Los Wycherley (Los Wycherley 1) Capítulo veintitrés
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Capítulo veintitrés

Veintitrés

-L o has visto, ¿verdad? No he alucinado en los últimos diez minutos, ¿cierto? —inquiere Nightly, mirando la tumba, a su antepasado

—Lo he visto —le aseguro, y señalo hacia la puerta abierta.

—¿Qué... qué acaba de pasar, Wycherley? ¿En qué lío nos hemos metido? —Su voz tiene un matiz que nunca antes le había escuchado.

—Creo que acabamos de prometer que arreglaremos el mundo —respondo, dejando escapar una risita nerviosa por lo absurdo de la situación.

Nightly me devuelve la sonrisa, que enseguida se convierte en una carcajada.

—¡Ah, bueno! ¡Sólo eso!

Durante un momento nos dejamos llevar por la histeria.

Cuando consigo recuperar un poco la compostura, ironizo:

—Vamos, sólo se trata de devolverle al mundo su equilibrio mágico. ¿Qué dificultad puede tener? Seguro que para la hora del té lo tenemos resuelto.

—O incluso antes —bromea él, dejando que la risa se apague—. Madre mía, Wycherley, vaya responsabilidad.

—Desde luego que lo es.

Nos quedamos en silencio, contemplando la puerta abierta, con un cosquilleo de inquietud por lo que pueda haber al otro lado.

—¿Vamos juntos? —pregunto.

—Siempre juntos —responde Nightly, mirándome con seriedad.

El corazón me da un vuelco, y aunque sé que no debo enamorarme de Jules Nightly, también sé que ya es demasiado tarde.

—Si eres tan amable —le indico, señalando la entrada. Él sonríe, sus ojos centellean al mirarme, y me cuesta no dejarme llevar por las ganas de pedirle que me bese otra vez.

—Será un placer. Pero no me sueltes. Cuando estamos conectados, cuando nuestra magia fluye entre nosotros, me siento bien, pero si me sueltas...

—Lo sé. Lo siento.

—No tienes por qué disculparte, la culpa es de Heston —afirma y señala la tumba.

Un leve temblor sacude el aire, y mi varita se ilumina justo cuando empiezo a avanzar hacia el interior.

Mi llamarada umbría flota por delante, iluminando una amplia escalera que desciende.

Pensaba encontrar escalones polvorientos, gastados por los años, pero están impecables.

La llamarada blanca de Nightly se une a la mía, y nuestros pasos resuenan al unísono.

De pronto la puerta se cierra a nuestras espaldas.

Lanzo un hechizo para que mi llamarada busque antorchas; Nightly hace lo mismo, y la escalera se inunda de llamas de luces y sombras.

Descendemos por la escalera en espiral hasta un gran salón circular. En las paredes hay puertas, y en el centro del suelo se extiende un círculo ornamentado. Dentro de ese círculo, se alza una segunda hilera de piedras, cada una más alta y ancha que yo.

Nightly contiene el aliento.

—Es un crómlech.

—¿Un qué?

—Un crómlech, un círculo de piedras de la Primera Era de la Magia.

Sólo he leído sobre ellos, nunca había visto uno.

Eran centros de energía. Sé que en los Jardines de la Temporada hay uno.

Se usaban piedras para marcarlos... Casi todos fueron destruidos en la Gran Guerra de la Brujería por seres no mágicos.

Cuento rápidamente las viejas piedras: hay doce alrededor de una base rota, en el centro, en donde parece que se habría alzado una piedra mayor.

Avanzamos por la sala agarrados de la mano.

Nightly conjura otra esfera, más grande y brillante. Noto que mi magia fluye en su dirección, reforzando el hechizo.

Lanza la esfera hacia el techo altísimo; la luz estalla en una gran lámpara araña, ramificándose como relámpagos por las ramas de un árbol.

Ahora veo el suelo con total claridad: hay un pentáculo de colores, y cuatro puertas talladas en una de las paredes. Estoy convencida de que una conduce al cuadrante perdido.

—Mira —señala Nightly hacia la piedra rota del centro.

Veo entonces dos objetos que titilan en el aire.

—¿Serán regalos de Heston? —pregunto. Nightly asiente, y un leve temblor parece confirmarlo.

Nos adentramos en el círculo. Nightly se inclina hacia un pequeño libro, yo hacia una llave. Le acerco la luz: en el lazo están entrelazadas dos iniciales, una W y una N. Las mismas que adornan la tapa del grimorio. Nightly pasa un dedo sobre la cubierta antes de abrirlo por la primera página.

—Aquí se recogen las prácticas mágicas de Wycherley y Nightly —murmura mientras pasa las páginas—. Léelo bajo tu responsabilidad. Úsalo bajo tu propio riesgo. Ignóralo por tu cuenta y riesgo. Por el reino y la magia. Por la nación y por toda la brujería.

