Capítulo diecinueve
Diecinueve
L a víspera del Baile de Yule, no me quito de la cabeza todo lo que está en juego.
Si nuestro plan funciona, quizás logremos algunas de las respuestas que necesitamos.
Como mínimo, espero que consigamos añadir más símbolos a las tres runas que he descubierto hasta ahora.
Si logramos descifrarlas, entender su significado…
tal vez nos ayuden a conseguir un remedio para el vínculo mágico.
Estoy sentada muy cerca de Nightly en la Sección Restringida de la biblioteca; revisando nuestras notas y planeando el mejor momento y la forma de escabullirnos del baile para investigar la tumba.
Tenemos desplegado sobre la mesa un plano moderno de la escuela mágica y en él vamos trazando las mejores rutas desde el gran salón hasta el patio central del Círculo.
Gracias a su primo, Nightly ha conseguido averiguar dónde estarán ubicadas las personas encargadas de supervisar el baile y qué salidas permanecerán abiertas.
Para complicarlo aún más, insiste en que salgamos por separado.
He encontrado el vestido perfecto. Evelyn y Constance me ayudaron a elegirlo, y estoy deseando ponérmelo y disfrutar de la parte de la noche que no implica delito alguno, perderme en la magia de fingir que soy otra.
Aunque en realidad, después de meses fingiendo con Nightly, sé que cuando estoy con él...
soy más yo misma que nunca. Salvo esa parte que no se atreve a confesarle lo que empiezo a sentir por él.
—¿Y cómo vas a saber que soy yo? —le pregunto—. Es un baile de máscaras.
—Aurelia, te reconocería en un mar de seres mágicos.
—Bueno, ¿y yo cómo sabré que eres tú?
—Oh, lo sabrás —responde con esa voz grave que me revuelve por dentro.
—Pero llevaremos hechizos de ilusión —añado, incómoda con el mío, que todavía no he logrado perfeccionar a pesar de las clases extra de la Academia.
Kit Thorne y Cora Stewart han sido muy concienzudos, pero no puedo evitar sentirme como una traidora cada vez que me ayudan.
Les pedí a Russo y a Platz que me asignaran a otros instructores, pero no lo vieron necesario.
Al fin y al cabo, el duelo no era conmigo, sino con Nightly, y según ellos, acceder a mi petición sentaría un precedente que no estaban dispuestos a consentir.
—Todos iremos disfrazados con hechizos de ilusión. Al menos hasta la medianoche. Mira, si de verdad no logras encontrarme, te esperaré en el patio central, bajo la torre del reloj, a las once en punto —sugiere Nightly, señalando el lugar en el mapa.
—Pero ¿y si…?
—Wycherley, no voy a revelarte de qué iré disfrazado; es parte de la diversión de Yule. La idea es que te guíes por lo que sientes, no por lo que ves.
Miro a mi alrededor y bajo la voz.
—Lo sé, pero un allanamiento y un posible robo resultan un poco más complicados si no reconoces a tu cómplice.
Él sonríe.
—Me encantan nuestras actividades de pareja: falsificación, sobornos, extorsión, allanamiento…
Le doy un codazo y luego me inclino hacia él para susurrarle:
—Te has olvidado del «robo».
—Ah, cierto. Aunque quizás no haya nada que robar. En realidad, lo único que nos llevaremos será información.
—Y la información no tiene precio —aseguro—. Pero ¿cómo vamos a entrar siquiera en ese cuadrante perdido?
—Confío en la magia. En tu magia, para ser exactos —responde con total sinceridad—.
Hasta ahora te ha guiado en la dirección correcta; te trajo hasta mí, al fin y al cabo.
Si hay algo de cierto en la historia del cuadrante perdido, tengo la sensación de que Heston Nightly nos mostrará el camino.
Además, me gusta pensar que, si fueron un Nightly y una Wycherley quienes lo construyeron, quizás un Nightly y una Wycherley sean quienes lo recuperen. Y a saber qué secretos contendrá.
No quiero hacerme ilusiones, pero hay algo emocionante en todo esto... como si estuviéramos a punto de hacer algo audaz y legendario, como las brujas y brujos de la Primera Era.
El reloj de la biblioteca da la hora y empiezo a recoger mis cosas.
—He quedado con Constance. Le han entrado los nervios de última hora por el vestido y la máscara, así que volvemos a la boutique.
—Vais un poco tarde... Yule es mañana.
—Constance necesita que todo sea perfecto.
—¿Para Vaughn? —sugiere Nightly, alzando una ceja.
—Ah, ¿tú también lo has notado? —concedo con una sonrisa.
