Los Wycherley (Los Wycherley 1) Capítulo veinte
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Capítulo veinte

Veinte

M i sabbat favorito siempre ha sido Yule.

No sólo por los regalos, aunque, cuando era pequeña, es probable que ésa fuera la razón principal.

Lo mejor es que estamos todos juntos, ése es el verdadero sentido de la celebración.

Y desde que murió papá, también se ha convertido en un momento para recordarlo. Le encantaba esta festividad.

Echo de menos a mi padre todos los Yule, pero este año es distinto. Lo siento cerca, y sé que se debe a que he visto a Jonathan. No consigo sacarme de la cabeza la imagen de él conjurando un hechizo, y de lo perturbadora que me resultó su magia.

—¡Aurelia! —me llama Vaughn desde abajo, y dejo a un lado mis cavilaciones para reunirme con él, con mi madre y con Frances.

Nos damos los regalos. A Frances le entrego una novela de uno de sus autores favoritos, y a mamá un nuevo equipo de alquimia; ya no tienen tanto tiempo como antes para preparar pociones o para leer, pero confío en que encuentren algún rato para relajarse y disfrutar de lo que más les gusta.

A Vaughn le regalo un ejemplar de Escribir desde el corazón y un juego de sobres y su papel de carta, y me responde con una mirada mezcla de diversión y apuro.

Cuando terminamos de repartir los regalos, nos sentamos a la mesa. Está llena de fuentes con nuestras comidas favoritas, y en mi plato se va acumulando una mezcla de sabores que, en cualquier otro momento, nunca combinaría.

—Ayer, cuando Constance y yo estábamos de compras…

me pareció ver a Jonathan —comento, intentando sonar de lo más natural.

Sé que mi familia querrá saberlo, que es algo importante, pero después de haberlo visto hacer magia, no estoy del todo segura de querer precisar.

Decido callarme esa parte y limitarme a contar, como de pasada, que lo vi.

—¿De verdad? —pregunta Vaughn, deja el cuchillo y el tenedor sobre el plato y me lanza una mirada intensa. Noto que mamá y Frances evitan mirarse. Mamá también ha dejado los cubiertos, aunque de forma menos abrupta, y Frances se ha quedado paralizada, con la boca llena de patatas dauphinoise .

—¿No estaba en Italia o algo así? —añade Vaughn.

Me concentro en cortar el pequeño pastel de hojaldre que tengo en el plato.

—Estoy segura de que era él —respondo.

—¿Adónde se dirigía? —pregunta mamá, llevándose la copa de vino a los labios. Es una pregunta extraña: no ha preguntado si estaba bien o si hablé con él. Su voz suena fría, y enseguida comprendo que hay algo que no encaja.

Me encojo de hombros, fingiendo que no tiene importancia.

—Iba hacia la librería de Mason. Traté de seguirlo, pero como era la víspera de Yule, las calles estaban abarrotadas. Lo perdí de vista.

Mi madre apura la copa y se sirve otra vez del decantador.

—¿Iba con alguien?

—No.

Debería contarles todo a mamá y a Frances: con quién iba, lo de la puerta y la magia. Pero ellas también me ocultan algo. Sólo hay una persona a la que pienso contárselo todo, y no está en esta mesa.

—Te habrás confundido, Aurelia —acierta por fin a decir mi madre—. Con las calles tan concurridas por Yule. Aunque, estaría muy bien volver a ver a Jonathan. Llevamos un tiempo tratando de averiguar su paradero. —Lanza una mirada a Frances.

—¿Entonces nadie sabe dónde está? —pregunto—. ¿Ni siquiera Kit?

—Lo dudo mucho. Estoy segura de que tú y Vaughn conocéis a Jonathan mejor que su propio hijo.

Y con eso, mamá cambia de tema con firmeza:

—¿Tenéis todo preparado para el baile de máscaras?

Seguimos comiendo y charlamos de cosas sin importancia, pero por dentro estoy descolocada, como si el mundo girase demasiado deprisa.