Las campanas de la torre empiezan a sonar.

—Medianoche. Vaughn vendrá pronto a buscarme.

—Como debe ser.

Guardo la llave en el bolsillo interior de mi capa.

—Ojalá tuviéramos más tiempo para explorar —se lamenta Nightly, mirando a su alrededor.

—Heston ha dicho que ahora nos pertenece. Podemos venir siempre que queramos —le recuerdo, mientras él se guarda el pequeño grimorio en el bolsillo.

Subimos juntos la escalera, pero siento como si dejáramos algo vital atrás.

—Siempre podemos poner en práctica nuestras excelentes habilidades para entrar en sitios prohibidos —bromeo. Pero noto algo grave en su expresión que me congela la sonrisa de golpe.

—Supongo que ya sé a qué escuela mágica asistiré el año que viene —comenta Nightly, y siento una punzada de tristeza.

Seguimos subiendo los escalones cuando suena la última campanada.

—¿Has decidido buscar pareja? —pregunto.

—Creo que no me queda otro remedio. Oíste lo que dijo Heston: algo está por llegar, algo que debe detenerse, y lo que hay aquí escondido nos servirá de ayuda.

—Ya.

Mi corazón y mi magia son ridículamente tercos. Recuerdo las palabras de Heston: «Si de verdad la hubiera amado, sólo habría deseado su felicidad».

Jules se detiene y se vuelve hacia mí.

Tengo que alzar la cabeza para mirarlo, está un escalón más arriba, lo que lo hace parecer inalcanzable.

—No creo que pueda renunciar a mi magia, pese a lo que dije cuando irrumpiste en la librería exigiéndome todos mis secretos. Pero hay uno que todavía no te he contado.

Me aparta un mechón de cabello.

—Aurelia... sé que tu corazón ya estaba en otro lado, pero no puedo seguir callándome. Me enamoré de ti en cuanto te vi en Mabon. Intenté negarlo, pero tus ojos grises me fulminaron aquel día en la biblioteca; me arrancaste los secretos uno a uno, y supe que siempre serías tú.

Se me acelera el corazón y la magia brota desde dentro de mí hacia Nightly.

—Cuando te lanzaste contra aquellos manifestantes y te pedí que te marcharas —y te negaste—, pensé que eras temeraria, impulsiva, peligrosa...

pero no sabía que la verdadera amenaza para mí eras tú.

Puede que algún día logre renunciar a mi magia, pero sé que jamás podría renunciar a ti.

Sentí tu magia en Samhain. La tuya llama a la mía... y tú me llamas a mí.

Me acaricia la mejilla.

—Si no sientes lo mismo, lo entenderé. Sé que tienes algo con Crenshaw...

—No, ya no. Hace tiempo que no —le aseguro y subo un escalón, y luego otro, hasta quedar a su altura—. Tú, Jules Nightly, has echado raíces en mi corazón igual que aquellas rosas que creamos en Mabon.

Le subo la máscara. Él retira la mía, y la deja caer al suelo.

—Ahí estás —susurra con una sonrisa que me desarma por dentro.

No hay espacio entre nosotros cuando presiono mis labios contra los suyos, y la magia explota dentro de nosotros.

Mi mano se pierde en su cabello, la suya me aferra por la espalda, acercándome aún más.

Cuando nos separamos, mis labios ya lo buscan de nuevo.

Nuestros besos se vuelven más profundos, más urgentes, hasta que él me suelta la mano.

Trato de sujetarlo, pero en ese instante sus besos se interrumpen, su aliento se quiebra...

y lo veo caer hacia atrás. Todo parece ralentizarse cuando Nightly cierra los ojos y se desploma por las escaleras en espiral.

—¡Nightly! —grito.

No pienso. Actúo. Llevo la varita en la mano, y hago un conjuro: un lazo de magia vuela y se enreda en torno a Nightly.

Es un hechizo de levitación y noto de inmediato el esfuerzo: la magia secundaria que nos unía se desvanece deprisa, y no estoy segura de que mi magia primaria sea suficiente para evitar que muera estrellado contra el crómlech oculto.

Estamos a sólo unos pasos de la entrada. Extiendo el brazo y la puerta se abre. Veo la noche y los jardines al otro lado. Lanzo el lazo de magia con todas mis fuerzas, me tumbo sobre los escalones y Nightly vuela por encima de mi cabeza, cruzando la puerta.

Me pongo en pie de un salto y corro tras él, justo cuando cae al suelo con un brutal estruendo.

Corro hacia él; la puerta se cierra a nuestras espaldas.

Le paso la mano por la frente, bajo hasta la mejilla y le sujeto la mandíbula, le acaricio la barbilla y los labios con el pulgar. Esto lo ha provocado la magia que llevo dentro. Mi magia maldita casi lo mata.

