Capítulo cinco
Cinco
D urante los días siguientes, el mundo parece haberse quedado en pausa.
La Academia, donde por fin podría poner a prueba mi magia ahora que ya tengo mi propia varita, está cerrada, igual que la biblioteca que llevaba tanto tiempo queriendo explorar.
Todo parece prohibido y mamá insiste en que Vaughn y yo nos quedemos en casa.
—Tenemos que dar ejemplo. El Real Consejo Mágico ha sido atacado, y como Frances y yo formamos parte de él, no podemos pedir a los debutantes que limiten sus actividades si vosotros no dais ejemplo.
Pero que Vaughn y yo no salgamos no significa que no vaya a dejar entrar a nadie.
Así que, durante los tres días que estamos bajo arresto domiciliario, las visitas de Constance se mantienen en secreto.
Fiel a su costumbre de no obedecer a nadie, entra por el jardín trasero con esa sigilosa habilidad que sólo tiene la benjamina de una familia numerosa.
Los tres practicamos magia en nuestra «academia familiar»: una pequeña sala abovedada, protegida con hechizos, en el sótano de la casa.
Además de la escalera de entrada, la academia familiar tiene puertas en tres de sus cinco lados.
Una da al herbario y al patio ajardinado; otra, a la sala de escobas.
La tercera —que, cuando era pequeña, me parecía tan abierta y acogedora como las demás— ahora permanece cerrada.
Es la entrada al hechizorio de mi padre, y quedó sellada con magia el mismo día en que murió.
Nadie ha conseguido abrirla, y todos lo hemos intentado.
Mamá incluso pidió ayuda a especialistas a través de sus contactos en el consejo, pero fue en vano.
Creemos que mi padre usó un hechizo tan poderoso, tan ligado a su propia magia, que sólo él era capaz de deshacerlo.
Y como ya no está —ni él ni su magia—, también se ha perdido la única forma de acceder al hechizorio.
En ocasiones, la idea de lo que hay al otro lado me inquieta; pero la mayoría de las veces, me entristece. Mi padre se pasaba las horas en ese lugar, investigando y catalogando, creando hechizos nuevos y redescubriendo otros perdidos desde la Primera y la Segunda Era de la Magia.
El hechizorio siempre fue un sitio donde todo parecía posible. Pero ahora ya no hay ni padre, ni hechizos, ni descubrimientos.
En el cuarto día tras Mabon, Vaughn irrumpe en mi cuarto antes incluso de que esté levantada o vestida.
—¡Qué mañana tan espléndida! —declara mientras descorre las cortinas de golpe. Me cubro la cabeza con las sábanas para bloquear la luz y me hundo más en el calor de la cama.
—Aurelia Hathor Wycherley, hoy por fin abren los Jardines de Otoño, y tengo una promesa que cumplir, así que arriba —ordena.
Me da un vuelco el corazón. Vaughn sale de la habitación y yo salto de la cama y me visto a toda velocidad.
Por fin algo que de verdad me ilusiona. Mientras me pongo un vestido blanco y grueso, y aliso la tela por delante, me doy cuenta de que septiembre está dando paso a octubre, y que el cielo azul brillante ya trae consigo un pellizco de frío que, en un par de meses, será un zarpazo. Me ajusto bien la capa.
Con mi mano enguantada enlazada al brazo de Vaughn, seguimos una larga procesión de brujas y brujos que se dirigen hacia los jardines.
Al doblar una esquina, lo hace también un carruaje que reconozco al instante: el escudo de los Prior está en la puerta y Constance mira hacia fuera con expresión dolorida, sentada junto a su madre.
Frente a ellas van dos de sus hermanas, Verity y Amity.
Como el resto, se dirigen a los jardines, y decido que Vaughn y yo debemos rescatarla.
Ya estoy elaborando un plan en mi cabeza cuando veo a alguien más, un poco más adelante, que lanza miradas rápidas por encima del hombro.
Sebastian va con un grupo de brujas y brujos que no conozco, pero que he visto por la Academia: sus nuevos amigos.
Vaughn sigue la dirección de mi mirada.
—¡De verdad deberías dejarme echarle un maleficio!
Le aprieto el brazo.
—Cuando te lo propones, resultas muy dulce y fraternal —le comento—. A pesar de lo que diga Nightly.
Eso basta para que Vaughn se lance en una diatriba no sólo contra Jules Nightly, sino contra toda su familia, en especial por culpa de su antepasado Heston.
—Aunque los Nightly estén pagando sus propias desgracias, no son nada comparadas con las que nos han causado a nosotros... a ti —concluye, lanzándome una mirada fugaz.
Hago como si no la hubiera visto: esa mezcla de amargura y tristeza.
—¿Qué desgracia es esa? —pregunto, tratando de recordar si había oído algún escándalo relacionado con los Nightly más allá de lo habitual.
—La Temporada anterior a la mía, en Ostara, Evelyn Nightly se comprometió con un brujo; no sé los detalles del vínculo, yo por aquel entonces aún no tenía magia.
Parece ser que llegaron a anudar el primer lazo, pero cuando llegó Beltane, él rompió el vínculo, la dejó plantada y se fue con otra.
