Capítulo dieciséis
DIECISÉIS
C onstance llega a primera hora de la mañana, con la invitación en la mano y las mejillas empapadas de lágrimas.
—¿Qué ocurre? —pregunto, mientras repaso mentalmente a toda velocidad mil posibilidades.
—Un pavo real —responde y agita su invitación en mi dirección—. Quieren que sea un pavo real.
—¡Pero eso está genial! A mí me ha tocado ir de cisne. Llevo toda la temporada vistiendo de blanco y ya tenía ganas de un cambio.
—Mi hermana Joy fue pavo real, así que cuando mi madre vea esto, me dará su vestido usado para que lo lleve yo.
Todo lo que me he puesto en esta temporada ha sido de alguna de mis hermanas y yo…
—se le quiebra la voz mientras se seca las lágrimas—.
Yo sólo quería sentirme especial, como si tuviera algo que fuera sólo mío.
Alza la mirada hacia mí.
—Sé que es una tontería, y sé que suena egoísta…
—No, no es ninguna tontería ni es egoísta.
Pero tengo dos preguntas para ti —añado con seriedad—.
¿Alguna de tus hermanas ha sido cisne alguna vez?
¿Y estarías dispuesta a arriesgarte a enfermar, perder el conocimiento y acabar con un dolor de cabeza espantoso… sólo por tener la oportunidad de serlo?
Pocos minutos después, estamos en la academia mágica de mi familia.
Tengo en la mano la carpeta con documentos que me dio Nightly y rebusco hasta encontrar dos hechizos que copié tiempo atrás.
Los había encontrado durante mis investigaciones y pensé que algún día podrían servirme…
aunque nunca imaginé que sería para esto.
Uno sirve para duplicar palabras escritas y el otro, para transformarlas.
Ambos son hechizos de transformación, y por tanto requieren magia secundaria.
—Cambiaremos nuestros nombres en las invitaciones. Así podrás enseñársela a tu madre sin que sospeche nada. Y además te harán un vestido nuevo.
El rostro de Constance se ilumina.
—Pero ya sabes lo que pasó la última vez que hicimos magia secundaria —le advierto.
—No creo que lo olvide fácilmente —se lamenta con gesto sombrío—. Pero si funciona, habrá valido la pena.
Empiezo a dibujar los símbolos con tiza en el suelo.
—¿Has hecho magia secundaria con alguien más? Me refiero a fuera de la Academia —pregunto.
Constance niega con la cabeza.
—Sólo con algunos otros seres mágicos de la Academia, hemos estado probando posibles emparejamientos. Algunos fueron un desastre, otros no estuvieron mal. ¿Y tú? —pregunta, y noto que se arrepiente en cuanto las palabras salen de su boca.
Desde que comenzó la temporada, Constance y yo no hemos hablado sobre parejas mágicas.
Hemos comentado la magia primaria que practicamos en la Academia, ese tipo de magia que una bruja puede hacer sola, hemos repasado las actividades de los sabbats, y hemos chismorreado sobre otras brujas y brujos que se han emparejado…
pero no hemos hablado de nuestras propias posibilidades, o de la falta de ellas, en mi caso.
Si no hablamos de que ella encontrará una pareja mágica y yo no, podemos seguir fingiendo, como cuando éramos niñas.
—Quiero decir, no te he visto por la Academia… salvo aquella vez con Nightly, claro —añade, intentando sonar despreocupada, restándole importancia, como si ése no fuera el verdadero propósito de toda esta temporada.
Siento una punzada de tristeza. No quiero que Constance crea que no debe contarme cosas por miedo a herirme… o a que yo la hiera a ella. En el fondo, las dos sabemos que Constance forjará un vínculo y seguirá adelante, y que yo no lo haré, por mucho que no queramos que sea así.
—Justo antes de Samhain, Russo obligó a varias brujas a hacer magia conmigo, y todas acabaron enfermas. Claire Millard estuvo inconsciente una semana. Las únicas brujas que han hecho magia secundaria conmigo por voluntad propia habéis sido tú… y Nightly. Y fíjate en lo que os pasó a los dos.
—Pero Nightly… está muy interesado en ti y en tu magia, si quieres que te diga la verdad —señala Constance, y me lanza una mirada y una sonrisa cómplice.
Frunzo un poco el ceño y niego con la cabeza.
