Los Wycherley (Los Wycherley 1) Capítulo veinticuatro
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Capítulo veinticuatro

Veinticuatro

C asi una semana después, Nightly sigue sufriendo las secuelas de mi magia. Yo me reparto entre la Academia, la biblioteca y la búsqueda de Jonathan. He vuelto casi todos los días al callejón donde lo vi por última vez, y también he pasado por la librería de Mason.

Necesito contarle a Nightly lo de Jonathan, lo de la nueva runa en la puerta de la librería.

Ojalá hubiera podido decírselo en Yule. Si al menos me hubiera llevado yo el grimorio de Mathilde y Heston, ya me lo habría leído dos veces, y quién sabe qué habría descubierto.

Pero, sobre todo, ojalá mi magia no hubiera dejado tan enfermo a Nightly.

Me he repetido mil veces que no puedo volver a besar a Jules, me he impuesto esa promesa como si fuera un conjuro. Sus labios me están prohibidos. Pero eso no significa que no piense en él. Besarlo activa mi magia, y mi magia le hace mucho daño.

Esta mañana, después de pasar por el callejón tras la librería de Mason, he ido a la Academia y he cortado unas cuantas rosas para regalárselas.

Cada vez que corto una flor, brotan dos más.

El rosal no para de crecer, y Russo y Platz no pierden ocasión de recordarme lo escandaloso que les parece.

No hay visita a la Academia en la que no comenten lo mucho que desentona… aunque reconozcan que es precioso.

He llevado las flores a casa de Nightly y se las he dejado a Evelyn, que me ha dicho que Jules estaba agotado y dormía.

Parecía preocupada. Se le notaba la angustia en la cara.

Me ha invitado a pasar, pero justo entonces ha aparecido Demelza Nightly por detrás y me ha lanzado una mirada tan afilada que me ha sorprendido que no fuera un hechizo.

He charlado un poco con Evelyn sobre el trabajo que hace con mi madre y Frances en el Círculo de la Justicia.

La he visto más firme, con otro aplomo, como si algo en ella se hubiera activado.

He garabateado unas líneas rápidas para Jules, deseándole que se recupere pronto, y me he vuelto a casa.

Nada más entrar, me llega el aroma de pastel y té. Mamá y Frances están en el salón, así que voy a reunirme con ellas. Preguntan por Jules, y hasta mamá muestra auténtica inquietud por su estado.

Entonces desvío la conversación hacia Vaughn.

—Está tomando el té con los Prior —me informa mamá con una sonrisa muy amplia—. Constance me cae tan bien...

—A mí también —convengo, y justo al dar un sorbo al té alguien golpea la puerta con tanta fuerza que casi me lo derramo encima.

Mamá sale del salón con paso decidido y, poco después, regresa acompañada de Emery y Jackson, los dos vestidos de negro.

Frances ya se ha puesto en pie. Con el tiempo he aprendido que, si aparecen Emery y Jackson, es porque hay problemas.

Espero unos segundos, pero me vence la curiosidad. Me acerco de puntillas hasta la biblioteca. Hay una grieta en el marco de la puerta, lo bastante ancha como para espiar.

—¿Otra bruja muerta? ¿Quién ha sido esta vez? —pregunta mamá.

—Una joven bruja en su segundo año de escuela. Cora Stewart. Esta temporada la habían destinado a la Academia como instructora, junto a su vínculo, Kit Thorne —responde Emery, con voz grave y contenida.

La cabeza me da vueltas. Me llevo una mano a la boca para contener el grito.

—Dios mío, Nell, es el hijo de Jonathan —exclama Frances.

Pienso en Kit, en la mala suerte de que le haya ocurrido lo mismo que a su padre.

Pero entonces recuerdo que, de algún modo, Jonathan ha conseguido conservar su magia, y una sensación incómoda me revuelve por dentro. Algo que no acabo de entender.

