Los Wycherley (Los Wycherley 1) Capítulo veintisiete
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Capítulo veintisiete

Veintisiete

L as hojas de otoño que cubrían la verja encantada que rodea los Jardines de la Temporada han quedado sustituidas por copos de nieve metálicos.

Cada uno es distinto, y todos brillan como si fueran auténticos.

Caen flotando al suelo y se acumulan en un montón que nunca crece.

Las calles de la zona alta están mojadas, sucias y apagadas.

El cielo lleva días encapotado, y las aceras siguen sin secarse.

Miro los patines que llevo y me siento algo absurda con ellos en la mano…

pero esta mañana le he mandado una carta a Nightly.

Querido Nightly:

Por mucho que disfrute de nuestras sesiones de biblioteca, la llegada de la invitación a Imbolc me ha hecho darme cuenta de que casi me pierdo el principio del invierno.

La temporada —como la vida misma— puede ser demasiado corta, y después de mi última locura, me ha entrado la necesidad de salir ahí fuera y, bueno… vivir un poco.

Hoy Vaughn me lleva a los Jardines de Invierno. Constance también vendrá, y si no tienes otros planes, me gustaría mucho verte. Llegamos a mediodía.

Me apetece pasar un rato contigo sin un libro —o diez— apilados entre nosotros, aunque es posible que lleve encima algún que otro informe.

Si te parece bien,

Aurelia

P. D.: Te espero en el estanque a la una. ¡Trae tus patines!

Estaba bastante segura de que, si la invitación a los Jardines de Invierno no bastaba para tentarlo, sí lo haría la promesa de unos cuantos informes.

El incidente del carruaje sucedió hace más de dos semanas.

Desde entonces, he pillado a Nightly mirándome más de una vez con cara de querer acortar distancias.

Y yo me muero de ganas de que lo haga. Pero creo que empieza a comprender cómo me siento cada vez que hacemos magia, cada vez que enferma…

y lo aterrada que estuve en Yule cuando estuvo a punto de estamparse contra el suelo y yo logré salvarlo por los pelos.

Dentro de los jardines todo está blanco, nítido, invernal.

Una ráfaga polar me da de lleno en la cara en cuanto cruzamos la verja, me deja las mejillas sonrosadas y las orejas heladas.

Al acercarnos al anfiteatro me subo la capucha.

El forro de piel me reconforta al instante.

Meto las manos dentro de la parte interior de la capa…

y de paso me aseguro de que los documentos siguen en su sitio.

Cuento de invierno es, con razón, la obra del momento.

—¿Os importaría que la viéramos? —sugiere Constance. Vaughn acepta encantado, y encontramos sitio entre el público, justo al lado de Martyn.

Después del primer acto, voy a por chocolate caliente y, al volver, me invento una excusa para ir a reunirme con Nightly junto al estanque.

Antes de marcharme, me giro y veo que Vaughn intenta pasar torpemente el brazo por los hombros de Constance. Cuando lo retira, ella lo toma y se lo acomoda con toda naturalidad. La escena me arranca una sonrisa.

Estoy segura de que Nightly no dudaría ni un segundo. Me rodearía con los brazos, seguro y decidido, si yo se lo permitiera.

Camino despacio, escuchando el crujido de la nieve bajo mis botas. Los árboles de hoja caduca, desnudos, lucen carámbanos que brillan como diamantes, y los perennes cargan una capa de un color blanco tan impecable como la que yo llevo.

Una explosión roja de acebo me llama la atención, y cuando alzo la vista, veo un ramito de muérdago que se desenrosca él solito hacia cada pareja de seres mágicos que pasa por debajo. Bajo la mirada y entonces lo veo, avanzando por el sendero: Sebastian.

—Crenshaw —lo saludo con una inclinación de cabeza.

—Wycherley —responde él, con el ceño fruncido.

Sigo caminando y, unos pasos más allá, veo a Nightly. El aire invernal se me clava en los pulmones, y al exhalar, una nubecita de vaho flota delante de mí.

—Veo que te has traído los patines.

—Tal como me pediste… pero debo advertirte: soy un patinador pésimo.

Niego con la cabeza.

—No te creo ni por un segundo. Todo se te da bien.

—Ojalá, pero no, Wycherley.

Las bayas blancas del muérdago cuelgan justo encima de su cabeza, y las hojas lo tocan con insistencia, animándolo, también se mueven en mi dirección.

