encajan todas las piezas del puzle.

Y a mi madre se la ve agotada no sólo por las muertes, también por mí, por mi magia, por haber soltado sin pensar lo de la muerte de nuestro padre, y no quiero sumarle más peso al que ya arrastra.

—Ha sido un día muy largo. Hablemos de todo esto con calma mañana por la mañana —propone mi madre—. El consejo se reunirá temprano. No os permitirán asistir, pero os contaré lo que decidan.

—Mamá, todos sabemos lo que van a decidir: que mi magia está maldita.

Cuando llego a mi habitación, garabateo una carta para Nightly.

Jules:

Cuando estaba atrapada en aquel lugar, luchando por salir, sólo podía pensar en ti. En no volver a verte. En no volver a sentir tu magia fundiéndose con la mía. En no volver a notar tus labios sobre los míos.

Estoy convencida de que mañana, el Real Consejo Mágico va a decidir que no merezco seguir siendo bruja. Se acabará la magia para mí. Y cuando eso pase, se me va a romper el corazón. Me sentiré vacía.

Sé que es mucho pedir, lo sé… pero, aunque ya no quede magia, ¿puede que aún quede algo entre nosotros?

Ve. Encuentra a alguien. Vincúlate. Busca magia por los dos. Pero quédate conmigo para lo demás. Guarda los besos sólo para mí. Yo llenaré este vacío con tus caricias.

Gracias por apartarme de la puerta. Gracias por aceptar mi soborno. Y gracias por robarme el corazón.

Te quiero, Jules Nightly.

Aurelia

Doblo la carta, la sello y pienso en cómo hacérsela llegar.

Ankoth se me acerca flotando y me roza con suavidad. Ha tomado por costumbre dormir a los pies de mi cama cuando no estoy, venir a saludarme en cuanto entro en la habitación y, de vez en cuando, golpear la ventana para que la deje salir.

—¿Quieres llevarle esto a Jules? —le pregunto.

Si tuviera cola, estaría moviéndola sin parar mientras le ato la carta. Abro la ventana y se pierde en la noche.

Me despierta el repiqueteo de Ankoth en la ventana. El aire de la madrugada es frío cuando la escoba entra flotando en mi cuarto; cierro la ventana en cuanto está dentro. En el mango lleva una nota.

Aurelia:

Seré sólo tuyo hasta mi último suspiro. Mi amor, mis besos y, si de mí depende, también mi magia… todo es para ti.

Por siempre tuyo, si así lo deseas.

Jules

Es el mejor comienzo de día que podría haber imaginado. Pero no es la única carta que recibo esa mañana.

Cuando voy corriendo a recibir a mi madre a su regreso de la reunión del consejo, me tiende un sobre.

—¿Qué es esto? —pregunto, tomándolo con cautela.

—Tu última invitación —responde. Parece contenta, pero también triste.