—Fue Kit quien informó de la ruptura del vínculo al día siguiente de Yule, pero nos ha llevado todo este tiempo localizarla y confirmar su muerte —añade Jackson. No me gusta el tono con que lo dice; me revuelve el estómago.

—¿Fue como los demás? ¿Tenía una marca? —pregunta mamá.

—El asesinato fue distinto, pero la marca era la misma, igual que en los otros casos —responde Nita Jackson, la pareja mágica de Emery.

—Once seres mágicos asesinados. Diez desde… Ulric —oigo cómo se le quiebra la voz a mi madre—. Jamás pensé que él sería el primero de tantos.

El corazón me da un vuelco

¿Asesinado, mi padre? Siempre creí que había sido un accidente. Me acerco un poco más a la puerta. Necesito saberlo todo. Saber quién lo asesinó.

—Es raro —comenta Jackson—. Son víctimas sin relación aparente, asesinadas en distintos sabbats, pero sin patrón claro ni en las fechas ni en los perfiles.

—Aunque ahora sí hay relación —responde mamá—. Jonathan Reid y Kit Thorne, padre e hijo, han perdido a sus respectivas parejas mágicas a manos del mismo asesino… ese tal Magimáncer, como lo llaman en los periódicos.

—Deberíamos revisar todos los casos, no sólo buscando vínculos entre las víctimas, sino también entre sus parejas mágicas —propone Frances—.

Tal vez el Magimáncer no va tras las brujas y brujos muertos, sino tras la magia de quienes estaban vinculados con ellos.

Quizá los verdaderos objetivos sean los que han sobrevivido.

Se hace un silencio cargado mientras lo asimilan.

—Es un enfoque completamente distinto —admite mamá, pensativa.

—Creemos, además, que la situación va en aumento —interviene Emery.

—Durante el primer año se cometieron dos asesinatos: Ulric, en Imbolc, y otro más en Ostara —recuerda Jackson—. Luego tres más, al año siguiente: en Litha, Mabon y Yule.

—Y el año pasado, otros tres: en Beltane, Lughnasadh y Samhain —añade Emery—.

Uno de ellos incluso salió en la prensa, pese a que intentamos evitarlo.

Fue entonces cuando empezamos a notar las marcas.

Al parecer, siempre habían estado ahí, ocultas en la escena del crimen.

Pero este año, el asesino ni se ha molestado en esconderlas.

Diez seres mágicos asesinados desde la muerte de mi padre… y todas las muertes llevan marcas de símbolos extraños. Es demasiada coincidencia. Apuesto a que se trata de runas Golowhe. La magia nunca actúa por azar.

Veo cómo Hobbs Emery le entrega a mamá un dibujo. Alcanzo a verlo fugazmente, y se me hiela la sangre. Es exactamente la misma runa que lleva mi varita de pulsera.

—No se parece a ningún símbolo mágico conocido. Es como si alguien estuviera jugando a hacer magia —comenta Emery—. Yo sigo convencido de que El Nuevo Amanecer está detrás de todos estos asesinatos y de que, en el fondo, no hay conexión entre las víctimas.

—Eso lo hace aún más aterrador, si es cierto —añade Nita—. Cualquier ser mágico podría ser el siguiente, y hasta que no detengamos al Magimáncer, me temo que seguirán matando al azar.

—Con los otros dos asesinatos de este año ya publicados en la prensa, necesito que hagáis todo lo posible para que éste no trascienda. Lo último que necesitamos es una oleada de pánico —advierte mamá—. ¿Quién la encontró?

—Una persona no mágica. Estamos en contacto con sus autoridades; han detenido a la mujer, por si tiene relación con El Nuevo Amanecer.

Frances se mueve inquieta y, a través de la grieta, la veo negar con la cabeza.

—Ya os lo he dicho, no son ellos. Sé que pensáis que esas marcas raras son un intento de El Nuevo Amanecer de culpar a seres mágicos, pero hay algo que no encaja en los asesinatos.

