Capítulo trece
Trece
M e planto frente al espejo y doy una vuelta.
Luego otra. Y una tercera. Las faldas de mi vestido negro se abren desde la cintura con cada giro.
Las mangas son largas, de un tejido diáfano delicadamente bordado que cubre mi cuerpo desde la clavícula hasta el dobladillo del vestido.
Lunas y estrellas negras decoran la tela transparente.
Vislumbro mis botas en el espejo cuando las faldas se levantan; mi gruesa capa negra se extiende detrás de mí como las alas de un cuervo.
Me siento hermosa, audaz, y también algo más…
algo que hace que el corazón se me dispare.
Acaricio el tejido, suave y liso a mi tacto, y pienso en el baile de esta noche.
Me pregunto si alguien me invitará a bailar.
Pienso en las miradas de celos que Sebastian nos ha estado lanzando a Nightly y a mí, y aunque sé que debería rechazarlo al igual que ha hecho él conmigo, no puedo evitar tener esperanzas.
Nightly, claro, bailará conmigo. El corazón me da un vuelco sólo de pensarlo, y me sonrojo al recordar que intenté besarlo en la biblioteca.
Que me rechazara no ha bastado para quitarme la idea de la cabeza, y todavía siento esa punzada de emoción cada vez que me imagino cerca de Jules Nightly…
una punzada que intento sofocar pensando en cómo reaccionaría mi familia si lo supieran, y recordándome que Nightly no quiere besarme.
Para él, todo esto no es más que una estrategia.
Miro mi escoba. Apenas tengo que hacer el gesto de invocación y Ankoth vuela directa a mi mano extendida.
Siento que quiere estar ahí, como un perro que se entristece cuando su dueño se ausenta.
Es una escoba como no hay otra: no le gusta estar con las demás, y la primera noche casi revienta la puerta del armario.
Desde entonces vive en mi cuarto, y muchas veces me sigue por la casa.
Algunas tardes, al caer la noche, se inquieta y golpea la ventana, como pidiéndome que la deje salir.
Aún no la he acompañado en sus paseos nocturnos: es ilegal que una bruja vuele sin permiso.
Pero esta noche… esta noche es diferente.
Nightly está deseando ver la escoba, y yo tengo muchas ganas de enseñársela. Como si supiera qué día es, Ankoth vibra con entusiasmo en mi mano, se diría que desea alzar el vuelo.
Me subo la capucha de la capa; llevo el cabello blanco recogido en lo alto de la cabeza.
Mis ojos grises se ven serenos y claros, y me siento más segura de mí misma de lo que he estado en muchas lunas…
así vestida, con los colores de la noche y las sombras.
Si consigo encontrar la manera de no perder mi magia, quiero vestir el negro del Círculo de la Justicia, como mi madre y Frances.
Su labor es importante: mantener la ley y el orden dentro de la magia del reino.
Pienso en los desafíos que tengo por delante y me esfuerzo por mantener la sonrisa.
Lo primero es conservar mi magia. Claro que una forma de lograrlo sería forjar un vínculo y, aunque el Real Consejo Mágico lo haya prohibido, después de esta noche sabré al menos si existe alguna pareja posible para mí… y para mi magia maldita.
Algunos miembros del consejo se opusieron a que participara en el ritual de Samhain, pero el juramento que todas las debutantes hacemos en Mabon nos obliga a acudir a todos los sabbats mientras tengamos salud, no sólo por la tradición mágica, sino también como muestra de respeto a la Corona.
Además, el consejo está convencido de que ninguna magia querrá vincularse con la mía…
y en el fondo pienso lo mismo. Mi madre lleva toda la semana advirtiéndome, con toda la delicadeza posible, que una magia tan extraña como la mía difícilmente atraerá a otra.
Sé que intenta prepararme para que esta noche no me lleve un disgusto.
Aunque sospecho que, en realidad, también le preocupa lo contrario: que la magia de alguien responda a la mía…
y que eso me haga sufrir aún más. Y, desde luego, si la magia de cierta persona en concreto llegara a sentirse atraída por la mía…
eso sería, para ella, un disgusto aún mayor.
Samhain es de las pocas ocasiones en que todas las brujas y todos los brujos pueden vestir de negro, encender sus calderos a la vista de todos y volar libremente en sus escobas.
Es una noche para celebrar la antigua tradición, una noche para reconectar con quienes fuimos antes de la guerra, antes de los vínculos mágicos…
y voy a vivirla con la máxima intensidad.
Además de marcar el momento en que se difumina el umbral entre dos realidades, Samhain señala dos hitos clave en la historia mágica: fue el día en que concluyó la Primera Era de la Magia, cuando se cerraron todas las puertas entre nuestro mundo y el mundo mágico de Ávalon.
También fue la víspera de la Gran Batalla Mágica, cuando la magia maligna intentó reabrir los portales y fue derrotada, lo que puso fin a la Gran Guerra de la Brujería y dio inicio a la Tercera Era de la Magia.