Sus párpados tiemblan. Me inclino sobre él.

—¡Jules! Jules, soy yo, Aurelia. Despierta, por favor —susurro, sintiendo el peso de las lágrimas a punto de brotar.

Sus ojos parpadean una, dos veces, y luego se abren.

—Aurelia —balbucea.

Me toca la mejilla con una mano que arde.

—Vaya... tus besos son capaces de noquear a cualquiera —añade, y se me escapa una risa, aunque sé que no debería—. Pero a lo mejor otro beso me quitaría este dolor de cabeza, ¿no crees?

—No, no lo creo —respondo, aunque la tentación me quema por dentro.

Lo ayudo a levantarse. Apenas logra mantenerse en pie; le fallan las fuerzas y se derrumba de nuevo. He estado a punto de perderlo... justo en el momento en que me ha confesado lo que sentía por mí.

—Necesito que te pongas en pie. ¿Crees que puedes? —pregunto.

—Por ti, cualquier cosa —responde. Se incorpora, apoyándose en mi hombro para mantener el equilibrio.

Echamos a andar despacio por el sendero, el crujido de la gravilla bajo nuestros pies marca el paso. La última campanada de medianoche ha sonado ya hace rato, y hay varios seres mágicos sin sus hechizos de ilusión deambulando por los jardines, a la espera de sus carruajes.

—Lo siento muchísimo —murmuro.

—Nunca te disculpes —replica Nightly—. Pienso volver a besarte en cuanto deje de ver doble y pueda acertar con el par de labios correcto —añade, y sonríe avanzando a trompicones.

—No lo digo por los besos. Sino por mi magia... por la maldición.

—No vuelvas a disculparte por tu magia, Wycherley. Es parte de ti, y nadie debería pedir perdón por ser quien es.

Se detiene un momento y respira hondo.

Sé que está tratando de no vomitar.

—¡Ahí estáis! —oigo la voz de Vaughn, y suelto un gruñido.

Me giro enseguida para asegurarme de que la entrada al crómlech, bajo la tumba, haya quedado sellada.

—Nightly... eh, se ha caído y se ha golpeado la cabeza. Creo que necesita que lo curen —anuncio.

No espero que Vaughn me crea ni por un segundo.

—Me encuentro perfectamente, Wycherley —afirma Nightly, con la mandíbula tensa—. Estaba observando el cielo; esta noche hay una leve conjunción de planetas. Debo de haber perdido el equilibrio.

Finge contemplar el cielo, cubierto de nubes, y en ese momento me doy cuenta de que, a pesar de todos sus maravillosos dones, Jules Nightly es un pésimo mentiroso. Y eso me confirma que cada palabra que me ha dicho ha sido sincera. Me arden las mejillas.

—Sí, y yo salí a tomar el aire y me lo encontré ahí tirado en el suelo —añado y señalo hacia el lugar por el que Vaughn acaba de aparecer.

—¡Ya veo! —arremete Vaughn—. Todo esto debe de haber ocurrido muy deprisa, porque hace apenas unos minutos he pasado por aquí buscándote, Aurelia.

Le lanzo una mirada fulminante a mi hermano; sabe perfectamente que estamos mintiendo.

—Sí, ha sido todo muy rápido —comento, como de pasada—. Por cierto, ¿dónde está Constance?

Veo cómo se sonroja cuando con la mano le limpio un resto de carmín que lleva en la cara.

Confuso, carraspea y propone:

—¿Entramos?

Señala hacia el edificio de la escuela mágica, nos mira una vez más con desconfianza y echa a andar por delante.

Nightly logra llegar al salón antes de desplomarse de nuevo.

Un par de sanadores llegan de inmediato. Los reconozco, son los mismos que me atendieron en Mabon y otra vez en Samhain.

—¿Vosotros dos otra vez? —pregunta uno de los brujos, mirando de Nightly a mí—. ¿Va a haceros falta asistencia permanente durante todo lo que dure vuestro cortejo? —añade con cierta sorna.

—Así que se ha tropezado, ¿no? —interviene el otro y enarca una ceja.

Vaughn se acerca y me susurra al oído, justo cuando los sanadores se llevan a Nightly hacia la enfermería:

—Si ha tropezado con algo, ha sido contigo.

El rubor me sube a las mejillas.

Pero al verlo alejarse, sé con certeza que, por muy fuerte que sea lo que sentimos el uno por el otro, aunque nos lo permitieran, nunca podría forjar un vínculo con Jules.

Mi magia, día tras día, acabaría consumiéndolo.

Aun así, sé que un solo beso bastaría para que volviera a entregarle mi magia sin pensarlo.

De pie en medio del salón, me hago dos promesas: jamás volveré a hacer magia con Jules Nightly. Es demasiado arriesgado para él. Y jamás volveré a besarlo. Es demasiado arriesgado para mí.