Es como si alguien quisiera incriminar a El Nuevo Amanecer.

Creo que tenemos que empezar a considerar en serio que el asesino quizás sea alguien de nuestra comunidad. Una bruja o un brujo —expone.

Mi madre pone una cara que conozco muy bien. Ésa que significa: «no quiero oír ni una palabra más de tus tonterías».

—Con lo valiosa que es la magia, y sabiendo lo mucho que significa, sobre todo ahora que está en declive… me resulta muy difícil de creer que algún ser mágico sea capaz de hacer algo así —responde Emery.

Me encanta su optimismo, pero estoy de acuerdo con Jackson cuando suelta:

—Vamos, Hobbs, lo sabes tan bien como todas nosotras: la magia maligna está creciendo. Esto bien podría haberlo hecho un ser mágico; ya hubo quienes hicieron cosas peores durante la Gran Guerra de la Brujería.

Se hace un nuevo silencio.

—¿Qué le habéis dicho al joven Kit Thorne? —pregunta Frances.

—Por ahora, nada. Le contaremos la mentira de siempre: que fue un accidente —responde Emery con tono plano, como si estuviera bien mentirle a alguien sobre la muerte de su pareja mágica.

Un accidente... igual que nos dijeron a Vaughn y a mí cuando murió nuestro padre.

Que tropezó y cayó por las escaleras. Y, la verdad, es que, cuando lo encontré, todo en su postura hacía pensar que había sido así.

Pero ellos conocían la verdad. Me pregunto qué le dijeron a Jonathan ¿Él sabía la verdad? Sin duda la merecía. Todos la merecíamos.

—No quiero visitar la escena ni atraer la atención sobre ella. Emery, Jackson, llevad a cabo una investigación exhaustiva y hacedme llegar vuestras conclusiones en cuanto podáis.

Parece que la conversación toca a su fin, así que me apresuro hacia la puerta principal y recojo la capa. No quiero pasar ni un segundo más cerca de mi mentirosa madre y de Frances.

Cuando salgo a la triste tarde de finales de diciembre, empieza a lloviznar. Camino sin rumbo, con la mente hecha un torbellino.

A mi padre lo asesinaron, lo que significa que alguien más había estado allí antes de que yo lo encontrara. ¿Quién? ¿Por qué? ¿Y por qué siguen matando a brujas y brujos? Ya van once.

Mi padre solía decir que las casualidades no existen, que si algo se cruza en tu camino y te parece importante, es porque probablemente lo sea…

como una señal en el camino que aparece justo cuando la necesitas.

Nightly y yo nos hemos encontrado muchas de esas señales y ésta es otra más.

Estos asesinatos están relacionados con las runas Golowhe, igual que nuestra investigación.

Decido averiguar todo lo que pueda sobre los seres mágicos asesinados, sobre cómo los mataron y quiénes eran sus vínculos, con la esperanza de que al tirar de un hilo acabe descubriendo algo.

No me sorprende encontrarme caminando hasta Kestrel Lodge. La casa de Nightly. Quiero contárselo todo para que me ayude a entenderlo, pero también para que me abrace y me diga que todo irá bien.

Pero Nightly sigue convaleciente. Por mi culpa.

Alzo la vista hacia la casa e intento adivinar cuál será su habitación.

Podría levitar hasta su ventana, llamar al cristal, contarle todo lo que sé, abrazarlo.

Pero ¿para quién sería ese gesto? Para mí.

Me haría sentir mejor, y a Nightly no le importaría.

Me escucharía, luego me abrazaría, me tomaría el rostro entre las manos, bajaría los labios hasta los míos…

pero sería él quien saldría perdiendo, porque tarde o temprano querría sentir su magia en mi interior, y cuando la mía pasara a través de él, volvería a enfermar.

Las palabras de Heston Nightly resuenan en mi cabeza: «Si de verdad la hubiera amado, sólo habría deseado su felicidad».

Y por segunda vez hoy, me alejo de la casa de Nightly.