Capítulo doce #2
—Si eres tan amable —me insta—. Quiero que te la quedes. Sé que prefieres llevar tus notas sueltas, y yo prefiero mi cuaderno. Nunca he usado esta cartera y me gustaría que fuera de alguna utilidad.
—Pero es tuya… lleva tu nombre. No puedo usarla —se la devuelvo con un leve empujón.
—Claro que puedes. Y quiero que lo hagas. En cuanto al nombre… eso tiene arreglo —asegura, mientras toma mi mano entre las suyas.
—La transformación es magia secundaria. Sabes lo que pasará.
Sonríe.
—Lo sé. Pero será un hechizo menor. Valdrá la pena el dolor de cabeza… y probablemente las náuseas.
Miro a mi alrededor y veo que las figuras vestidas de azul han desaparecido; estamos a solas en esta parte de la biblioteca.
Algo se agita en mi interior, un deseo profundo de sentir su magia fluyendo a través de mí, y la mía a través de él. El corazón se me acelera cuando nuestros dedos se entrelazan; él se incorpora y tira suavemente de mí para ponerme en pie.
—¿Sabes los pasos que hay que seguir? —pregunta.
—Por supuesto.
Estoy deseando dar esos pasos, seguir la secuencia del hechizo, sentir cómo se combinan nuestras magias, embriagarme con ese poder. Sé que la mía es fuerte, pero cuando hicimos magia secundaria en la Academia, me di cuenta de que nada nos frenaría.
—Piensa con claridad cómo te gustaría que apareciera tu nombre escrito —me indica.
Lo imagino con una caligrafía elegante, de trazos curvos y armoniosos.
Noto su magia filtrarse dentro de mí, lenta y constante, que se mezcla con la mía; la varita de mi muñeca se ilumina y ambos bajamos las manos al unísono y acariciamos el cuero de la cartera.
Ya no es negra: ahora es roja, con «Wycherley» escrito en la esquina donde antes ponía «Nightly».
Reconozco la letra: es la de Jules. Y en el centro, reluce el contorno de un capullo de rosa dorado.
—¿Has sido tú? —pregunto.
—No puedo darte besos, pero sí esto —responde, clavando la mirada en mis ojos grises. Vuelvo a notar una oleada de calor que me recorre por dentro.
Seguimos con las manos entrelazadas, la magia se desliza libre entre los dos.
Me detengo un momento para saborear lo cerca que tengo a Jules.
Luego recojo mi magia poco a poco y siento cómo la suya se retira también.
En cuanto acaba la conexión mágica, su cuerpo se desploma.
Lo atrapo al vuelo y lo ayudo a recostarse de nuevo en la silla, le aparto el cabello del rostro.
—Nightly —susurro y le doy un golpecito en la mejilla—. Nightly, despierta.
Le sostengo el rostro entre las manos. Tiene los ojos cerrados, los labios entreabiertos… y, una vez más, me asalta la duda de qué sentiría si rozara esos labios con los míos. ¿Serían sus besos como los de Sebastian?
Acerco los labios a su oído.
—Nightly —murmuro de nuevo, y esta vez empieza a reaccionar.
—¿Cuánto tiempo he estado inconsciente? —pregunta con un gesto de dolor, llevándose una mano a la sien.
—Unos segundos —respondo—. ¿Ha valido la pena?
—Siempre vale la pena —replica con una sonrisa burlona.
Aparto las manos de sus hombros. Tiene un tono verdoso.
—¿Puedo traerte algo? ¿Un vaso de agua? ¿Un cubo?
—No, gracias —contesta con la mandíbula apretada, y sé que trata de no vomitar.
—Gracias a ti —insisto mientras acaricio la cartera.
Me muestra dónde va sujeto el lápiz, en un pequeño bucle, y dentro hay un set de hojas gruesas de papel marfil, perfectas para tomar notas.
—¿Vas a vestir de púrpura cuando te gradúes? —bromeo. Parece ofendido.
—¿El Círculo de la Sabiduría? Que me gusten los cuadernos y el orden no significa que quiera pasarme el día recopilando información. Además…
—Ay, es verdad. Que tienes pensado renunciar a tu magia al final de la temporada. Se me había olvidado.
Me lanza una mirada fulminante.
—Lo siento, Jules, pero del mismo modo que tú estás intentando que Evelyn conserve su magia y ayudarme a mí con la mía… creo que también deberías ir pensando en cómo asegurar la tuya.
—¡Hablemos de esas runas! —proclama, y me mira fijamente. Sé cuándo he perdido.
—Imagino que sabes que, en la Primera Era de la Magia, antes de que se unificaran los conjuros y los clanes de brujas y brujos firmaran tratados para estandarizar la práctica de la magia, existían dos sistemas mágicos distintos, cada uno con sus propios símbolos y ritos…
y que esos dos sistemas se fusionaron para dar lugar a los principios modernos de magia que usamos hoy.
—Por supuesto. Toda bruja o brujo que se precie conoce el proceso de unificación. Y también la parte mítica. —Nightly me observa con atención, esperando más.
—Pues… ¿sabías que hubo un tercer sistema?
