Capítulo veintinueve
Veintinueve
C ruzo el umbral llameante de la gigantesca puerta de fuego negro.
Las runas Golowhe brillan a mi alrededor, y ese resplandor me reconforta.
Hago visera con la mano para protegerme los ojos de la intensidad de la luz.
Las llamas negras me rozan el cuerpo sin llegar a quemarme, igual que mi propia llamarada umbría.
Estoy en un bosque de árboles altos y negros, tan anchos que harían falta tres como yo para rodearlos con los brazos.
Se alzan hacia un cielo gris, cubierto de nubes tormentosas que giran como remolinos y me recuerdan a mis propios ojos.
Un profundo desasosiego empieza a crecer en mí.
Hay algo raro en este lugar… algo perturbador.
La puerta por la que he entrado ha desaparecido, pero a lo lejos, entre los árboles, diviso otra idéntica, enorme e imponente, rodeada por un crómlech de piedras blancas.
Cuanto más me acerco, más aumenta mi miedo. Oigo susurros que crujen entre las hojas blancas, huesudas, de los árboles.
—¿Quién es?
—¿Cómo ha llegado hasta aquí?
—¿Por qué está aquí? —preguntan los susurros.
—¿La matamos?
—Queremos matarla… arrancarle la magia, despedazar su cuerpo.
Las voces suenan dulces, infantiles… pero lo que dicen…
Aprieto el paso, las hojas crujen bajo mis botas. Mi varita de pulsera responde al miedo: se desenrosca hasta mi mano y se enciende furiosa.
—Es una bruja.
—Tiene la magia antigua.
—No debería estar aquí.
—No debería existir.
—Tenemos que matarla.
—Hay que avisarle.
—¡Sí, él querrá saberlo!
Los susurros me pisan los talones. Echo a correr hacia el crómlech. La magia me grita que me largue de este sitio.
De detrás de los troncos de los oscuros árboles surgen volutas grises que se alargan, lentas, sigilosas. Me recuerdan al humo que me envolvió durante la Luna de Trueno, el que llevaba la maldición que anidó en mi interior.
Avanzan hacia mí, y yo acelero, jadeando, con el corazón desbocado.
Al mirar atrás, veo que el humo ha tomado forma: una figura alta, de extremidades largas que se retuercen y ondulan, con garras afiladas como cuchillas.
De su cabeza brotan unas astas enormes, y sus ojos arden con un fuego tan negro como mi llamarada umbría.
Me doy cuenta de que no había sentido nunca antes lo que es el auténtico terror.
Él no susurra. Su voz resuena, aguda y clara, por todo el bosque.
—¡Bruja! ¿De dónde has robado esa magia?
—grita justo cuando llego al círculo de piedras del crómlech.
Echo a correr hacia la puerta, apoyo las manos sobre ella y mi llamarada umbría prende fuego al grabado del árbol.
Lanzo mi magia con todas mis fuerzas hacia la puerta, suplicando que se abra.
Doy un paso atrás e invoco mi magia. El impacto retumba contra la madera.
Lo intento una y otra vez: estallido tras estallido, mientras la criatura de humo y garras se acerca.
Y sé, con absoluta certeza, que si me alcanza, moriré.
Pienso en mi madre, en Frances, en Vaughn y en Constance.
Y en Nightly. Ay, ojalá estuviera aquí conmigo.
—No temas, pequeña bruja ladrona de magia. Te libraré de esa carga, recuperaré lo que no te pertenece.
Está a punto de alcanzarme cuando lanzo otro hechizo, esta vez utilizo la runa Anter de Golowhe, la misma que usamos Nightly y yo para abrir la tumba de Heston.
La puerta empieza a abrirse: primero una grieta, luego un poco más.
Meto un brazo por la abertura y me apretujo para pasar al otro lado.
El corazón me da un vuelco al sentir que alguien me agarra la mano desde el otro lado y tira de mí.
Me voy colando centímetro a centímetro, pero no lo bastante rápido: siento sus garras, frías como el hielo y afiladas como el acero, lacerándome el brazo.
No sé si es la criatura la que grita o si soy yo, cuando de repente me desmorono al otro lado de la puerta, directamente sobre Nightly. Me aparta, se interpone entre la puerta y yo con la varita en alto, justo cuando un brazo con garras se cuela por la grieta.
Le tomo la mano a Nightly y le transmito mi magia, absorbiendo la suya al mismo tiempo: juntos invocamos el hechizo de sellado.
La puerta se cierra con un alarido desgarrador mientras el brazo del monstruo cae al suelo de nuestro lado.
Lanzamos otro hechizo, y la puerta queda sellada con nuestra magia.
Suelto al instante la mano de Nightly. Cierra los ojos y niega con la cabeza, justo cuando un pequeño grupo de figuras vinculadas —vestidas de negro, verde y rojo, con las varitas alzadas hacia la puerta— se planta delante de nosotros.
Me giro y me doy cuenta de que estoy en el balcón que da al salón del palacio de Carlton, que la puerta a mi espalda es la misma por la que entré durante mi presentación en Mabon, y que abajo, en el salón, se agolpa una multitud de debutantes, víctimas del terror.
Una pareja con túnicas amarillas se abre paso, y nos separa a Nightly y a mí. Exige saber qué ha ocurrido.
—U-una criatura de humo… con astas y garras —acierto a decir, señalando el brazo que ha quedado en el suelo.
A mi alrededor, el ambiente se carga de tensión.
Varios seres mágicos se acercan al brazo, donde la sangre empieza a formar un charco de color azul oscuro.
La carne se va deshaciendo poco a poco, se convierte en humo y se eleva en volutas que se dispersan en el aire.
—¿Pero qué demonios era eso? —pregunta alguien del grupo que rodea la puerta. Las personas de túnica amarilla se miran entre sí, pero no dicen nada.
—¡Aurelia! ¡Estás sangrando! —chilla Constance que sube corriendo por las escaleras junto a Vaughn. Me llevo la mano al brazo. Cuando la aparto, la tengo empapada en sangre.
Una de las figuras con túnica amarilla empieza a dar instrucciones mientras la otra examina la puerta. Aunque la magia de Nightly y la mía la ha sellado, veo cómo las brujas y brujos de rojo del Círculo de la Concordia colocan hechizos de sellado adicionales y barreras protectoras.
Me da vueltas la cabeza y siento la magia estremecerse por dentro, sacudida por el peligro que acabamos de pasar.
Aquello no fue una prueba, ni una ilusión mágica.
Aquel bosque, esos susurros, esa criatura…
eran reales. Y ahora saben que yo también lo soy.
Empiezo a llorar, con enormes sollozos, incontrolables.
A mi alrededor, el murmullo crece entre las personas del salón.
Me tapo los oídos con las manos: el recuerdo de los susurros entre los árboles sigue resonando en mi mente.
Cierro los ojos con fuerza. Me siento desbordada.
Unas manos cálidas cubren las mías y oigo la voz amortiguada de Nightly.
—Ya está, Aurelia. Estás a salvo. Estoy aquí. No dejaré que te pase nada.
Abro los ojos. Se ha agachado para quedar a mi altura y le rodeo el cuello con los brazos.
Él me abraza con fuerza mientras mi sangre empapa su abrigo gris oscuro, tiñéndolo de negro.
Las figuras de amarillo intentan llevarme a algún sitio, pero yo me aferro a Nightly con una mano y a Constance con la otra.
—No vamos a dejarla sola —asegura Constance—. Si pensáis llevarla a otra parte, iremos con ella.
El grupo de amarillo cede y nos guía a los cuatro fuera del salón.