Capítulo veintiocho
Veintiocho
M e acuerdo de aquella primera visita a la Academia después de prestar el Juramento de Obediencia y recibir mi varita de pulsera. Igual que entonces, Constance está a mi lado… sólo que hoy no deja de pisotear el empedrado y se abraza a sí misma para entrar en calor.
—Sabía que debía haberme puesto una capa más gruesa, pero ésta es tan mona… —se lamenta. Le extiendo mi capa sobre los hombros. Ella se acurruca contra mí mientras la fila avanza más despacio que los copos de nieve que nos caen del cielo.
—Festival de fuego, ¡ja! —protesta, con los rizos oscuros del flequillo cubiertos de nieve.
—¿Habéis llegado Vaughn y tú a algún acuerdo? —pregunto, intentando distraerla del frío.
Constance se ilumina.
—Sí, pero estamos pensando en hacer otra temporada antes de forjar un vínculo. A él aún le queda un último año de gris, y la verdad es que me gusta la idea de hacer esperar un poco más a mis padres. ¿Y Nightly y tú?
Avanzamos un paso más. No puedo contarle a Constance que nuestro acuerdo no incluye ni magia, ni besos, ni más cláusulas que un «avísame si vas a hacer algo peligroso».
—Es complicado —respondo.
Constance me lanza una mirada seria.
—He oído que sus padres siguen buscándole pareja.
—Sí. Según Nightly, están bastante interesados en alguien —intento que mi voz suene ligera.
—¿Sabe en quién? He oído que se trata de Liam Long.
—Ah, tendría sentido. Me cae bien. Tiene una forma muy elegante de moverse cuando canaliza su magia —farfullo, tragándome lo que siento.
—¡Aurelia! ¡No puede caerte bien, ni puedes echarle flores al ser mágico que va a robarte al chico que amas!
Avanzamos un poco más hacia la entrada, y vuelven a resonar en mi cabeza las palabras de Heston: «Si de verdad la hubiera amado, sólo habría deseado su felicidad».
—Constance, Nightly no es mío, así que nadie me lo puede arrebatar. Mi magia está maldita, y yo… no voy a compartir esa maldición con nadie, y mucho menos con él.
—Exacto. Porque te importa de verdad.
—Sí. —Suelto un suspiro—. Y precisamente por eso… lo dejo marchar.
—Ay, Aurelia. De verdad creía que el amor podía con todo, que era la magia más poderosa que existe, pero si dos seres mágicos que se quieren tanto como tú y Nightly no pueden estar juntos… ¿qué esperanza nos queda al resto?
—Constance, no seas tan dramática. Tampoco estamos tan enamorados —suelto, aunque en realidad pienso, «pero lo tengo en la mente a todas horas, no soporto que esté lejos y me imagino sus labios recorriéndome de la cabeza a los pies».
—Bueno, yo sí lo diría. —Se encoge de hombros—. Soy tu mejor amiga y algo sé sobre el amor.
—¿Por Vaughn?
—Por Vaughn —responde con una sonrisa soñadora… a la vez que me doy cuenta de que ya somos las siguientes en entrar.
—Tú, primero —le sugiero. Constance echa a andar. Russo la recibe y la acompaña al interior.
Yo me quedo fuera, frente a la Academia, sin poder pensar en otra cosa que no sea Nightly. Constance está convencida de que lo amo… pero «amar» no me parece una palabra lo bastante profunda como para describir lo que siento por él.
—Wycherley —me llama Platz, y dejo a un lado mis pensamientos para seguirle al interior.
Pasamos junto al rosal. Sonrío al verlo, pero Platz me lanza una mirada recriminadora y chasquea la lengua.
La Academia está extrañamente silenciosa. Esperaba encontrarme con todas las personas que estaban delante de mí en la fila, pero lo único que veo es una hilera de puertas, cada una cubierta por una llama danzante: púrpura, azul, verde, blanca, roja, naranja, amarilla… los siete colores de la magia.
