Los Wycherley (Los Wycherley 1) Capítulo veinticinco
74%

Capítulo veinticinco

Veinticinco

P asa otra semana hasta que recibo noticias de Nightly.

Durante ese tiempo he reunido toda la información posible sobre los asesinatos; incluso he visitado una hemeroteca no mágica para recabar datos sobre El Nuevo Amanecer y el Magimáncer.

No me sorprendió encontrar discursos antimagia en los periódicos, pero sí me impactó el tono en que se trataban las muertes de los seres mágicos.

Aunque no los justificaba, sí que de alguna forma se insinuaba que la víctima se lo había buscado.

Eso me ha dejado el estómago revuelto. Desde entonces, evito moverme por zonas que no tienen algún tipo de vínculo con el mundo mágico.

La carta de Nightly fue la distracción que necesitaba para dejar de darle vueltas al tema.

Queridísima Aurelia:

Tú y yo tenemos muchos asuntos pendientes.

De todo lo que descubrimos en Yule, el sabor de tus labios fue, sin duda, mi favorito.

Reúnete conmigo en la biblioteca a las dos en punto. Lleva la llave... y tus labios.

Tu Jules

Regaño mentalmente a las mariposas que me revolotean por dentro. «Nada de magia. Nada de besos».

El tiempo ha dado un giro gélido; desde hace días, las nubes tienen ese tono gris violáceo que anuncia nieve, aunque aún no han descargado.

Vaughn y yo aún no hemos ido a los Jardines de Invierno, pero él y Constance sí.

Desde Yule no se han separado, y verlos juntos me llena de alegría.

Son como debería ser la pareja perfecta.

Me pongo la capa blanca de invierno, recojo la llave de Neoards y salgo tan rápido que ni yo me creo que sólo busque a Nightly para que avance la investigación.

Llego a la biblioteca antes que él y me dirijo a la Sección Restringida.

En lugar de arrastrar el sillón orejero hasta el escritorio, como hace él, arrastro el escritorio hasta el sillón, con tal estruendo que algunos seres mágicos se giran y me chistan.

No quiero que Nightly se resfríe el primer día que sale de su convalecencia…

sobre todo cuando fui yo la que lo puso en peligro.

Han pasado tantas cosas en las últimas dos semanas que me cuesta unir las piezas del puzle.

De momento, lo de Cora sigue sin salir a la luz, y estoy muy enfadada con mi madre por eso.

Ella y Frances han estado ocupadas —seguro que tapando más verdades—, y cuando estamos juntas, me muestro distante.

Me mintieron. Siguen mintiéndome a mí y a Vaughn.

Y ahora soy yo la que le miente a mi hermano. Menudo desastre.

Tengo la mente hecha un lío, el corazón encogido y la magia alborotada de tanto pensar: no sólo en el asesinato de mi padre y los demás seres mágicos, sino también en el círculo de piedra, en las runas, en Nightly y sus labios, en aquel beso… y en que casi se muere por mi culpa. Es tan injusto.

Me seco una lágrima y me esfuerzo por mantener el enfado, porque sé que es lo único que puede empujarme a actuar.

Saco mis notas de la cartera y las extiendo sobre el escritorio. Intento concentrarme en lo que ya he descubierto, en lo que necesito compartir con Jules.

Cada vez que se abre la puerta de la Sección Restringida, levanto la cabeza de golpe, pero no es él.

Son más de las tres cuando, por fin, lo veo.

Tiene buen aspecto, no el de alguien que ha pasado dos semanas enfermo.

Le cae un mechón de pelo sobre la frente de esa forma que me dan ganas de apartárselo con los dedos.

Y después acariciarle la mandíbula. Y luego posar mis labios sobre los…

«No. Nada de besos».

Me mira directamente, y lo que se me remueve por dentro va mucho más allá de la magia.

Estoy loca perdida por Jules Nightly. Me ha lanzado un hechizo del que no quiero, ni podré, librarme jamás.

Me pongo en pie, pero las rodillas me flaquean y me falta el aire.

Él camina hacia mí con decisión, como si yo fuera el único lugar del mundo al que quiere llegar.