—No puedo —le dice Nightly al muérdago—. Wycherley me ha prohibido besarla. Aunque yo a ella no le he prohibido nada —alza una ceja.

El muérdago ya ha llegado hasta mí, y sus hojas me acosan sin tregua.

—Eso no va a pasar —le suelto.

El muérdago responde soltando algunas de sus bayas blancas sobre la cabeza.

—Está bien —suspiro. Apoyo una mano en el brazo de Nightly, me pongo de puntillas y le doy un beso en la mejilla.

El vuelco en el estómago me hace querer echarle los brazos al cuello y perderme en sus labios.

Me separo, pero sigo de puntillas, y cuando él se gira hacia mí, su nariz roza la mía y deja escapar un suspiro tan profundo que roza el gemido.

Me tiembla todo el cuerpo. Bajo los talones con rapidez y echo a andar hacia el lago.

—Podemos saltarnos lo de patinar e ir directos a los documentos, si prefieres —le propongo, cuando me alcanza con sus largas zancadas.

—Me han hecho notar que casi te pierdes el inicio del invierno y sus placeres por culpa de nuestras… pesquisas y actividades delictivas. Así que primero la diversión, y luego los asesinatos —susurra esta última parte.

—Ah, algo más que añadir a nuestro peculiar cortejo.

No era falsa modestia lo de que se le daba fatal patinar. Le doy la mano e intento guiarlo, pero se pasa la primera media hora tirado en el hielo más que deslizándose sobre él.

Después de otra media hora, conseguimos dar una vuelta al estanque, y justo cuando yo ya empiezo a sentirme como un bloque de hielo humano, suelta mi mano y logra patinar media vuelta él solo… hasta que se cae otra vez.

Lo miro desde arriba: la capa desparramada por el suelo, el pelo hecho un desastre.

—¿Vamos a comer algo?

—Sólo si encontramos antes cura para todos estos moratones —se queja, mientras lo ayudo a levantarse.

—¿Dónde te duele más? —pregunto, mientras nos deslizamos hacia el borde del lago.

—En el orgullo —responde, sonriendo.

Nos quitamos los patines y buscamos sitio en la pequeña cafetería del paseo, la misma donde, hace ya tantos meses, me escondí de Sebastian, donde vi a Nightly y a Evelyn recogiendo algas del estanque y donde, por primera vez, le oí hablar de encontrar una forma de conservar la magia sin necesidad de forjar un vínculo.

Ha pasado tanto desde entonces.

Nos sentamos a un lado, donde hay más tranquilidad. Nightly me ofrece una silla y le doy las gracias. Pedimos una tetera para dos y un cuenco de estofado para cada uno.

Miro a mi alrededor, luego saco los documentos y se los paso a Nightly.

—Esto es sólo lo más importante. Copié lo que me pareció relevante.

—¡Más falsificaciones! De verdad me haces los mejores regalos.

—Los documentos reales son mucho más extensos que éste… llegan hasta cuando mi padre… —La voz se me quiebra, y Nightly me toma de la mano.

—Lo siento, Aurelia —me reconforta.

Apoyo mi mano sobre la suya.

—Está bien. Me alegra saberlo, y siento que, al menos, estoy haciendo algo útil.

Pero también siento que le estoy ocultando cosas a Vaughn.

Recuerdo lo enfadada que estaba con Frances y con mi madre por no contármelo…

y si se entera de que yo lo sé y que no le he dicho nada…

Me preocupa que se sienta igual conmigo.

—Quizás deberíamos contárselo… —sugiere Nightly.

—Lo haremos. Pero no todavía. Cuando se lo cuente, quiero poder decirle también el porqué. Eso es lo que me está carcomiendo: ¿Por qué murió mi padre? Y sólo lo sabré si descubrimos quién lo mató… quién los asesinó a todos.

Nightly hojea los documentos y lo observo mientras asimila la información.

Sus gestos me los sé de memoria: una ceja alzada cuando algo le sorprende, las dos fruncidas cuando algo le intriga, expresión neutra cuando lo que lee lo perturba o le indigna.

Y este archivo tiene mucho de eso. Las descripciones de los asesinatos, de los cuerpos, de las escenas…

son minuciosas. Intenté quedarme con los detalles importantes, pero también pasé por alto las partes que más me desgarraban por dentro.

