Los Wycherley (Los Wycherley 1) Capítulo doce
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Capítulo doce

Doce

E stoy deseando hablarle a Nightly de mi escoba, de su historia y de las runas misteriosas que he encontrado.

Una runa podría ser sólo un capricho de la magia… pero dos, eso ya es otra cosa.

Al día siguiente, me abalanzo sobre las grandes puertas de la Real Biblioteca de la Magia, pero me detiene una joven bruja que carga con una pila de libros.

—Wycherley, tengo una carta para ti —indica, mientras rebusca bajo su capa color lavanda y saca una nota.

Le doy las gracias mientras rompo el lacre con el sello de Nightly y empiezo a leer sin detenerme; su letra es elegante, de líneas suaves, y hacia el final, las palabras se tornan tan armoniosas como su trazo.

Wycherley:

He llegado en cuanto ha abierto la biblioteca y me he aplicado tanto como se espera de mí.

He dejado un buen montón de libros en la Sección Restringida para ti (le aseguré al gruñón del bibliotecario que tú misma los devolverías a su sitio; me advirtió de que, si no lo haces, nos retirará los pases y nos lanzará una maldición a los dos.

La maldición la aguanto, pero que nos quiten los pases sería imperdonable).

Son libros que aún no he leído, pero de los que hemos ido encontrando referencias.

Hoy tengo asuntos familiares, pero mañana volveré a ocuparme de nuestra causa. Antes, si puedo.

Y sobre el otro asunto… pensaré en ti a cada momento que pasemos separados, y no me cabe duda de que cuando mi corazón lata, lo hará al ritmo de tu nombre: Au–re–lia.

Nightly

De camino hacia la Sección Restringida, no consigo sacarme de la cabeza las palabras de Kit Thorne: «Te está utilizando».

¿Y si tenía razón? Se supone que Nightly me iba a ayudar, pero ¿dónde está? ¿De verdad debo confiar en un Nightly?

Sobre la mesa encuentro una pila considerable de libros.

Me siento y empiezo a leer, tomo nota de todo lo que me resulta interesante.

Jules aparece, inesperadamente, poco después del almuerzo. Su melena, tan indómita como siempre, hace que sus rizos parezcan nudos de fuego. Avanza hacia mí con el ceño fruncido y la mandíbula apretada.

Tiene el gesto aún más sombrío de lo habitual, que ya es mucho decir, porque Jules Nightly es intenso como el mar en calma antes de la tormenta.

Le dedico una sonrisa leve, apenas un amago, sobre todo porque me hace gracia la idea que se me acaba de ocurrir: que, aunque mis ojos grises parezcan una tormenta, él lo es de verdad.

Coge el gran sillón orejero de su sitio habitual, junto a las estanterías, y lo arrastra hasta el escritorio. No se sienta; se queda de pie, mirándome desde lo alto, y yo alzo la vista. Entonces su expresión se suaviza, deja escapar un profundo suspiro y me devuelve la sonrisa.

—Me alegra verte, Wycherley.

Noto el peso de sus palabras y me pregunto qué clase de problemas llevará a cuestas para que el ver a la mayor enemiga de su familia le sirva de consuelo.

Sus ojos se detienen en los libros esparcidos sobre la mesa y en el papel que he garabateado.

—Veo que has estado ocupada. —Se quita la capa y la cuelga en el respaldo del sillón, luego se sienta a mi lado. Noto el calor que irradia, como una hoguera reconfortante, y me doy cuenta de que tiene las mejillas ligeramente sonrojadas.

—No te esperaba hasta mañana. ¿Qué has estado haciendo? —le pregunto.

—Asuntos de familia —responde, tomando una de las notas de entre el montón, y luego otra.

—¿Asuntos de los que has salido corriendo, por lo que parece? —insinúo, y señalo su pelo revuelto, el cuello de la camisa mal abrochado. Bajo la vista y veo que el barro que lleva en las botas ha dejado un rastro por toda la biblioteca.

—He venido en cuanto se ha resuelto el asunto. Y no he salido corriendo, sino que he venido corriendo. Hacia ti, Wycherley. Al fin y al cabo, tenemos trabajo pendiente —asevera, y siento como si me estuviera apartando.

Cierro el libro que tengo abierto y lo miro directamente.

—Cuenta.

Niega con la cabeza.

—No es nada.

Le veo tragar; se le mueve la nuez.

—Mentira. Sí que hay algo, y creo que muy importante... ¿se trata de Evelyn? —pregunto.

Asiente.

Siento que el pecho se me oprime al formular la siguiente pregunta.

—¿Ya se ha quedado… sin magia?

—Todavía no. Pero el tiempo se agota, y ella no está bien.

Mi madre ha vuelto a acosarla para que se marche —responde con voz espesa—.

Mi padre está fuera, su batallón se desplazó ayer.

Antes de eso, Evelyn y yo lo acompañamos a nuestra casa familiar en Cornualles; pensábamos que darle espacio le haría bien a mi madre, pero...

—Su voz se quiebra y yo alargo la mano y la apoyo en su brazo.

Él no me mira. Una lágrima golpea la mesa y se limpia el rostro con el puño de la camisa. Me embarga una rabia tremenda hacia Demelza Nightly, una tristeza profunda por Evelyn y auténtica preocupación por Jules, por todo lo que está pasando.

Deslizo la mano por su brazo hasta alcanzar la suya. Jules baja la mirada, gira la palma y entrelaza sus dedos con los míos, igual que cuando hacemos magia juntos.