Nunca le he contado a Constance lo del engaño entre Nightly y yo; sé perfectamente lo que pensaría si supiera cuáles son nuestras verdaderas motivaciones.
Que somos unos necios por buscar lo imposible…
y luego me tendría lástima. Y ya he recibido casi tanta lástima de mis compañeras como desprecio, y no aguantaría ninguna de las dos cosas si vinieran de Constance.
—No sólo es que nadie quiera compartir su magia conmigo, ni siquiera Nightly, es que nadie puede hacerlo, no sin atenerse a las consecuencias.
¿Te imaginas vivir con eso cada día? —Mi voz suena más dura de lo que me gustaría—.
Si Nightly y yo llegáramos a forjar un vínculo, cada acto de magia que realizáramos le haría daño.
Y aunque la magia que compartimos es increíble —más que increíble: emocionante y poderosa—, saber que luego le hará sufrir…
No puedo hacerlo. Se merece algo mejor. Una pareja mágica de verdad, que pueda satisfacer sus necesidades mágicas.
Constance me mira con los ojos muy abiertos.
—¡Aurelia Wycherley! Creo que estás enamorada de Jules Nightly —declara.
Niego rotundamente con la cabeza.
—Constance, no. Lo de Nightly y yo no es lo que piensas.
Y desde luego no puedo forjar un vínculo con él.
No puedo hacerlo contigo. No puedo hacerlo con nadie.
Aparte de que el consejo lo ha prohibido, es demasiado peligroso; nadie sabe cuáles serán los efectos a largo plazo de mi magia.
Los efectos a corto plazo ya son bastante graves.
—Yo forjaría un vínculo contigo si me dejaras, a pesar de los vómitos y los desmayos —responde, como si se defendiera de algo, y de inmediato me siento mal.
—Lo sé, y esa es una de las razones por las que te quiero. Pero nunca te dejaré hacerlo —le aseguro mientras sigo trazando marcas de tiza—. Esto no va a ser agradable —le advierto.
Constance suelta una risita.
—Lo sé, pero aún faltan semanas para Yule. Para entonces estaré recuperada… y con vestido nuevo.
Me incorporo y me acerco al altar. Está lleno de objetos que señalan el final del otoño y del principio del invierno: una gran calabaza coronada con acebo, haces de espigas doradas trenzadas con lavanda y romero, y un cuenco lleno de castañas de Indias, bellotas y piñas.
En las próximas semanas, la calabaza será sustituida por bayas rojas y blancas, y más follaje.
Enciendo las velas y recito junto a Constance el cántico inicial, invitando a la magia a entrar y preparándonos para el hechizo de círculo que vamos a realizar.
—Vamos, a conseguirte un vestido nuevo para el baile —propongo cuando hemos terminado.
Constance se coloca en una mitad del círculo, y yo en la otra, con las dos invitaciones en el suelo entre nosotras, rodeadas por los trazos de tiza del conjuro de invocación.
Un hechizo de círculo estático no es como un hechizo secuencial: apenas requiere movimientos físicos; la mayor parte de la magia se realiza desplazándote dentro del sigilo que lleva tu nombre, dirigiendo la energía y manipulándolo desde el interior.
Me quito los zapatos y planto los pies en el suelo.
Constance me imita. Empiezo a sintonizar con la magia que asciende a través de mí.
Mi varita de pulsera emite un resplandor, y una suave vibración comienza a sacudirme desde dentro.
Justo cuando ambas alzamos las manos, listas para conectar, Vaughn baja las escaleras.
—¿Pero qué demonios estáis haciendo? —espeta al acercarse a toda prisa. Dirijo mi mirada de él a Constance; sus ojos están muy abiertos y palidece un poco.
—Sabes lo que ocurrió la última vez que hicisteis magia secundaria las dos. ¿Por qué querrías volver a hacerle pasar por eso a Constance? —me recrimina.
—Tenemos que intercambiar los animales de nuestras invitaciones. Es importante; no lo haríamos si no lo fuera —le explico a mi hermano.
Espero que pregunte por qué, pero se limita a mirar fijamente a Constance y asiente.
—Debe de serlo, si estás dispuesta a sufrir todo eso otra vez —advierte y enarca una ceja. Conozco esa expresión: está dándole vueltas, valorando si es buena idea o no.