Cierra la carpeta justo cuando llega la comida, y mientras comemos, empieza a compartir sus observaciones.

—¿Te importa? —pregunta al sacar su cuaderno—. Es de muy mala educación.

—En absoluto, adelante.

Lo miro mientras toma el estofado a cucharadas y va anotando sus pensamientos, comentándolos conmigo entre bocado y bocado.

—Hay un patrón con las runas. En cada caso hay una distinta.

Los informes revelan que no sólo aparece una runa en la escena —tallada, quemada o pintada en algún sitio—, sino que esa misma runa ha sido colocada mágicamente en el cuerpo de la víctima.

Siempre en el mismo lugar: en el borde exterior de la muñeca de la mano de la varita de pulsera.

Justo como viste en Kit. Me pregunto si eso tiene algo que ver con el vínculo: si al marcar a la víctima, el asesino hace que esa misma runa aparezca también en su pareja mágica.

Me quedo pensando en eso.

—Fíjate que en los informes no se menciona eso en ningún momento. Si fuera así… me pregunto por qué Kit no lo dijo.

—A lo mejor sí lo dijo, pero los investigadores no le dieron importancia —propone Nightly.

—Lo dudo muchísimo. No creo que Emery y Jackson hubieran pasado por alto un detalle así.

Sigo dándole vueltas al asunto mientras comemos.

—Tampoco les mencionó que sigue teniendo magia.

—Puede que la forma en que mataron a Cora haga que la magia tarde más en desaparecer —plantea Jules—. Eso explicaría también que Jonathan sea capaz de hacer hechizos. Tal vez su magia se está desvaneciendo poco a poco… como la de Evelyn.

—Y también me he dado cuenta de que ninguna de las runas se ha repetido —añado—. Y eso me ha hecho pensar en aquel fragmento del grimorio de Neoards, lo de la estructura de los círculos antiguos: las trece runas, las trece figuras, cada una con su propia runa.

—Oh… —Nightly deja la cuchara, con los ojos muy abiertos, y suelta atropelladamente—: Sé que esto puede sonar descabellado, pero me pregunto…

ojalá no sea eso… ¿y si alguien está usando esa magia antigua para formar un círculo con seres mágicos muertos?

Algún tipo de nigromancia maligna. Heston dijo que la malevolencia estaba en auge.

La idea me revuelve el estómago, pero durante la Gran Guerra de la Brujería, cuando la magia maligna se propagó, se documentaron actos de lo más abominables, incluida la nigromancia.

—Espero que no —respondo y me limpio los labios con la servilleta.

Nightly se queda de pronto muy serio.

—Oh, Aurelia, lo siento. Lo he dicho sin pensar. Estoy seguro de que ése no fue el destino de tu padre.

Me tiende la mano, con una expresión de espanto por lo que acaba de insinuar.

—No pasa nada, Nightly. Es importante que valoremos todas las posibilidades, por incómodas que sean —le doy unas palmaditas en la mano—. No fue eso lo que le ocurrió a mi padre. Cuando lo encontré, estaba completamente muerto. Nada de reanimación.

—Está claro que los asesinatos están vinculados a las runas, y que hasta ahora ha habido once víctimas, cada una con una runa distinta. Así que tiene sentido pensar que habrá dos asesinatos más para cerrar el círculo… pero ¿por qué?

Nightly hojea el grimorio hasta la página de Neoards, y repasamos las once runas que ya han aparecido. Faltan dos: Dalleth (comienzo) y Daskor (retorno).

Nos retiran los cuencos y Nightly pide crumble de manzana con natillas —mi postre favorito—, y luego se vuelve hacia mí:

—¿Has logrado seguirle la pista a Kit Thorne?

Niego con la cabeza.

—Nadie de la Academia lo ha visto. Russo y Platz saben lo de Cora, por la forma en que hablaron conmigo.

Platz fue muy delicado al mencionarla, y Russo más esquivo y menos directo de lo habitual.

También le escribí a Jonathan a su última dirección conocida, y fui a su antigua casa en Pimlico, pero seguía cerrada a cal y canto.

—Deberías habérmelo dicho —remarca Nightly—. Me hiciste una promesa: que te cuidarías.

—Y lo estoy haciendo.

Jules enarca una ceja.

—Bueno, pues la próxima vez que te lances a hacer algo peligroso, mándame una nota. Si no es mucha molestia.

Le sonrío y le prometo que lo haré.