Capítulo catorce
Catorce
E n el centro del prado, bajo la atenta mirada de las torres de la Casa Nessbrugh, se alza un monumento enorme hecho de madera reseca. Una pira aún sin encender.
Me aferro con fuerza al brazo de Vaughn mientras nos acercamos a la estructura donde encenderán la hoguera. Detrás de nosotros, su amiga Layla camina algo rezagada, escuchando cómo Martyn le cuenta con entusiasmo el incidente de la escoba, aunque sólo conoce la historia de oídas.
Constance avanza al otro lado de Vaughn.
Los veo intercambiar miradas tímidas de vez en cuando, y no puedo evitar sentirme un poco fuera de lugar.
Seguro que, si no estuviera yo, caminarían agarrados del brazo.
Aun así, agradezco que Vaughn siga pendiente de mí; aunque el mareo ya ha pasado, todavía noto las piernas algo flojas y, de vez en cuando, me tiemblan.
—¿Estás segura de que no quieres volver dentro, o incluso a casa? —pregunta Vaughn.
—Sí, Vaughn, segurísima. ¡Es Samhain! No pienso perdérmelo sólo porque Sebastian Crenshaw no sabe volar su escoba —respondo.
—¡Así se habla! —añade Constance, dedicándome una sonrisa radiante.
Normalmente habría buscado alguna excusa para justificar a Sebastian, pero esta vez no siento la necesidad de hacerlo. Y me doy cuenta de que, por primera vez, no me duele pensar en él. Esa punzada de anhelo que siempre me acompañaba... ha desaparecido.
Formamos parte de ese mar negro de brujas y brujos que avanza por los senderos iluminados con farolillos hacia la silueta oscura de la pira.
Brillan las varitas, todos llevan la capucha puesta…
y las esperanzas, también. Incluso yo. Cuando llegamos a la hoguera, suelto el brazo de Vaughn y me alejo unos pasos de él y de Constance para colocarme junto a Martyn y Layla, que se sitúan a mi otro lado.
Me tambaleo un poco, pero me mantengo firme y respiro hondo; me siento cada vez más segura.
Lanzo una mirada a Vaughn, que observa a Constance con una expresión nerviosa de anhelo.
Me intriga saber si sus magias se elegirán durante el ritual... Estoy segura de que sí.
Igual que nosotros, todas las demás brujas y brujos se han detenido, formando un círculo irregular en torno a la hoguera. Me sorprendo buscando a Nightly con la mirada, pero no lo veo.
La expectación crece en medio del silencio.
La Temporada más mágica: guía para debutantes explica cómo funciona el ritual de Samhain: los seres mágicos proyectan su magia en forma de fuego, y a cambio reciben una chispa procedente de cualquier otra persona cuya magia sea afín a la suya.
Aunque el Real Consejo Mágico ha declarado que mi magia es demasiado peligrosa para forjar un vínculo, siento curiosidad por saber si existe siquiera la posibilidad de que surja al menos una chispa.
El libro también dice que la forma de la magia de fuego cambia cada año, y estoy impaciente por verla en acción, por realizar el ritual con mis compañeras y compañeros debutantes, aunque no tenga ni idea de lo que va a suceder exactamente.
Es uno de los misterios de la temporada mágica; hay que depositar cierta confianza en la propia magia —buscar las señales, dejarse llevar por el flujo—, y eso se refleja en los sabbats.
Al cabo de un rato empieza a oírse el retumbar de un tambor.
Luego suena un segundo, al que pronto se suman un tercero y un cuarto.
Mientras el redoble llena el aire, las brujas y brujos en sus años grises hacen aparecer pequeñas esferas de llamarada umbría en sus manos.
Sigo su ejemplo, reúno mis pensamientos y mi magia, y giro la mano.
En el centro de mi palma derecha arde una esfera de llamas negras.
La primera vez que invoqué una llamarada umbría, se desató el caos en la Academia. Para entonces, Platz y Russo ya estaban acostumbrados a que mi magia trajera consigo un pequeño alboroto, pero incluso Platz enarcó una ceja y Russo me dedicó una sonrisa triste al ver mi negra llamarada.
—Aurelia Wycherley, tu magia es, sin duda, algo fuera de lo común; qué lástima que, muy probablemente, no llegue a nada —comentó Platz.
La esfera de fuego negro arde alegremente en el centro de mi palma.
Las demás brujas y brujos sostienen llamaradas de todos los colores: dorada como la de Vaughn, verde como la de Martyn, azul cobalto la de Layla o rosa rojizo como la de Constance.
Sebastian no está muy lejos de mí, su llama ámbar arde con fuerza, y nuestras miradas se cruzan durante un instante.
Siento que la herida vuelve a dolerme al recordar todo lo que me ha hecho desde la Luna de Trueno.
Tal vez el golpe en la cabeza me haya aflojado algo por dentro, porque, de pronto, me doy cuenta de que, aunque soy yo quien ha cambiado por culpa de la magia, en el fondo es él quien se ha transformado.
A mí la maldición me cayó encima sin que pudiera evitarlo; en cambio, lo suyo ha sido una elección personal.
La única imagen que tengo en la cabeza es la de cómo me miraba cuando Nightly me llevaba en brazos. Ni siquiera intentó ayudarme.
El redoble se interrumpe de golpe, y me quedo inmóvil, en silencio, con esa idea rondándome la cabeza.