Nunca he tenido motivos para desconfiar de mamá ni de Frances, pero ahora sé que ocultan algo.

Algo relacionado con Jonathan. Y tengo el presentimiento de que también tiene que ver con mi padre.

Anochece cuando por fin terminamos el banquete, y subo a mi cuarto con mis regalos: un kit para el cuidado de escobas de parte de Frances, un libro sobre hierbas comunes y cómo preparar pociones con ellas que me ha dado Vaughn, y una capa blanca de invierno que me ha regalado mamá.

Los dejo todos sobre la cama, junto al regalo de Constance: una bola de nieve con una mini-Constance y una mini-Aurelia dentro, que danzan entre copos cuando la agitas.

Vaughn también ha recibido un regalo de Constance, pero no ha querido decirnos qué era.

Yo tenía otro regalo, pero en cuanto lo he visto, me lo he metido en el bolsillo. Ahora que estoy sola, lo saco. Es una cajita roja y lleva prendida una tarjetita:

Para Aurelia:

Espero que las rosas que creamos juntos en la Academia se mantengan hermosas durante años, pero aquí tienes un recuerdo de ellas que durará toda una vida, como mi admiración por ti.

Feliz Yule,

Jules

El corazón me late con fuerza al leer esas palabras, y desearía que fueran ciertas. Pienso en cómo me miró en la biblioteca justo antes de que se cerrara la puerta, y me aferro a la idea de que él también siente algo por mí.

Paso los dedos por la tapa de la caja y la abro con cuidado. Dentro hay una preciosa cadena dorada, larga, formada por rosas enlazadas con delicadas hojas. Me la pongo enseguida, notando cómo se acomoda cerca de mi corazón.

El vestido cuelga de la puerta del armario, y me lo pongo antes de empezar a conjurar el hechizo de ilusión.

Sólo se pueden usar estos hechizos con un permiso especial o en ocasiones concretas como ésta.

Quienes desobedecen las leyes mágicas que los regulan se arriesgan a castigos muy severos.

Cierro los ojos y me concentro en la imagen que quiero proyectar; en la ilusión que deseo mostrar al mundo.

Siento cómo la varita se desliza hasta mi mano, y una calidez me recorre el cuerpo al empezar a ejecutar los movimientos del hechizo.

Cuando abro los ojos y me miro en el espejo, soy yo... pero no la de ahora, sino la que fui.

Mi pelo es castaño y mis ojos, de color avellana con reflejos de ceniza.

Me miro en el espejo y giro la cabeza de un lado a otro.

Esta es la chica que desapareció cuando llegó mi magia.

Pero no siento lo que creía que sentiría —alegría, satisfacción—; en su lugar, me doy cuenta de que ya no soy esta Aurelia, y tampoco quiero volver a serlo.

No voy a llevar este hechizo de ilusión al baile; esta noche usaré otro más acorde con mi personaje de pavo real.

Aun así, decido conservarlo un rato más.

Nunca me había despedido del todo de esta versión de mí misma, y ahora me tomo mi tiempo para hacerlo: para reconocer quién fui y aceptar que esa parte de mí se ha desvanecido.

Doy una vuelta sobre mí misma y, al hacerlo, Ankoth se sobresalta, retrocede a toda prisa, se da un golpetazo contra el escritorio que hay junto a la ventana y se esconde debajo.

Llaman a la puerta.

—¿Aurelia, estás bien? —pregunta Vaughn desde el otro lado.

—Estoy... estoy bien. Es la escoba —respondo y trato de que salga de ahí abajo—. Pasa —añado. Ankoth sigue bajo el escritorio y me pongo de pie para recibir a Vaughn.

—Vaya —comenta Vaughn, y se queda paralizado durante un instante en el umbral—. Casi había olvidado tu anterior aspecto. Tu hechizo de ilusión está muy logrado. ¿Vas a llevarlo toda la noche?

—Sólo quería recordar cómo era antes. Quién era yo —le confieso.

Él niega con la cabeza.

—Es... extraño verte así. Me he acostumbrado tanto a la que eres ahora, que no parece que esté mirándote a ti.