—Invoca una llamarada umbría, por favor, Wycherley —me ordena Platz, y luego deja escapar un gruñido al ver mi llama negra.
»Nada es sencillo contigo y con tu magia. Me temo que vas a tener que hacer un poco de magia adicional antes de empezar la prueba.
—¿Por qué? —pregunto, mirando la llama que tengo en la mano.
—Las puertas de las pruebas se crean con hechizos de fuego lanzados por un ser mágico cuya llamarada tiene el mismo color que la puerta que genera. Hay una por cada uno de los siete colores de la magia… aunque supongo que ahora ya son ocho.
»Para formar una puerta como ésta se necesita magia terciaria, un tipo de magia que sólo pueden realizar quienes pertenecen a un círculo mágico, y a uno de los más avanzados.
Normalmente, no dejaríamos que una debutante intentara una magia tan compleja, pero tú no eres una debutante cualquiera, y para que la Prueba del Fuego funcione contigo, necesitamos una puerta cuya llama coincida con el color de tu magia.
Que yo sepa, nadie más en el mundo es capaz de invocar una llama negra, un octavo color de magia que hasta ahora no conocíamos, así que tendrás que ayudarnos a sentar las bases mágicas de tu prueba —remata Platz, y luego me guía paso a paso por la secuencia necesaria.
Cuando ya domino el hechizo, los movimientos y la invocación, Platz se aparta a un lado. Al otro extremo de la Academia, veo que Russo dirige a Bevis Nash hacia la puerta con las llamas azules.
—Voy a canalizar la magia de mi círculo. Será más fuerte que cualquier magia que hayas usado hasta ahora. La enviaré a través de ti, y tú debes enviarme la tuya…
—Pero eso te hará daño —me adelanto a decir, y él me fulmina con la mirada.
—Wycherley, ya no soy debutante; mi magia es firme, como yo.
Estoy convencido de que no me pasará nada.
Tú me enviarás tu magia, que pasará a través de mí y llegará a mi círculo gracias al vínculo que compartimos.
Juntos lanzaremos el hechizo. Cuando quieras, Wycherley —ordena Platz y me ofrece su mano.
En cuanto nos conectamos, siento la magia no sólo de Platz y Russo, sino también la de las otras diez personas de su círculo.
Fluye por mí como una melodía: todas las notas distintas se funden en acordes y armonías.
Mientras ejecuto los movimientos, noto que puedo deslizarme por los flujos de esa magia, distinguir a los miembros del círculo uno por uno, y captar las peculiaridades de sus dones mágicos, las que necesito para dar forma al hechizo.
La fuerza que circula por mí es embriagadora, casi instintiva.
Observo, maravillada, cómo se forma un portal en medio de la Academia.
Pronto supera a todas las demás, se alza hasta los arcos del techo.
Sé al instante que está hecha de la misma madera negra que mi escoba, Ankoth.
En la parte frontal de la puerta hay grabado un árbol gigantesco que arde con una llama negra, y alrededor del marco brillan las trece runas Golowhe, que centellean con el temblor de las llamaradas umbrías de la Academia y la llama negra que arde en el portal.
Suelto a Platz y se desploma al instante.
Al otro lado de la Academia, Russo cae también.
Pero no son los únicos: las resonancias de la magia del círculo que aún percibo dentro de mí insinúan que les ha alcanzado mi magia maldita a las personas que lo componen y que los doce han perdido el conocimiento.
Que se desmayen debutantes es una cosa; pero que caiga un círculo entero, es otra muy distinta.
Una oleada de pánico me recorre el cuerpo. ¿Dónde estarán los otros diez miembros? ¿Qué estarán haciendo? ¿Los he puesto en peligro?
—¡Ayuda! —grito—. ¡Necesito un sanador!