Entonces empieza un cántico, primero bajo y suave, pero cuando las brujas y brujos del público lo reconocen, se suman y gana fuerza.
Lo escucho una vez y luego me uno a la entonación:
«En la noche más cerrada,
cuando la llama alumbra y arde,
en la sombra que se apaga,
fluye la magia de Samhain.
Lanzo mi magia al destino,
que encuentre verdad, valor y camino.
Por el reino mi fuego arderá,
y mi vínculo se revelará».
Entonamos el cántico cinco veces y, a la quinta, todos los tambores se detienen justo en la palabra «vínculo». De nuevo, me dejo guiar por quienes me rodean, que lanzan sus esferas luminosas a la hoguera.
La leña prende al instante, y las llamas de colores trepan por la estructura de madera.
De entre las espirales de fuego surge un dragón gigantesco.
Cada una de sus escamas está hecha de una llama de distinto color.
Se eleva hacia el cielo, luego desciende en picado hacia nosotras y nosotros.
Me pregunto dónde estará mi esfera, y entonces veo que los ojos del dragón son del negro más profundo.
La multitud de brujas y brujos grita con entusiasmo cuando el dragón remonta el vuelo y empieza a girar en círculos sobre nuestras cabezas.
Lanzo un chillido de emoción y me agacho cuando el dragón pasa volando por encima de nuestras cabezas en dirección a la Casa Nessbrugh, donde despliega sus alas llenas de fuego y aterriza sobre la torre más alta.
Allí, abre la boca y exhala una larga llamarada.
Es como si se diera la vuelta del revés: las llamas que formaban su cuerpo se disuelven desde la cola hasta la cabeza, y lo único que queda son miles de motas brillantes, cada una de un color distinto, que, suspendidas en el aire, titilan como un cielo de luciérnagas.
Nos quedamos quietos, esperando a que la magia nos elija.
Contengo la respiración cuando una esfera rojo oscuro se me acerca flotando, pero luego se desvía hacia Vaughn y Constance.
Veo que a su alrededor hay muchas esferas que bailan suavemente antes de decidir si se quedan o no.
Si no lo hacen, se alejan flotando. Si lo hacen, estallan como pompas de jabón cuando las tocan. Me pregunto qué se sentirá.
A mi alrededor, las esferas aterrizan sobre otras brujas y brujos.
Me pregunto si mi magia estará posándose sobre alguien, y miro hacia Sebastian, que contempla maravillado una gran esfera verde.
Por un instante, la luz de la esfera le ilumina el rostro, antes de besarle la mejilla y estallar.
Por el rabillo del ojo, veo una esfera tan blanca que parece tener un matiz violáceo.
Me inclino hacia un lado, pero me sigue, como si estuviera decidiendo si quiere o no aterrizar sobre mí.
Me quedo completamente quieta, observando cómo se acerca un poco más, con el corazón desbordado de emoción.
Extiendo la mano hacia ella, como si fuera un pajarillo al que trato de ganarme.
La esfera se acerca un poco más… y luego otro poco.
Parpadeo, sin atreverme a respirar por miedo a espantarla. Podría alargar la mano y atraparla, cerrar los dedos en torno a ella y apropiarme de ella. Pero no lo hago. Mantengo la palma extendida y espero.
Mi cuerpo entero está en vilo; noto la curiosidad de mi magia y cómo se me acelera el corazón de asombro cuando la esfera blanco violáceo desciende, muy despacio, hacia mi mano…
y se rompe como una burbuja. Al hacerlo, me invade una oleada de la magia que contenía la esfera.
Cierro los ojos con fuerza para saborear el momento.
Es como una calma densa y un deseo profundo de comprender, uno que encaja a la perfección con mi propia curiosidad.
Percibo el aroma de hojas de otoño y bollos de canela recién horneados.
La magia tiene algo así como una firma, un sabor que recorre mi interior.
Al principio es muy intenso, y me hace sentir fuerte, poderosa…
como si, por un instante, no estuviera sola.
Como si mi magia hubiera encontrado algo hacia lo que inclinarse, con lo que crecer.
Es una sensación que se desvanece poco a poco, y en cuanto desaparece, deseo volver a sentirla.
En ese momento, sé de quién es la magia que ha venido a buscarme, que me ha marcado como posible pareja mágica.
El pulso se me dispara y se me corta la respiración.
Un nudo de incredulidad me sube a la garganta, los ojos se me llenan de lágrimas; las aparto con la mano.
La mente se me desboca, mi magia se agita y el corazón me late con violencia.
Cuando ya no queda ninguna esfera, el mundo parece un poco más oscuro, a pesar de que las llamas multicolores de la hoguera siguen ardiendo. Las brujas y brujos han empezado a murmurar entre sí, con emoción contenida.
—La magia quiere forjar un vínculo —susurro para mí.
Desde que la maldición cayó sobre mí, supe que ninguna bruja o brujo querría vincularse conmigo, ni siquiera si se les permitiera. Pero nunca había pensado en la magia en sí. En que tal vez ella tuviera algo que decir sobre el asunto.
Un vínculo. Mi magia desea un vínculo con otra magia, con otra persona, y resulta que ese brujo es el único con quien jamás podré forjarlo.
No sólo porque sé hasta qué punto le afecta mi maldición, ni porque nuestra relación sea un pacto tácito de fechorías, ni siquiera porque hace poco rechazó mis besos… sino también porque es un Nightly.