Los Wycherley (Los Wycherley 1) Capítulo veintiuno #2
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Capítulo veintiuno #2

—¿Y tú? ¿Cómo pudiste despreciarme de esa manera?

—le espeto, y las plumas de mi vestido se erizan y parecen lanzar miradas acusadoras.

Se suman a las de las brujas y brujos del salón, que nos observan boquiabiertos mientras la música sigue sonando y nosotros permanecemos inmóviles—.

Éramos amigos, éramos... algo más. —Sebastian se estremece como si lo hubiera abofeteado.

—Eso fue antes de que te volvieras... antinatural, deforme, maldita.

Suelto una carcajada.

—¿De verdad piensas que eso es lo que soy?

—No lo pienso. Lo sé. Y ojalá nunca te hubiera pasado.

—Da un paso hacia mí y, en un tono apenas audible para los demás, murmura—: Tenía tantos planes para nosotros, Aurelia, tantas esperanzas.

Íbamos a formar una pareja poderosa. Pero lo cierto es que el consejo ni siquiera necesitaba prohibirte forjar un vínculo…

porque yo, y cualquier ser mágico aquí presente, preferiríamos perder la magia antes que unirla a una aberración como tú.

Por el cariño que una vez te tuve, no pienso humillarte revelando ante todos quién se esconde bajo ese disfraz con el que engañas a estas brujas y brujos de bien que no merecen tu mentira.

—Sebastian, sabes cómo funciona un baile de máscaras, ¿no? —replico. Me pregunto si alguna vez llegué a conocer al verdadero Sebastian, o si la versión que dejé entrar en mi corazón era una ilusión aún mayor que los disfraces que llevamos esta noche.

Doy un paso hacia él. No se mueve, pero mi rodilla sí, lo golpea de lleno en la entrepierna. Sebastian se encoge con un grito agudo de dolor. A nuestro alrededor estallan exclamaciones y risas de las figuras que nos observan.

Una sombra se alza tras él. Por un instante, espero ver a Vaughn con su disfraz de liebre o a Constance, majestuosa como un cisne negro, dispuesta a hechizar a Sebastian.

Pero no: es el cuervo. Las plumas le suben desde los pómulos y se mezclan con su cabello largo y oscuro, donde brotan en mechones desordenados.

Su nariz recuerda el pico de un ave, y sus ojos dorados brillan como el reflejo hechizado de mi propia melena.

—Muy bien hecho —me felicita Nightly al llegar a mi lado.

Luego se acerca al ciervo y, en un susurro lo bastante alto para que yo lo oiga, añade—: Crenshaw, si ya has terminado de comportarte como el rey de los asnos en lugar del noble ciervo que se supone que eres, me gustaría invitar a bailar a Wycherley.

Sebastian me mira, luego al cuervo, y después vuelve a mirarme, justo cuando Nightly se interpone entre nosotros y me rodea con un brazo alado. Me atrae hacia sí y me hace girar hasta dejarme de espaldas a Sebastian, sin apartar la mirada de él.

—Y, Crenshaw, si alguna vez vuelves a hacerle algo así, te retaré a un duelo. Y perderás. Todos sabemos lo torpe que eres para casi todo, sobre todo para los buenos modales y la magia.

Con un movimiento ágil, Nightly me aleja de Sebastian y empezamos a bailar.

El vaivén de la música se adapta a nuestros pasos, no al revés.

Me guía por la sala sin hablar, y, al detenerse la música, sigue sujetándome con fuerza.

Bailamos otra pieza igual: giramos, nos dejamos llevar en silencio, sin necesidad de palabras.

Cada vez estoy más segura: me he enamorado perdidamente de Jules Nightly.

—Gracias, Nightly —murmuro hacia el final del tercer baile, alzando la vista hacia sus ojos dorados.

—No hay de qué. Crenshaw no es más que un oportunista; estás mucho mejor sin él. Sé que tú... sentías algo por él, pero mereces mucho más.

—Lo sé. Es terrible entregar el corazón a alguien que ni siquiera se da cuenta de que estás ahí.

—Estoy de acuerdo —responde. Me pregunto si Nightly ha entregado a alguien antes su corazón, o si alguna vez lo han rechazado, y me asalta un ataque de celos tan irracional como inevitable.

—Gracias por venir en mi ayuda. ¿Cómo supiste que era yo? —pregunto.

—Aurelia, no necesitabas ninguna ayuda. ¿Y cómo ibas a ser otra? Reconocería tu manera de caminar, cómo aprietas los puños cuando estás nerviosa o juntas los labios cuando te emocionas. —Nightly alza la mano y pasa el pulgar por mis labios, y siento un delicioso vuelco en el estómago.

—No es verdad —digo, soltando una risa.

—Sí lo es.

El estómago se me encoge de nuevo al pensar en sus labios y en los míos, al recordar cuánto deseé que me besara en la biblioteca... y cómo se negó.

—Bueno, tú aprietas la mandíbula cuando algo te irrita —comento—, y casi siempre hay algo que te irrita.

Y cuando te enfadas, las aletas de tu nariz se dilatan.

Y cuando algo te absorbe, te concentras tanto en ello que te olvidas de todo lo demás.

«Pero en ese momento estás quieto y sereno, y alcanzo a ver algo íntimo, algo que, estoy segura, no querías mostrar», me digo a mí misma.

Se ríe, y esa risa resuena en todo mi ser.

—Me alegra que nos conozcamos tan bien —observa justo cuando la música se detiene. Se aparta de mí para hacer una reverencia, y yo reprimo el impulso de sujetarlo y atraerlo de nuevo hacia mí antes de corresponderle con una inclinación. Luego se me acerca y me susurra al oído:

—Te esperaré bajo la torre del reloj dentro de media hora. Y, como te preocupaba no reconocerme, seré el que vaya disfrazado de cuervo.

Después se aleja a grandes zancadas entre la multitud de seres mágicos, desapareciendo en las sombras.