Mañana será un día de reflexión, se come en familia y se rinde homenaje a las brujas y brujos que hemos perdido.
Pero esta noche… es una noche de celebración de la magia.
Me reconforta esa misma paz profunda que siempre me acompaña en Samhain, pero esta vez hay algo más. Emoción, sí, pero también un lazo muy hondo: la certeza de que mi magia está unida a todas las brujas y todos los brujos que ya se han ido… y a los que aún están por llegar.
Salgo de mi habitación a buscar a Vaughn. Lo encuentro junto a la sala de escobas, al lado de nuestra academia. Va vestido de negro de pies a cabeza. Lleva la capa puesta, pero con la capucha bajada; su cabello castaño brilla bajo la luz de la pequeña llamarada umbría que sostiene en la mano.
—¡Estás muy apuesto! —le piropeo. Él se gira, con un leve sobresalto.
—Y tú pareces… de otro mundo. ¡En el buen sentido! —se apresura a añadir—. Como una bruja de la Primera Era de la Magia: salvaje e impresionante.
—Qué curioso. Nunca pensé que llegaría a impresionarte —le confío con una sonrisa.
—Oh, no, a mí no —responde, y se vuelve hacia la sala de escobas, gira el picaporte y abre la puerta—. Me refería a los demás… a los que no han crecido contigo ni conocen todas tus manías.
Levanto mi escoba, y él la observa con recelo. No ha dicho nada, pero sé que Ankoth no le gusta, que le resulta un poco inquietante. No importa. La escoba no es para él, es para mí. Y a mí me encanta.
Inspira hondo y suspira.
—Ah… nada huele mejor que un armario de escobas.
En eso estamos de acuerdo. La madera curtida y la magia que impregna las escobas tienen algo embriagador.
Vaughn agarra la suya: un largo mango de roble robusto, con un cepillo lleno de ramitas de avellano.
—¿Estás lista?
—Eso creo —respondo, aferrando mi escoba con más fuerza.
—¿Vamos? —pregunta y hace un gesto hacia la puerta que conduce al herbario y de allí al patio ajardinado.
El sol acaba de ponerse y el cielo tiene ese gris desvaído del crepúsculo otoñal. Mi madre y Frances están de pie sobre el césped, ambas vestidas de negro, ambas con una escoba en la mano.
—¿Cuándo habéis aterrizado? —grito y corro hacia ellas, con la capa hinchándose detrás de mí como un globo. Vaughn me sigue, se sube la capucha mientras cruza el césped.
Mi madre me abraza con fuerza, y respiro su aroma a sándalo y lavanda.
—Nos hemos perdido gran parte de tu temporada de debutante, con todo lo que ha estado ocurriendo. Quería estar aquí esta noche para despedirte.
Le sonrío de oreja a oreja y la estrecho con fuerza una vez más. Luego me acerco a Frances. Sus abrazos son más suaves, pero igual de cálidos.
—Estaremos aquí cuando vuelvas, para que nos lo cuentes todo —me asegura con una sonrisa y un leve arqueo de cejas.
Frances no ve a Jules Nightly con los mismos ojos que Vaughn y mi madre. Sé que guarda la esperanza —discreta pero firme— de que entre él y yo haya algo. Algo por lo que estaría dispuesta a plantar cara al Real Consejo Mágico en mi nombre. No tengo el valor de confesarle que todo es una farsa.
—Estás impresionante, Aurelia —me alaba mi madre—. Cada centímetro de ti es el de una bruja de verdad, por mucho que otros digan lo contrario. Recuerda siempre lo que sienten por ti quienes te quieren… y escucha sus consejos antes que lo que digan los desconocidos.
Mi madre sonríe, pero sé que su frase encierra una advertencia velada contra Nightly.
—Recordad manteneros con el grupo, y si os perdéis, volad hacia el oeste; alguien irá a buscaros. No aterricéis hasta llegar a vuestro destino. Hay informes de que El Nuevo Amanecer planea manifestarse otra vez esta noche… Da la impresión de que cada vez son más.
Vaughn se monta a horcajadas sobre su escoba, y yo lo imito mientras mi madre empieza a acomodarme la capa con nerviosismo.
—Nell, estarán bien —le asegura Frances y la rodea con un brazo por los hombros—. ¡Volad alto y seguro! Y no os separéis —añade, mirando a Vaughn.
—Lo haremos —prometo.
Alzo la vista hacia el cielo; allí arriba hay un flujo constante de pequeñas siluetas negras que se mueven en la misma dirección, como cuervos regresando al nido. Brujas y brujos en sus escobas; debutantes rumbo a las celebraciones de Samhain.
Me despido a gritos mientras me impulso desde el suelo, ansiosa por alzar el vuelo. Asciendo tan deprisa que por un instante parece que el estómago se me queda atrás. Vaughn me grita mientras me da alcance:
—¡Nos queda un buen tramo, dosifica tus fuerzas un poco!
Le sonrío. De ninguna manera voy a ir más despacio.