Dos instructoras con túnica verde entran corriendo, se quedan boquiabiertas al ver el enorme portal a mi espalda y a Platz y Russo tirados en el suelo.
Les explico deprisa lo que ha pasado. Platz empieza a recobrarse. Se lleva las manos a la cabeza, tiene la piel cenicienta y lucha por no vomitar… sin éxito.
—Perdón —murmuro.
—No tienes nada de lo que disculparte, Wycherley.
Respira hondo varias veces, tratando de calmarse, y se deja ayudar para sentarse en una silla que alguien ha conjurado. Russo ha recobrado el sentido, pero sigue en el suelo.
—Tu magia no se parece a nada que haya experimentado jamás. Mira lo que has creado —añade, y señala el portal.
Tengo que admitir que es impresionante… aunque da un poco de miedo.
—Los efectos secundarios de tu magia, sin embargo, dejan bastante que desear —Platz parece a punto de vomitar otra vez, pero consigue contenerse.
—¿Y las personas de tu círculo? ¿Puedes sentirlas? ¿Sabes si están bien? —pregunto.
Russo me mira sin entender.
—¿Sentirlas?
—Claro, a través del vínculo de tu círculo, de vuestra conexión mágica... ¿están bien?
—Wycherley, no estoy seguro de entenderte. ¿Me estás diciendo que, cuando estableciste conexión con mi círculo, notabas la magia de cada una de las personas que participaban en el hechizo?
—Sí… ¿no siente eso cualquier ser mágico cuando está conectado mágicamente con otros? —respondo despacio.
—Cuéntame, ¿cómo lo experimentaste tú? —me pregunta, y noto que he despertado su interés, a pesar de que su mirada sigue todavía algo perdida.
—Mientras hacíamos el hechizo, te tenía agarrado de la mano, pero también estaba conectada con todo tu círculo.
Notaba las corrientes de magia, la que te unía a Russo era la más fuerte, pero también sentía a los otros diez.
Podía distinguir quién era quién. La mayoría se sorprendieron; algunos se sintieron emocionados…
Uno en particular parecía descolocado, incluso asustado.
Su magia me resultó tímida, como si nunca hubiera llegado a sentirse libre para alcanzar todo su potencial.
Ah, ése debe de ser Jordan Jones —aclara Russo a mi espalda. Me giro y lo veo acercarse, aún despacio—. ¿Qué más, Wycherley?
Les cuento lo que he sentido de cada una de las personas de su círculo, cómo vibraba su magia, las emociones que me transmitieron mientras duraba el hechizo.
Cuando termino, Platz, Russo y las dos sanadoras me miran con una mezcla de desconcierto y admiración.
—Wycherley, sólo he oído hablar de unas pocas personas capaces de sentir algo así con la pareja mágica con la que han forjado un vínculo. Pero nunca de nadie que haya sentido eso más allá... a través de un círculo entero —comenta Platz, cruzando una mirada con Russo.
—Habrá que investigar esas conexiones tan singulares, Aurelia… aunque no ahora. Ahora te espera tu prueba de fuego —añade Platz y se incorpora con cierta inestabilidad, extendiendo una mano hacia el portal recién creado.
Miro hacia allí y noto que la cabeza me da vueltas. No sólo por la magnitud del portal o lo que me aguarda al otro lado, sino por darme cuenta de que algo que siempre creí normal entre seres mágicos, sólo se da en unos pocos.
—Cuando cruces esa puerta, te llevará directamente a tu prueba. Al final del recorrido volverás a verla. Tu objetivo es alcanzarla y atravesarla. Nosotros estaremos aquí cuando salgas —explica y me mira con seriedad—. Mantén viva tu llama y escucha lo que te diga tu magia.
Asiento y me planto ante el portal. Canalizo mi llamarada umbría y la divido entre ambas manos. Dejo que me recorra los dedos, chisporroteando entre ellos, y que suba por los brazos.
Cuando me acerco a la puerta, se abre sola.