Los Wycherley (Los Wycherley 1) Capítulo veintiuno
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Capítulo veintiuno

Veintiuno

M i vestido es una explosión perfecta de color: verdes esmeralda, púrpuras intensos y azules reales. Cada pluma de pavo real bordada en la falda está perfilada con hilo dorado que se enrosca con delicadeza por el corpiño, las mangas y la falda.

Después de hablar con Vaughn, me siento un poco como una impostora.

Me sorprende darme cuenta de cuánto me identifico ya con esta versión de mí misma marcada por la maldición, con mi cabello blanco y mis ojos de color gris tormenta.

Sin embargo, esta noche, sólo por una noche, voy a ser simplemente yo.

Nadie me mirará pensando en la maldición; sólo verán a un hermoso pavo real, y pienso disfrutarlo al máximo.

Cuando Vaughn y yo nos acercamos a la escuela, conjuro mi hechizo de ilusión.

Cambio el color de mi pelo hasta que brilla del mismo dorado que el hilo de mi vestido, y mis ojos se tornan de un azul que jamás han tenido en la vida real: resplandecen como topacios tras una máscara dorada, ribeteada con pequeñas plumas iridiscentes.

Llevo más plumas en el pelo y, sobre la cabeza, una pequeña corona estilizada, parecida a la cresta de un pavo real, de oro brillante y adornada con esmeraldas y zafiros.

Vaughn va disfrazado de liebre; sus largas orejas, que asoman entre su cabello castaño, rozan el techo del carruaje.

Mi máscara es todo oro y plumas; la suya, en cambio, es todo pelaje, en los mismos tonos beige y marrón suave que adornan su traje bordado con hilo dorado.

Al fijarme mejor, descubro un patrón intrincado de liebres, haces de trigo, hojas de roble y bellotas. Es una auténtica obra de magia.

—Recuerda: no entres conmigo al baile, y resiste las ganas de bailar conmigo cuando empiece —le advierto—. Estaré bien. —En parte porque sé que así será, y también porque, cuando Nightly y yo nos escabullamos del baile, no quiero que mi hermano note que he desaparecido.

—No voy a bailar contigo, Aurelia. Estaré demasiado ocupado pasándolo bien como para preocuparme por ti. Además, estoy seguro de que Nightly no va a dejar que nadie se te acerque. —Y, por primera vez, su voz no suena amarga al mencionar a Jules.

Desciendo del carruaje y me subo la capucha de la capa azul pavo real. Una corriente de seres mágicos disfrazados avanza por el camino, iluminado por antorchas, en dirección a Neoards. Me mezclo con ellos, apartándome de Vaughn sin llamar la atención.

La emoción nerviosa crece en mí, no sólo por las festividades de la noche, sino también por los delitos que estamos a punto de cometer.

Recorro con la vista el contorno de la escuela mágica mientras me acerco a la entrada sur.

Siento que la conozco como la palma de mi mano después de haber repasado todos los planos, mapas y dibujos con Nightly.

Sé cómo está distribuida cada ala, el nombre de cada sala y adónde conduce cada pasillo.

La avenida por la que avanzo lleva directamente al vestíbulo, en el centro del ala sur.

A mi derecha, el observatorio astronómico corona el ala este.

En el ala oeste se alza la torre del reloj, y, a su izquierda, el gran salón, con su techo de triple altura y sus vidrieras de colores.

El aire vibra con la magia y la emoción de las voces que llenan el ambiente.

Si me concentro, escucho la melodía de un cuarteto de cuerda apostado al comienzo de la avenida.

Cruzo las puertas y, ya dentro, me quito la capa y se la entrego al personal de recepción.

Me siento magnífica y audaz, con una libertad que nunca antes había experimentado.

Podría ser cualquiera, pero elijo ser yo.

Echo un vistazo al gran reloj del vestíbulo y me doy cuenta de que aún faltan horas para reunirme con Nightly. Quiero aprovechar ese tiempo para resarcirme de todos los bailes que me he perdido esta temporada.

Me uno a la fila de figuras disfrazadas que avanza hacia el salón de baile.

Hay una mezcla curiosa de animales: distingo una urraca junto a un zorro, un gato montés con una cierva.

El aire está cargado de hechizos de ilusión, y la noche desprende una energía libre y vibrante, con un matiz de peligro que nunca antes había sentido.

Me enderezo y entro con paso firme en el salón.

Paso junto a un búho pardo y una rana verde escamoso.

Ambos me siguen con la mirada, y entonces comprendo de verdad el término «pavonearse»: eso es exactamente lo que estoy haciendo.

El primero en sacarme a bailar es la rana, y enseguida sé que no es Nightly. Nos lanzamos a la pista; baila bien, pero su conversación es de lo más tediosa.

Mi siguiente pareja es una bruja vestida de luciérnaga. Me contagia su energía alegre, y charlamos de mil cosas mientras nos deslizamos por el salón. Le pregunto cómo ha conseguido que la parte trasera de su vestido brille.

—Oh, sólo brilla si me gusta la bruja con la que estoy bailando —responde, alzando una ceja. Me sorprendo mirando sus labios carnosos justo cuando noto que se me sonrojan las mejillas.