—Lo haré yo —decide entonces, cruzando el círculo—. Constance y yo ya hemos hecho magia secundaria antes, sabemos que nuestra magia es compatible y fuerte. Así conseguiréis lo que queréis sin que nadie resulte herido.
Me echo a un lado, y él ocupa mi lugar antes de terminar de hablar.
—Siempre que tú no tengas inconveniente, Constance, claro —añade.
—Sí… quiero decir, no, no tengo inconveniente —responde Constance, con un leve temblor en la voz—. ¿Estás seguro? Quiero decir, si… si estás dispuesto.
Salgo del círculo y los observo. Constance repasa el hechizo, le explica a Vaughn cómo debe dirigir su magia, le da las mismas instrucciones que le he dado yo antes.
Hay dos conversaciones desarrollándose a la vez: una en la superficie y otra por debajo. Veo cómo se hablan, pero son los silencios entre palabras y el espacio entre sus cuerpos los que revelan sus verdaderos sentimientos.
Le paso la tiza a Vaughn, que borra la parte del hechizo donde aparece el sigilo con mi nombre y lo sustituye por el suyo.
Se descalza y le tiende la mano a Constance.
Ella me mira, como pidiéndome permiso. Le sonrío y asiento con entusiasmo. Entonces ella alarga la mano, y me pregunto si no debería dejarlos solos. Ya noto cómo cambia el ambiente en la sala, cómo la magia se concentra en ellos dos, fluyendo entre sus cuerpos.
Vaughn sigue el ritmo de Constance. Ella alza la mano derecha, sus palmas se tocan y luego entrelazan los dedos mientras bajan los brazos formando un amplio arco. La invitación más cercana a Constance se eleva del suelo y queda suspendida a la altura de su cintura.
Constance asiente y le sonríe a Vaughn, que le devuelve la sonrisa—una sonrisa juvenil que me recuerda a los veranos de hace mucho tiempo.
Él alza su mano derecha, con su palma contra la palma izquierda de Constance y vuelven a enlazar los dedos.
La segunda invitación se eleva cuando abren los brazos formando un nuevo arco.
Se miran intensamente, y vuelvo a sentir como si estuviera contemplando algo que no debería ver.
Repiten los movimientos una y otra vez, avanzan despacio por el círculo, borrando adrede la tiza con los pies mientras musitan un encantamiento en voz baja.
Parece una danza, y entre ellos, las invitaciones flotan y brillan.
Cuando Constance ocupa el lugar original de Vaughn y él el de ella, se detienen, y las invitaciones caen como si una mano invisible las hubiera arrojado al suelo.
Constance y Vaughn no se sueltan durante un largo rato.
Respiran agitadamente, y los dos irradian un leve resplandor.
Doy un paso atrás hasta quedar pegada a la puerta del hechizorio de mi padre; me vuelvo deprisa e intento fingir que estoy fascinada con los glifos que hay en ella.
Me fijo en una runa situada justo en la parte superior.
Es extraña y oscura, y sé al instante que es una de las runas Golowhe: brilla en negro, igual que las de mi escoba y mi varita de pulsera.
Se me corta la respiración. Meto la mano en el bolsillo, saco la carpeta de documentos y, tras encontrar un papel, trazo rápidamente la forma de la runa, a la vez que me pregunto por qué nunca me había fijado en ella hasta ahora.
Entonces oigo a Vaughn titubear:
—Constance, en Samhain yo…
Su voz suena queda, y ojalá la puerta del hechizorio de mi padre no estuviera cerrada con llave para poder escabullirme dentro y dejarlos a solas.
—Yo también, Vaughn —responde Constance, y yo me alejo en silencio hacia las escaleras y subo al salón.
Pasan unos minutos antes de que se unan a mí. Se miran visiblemente cohibidos… sonriendo.
—Ha funcionado: vas a ser un pavo real, Aurelia —me anuncia Vaughn mientras me entrega mi invitación.
—Entonces todo ha salido bien, ¿no? —pregunto y enarco una ceja.
Estoy deseando tomarles el pelo a los dos, pero al mismo tiempo me doy cuenta de que quizá para ellos esto sea el principio de algo: una conexión verdadera.
Magia y amor. Guardo una pequeña esperanza, muy adentro, de que su relación prospere, ahora que su vínculo mágico ha sido confirmado por el ritual de Samhain.
Recojo la invitación de manos de Vaughn. Seré pavo real entonces.