Los Wycherley (Los Wycherley 1) Capítulo siete
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Capítulo siete

Siete

L a Gran Academia de Londres tiene cinco entradas abovedadas repartidas por toda la ciudad, aunque yo sólo he utilizado la que está más cerca de la plaza Hemlock, en la calle Tonbridge.

Más allá de esas entradas se halla la Academia: un espacio secreto, situado en un lugar completamente ajeno al mundo no mágico.

Las otras cuatro están en Devonshire Court, Flint Street, Randor Mews y Warwick Way.

Mamá me dijo una vez que, si alguna vez revelaba la ubicación del interior secreto de la Academia de Londres, ella caería fulminada al instante.

Y no lo dudo ni un segundo; hay juramentos con consecuencias muy serias, y los juramentos secretos son de los más poderosos.

La entrada de la calle Tonbridge está hecha de piedra, cristal y magia. El cristal cambia de color y de forma según muchas cosas: la hora del día, la estación del año, el estado de ánimo de quienes están dentro, el pulso mismo de la ciudad.

Hoy el cristal está lleno de pájaros: una bandada variada de pequeños pinzones que revolotean en círculos.

Los cinco arcos de entrada a la Academia nunca se cierran.

Cualquier bruja o brujo vinculado puede cruzarlos en cualquier momento, pero los debutantes sólo entramos en ocasiones concretas, como, por ejemplo, para aprender de los seres mágicos del Círculo de la Sabiduría, que son los que visten de púrpura.

Normalmente no hay demasiada gente —ni siquiera en horario lectivo—, pero como ésta es la primera clase desde la presentación, todos los que llevamos túnicas blancas estamos deseando probar nuestras varitas de pulsera.

Y los que visten de gris, por supuesto, quieren observarnos bien…

y ver quién podría ser un buen partido mágico.

Constance ve la larguísima cola en la que estamos y suelta una palabrota que haría a su madre echar mano de su varita mágica.

—¿Ves a algún conocido? —pregunta, poniéndose de puntillas.

Como soy más alta, tengo mejor vista. Distingo a Vaughn cruzando el arco y, un poco más atrás, a Sebastian. El corazón se me acelera al verlo… y al ver también a la bruja que hoy hace de su confidente.

Ver a Sebastian me hace pensar en Jules Nightly y en la forma en que intentó deshacerse de mí hace unos días: «Si has venido en busca de una pareja mágica, estás perdiendo el tiempo. No me interesa en absoluto forjar un vínculo ni por amor ni por magia, y dudo que eso cambie en un futuro próximo».

Nightly no reaccionó como yo esperaba a mis amenazas, sobornos y falsificaciones. «Consideraré tu propuesta, Wycherley, y te daré una respuesta antes de que acabe la semana», fue lo que dijo.

—Sabía que teníamos que haber llegado antes —masculla Constance—. Si no fuera porque mi madre quería que la ayudara a preparar más jarabe para la tos, ahora estaríamos al principio de la cola.

—¿Y cómo está tu padre? —me intereso.

—Está bien. Mi madre exagera. Él lo achaca al tiempo británico: húmedo y frío, que le cala los huesos y no lo deja en paz.

Jura que el waakye * de la cocinera es lo único que necesita, pero nunca cuando mi madre está delante —suelta un suspiro de fastidio—.

Mientras ella esté ocupada cuidándolo, a mí me vale.

Últimamente intenta volver a emparejarme con Sebastian otra vez. ¿Te lo puedes creer?

Podía.

—¿Y qué hiciste?

—Le dije que no me vincularía con ese gusano de Sebastian Crenshaw ni por toda la magia del mundo; que es un cretino patético, sin carácter y con menos aptitud mágica que una silla. —Frunce el ceño con fuerza.

—¿Ni por toda la magia del mundo? —repito enarcando una ceja y lanzándole una mirada burlona.

—Jamás —responde con firmeza.

—¿Ni por toda toda ? ¿Absolutamente toda? —sigo pinchándola.

—¿Y qué iba a hacer yo con tanta magia? Sería un suplicio.

Imagínate ser la única persona en el mundo con magia: todo el mundo vendría a ti con sus problemas esperando que se los resolvieras.

No tendrías con quién hablar, nadie te entendería y, por si eso fuera poco, estarías vinculada a un cobarde hipócrita, traidor de amigos y sin agallas.

No puedo evitar sonreír ante la vehemencia de Constance. Niego con la cabeza y la sigo, a través del arco, hacia el interior de la Academia.

Dentro hay una enorme sala abovedada, con un techo de roca tallada que se alza imponente muy por encima de nosotras y una gran estrella de cinco puntas dibujada en el suelo.

Cada una de las puntas está alineada con cada uno de los arcos de entrada.

Entre los grandes arcos que conectan la Academia con las calles de Londres hay otros más pequeños que conducen a salas de prácticas.

Las brujas y brujos van entrando y llenando ese espacio inmenso.

En el centro del pentáculo, sobre un estrado elevado, hay dos brujos —Linden Platz y Gerard Russo—.

Se les considera de los seres mágicos más ancianos y respetados de Inglaterra, miembros del Círculo de la Sabiduría.

Sus túnicas son de un púrpura tan oscuro que casi parecen negras.

Platz golpea el suelo de la Academia con su bastón. Los debutantes notamos una leve vibración y se impone el silencio.