Dejo que el hechizo se desvanezca, y Vaughn sonríe.

—Ésa sí que eres tú —asegura. Estoy totalmente de acuerdo. Ankoth también lo cree, por lo visto, porque sale de debajo del escritorio y se acerca flotando, como para asegurarse de que sigo siendo yo.

Vaughn saca su reloj de bolsillo.

—Aún falta un poco para que llegue el carruaje, lo cual me viene bien, porque quería hablar contigo.

—¿Conmigo?

—Sí —responde, y parece algo nervioso—. Verás, yo... últimamente he llegado a encariñarme... quiero decir, ¿te acuerdas de niños, que la abuela Le Fay tenía un gato?

—Chester.

—Sí, Chester. Me daba miedo, siempre me perseguía y me arañaba.

Pero luego, a medida que crecimos —él y yo—, nos empezamos a llevar mejor.

Venía a buscarme y se acurrucaba en mi regazo para dormir.

Y cuando murió, no paré de llorar, porque con el tiempo llegué a encariñarme muchísimo de Chester... incluso a quererlo.

Suelta todo esto del tirón.

—Sí... —respondo, sin saber muy bien adónde quiere ir a parar.

—Pues últimamente me pasa algo parecido. Una especie de evolución lenta de los sentimientos, algo de lo que no me había dado cuenta hasta hace poco.

—Pero Vaughn, la abuela Le Fay ya no tiene gato.

—No un gato, Aurelia. Constance. Me he ido encariñando de Constance Prior.

—Ah, Constance —menciono, y le dedico una sonrisa.

—Esto me está saliendo muy mal. Se me dan fatal estas cosas —se levanta y empieza a pasear de un lado a otro—. Me gusta Constance —confiesa por fin.

—Ya lo sé.

—No, es más... creo que la amo. No, lo sé.

Sé que la amo. Siempre me ha caído bien como amiga...

salvo ese verano, hace un par de años, cuando recibí mi magia y vosotras dos os pusisteis especialmente insoportables.

Pero ése no es el tema. El caso es que me gusta más que como amiga; me gusta como las plantas quieren al sol.

Me descubro girando hacia ella, creciendo en su dirección.

Y cuando no está, me siento apagado, vacío, casi sin aire.

Quiero crecer a su lado, y ayudarla a ella a crecer junto a mí.

Quiero ser su sol también. Amo a Constance Prior.

Me acerco y abrazo fuerte a Vaughn.

—Lo sé —repito.

—¿Lo… lo sabes? —me mira sorprendido, como si de verdad pensara que había logrado disimular bien sus intenciones y sus sentimientos.

Me aparto un poco y lo sujeto por los hombros, manteniéndolo a distancia.

—¿Por qué crees que te regalé ese libro por Yule?

—Me sorprendió, la verdad, pero después de lo del gato... tiene sentido.

—Bueno, en realidad es más un regalo para Constance que para ti. ¡Utilízalo para contarle lo que sientes!

—Entonces, ¿te parece buena idea que Constance Prior y yo forjemos un vínculo?

—Vaughn, os quiero a los dos. Y creo que deberías proponérselo. Esta noche. Dile exactamente lo que sientes.

—¿Y si no siente lo mismo?

—¿Tú crees que no?

Sonríe de oreja a oreja y sacude la cabeza.

—No, no… creo que sí, que siente lo mismo.

—Entonces, díselo. Tal y como me lo has dicho a mí. Bueno, sin la parte del gato. Pero el resto, sí. Muéstrale quién eres y lo que sientes.

—Lo haré —me abraza con fuerza y se dirige hacia la puerta. Pero se detiene y se vuelve hacia mí—. Y tú deberías hacer lo mismo, Aurelia. Ha sido bonito ver esa vieja versión de ti, pero ya no eres ésa.

Entonces me doy cuenta: llevo días dando consejos a Vaughn y a Constance sobre ser fieles a sí mismos, mientras que yo he estado evitando aceptar quién soy. ¡Qué fastidio cuando tu hermano mayor tiene razón!