—Wycherley —me saluda cuando lo tengo delante. Me sonríe, y se me contagia la sonrisa. Entonces saca una rosa de la nada, una de las nuestras, y me la ofrece. Se inclina hasta mi oído, sus labios me rozan justo por debajo cuando susurra: —Te he echado de menos.

Me estremezco al notar su roce en la piel.

«Nada de besos».

Decido que sus labios en mi cuello no cuentan. Y lucho con todas mis fuerzas para no hundirme en él.

Se quita la capa, la deja sobre el sillón orejero y se sienta.

Yo me quedo de pie más tiempo del necesario.

Cuando al fin vuelvo a mi asiento, él arrastra su silla para colocarse un poco más cerca.

Su rodilla roza la mía, y cuando se pasa las manos por los muslos y sus dedos me rozan, una descarga me atraviesa de la cabeza a los pies.

Quiero mirarlo, perderme en sus ojos, en sus besos, en su tacto.

«Nada de besos».

—Han pasado muchas cosas mientras tú no hacías nada, encerrado en casa —le suelto.

—Nada, nada... Deberías conocerme mejor, Wycherley. He estado examinando el grimorio. Y he estado pensando.

—Pensando. Claro, eso explica perfectamente que hayas estado inservible durante dos semanas —bromeo, y le lanzo una mirada fugaz.

—Bueno, ha sido mucho pensar —responde con una sonrisa que me desarma por completo.

—Sobre las runas, que son fascinantes y ya hablaremos de eso, pero también sobre todo lo que pasó en Neoards: Heston, el cuadrante perdido, la amenaza de la magia maligna, el círculo de piedra, la forma en que nuestra magia se entrelazó, tú, tus labios…

y lo mucho que quiero besarte otra vez ahora mismo, Wycherley, me da igual quién nos vea.

Su voz es tan suave que me pone la piel de gallina.

—Me importas —le digo, y necesito reunir toda mi fuerza para girarme hacia él… y no meter los dedos en su pelo y atraerlo hacia mí—. Me importas, Nightly. Y precisamente porque me importas, no puede haber más besos. Ni más magia.

Se le borra la sonrisa.

—Oh… Hablas en serio, ¿verdad? —sus ojos se encienden de preocupación.

Respiro hondo.

—Sí, hablo en serio. Porque yo también lo he pensado mucho. Ya sabes lo que pasa cada vez que usamos magia. ¿Y si la próxima vez no llego a tiempo? ¿Y si te pasa algo grave… o te mueres?

Estoy llorando, y Nightly saca un pañuelo del bolsillo y me lo ofrece. Luego me pasa un brazo por los hombros y me susurra al oído:

—Wycherley, no voy a morirme.

Sólo quiero hundirme en su abrazo, pero me obligo a mantenerme erguida. Me vuelvo hacia él y le sostengo la mirada, con el corazón hecho un nudo.

—Te caías por las escaleras, y conseguí detenerte de milagro. Y aun así, has tardado dos semanas en recuperarte de mí.

—Nunca voy a recuperarme de ti —asegura, con la barbilla baja y sus ojos clavados en los míos. Y esa chispa me recorre otra vez de arriba abajo.

Niego con la cabeza.

—No hagas eso, no es justo. Me niego a compartir más magia contigo. No puedo cargar con esa responsabilidad.

—Entiendo lo de la magia —responde—, pero ¿por qué tampoco besos?

Me sostiene la mirada, y yo aparto los ojos, porque si no lo hago me lanzo sobre él.

—Porque los besos nos llevan a lugares donde no podemos ir. Tú necesitas vincularte, ir a Neoards… y yo no quiero espantar a nadie que pudiera ser una buena pareja para ti.

—Pues no quiero a nadie que se espante de ti—responde, mirándome con total seriedad.

Tomo aire despacio para calmarme.

—No puede haber besos porque también tengo que protegerme a mí misma. Un solo beso tuyo y toda mi fuerza de voluntad se viene abajo.

—Wycherley, creo que no te das suficiente crédito. He visto tu fuerza de voluntad. Seguro que eres capaz de hacer una cosa —besar— sin hacer la otra —magia—.

—Y tú no entiendes hasta dónde llegan mis sentimientos por ti. Yo no puedo separar los besos de la magia. Te quiero entero, y con un sorbo, con un solo beso… me bebería toda la copa.