Se acerca una bruja con un precioso vestido rosa, le dedico una sonrisa cortés y empezamos a bailar.

Sus rizos negros están recogidos en lo alto de la cabeza, cubiertos de capullos de rosa, y, al girar, algunos se abren en flor.

Lleva media cara oculta tras una delicada máscara de pétalos de rosa.

La parte superior de su vestido es verde brillante; la inferior está hecha de los mismos pétalos frágiles en todos los tonos de rosa que he visto en mi vida.

Al poco tiempo me doy cuenta de que no son pétalos, sino mariposas, y, a medida que el vestido se despliega, algunas alzan el vuelo para volver a posarse de nuevo.

Es deslumbrante, y disfruto de ese leve cosquilleo de magia que siento cada vez que la atraigo hacia mí.

Sin embargo, sé que, si supiera quién soy en realidad, no me tocaría ni con un palo.

El anonimato que me ofrece el baile me provoca un cosquilleo de emoción, y, de pronto, me entran ganas de bailar toda la noche, con todo el mundo.

Aun así, me obligo a no perder de vista el reloj.

Esta parte de la noche puede ser divertida, pero lo que de verdad importa es que Nightly y yo consigamos llegar hasta la tumba de Heston.

Cuando la música se detiene, hago una reverencia y me disculpo. Me acerco a una ventana para mirar el reloj. Aún queda bastante tiempo, pero no quiero llegar tarde a mi cita con Nightly.

Esperaba que, a pesar de los disfraces y los hechizos de ilusión, lograra reconocerlo; él estaba convencido de que sabría encontrarme.

Entonces recuerdo la esfera de color violeta y blanco que cayó sobre mí en Samhain y me pregunto si podría usar la magia para localizar a Nightly.

Un escalofrío de emoción me recorre al darme cuenta de que, precisamente, eso es lo que simboliza Yule: un momento para mirar dentro de otra persona, para sentir su magia, para llegar hasta su corazón.

Cierro los ojos y me concentro en la esencia de la magia que había en la esfera, la misma que fluía entre nosotros cuando hicimos brotar las flores, cuando transformamos la cartera de documentos, cuando luchamos juntos en duelo.

Recurro a mis sentidos mágicos y a las vibraciones del entorno para tratar de encontrarlo.

Al abrir los ojos, veo a un brujo disfrazado de cuervo, vestido completamente de negro. Me está mirando, igual que yo a él, y siento la tensión en el aire, como si un hilo invisible tirara de nosotros.

Cuando la música vuelve a sonar, avanzo con paso decidido hacia el cuervo, justo cuando él también se dirige hacia mí. Por la manera en que se me acelera el corazón y se agita la magia en mi interior, sé que es Nightly.

Pero antes de que pueda alcanzarme, un brujo con cabeza de ciervo se interpone y me arrastra a la pista de baile. El ciervo me hace girar y, al volver la cabeza, veo a Nightly en el borde de la pista, con la mirada fija en nosotros.

—Pero… yo... —balbuceo y entonces me doy cuenta de quién es. Sebastian no se ha esforzado en disimular su aspecto: su máscara apenas consiste en un puñado de pelos, y su hechizo de ilusión no va más allá de unas magníficas astas.

Nos movemos al mismo ritmo, igual que antaño, cuando nuestros pensamientos y deseos solían también estar acompasados. No hablo; en lugar de eso, miro a Nightly y deseo estar entre sus brazos.

—¿Vamos a bailar en silencio? —pregunta Sebastian.

—Creo que se aprende mucho de una pareja observándola —respondo. Él sonríe, y siento como si me clavaran una daga.

—Siempre he pensado que prefiero ir de frente —señala Sebastian.

—Sí, supongo que es tu estilo —afirmo.

Sebastian nunca ha sido un brujo imaginativo ni dado a pensamientos profundos. Prefiere las certezas. Y yo sé bien cuál sería, en este caso: si supiera quién soy, no querría ni rozarme.

—Pero noto que a ti te gusta un poco más el misterio —añade, haciéndome girar para separarnos y reencontrarnos enseguida.

—Es cierto; soy curiosa... ¿acaso no lo somos todas las aves? —sugiero, clavando los ojos en el cuervo que tiene detrás.

—Un pavo real, claro... despliega su plumaje cuando se siente amenazado. Quizá tu silencio sea tu forma de intentar intimidarme.

—En absoluto —me sale sin pensar—. Es sólo que no sé qué decirte, ni cómo explicarte lo que siento.

—De momento te estás expresando bastante bien —responde con esa sonrisa encantadora que en su día me derretía el corazón. Ahora sólo me da pena.

—Supongo que sí. —Nos separamos una vez más en la danza. Cuando volvemos a encontrarnos, nos miramos, y hay algo en su mirada que, en otro tiempo, me habría hecho ilusionarme.

—Te he echado de menos, Sebastian. Pero he pasado página: he dejado atrás lo nuestro, nuestra amistad, nuestro amor.

Él se detiene en seco, da un paso atrás, y me aparta de un empujón.

—Muy mal, Aurelia —susurra entre dientes—. Me has engañado. ¿Cómo has podido?