—A quienes vestís de blanco, os doy la bienvenida formal al mundo de la magia, de las brujas y los brujos. A quienes regresáis... lamento veros de nuevo. El propósito de toda persona debutante es encontrar un vínculo, y vestir de gris significa que habéis fracasado en ese objetivo.

Sus palabras suenan algo duras, y veo cómo se encoge una chica vestida de gris oscuro, tratando de pasar desapercibida.

—Por desgracia, quienes vestís de gris no recibiréis aquí ninguna instrucción nueva.

Ya habéis dominado vuestra magia primaria, y no habrá más desarrollo hasta que forméis un vínculo y os unáis a un círculo mágico.

Por supuesto, se espera que repaséis lo básico, que refresquéis vuestras habilidades, pero no avanzaréis en vuestra magia hasta que deis ese siguiente paso.

Mientras habla, Platz busca a cada persona de gris entre la multitud y sostiene su mirada durante un instante.

—A lo largo de la temporada tendréis ocasión de explorar posibles parejas mágicas. Una vez pasado Samhain, se os animará a formar pequeños lazos con otras brujas y brujos para valorar si hay un verdadero potencial de vínculo.

Russo da un paso al frente para intervenir. Su tono es más amable que el de Platz, más cercano y entusiasta:

—Sin embargo, sabemos que estáis deseando realizar magia secundaria con otra bruja o brujo, y que, para quienes debutáis este año, ésta es vuestra primera oportunidad.

Se oyen murmullos por la sala; tal vez otras personas de blanco tratan, como yo, de disimular que ya han probado la magia secundaria. Observo cómo Platz y Russo comienzan a emparejarnos. Miro hacia Sebastian y me sorprende ver a Constance cerca de él. Hace un momento estaba a mi lado.

Los dos brujos de túnicas púrpuras recorren la sala emparejando a debutantes que están cerca entre sí, y me doy cuenta de que se va formando un vacío a mi alrededor.

Sebastian no parece muy contento con que lo hayan emparejado con Constance, pero ella está radiante. No sé qué se trae entre manos. Los he visto practicar magia juntos en la academia familiar de los Prior… y no fue precisamente un éxito.

Russo se acerca y me empareja con Mariah Kent.

—No puedo hacer magia con ella. Está maldita —se lamenta Mariah, con los ojos abiertos de par en par, espantada.

—Gracias por señalarlo, jamás lo habría adivinado —responde Russo y la fulmina con la mirada hasta hacerla ruborizarse.

—No quiero obligar a nadie a hacer magia conmigo, señor Russo —intervengo—. Prefiero observar, si no le parece mal.

—Pues sí me parece mal.

Russo pasa la mirada de mí a Mariah, que ahora parece a punto de echarse a llorar.

—No lo haré. No podéis obligarme —protesta.

Russo niega con la cabeza.

—Qué decepcionante. Liam Long, harás magia con Wycherley.

—No lo haré —reniega Liam, y se cruza de brazos.

Es lo que me esperaba de mis compañeros. Pero eso no significa que duela menos. Las lágrimas amenazan con desbordarse y un nudo en la garganta me obliga a alzar la cabeza con orgullo mientras me giro, decidida a salir de la Academia antes de echarme a llorar.

Y entonces me doy de bruces con Jules Nightly.

Doy un paso atrás y lo miro.

—Yo sí que lo haré —afirma—. Haré magia secundaria con Aurelia Wycherley.

Se escucha un respingo general a mi alrededor, y oigo a Mariah susurrar:

—Por todos los seres mágicos… ¡Una Wycherley y un Nightly! Esto no puede acabar bien.

Parpadeo y le lanzo una mirada fulminante a Jules Nightly, pero no me niego. Quiero hacer magia secundaria y, aunque no deseo causarle daño a nadie, él es un Nightly y se ha ofrecido voluntario… ¿O no?

—¿Sabes lo que les pasa a quienes hacen magia conmigo? —le pregunto sin rodeos.

Esboza una pequeña sonrisa y contesta:

—Sí, lo sé.

—Muy bien. Os dejo decidir con qué mano usaréis la varita —dice Russo, haciéndonos un gesto a Nightly y a mí antes de emparejar a Liam Long con Mariah Kent y seguir su camino.

—¿Se puede saber qué estás haciendo? —le espeto en voz baja a Nightly. Siento cómo mis ojos grises chispean y la magia me sube por dentro.

—Me paso la varita a la muñeca derecha. Puedo usar ambas para hacer magia, aunque prefiero la izquierda, igual que tú.

—No me refiero a eso y lo sabes perfectamente, ¡Nightly! —escupo su apellido con una contundencia que haría enorgullecer a Vaughn.

—Qué forma tan poco elegante de dar las gracias —responde, mirándome desde arriba, con ese pelo exasperante cayéndole sobre la frente.

—¿Lo haces por lástima… o por venganza?

—Por supuesto que por venganza. No olvidemos que eres una Wycherley, y que el otro día intentaste sobornarme con un permiso falso para la biblioteca.

—¿Sobornarte? —replico con una sonrisa—. ¿Ya se te ha olvidado que también te amenacé?

—En absoluto, no lo he olvidado. De hecho, la amenaza que representas no ha dejado de rondarme por la cabeza —señala.

Se coloca a mi lado, de cara al centro del pentáculo, y se quita los guantes. Yo hago lo mismo.