Ahora casi nadie habla de ello, nadie quiere recordar lo que les pasa a las personas mágicas sin vínculo.
—Qué horror.
—Evelyn estaba en su última temporada. Por lo visto, sus padres le buscaron un candidato dispuesto antes de que terminara Beltane, pero ella estaba destrozada y se negó.
Demelza Nightly mantiene ahora a su hija alejada de la sociedad mágica y corta de raíz cualquier chisme. Pero la magia de Evelyn se está apagando. Supongo que por eso algunos dicen que nunca hay que formar un vínculo mágico por amor, sino sólo por el bien de la propia magia.
—Vaya, pobre Evelyn.
Se me ocurren mil cosas, pero, sobre todo, me cuesta entender cómo fue capaz de renunciar a la magia sólo porque alguien antes la había rechazado.
—Quién lo diría, un Nightly despertando compasión. Supongo que el amor verdadero hace que la gente haga las mayores tonterías —comenta Vaughn—. Espero no forjar nunca un vínculo por amor.
Creo que es una de las cosas más tristes que he oído nunca, aunque tenga algo de razón.
Seguimos caminando en silencio mientras me pregunto si Vaughn acabará forjando un vínculo por poder o por magia, ya que el amor parece algo descartado.
La verja encantada que delimita los jardines corre paralela a nuestro paso.
Noto la magia que emana: una barrera que contiene la energía de los jardines y mantiene alejados a todos salvo a las brujas y brujos.
El metal negro de la verja se retuerce como troncos de árboles, con hojas de hierro que caen sin cesar gracias a un hechizo: giran, se arrugan al llegar al suelo y vuelven a ascender hacia lo alto en un ciclo sin fin.
—Esa es de ginkgo —señala Vaughn—. Tiene propiedades mágicas estupendas para curar... y da un té bastante rico.
Sigue señalando hojas y contándome cosas sobre ellas, y cuando me quiero dar cuenta, ya estamos en la entrada de los jardines.
No me sorprende ver que está flanqueada por dos grupos de brujas del Círculo de la Justicia, y que hay más brujas con capas negras repartidas por todo el recinto.
Desde el ataque, han aumentado su presencia en las calles para protegernos, pero eso no evita que me sienta algo inquieta al atravesar la entrada: su presencia me recuerda lo que pasó en el palacio.
Los árboles están cambiando, coronados de cobre, oro y bronce.
Las flores dan su último estallido de color, llenando el aire de un dulzor terroso; las hojas crujen bajo mis pies.
Hay pequeños pabellones donde se sirven té y pasteles, tenderetes de dulces y vendedores ambulantes con delicias que ofrecer.
Vaughn compra una bolsita de crocante de cacahuete y los dos lo comemos mientras nos detenemos junto al anfiteatro y vemos a los actores interpretar una escena de La tempestad .
—Todavía no he visto a Constance —comenta Vaughn mientras nos acercamos a un pequeño grupo de brujos y brujas.
—¡No, pero mira, ahí está Martyn! —saludo con la mano y él me devuelve la sonrisa y el gesto. Martyn es el amigo más antiguo de Vaughn. Siempre pienso en él como la Constance de Vaughn.
—¡Vente con nosotros, Vaughn! —grita Martyn—. Tú también, Aurelia —añade.
Veo que algunos de los seres mágicos que lo acompañan se han quedado lívidos al ver que nos acercábamos. Se giran de inmediato, evitando mirarnos; bueno, sobre todo, mirarme a mí.
—No puedo, estoy de carabina —responde Vaughn con una sonrisa alegre dirigida a Martyn y una mirada fulminante a los demás.
Levanto la cabeza y camino erguida mientras pasamos junto al pabellón ornamental donde están sentados, con vistas al lago.
Si las cosas hubieran sido distintas, esas brujas y brujos me habrían acogido con los brazos abiertos.
Pero lo único que recibo son desplantes, cuchicheos cortantes y miradas capaces de marchitar flores.
Clavo mis ojos grises en un futuro que aún no sé cómo hacer realidad...
pero lo haré. Un futuro en el que conserve mi magia y pueda mandar a paseo a todos los que me desprecian.
Veo que Vaughn se gira y me mira.
—No tienes por qué quedarte conmigo —le susurro—. Seguro que pronto encuentro a Constance. Si quieres ir con tus amigos, hazlo.
—No es por obligación, Aurelia. Si estoy contigo, es porque quiero.
Le sonrío, feliz de volver a sentirme cerca de él.
—Entonces, además de Sebastian «el próximo en ser hechizado» Crenshaw, ¿hay algún joven brujo que te haya hecho tilín? —me pregunta Vaughn, y lo miro con incredulidad.
—No te burles de mí, Vaughn, no es justo.
—No me estoy burlando —responde, alzando las manos en señal de rendición.
—Sabes perfectamente que, aunque el consejo lo permitiera, nadie se vincularía conmigo. Nadie quiere tener nada que ver con una bruja maldita.
—En el mundo tiene que haber al menos un ser mágico con quien puedas forjar un vínculo; si el consejo no lo hubiera prohibido, estoy seguro de que Constance lo habría hecho…
Me detengo en seco y me giro hacia él.
—¿Y crees que yo se lo habría permitido? Tú estabas allí, viste lo que le pasó.