Capítulo cinco #2
Empiezo a temblar al recordar a Constance tendida, inconsciente, en el suelo de la academia familiar, el día después de haber recibido mi magia, el día en que intentamos hacer magia secundaria. Estuvo enferma casi una semana.
Mi madre tuvo que luchar con uñas y dientes para que me dejaran formarme en la Academia, alegando que una bruja maldita sin entrenamiento representaba una amenaza mayor para los seres mágicos que una bruja maldita bien instruida.
Pero cuando vi a Constance tendida en el suelo, tuve que darle la razón al consejo: tal vez no deberían permitirme hacer magia.
No. Jamás sometería a alguien a quien amo a los efectos secundarios de mi magia. Y si Vaughn de verdad cree que el consejo me va a dejar alguna vez forjar un vínculo con alguien es que le da demasiada importancia a nuestro apellido y al cargo que ostenta nuestra madre.
Seguimos caminando en silencio. No le digo a Vaughn que, aunque no tengo ninguna esperanza de hallar una pareja mágica, sí la tengo de encontrar una forma de conservar mi magia.
Pensaría que soy una ilusa por buscar una alternativa al vínculo, por intentar lo que tantas brujas antes que yo no han logrado, y no quiero que me disuada de lo que estoy decidida a hacer.
Se levanta una ligera brisa que agita las ramas de los árboles. Las hojas caen flotando desde lo alto y bailan en remolinos al tocar el suelo. Y yo me siento llena de esperanza, con la varita en la muñeca y la capa blanca de debutante sobre los hombros. Aprieto el brazo de Vaughn.
—Todo irá bien, ya lo verás. Y no habrá razón para que volvamos a distanciarnos como antes.
Pase lo que pase, no dejemos que nada nos aleje.
Prometamos que, con o sin vínculos mágicos, siempre estaremos el uno para el otro —le digo, y él asiente mientras me acompaña hacia una pequeña cafetería con mesas al aire libre y vistas al lago y a la isla que emerge en su centro.
La isla está fuera del alcance de todos; es el corazón de los jardines, y en ella se conserva uno de los últimos círculos de piedra de Inglaterra.
El sol brilla con fuerza, y Vaughn se dirige hacia una mesa vacía. Al sentarnos, algunas brujas y brujos a nuestro alrededor se levantan, dejando el pastel a medio comer y el té aún caliente. Es obvio que lo hacen por mi presencia.
Miro a mi alrededor y veo que Sebastian está sentado justo detrás de nosotros.
Una parte de mí se siente ridículamente agradecida de que no se haya ido, pero otra desearía que lo hubiera hecho.
Parece estar bien tras el incidente de Mabon —quizá algo pálido, pero para mí sigue siendo apuesto.
Su pelo oscuro hace juego con sus ojos, y sé que, si me sonriera, se le marcaría el hoyuelo de la mejilla izquierda.
Al pensarlo noto una punzada en el pecho.
Vaughn cree que tiene que haber al menos una persona en el mundo con quien yo pueda forjar un vínculo, y yo siempre he pensado que sería Sebastian.
Una pequeña parte de mí aún lo espera. Tal vez, si hiciéramos magia juntos, resultaría…
Pero, por la forma en que está sentado junto a Emeline Hunt, cuya mano enguantada en blanco se posa con delicadeza sobre su antebrazo, no creo que Sebastian albergue esa misma esperanza.
—¿Quieres que nos movamos? —me pregunta Vaughn.
—No.
Lo digo convencida, incluso cuando oigo a Sebastian hablar con Emeline sobre el futuro, sobre Samhain y su deseo de que la magia lo lleve hasta ella.
Nos sirven el té y lo escucho reír con las cosas que ella le cuenta.
Oigo cómo arrastra la silla un poco más cerca de ella.
Bebo un sorbo de té y desearía que fuera hacia mí a quien se acercara.
Justo cuando creo que ya no puedo soportarlo más, Martyn aparece en nuestra mesa y se sienta al otro lado de Vaughn.
El jovial Martyn lo llena todo: el aire, el espacio a su alrededor, la atención de Vaughn, con su sonrisa contagiosa y su voz grave.
No creo haberlo visto en la vida preocupado por nada.
—¿Me disculpáis un momento? —me excuso, y me levanto en busca de un baño donde recomponerme.
Estoy llorando cuando doy la vuelta a la esquina del café. Pensaba que Sebastian me quería. Yo sí lo quería a él —lo sé—, y todavía lo quiero, aunque duela.
Apoyo la espalda contra un árbol y mis sollozos son suaves, discretos, mientras me deslizo por el tronco hasta quedarme sentada en el suelo húmedo. Sé que el vestido blanco se manchará, pero me da igual. Me permito sentirme desdichada.
Inhalo un suspiro entrecortado cuando oigo un chapoteo en el agua, justo delante de mí.
Jules Nightly avanza por el lago, de espaldas, ajeno a mis lágrimas —por suerte. No necesito su desprecio además de mi propia autocompasión.