Saco un paquete largo y estrecho del bolsillo interior de mi capa. Me quedo un instante con él en la mano, dudando. Nightly lo observa: está envuelto con esmero, con un lazo rojo y una pequeña nota.
—Feliz Yule, Nightly —le digo y me inclino hasta que mis labios quedan a la altura de su oído y bajo la voz—. Y que quede claro: esto no es parte de nuestra farsa. Esto es porque me da la gana hacerte un regalo.
Me mira. La nuez de su garganta sube y baja cuando traga saliva. Sus ojos se clavan en los míos y noto dentro de mí un fuego que sé que es peligroso y capaz de atravesarme por completo.
—Yo... no sabía que nosotros...
—Sólo quería regalarte algo para darte las gracias.
Se pone en pie. Está tan cerca de mí. Demasiado cerca.
—Pero yo no he...
—No importa. Pero si de verdad quieres obsequiarme de alguna manera, baila conmigo en Yule.
—Ya pensaba hacerlo —responde.
Recuerdo cómo bailamos en la fiesta de los Prior-Okore. Aquél fue un encuentro lleno de torpeza y tensión. Esta vez también habrá tensión, pero de otro tipo. Torpeza, no.
—Tengo que irme —musito.
Nightly me quita la capa de las manos y me la coloca sobre los hombros.
Luego, con una mano, me levanta el mentón y se inclina hacia mí, y ese cabello suyo demasiado largo le cae por un lado de la cara.
Se me corta la respiración cuando me cierra el broche a la altura de la garganta sin apartar los ojos de los míos.
La puerta de la Sección Restringida se abre de golpe y entra alguien.
Me giro, rompiendo la magia del momento.
Me apresuro hacia la salida y, al llegar, me doy la vuelta.
Nightly sostiene en la mano la caja de colores brillantes.
La abre y mira la pluma de fénix que hay en su interior.
El dependiente me aseguró que era auténtica, que nunca se rompería, que no necesitaría afilarse, y que el lustre de su plumaje rojo dorado jamás se apagaría.
Nightly levanta la mirada, y por un instante me planteo regresar a su lado, a ese momento que acabamos de compartir. Pero para él, todo esto no es más que un montaje, ¿verdad? Esa mirada que me lanza ahora mismo sólo es una artimaña muy bien ejecutada. Tanto que me acelera el corazón.
Las calles de la zona alta bullen de actividad con seres mágicos que hacen los últimos preparativos para Yule. El viento de principios de invierno me enfría las mejillas encendidas, que siguen sonrojadas cuando llego donde me espera Constance.
—¿Llevas mucho esperando? —le pregunto.
—No… ¿acaso te ha retenido Nightly? —suelta con una sonrisita burlona.
—Algo así.
Pasamos por tres boutiques y acabamos volviendo a la primera, donde Constance se compra un vestido nuevo y una máscara. No es muy distinto del que ya tiene en su armario, salvo por el color. Éste es blanco, lleno de plumas esponjosas.
—Estás preciosa con él. Pero también lo estabas con el negro —añado. Era un vestido ajustado, negro, con un brillo de plumas que centelleaban a cada movimiento, como ondas sobre el agua.
—¿Seguro que me queda bien? —duda, preocupada—. Necesito estar perfecta.
Me detengo y me giro hacia ella.
—¿Perfecta para quién, Constance?
Se revuelve, incómoda.
—Si es para ti misma, entonces lo apoyo al cien por cien —continúo—.
Pero si es para otro ser mágico, voy a cuestionártelo.
Y si es para Vaughn, entonces tengo que decirte que aunque llevaras el peor vestido de tus hermanas, el más horroroso y pasado de moda, incluso uno que pareciese un cisne muerto, él seguiría colado por ti.
Constance se pone como un tomate.
—¿Cómo lo sabes?
—Por favor —respondo con una sonrisa—, si se os cae la baba a los dos desde Mabon.
—¿Y no me habías dicho nada? —exclama ella, con los ojos muy abiertos.
—Tú tampoco.
—Yo… no quería arriesgarme, no por Vaughn… sino por ti… Tú eres mi amiga más antigua y más querida. Te quiero más que a la mayoría de mis hermanas, y me conoces mejor que nadie en el mundo. No soportaría que esto se interpusiera entre nosotras.
Le agarro la mano a Constance con fuerza.
—Te lo juro: no habrá bruja, ni brujo —y mucho menos mi hermano— que se interponga jamás entre nosotras.
Estoy feliz por ti, y por Vaughn, aunque me da la sensación de que en esto él sale ganando.
Te quiero, Constance. Y si al final tú y Vaughn decidís emparejaros, eso sólo hará que estemos aún más unidas.