—En cuanto mi padre se fue, mi madre volvió a ser... bueno, volvió a ser la de siempre. Cruel. Evelyn apareció esta mañana frente a la biblioteca. La llevé a casa de nuestra tía —va a quedarse allí unos días mientras intento... —Inspira con dificultad, y se me parte el alma por él y por Evelyn.

—Jules, ¿no deberías estar con Evelyn?

Niega con la cabeza.

—No. —Vuelve a pasarse la mano por la cara—. Debería estar aquí, haciendo todo lo posible para ayudarla a conservar su magia. Y para ayudarte a ti a conservar la tuya. Lo que le está pasando a Evelyn... No soporto pensar que te pueda pasar a ti también.

Entonces me mira. Tiene los ojos brillantes y la mandíbula tensa.

Y en ese instante me doy cuenta de lo necia que fui al pensar que Jules Nightly se parecía a su madre, o a cualquier otro Nightly contra los que tanto me han advertido.

Quiero ayudarlo, aliviar su dolor. Quiero quitarle ese peso de encima.

Y, más que nada, quiero lanzarle un buen conjuro a su madre.

—¿En qué puedo ayudarte? Tal vez podríamos distraer de alguna forma a tu madre, hacer que vuelva a centrarse en ti...

—Eso sería genial. ¿Qué se te ocurre?

Señalo a un par de figuras vestidas de azul que están al otro lado de la biblioteca, enfrascadas en la lectura. Me he fijado en que suelen estar ahí cuando Jules y yo venimos.

—Hace tiempo que sospecho que son espías de tu madre.

Nightly asiente.

—Yo también lo creo.

Ambos están mirando hacia nosotros y, cuando Jules se vuelve hacia mí, le miro fijamente a los labios y le ordeno:

—Bésame.

Desde que entró en la biblioteca, visiblemente turbado, mis sentimientos hacia Nightly no han hecho más que intensificarse. Me sorprende darme cuenta de que quiero que Jules Nightly me bese, no sólo para fastidiar a su madre, sino por muchas otras razones que aún desconozco.

—¿Qué? ¡No, Aurelia!

—Jules, bésame —repito, pronunciando cada palabra con lentitud mientras me inclino hacia él y echo un vistazo por encima de su hombro. Quienes nos observaban siguen nuestros movimientos con suma atención.

—No me provoques con otra de tus acciones escandalosas, o tendremos que añadir «libertinaje» a tu lista de delitos —responde él, con la mirada fija en mis labios. Veo que se le dilatan las pupilas y que su respiración se ha vuelto más pesada.

—Bésame, o te besaré yo.

Y lo que empezó como una idea para molestar a Demelza Nightly se ha transformado en otra cosa. Quiero que me bese. Quiero que desee besarme.

Se inclina hacia mí y me susurra al oído:

—Aurelia Wycherley, agradezco el gesto, pero me niego a robarte un beso porque eso pondría en grave peligro tu reputación.

El corazón me late con fuerza cuando se aparta, se estira el chaleco con parsimonia antes de acercarse un libro. Se me remueve el estómago al pensar en lo insensata que he sido.

Recobro la compostura y me echo hacia atrás también, reparando entonces en las miradas de desaprobación que nos lanzan.

Espero que eso sea suficiente para desviar la atención de Demelza, e intento sofocar el fuego que me recorre el cuerpo al pensar en los labios de Jules Nightly.

Lo apago imaginando lo que habrían dicho mi madre y Vaughn si se hubiera corrido la voz de que Jules y yo nos hemos besado.

—¿Nos ponemos a ello? —sugiero, tratando de concentrarme en la tarea que tenemos entre manos.

Me mira, y sé que quiere decir algo sobre lo que acaba de pasar… sobre lo que no ha llegado a pasar. Pero yo ya me estoy muriendo de vergüenza por haberme dejado llevar.

—He encontrado unas runas de las que quiero hablar contigo —añado mientras rebusco el trocito de papel donde dibujé la runa de Ankoth y la que aparece en mi varita de pulsera.

Jules se gira y hurga en el bolsillo de su capa.

—Un momento, Wycherley. Cuando empecé a usar esta biblioteca la temporada pasada, me costó un poco sentirme como en casa.

—¿A ti? Si alguien me dijera que habías nacido en una biblioteca, me lo creería.

—Aprendí a moverme entre estanterías por pura necesidad. Y descubrí que la única forma de ordenar mis ideas era crear un sistema de captura.

—¿Un sistema de captura? Suena a que estás acechando una presa.

—En cierto modo es así. Vamos tras el rastro del saber.

El brillo que se enciende en sus ojos cuando habla me recuerda a la expresión de mi padre cuando investigaba algo que lo fascinaba.

—Aprendí por las malas que, si no guardas bien las ideas, acaban perdiéndose. Se merecen algo mejor que un simple cordel.

Me acerca algo que al principio creo que es su cuaderno, pero enseguida me doy cuenta de que, aunque tiene el mismo tamaño y forma, no lo es. Está hecho de cuero negro y parece un sobre grande.

—¿Qué es? —pregunto.

—Una cartera para documentos —responde, mientras desabrocha el cierre del frontal y levanta la solapa de cuero negro para mostrar el interior: hay espacio suficiente para todas mis notas y otros documentos.

El cierre plateado hace juego con el nombre Nightly grabado en una esquina. La cierra y me la tiende.

—¿Es para mí?