Va descalzo, con los zapatos y los calcetines en la mano, y los pantalones remangados hasta por encima de las rodillas.
El agua le llega hasta los tobillos. Su comportamiento es extraño, pero la forma en que se mueve entre las aguas, como si fuera el mismísimo Poseidón y aquello su reino, me mantiene atenta.
Se detiene y se agacha, busca algo, y ese cabello suyo demasiado largo le cae sobre la frente.
—¡Evelyn, lo he encontrado! —exclama Nightly, entusiasmado. Se gira con una sonrisa que es pura luz. Siento que estoy invadiendo un momento íntimo, como si descubriera una parte de Jules Nightly que él no querría que yo —ni ningún Wycherley— viera.
Evelyn Nightly se adentra en el lago para reunirse con él. Es una joven alta, con una melena ondulada de todos los colores del otoño: cobre, bronce y oro. También va descalza y se ha recogido la falda y deja al descubierto la curva de la pantorrilla.
Estoy oculta de su vista por unos arbustos, pero yo los veo y los oigo con claridad.
—Te dije que esperases en la orilla. Habría ido yo a llevártelo —suelta Jules Nightly, con un deje de impaciencia.
—Lo sé, pero estás aquí por mi culpa. Lo mínimo que puedo hacer es ayudarte a buscar —responde Evelyn, justo cuando él mete la mano en el agua y saca un puñado de algas verdes.
—¿Qué te parece? ¿Es ésta?
Se le nota la emoción en la voz.
Evelyn se acerca y examina la planta.
—Sí, ésa.
Le sonríe, pero en la comisura de su boca asoma una sombra de tristeza. Veo cómo coloca una mano sobre la de su hermano.
—Estaré bien, ¿sabes? De verdad. No tienes por qué seguir buscando. Si acabo perdiendo la magia… no pasa nada. Sólo quería que lo supieras: si no encuentras una forma de que la conserve, no pasa nada.
Nightly la mira, y de pronto parece demasiado joven para ese gris oscuro que viste —el gris oscuro de un chico al que están a punto de romperle un sueño. Pero, en un instante, vuelve a ponerse la coraza.
—No voy a fallar. Esta vez lo lograré. Estoy seguro de ello —la esperanza en su voz resulta contagiosa.
—Eso mismo dijiste la vez pasada —responde Evelyn con dulzura.
Sólo con mirarla sé que ha dejado atrás la rabia y ha llegado a aceptar que su magia se apaga. En cierto modo, la envidio. No estoy segura de que yo sea capaz de mantener esa entereza.
—No voy a dejar de buscar. Te lo prometo: sé que hay una manera de que las brujas conserven sus poderes sin necesidad de forjar un vínculo, estoy seguro.
Sólo tengo que encontrar el hechizo adecuado, o la poción, o el encantamiento.
Me colaré en la Sección Restringida de la biblioteca si hace falta.
Pero quién sabe… quizás ya lo haya encontrado…
con esto —levanta la humilde mata de algas verdes—.
Salvaremos tu magia, y entonces mamá tendrá que cambiar de idea.
Evelyn deja escapar una risa sin alegría.
—Me temo que ni un milagro mágico lograría que nuestra madre cambiara de opinión sobre nada.
Jules se agacha y arranca otro puñado de algas del lago, que guarda en un tarro que llena con agua.
—Aunque des con la solución, Jules, mi magia se desvanece deprisa. No sé de cuánto tiempo dispongo.
—No renuncies a tu magia. Y no renuncies a mí —le suplica su hermano.
Se hace un largo silencio. Observo a Jules Nightly enroscar con fuerza la tapa del tarro. Sé que está tratando de contener las emociones.
—¿Ya hemos terminado? —pregunta Evelyn—. Me gustaría disfrutar de los jardines; puede que ya no vuelva a entrar.
—Claro que volverás. Y si depende de mí, lo harás con toda tu magia intacta, y para siempre.
La convicción en la voz de Nightly me emociona.
Evelyn Nightly está a punto de perder su magia, y su hermano está buscando la manera de conservarla, sin necesidad de vincularla.
Siento que mi magia se agita. Esto es lo que necesito.
Sea lo que sea lo que Jules Nightly sabe… yo también he de saberlo.
Evelyn avanza despacio hacia la orilla. Jules alza el tarro a contraluz y lo observa con una sonrisa cómplice, muy distinta a su ceño habitual.
Pero ¿cómo voy a lograr que un Nightly comparta sus secretos conmigo, una Wycherley? A menos que yo pueda ofrecerle a cambio algo que él necesite.
Cuando estoy segura de que los Nightly se han marchado, me levanto y regreso al café. Recuerdo que Jules dijo que, si hacía falta, se colaría en la Sección Restringida de la biblioteca.
Sonrío de oreja a oreja.
—¿Y tú de qué te alegras tanto? —pregunta Vaughn, mientras él y Martyn alzan la vista hacia mí.
—Oh, de nada importante —miento. Porque sé exactamente cómo conseguir que Jules Nightly me dé lo que necesito.