Ella me rodea con los brazos y nos abrazamos largo rato.
Después me sonríe, tímida.
—¿Ha dicho algo de mí? ¿Te ha contado cuáles son sus intenciones?
—No más que tú. Ninguno de los dos soltáis prenda, pero se os nota en todo.
Os quiero a los dos y me alegra que estéis empezando a forjar un vínculo.
Pero, Constance, ese vínculo nace de lo que tú eres.
Eso es lo que atrae a Vaughn, igual que tú te sientes atraída por lo que él es. Así que no intentes cambiar por él.
—Ay, Aurelia, tienes razón. He cometido un error terrible.
Da media vuelta y echa a correr hacia la tienda, con las bolsas dando tumbos a su lado.
—Tengo que devolverlo todo.
La sigo por el callejón mientras corre de vuelta a la modista.
Al pasar por delante de Los Libros Mágicos, la librería de Mason, veo a Kit Thorne saliendo por la puerta, seguido de dos seres mágicos mayores.
Me detengo en seco al otro lado de la calle y me quedo mirando cómo los tres se despiden.
A uno no lo había visto nunca, pero al otro lo reconocería en cualquier parte: Jonathan Reid, el vínculo de mi padre.
Me deja helada verlo después de tantos años.
No tenía ni idea de que había vuelto a Londres —ni siquiera a Britania.
Mamá me dijo que se había ido a Italia poco después de la muerte de papá y no habíamos vuelto a saber de él desde entonces.
Incluso Kit había dicho que no sabía dónde estaba su padre.
Y sin embargo ahí están: juntos, reconciliados.
Observo cómo Kit se marcha con la otra figura desconocida y Jonathan toma el camino opuesto. Echo un vistazo por encima del hombro hacia el escaparate de la tienda, donde Constance charla animadamente con la modista.
Vuelvo a girarme justo a tiempo para ver cómo Jonathan se aleja calle abajo, y me invade el pánico ante la idea de que desaparezca otra vez. No puedo dejar que se vaya así, sin más. No sin saludarlo. No sin decirle cuánto lo he echado de menos.
El corazón me late con fuerza. Cruzo la calle a toda prisa y me abro paso entre la muchedumbre de compradores de última hora, tratando de no perderlo de vista.
Él se vuelve un par de veces, sus ojos se posan fugazmente sobre mí, pero no se detienen.
Le hago señas, pero no me ve. Caigo en la cuenta de cuánto he cambiado desde que era una niña hasta convertirme en la bruja que soy hoy…
Dudo que me reconociera, aunque me bajara la capucha y me plantara justo delante de sus narices.
Gira por un callejón y me abro paso tras él, disculpándome con un par de personas a las que aparto de un empujón.
Al doblar la esquina, me quedo atónita al ver a Jonathan Reid frente a una puerta lateral que conduce a la trastienda de la librería, usando su varita de pulsera para desactivar el hechizo protector de la entrada.
Veo cómo el arco alrededor de la puerta se ilumina con símbolos mágicos, luego la propia puerta emite un resplandor...
y se abre. Mi propia magia se altera, percibo la que él está usando, y tiene un matiz extraño, algo que no encaja, algo...
retorcido. Fue un brujo con vínculo, pero su pareja ya no existe.
Así que no debería tener poderes, su magia debería haberse extinguido cuando murió mi padre.
Y sin embargo ahí está: ha lanzado un hechizo, ha abierto una puerta mágica.
Veo que la atraviesa y que se cierra a su espalda. El resplandor desaparece.
Con las piernas temblorosas, avanzo sin la menor duda: el brujo que acabo de ver es Jonathan. Pero ¿cómo es posible? Ha hecho magia. Magia secundaria. Magia que, tras la muerte de mi padre, no debería tener. Me da vueltas la cabeza y me tambaleo de camino a la puerta.
Pruebo el picaporte. Está cerrado a cal y canto.
Recurro a mi propia magia primaria y lanzo un hechizo sencillo de apertura. Nada. Miro el arco que rodea la puerta, y ahí está: grabada en los ladrillos, una runa. Brilla en negro. Nightly tenía razón: la magia nos está guiando. Y me ha llevado, precisamente, hasta Jonathan.
Sin aliento, y a trompicones, vuelvo a la calle y me quedo pensando en las dos únicas posibilidades.
La primera la descarto al instante: sé con absoluta certeza que mi padre no está vivo.
Por lo tanto, Jonathan ha debido encontrar lo que Nightly y yo estamos buscando: ¡una forma de tener magia sin estar vinculado!
Aunque su magia… desprendía algo oscuro. Algo… maligno.