—¿Estás segura de que no puedo besarte ahora mismo?

—Jules —le regaño, con una mirada que intenta ser dura… pero no lo es.

Él se endereza, se aparta el pelo de la cara y suelta un suspiro largo.

—Muy bien, lo comprendo. Respeto lo que me pides. Nada de magia. Nada de besos. Pero quiero que sepas que te quiero. Que te quiero entera, Aurelia Wycherley. Y eso incluye a tu magia maldita.

Se inclina hacia mí, y yo me vuelvo para mirarlo de frente. Está tan cerca que veo los destellos dorados en sus ojos azul oscuro, tan claramente como él ve todas las tormentas malditas que giran en mis pupilas grises.

—Pero lo que pasa, Aurelia, es que yo te quiero para mucho más que un hechizo o un beso.

Quiero que mi magia fluya a través de ti para siempre.

Quiero que mis besos sean lo último que sientas cada noche y lo primero cada mañana.

Y quiero que mis caricias recorran cada parte de ti.

Hasta que estés preparada para eso, no habrá besos ni magia.

Pero en cuanto me digas que me quieres, no pienso dejar de besarte nunca más.

Y si tengo que batirme en duelo con cada miembro del Real Consejo Mágico para que nos permitan vincularnos, lo haré —me toma la mano y entrelaza sus dedos con los míos—. Y nuestra magia... va a ser imparable.

—Esa magia va a matarte.

—Habrá valido la pena.

—¿Incluso si la persona que te mata es tu madre? Ella jamás aceptará... esto.

—Sí. Incluso entonces —asegura, pero no estoy segura de que lo diga de verdad.

Retiro la mano. No voy a decirle nunca que lo quiero, aunque lo grite cada átomo de mi cuerpo. Niego con la cabeza y saco la llave.

—No puedo darte besos, pero sí esto —le ofrezco, repitiendo sus propias palabras, cuando me impidió besarlo. Le deslizo la llave.

La recoge, la examina, y entonces saca el grimorio de su capa y lo deja sobre la mesa, junto a la llave.

—Este libro es increíble. No entiendo ni la mitad, pero lo que entiendo está haciendo añicos todo lo que creía saber. Mathilde y Heston, con todos sus problemas personales, fueron una pareja mágica extraordinaria. Pero empecemos por las runas.

—Hay trece. En la Primera Era de la Magia, cuando los círculos estaban formados por trece seres mágicos y no doce, cada uno usaba una de estas runas como su sigilo personal.

Invocaban el poder que les otorgaba para potenciar y matizar su magia.

No había una jerarquía fija entre ellas, así que eso permitía que el círculo funcionara de forma más equilibrada, a pesar del número impar. Mira…

Pasa las páginas del grimorio y me muestra las trece runas. Están dispuestas en dos filas de seis, con una runa llamada Dalleth —que significa «comienzo»— debajo de todas, en el centro.

Reconozco la runa de mi escoba: como ella, se llama Ankoth, que se traduce como «lo desconocido». Después identifico la runa que había sobre la puerta del hechizorio de mi padre: Keniver Tra, «todo».

—Esta runa de aquí es la que vi sobre la puerta detrás de la librería —señalo y me acerco el libro—. Omlesa: «expansión».

—¿Qué librería? —pregunta Nightly, con el ceño fruncido. Me encanta cómo se le queda la cara cuando algo lo desconcierta, y sonrío.

—Intenté contártelo en el Baile de Yule, pero…

—Pero estábamos ocupados con nuestras actividades de pareja —responde, sonriendo. Sé que está recordando los besos. Yo, en cambio, recuerdo cómo empezó a caer… y cómo logré salvarlo por los pelos.

Le cuento lo de la puerta, lo de Jonathan, la magia que le vi hacer. Después le hablo de mi padre, de Cora, de los otros nueve seres mágicos, de Kit y de la figura desconocida que estaba con Jonathan. Le muestro toda la información que he reunido.

—Demasiadas coincidencias —concede Nightly y se pone de pie—. Vamos.

—¿Adónde?

—A ver esa puerta misteriosa. La que cruzó Jonathan.