Entorna los ojos, confundido, como si pensara que trato de engañarlo.
—Sigue —me pide.
—Este tercer sistema se menciona dos veces.
Una, en un libro sobre magia salvaje —señalo el tomo que hay sobre la mesa—, y otra en este pergamino que describe cómo debería funcionar el sistema tras el proceso de unificación.
Ahí está escrito que las runas que lo componen —leo una de mis notas— «emanan una magia que brilla en la oscuridad».
El pergamino se refiere a ese sistema como Tavas Golowhe Arwodh.
No tengo ni idea de lo que significa, ni siquiera de cómo se pronuncia, pero creo que he encontrado algunas runas pertenecientes a ese antiguo y perdido sistema de discurso mágico.
—¿En serio? —Jules me escucha con toda su atención.
—Ayer, cuando invoqué mi escoba, vi que tenía una runa extraña en el mango.
Le paso el dibujo que hice del símbolo. Él toma el papel y lo examina con detenimiento.
—Es una escoba antigua, fabricada al comienzo de la Tercera Era de la Magia, justo después de la Gran Guerra de la Brujería… y la hizo mi antepasada Mathilde Wycherley, poco antes de su vínculo con…
—Heston Nightly.
—En efecto. —Alzo una ceja, satisfecha de que le intrigue esta conexión tanto como a mí.
—No dejan de pasarme cosas relacionadas con ella: la maldición, encontrarte a ti, y ahora su escoba. Y su escoba tiene nombre. Ankoth.
—Ankoth —repite.
Le cuento la historia que me relató el señor Fox.
—Y hay otra runa, aquí, en mi varita de pulsera —extiendo la mano para mostrársela, y él me la toma por la muñeca.
La runa brilla con la misma negra intensidad que mi propia llamarada umbría, como si absorbiera la luz en lugar de reflejarla.
—Fascinante. Nunca había visto nada parecido —reconoce Nightly.
Retiro la mano, luego tomo un libro.
—No creo que mucha gente las haya visto, al menos en los últimos siglos. Estas runas vienen de la Primera Era de la Magia, cuando la magia era libre y salvaje, antes de ser domesticada y unificada… cuando las criaturas mágicas aún caminaban entre nosotros, difundiendo su sabiduría y su malignidad.
Me recorre un escalofrío al recordar algunas de las viejas historias sobre esas criaturas, sobre su ferocidad y su poder.
—Entonces se me ocurrió que, si Mathilde conocía estas runas, tal vez se lo contó también a Heston.
La Primera Era fue muy anterior a su época, pero vivieron el final de la Segunda, cuando aún no hacía falta vincularse, y también la llegada de la Tercera, cuando se volvió necesario.
Puede que supieran algo que nos ayude. Quizá dejaron algún rastro sobre estas runas Golowhe en algún lugar.
Nightly asiente.
—Sí, creo que vas tras la pista de algo importante… con estas runas y nuestros infames antepasados.
Sonrío.
—Yo también lo creo. He estado investigando un poco sobre ellos.
Nightly se inclina un poco hacia mí para poder leer el libro mientras paso las páginas; he despertado su interés.
—¿Sabías que fundaron juntos una escuela mágica? Se llamaba Wynne Hordes.
—Jamás había oído hablar de ella.
—Yo tampoco.
—Si eso fuera cierto, mi madre no habría parado de hablar del tema —bromea Nightly.
—La mía tampoco. Pero estoy bastante segura de que es cierto. Mira.
Le muestro una página de Escuelas mágicas a lo largo de las Eras en la que aparecen todas las que han sido documentadas, muchas ya desaparecidas, y señalo el escudo mágico de Wynne Hordes.
Nightly lo observa con atención antes de tomar el lápiz para reproducir el emblema en su cuaderno.
Mientras él empieza a dibujar, saco un pergamino.
—Y hay algo más —añado. Luego lo desenrollo y le muestro una petición dirigida al Real Consejo Mágico para fundar una escuela, seguida de un documento de aprobación con el sello real estampado.
—¿Y dónde está esa escuela mágica? ¿Llegaron a construirla? —pregunta Nightly.
—No lo sé, pero creo que deberíamos averiguarlo.
—Buen trabajo, Wycherley. Yo no habría descubierto nada de esto sin ti.
—Seguro que sí —respondo, aunque en el fondo lo dudo. Todo esto lo averigüé gracias a las runas Golowhe.
Esta línea de investigación parece nuestra primera pista sólida. Algo me impulsa hacia la escuela mágica que Mathilde Wycherley fundó junto a Heston Nightly. Si realmente existe, estoy segura de que parte de su conocimiento sobre las runas Golowhe estará en su biblioteca.
Una runa podría haber sido simple azar. Pero que dos hayan llegado hasta mí no puede ser casualidad. Mi padre solía decir que, cuando se trata de magia, las casualidades no existen. Y yo estoy de acuerdo, tanto en lo que respecta a las runas… como a Nightly.
Siento que él y yo estamos destinados a seguir este camino juntos. Nightly alza la vista, nuestras miradas se encuentran y algo se enciende dentro de mí: una chispa tenue de su magia aún se agita en mi interior.