Capítulo cuatro
Cuatro
E stoy en la cama, y los acontecimientos del día se agolpan en mi cabeza: los manifestantes airados, la presentación ante la princesa, esa sensación de poder que me ha embargado después, el baile con Constance y, al final, el ataque.
Sebastian herido, Nightly apareciendo de nuevo para ponerlo a salvo.
Me doy la vuelta, golpeo la almohada con el puño y hundo la cara en ella.
Mabon y el baile de presentación se suponía que iban a ser una experiencia positiva, una celebración para todas las debutantes, nuestra entrada en la sociedad mágica.
Giro la cabeza y miro la varita que llevo en la muñeca y las runas que lleva talladas.
Reconozco algunas: Berkana y Mannaz, ligadas al desarrollo interior y a la conciencia de una misma.
Probablemente no me vendría mal un poco de ambas.
Hago girar la varita entre los dedos y frunzo el ceño al ver el símbolo del sol, el mismo que utiliza El Nuevo Amanecer.
Un escalofrío de emoción me recorre cuando, tras mi conjuro, surge una llamarada umbría en la palma de la mano.
Como mi magia, también es única. La llamarada umbría arde negra, con un resplandor extraño que parece brillar no por lo que irradia, sino por lo que absorbe.
Dejo que la llama viaje por mi mano hasta la punta del dedo, enciendo la vela que tengo junto a la cama y apago la llama en mi palma.
La luz espectral inunda la estantería con una calma extraña que me reconforta.
Enseguida doy con un pequeño volumen encuadernado en tela de color azul medianoche, con el título escrito con letras plateadas en relieve: Compendio de atribuciones astronómicas de Gwynn, Pinder y Slight .
En la primera página hay un índice repleto de símbolos con sus páginas correspondientes. Localizo enseguida el del Sol. A continuación aparece una explicación detallada del cuerpo celeste, seguida de su significado mágico y sus correspondencias:
Cuando un ser mágico se encuentra con este signo como símbolo, su significado es claro: así como el sol irradia su luz, tú irradias la tuya. Tu vida y tu vitalidad forman parte de aquello que te hace brillar. No apagues tu luz.
Pero tampoco la utilices para eclipsar a quienes te rodean.
Aspira a convertirte en la manifestación más elevada de la magia que llevas dentro; en la forma más pura de luz: aquella que brilla de verdad, pero no quema.
Suelto un leve «hmm» y cierro el libro con más fuerza de la que quería.
Las sombras de la maldición que pesa sobre mi magia parecen apagar toda la luz que alguna vez tuve.
Mi varita habla de desarrollo interior, de autoconocimiento, de luz…
pero cada día es una lucha por no caer en la desesperación, por no quedarme atrapada, perdida en la oscuridad.
Tal vez sí necesito ese sol más de lo que me doy cuenta.
Fijo la mirada en el último símbolo de mi varita: una runa de formas curvas, bellísima, que no había visto nunca.
Al girar la muñeca, parpadea con una llama de color negro, del mismo tono que mi llamarada umbría.
Paso de nuevo al índice, pero al no encontrarla allí, busco en otro libro, y luego en otro.
A mi lado se acumula una pequeña pila de libros descartados, hasta que el sueño vence a la curiosidad y me meto en la cama, prometiéndome que mañana buscaré esa runa en la biblioteca.
Al despertar, noto que se han reforzado todos los hechizos de protección que rodean nuestra casa. Después del ataque en el palacio, estoy segura de que todos los hogares mágicos hicieron lo mismo anoche.
Cuando entro en la estancia, mamá y Frances están sentadas a la mesa del desayuno.
Están absortas en unos periódicos que Frances coloca en un montón para hacerme sitio.
Mi madre se pone en pie, me abraza con fuerza y me besa en la coronilla.
Luego se aparta, me sujeta por los brazos y me mira con atención.
—Lamento que hayan arruinado tu presentación.
Le doy un beso en la mejilla y respondo:
—Al menos estamos todos a salvo.
Rodeo la mesa, abrazo a Frances y también le planto un beso antes de sentarme.
Mi madre sigue observándome mientras me tomo el té, en busca de alguna señal visible de lo ocurrido el día anterior.
Cuando Emery y Jackson nos llevaron a Vaughn y a mí ante ella y Frances, mamá se puso fuera de sí al ver la sangre en mi vestido.
Frances tuvo que tranquilizarla con esa voz que solía usar para calmarme cuando era pequeña.
Creo que mamá se siente culpable por el poco tiempo que pasa con Vaughn y conmigo: su trabajo es absorbente y siempre hay algún asunto urgente que atender.
Pero los dos sabemos lo mucho que nos quiere.
Nell Wycherley podrá ser regente de un círculo, podrá formar parte del Real Consejo Mágico, pero Vaughn y yo somos conscientes de que, ante todo, es nuestra madre.
Y que siempre estará ahí para nosotros. Dejo la taza de té y miro los periódicos amontonados en el centro de la mesa.
Encima del todo está El Caldero Diario , cuyo titular reza: «FALLECE UN brUJO POR EL ATAQUE DE EL NUEVO AMANECER DURANTE MABON».
Agarro el periódico de golpe.
—¿Ha muerto alguien?
Leo el artículo por encima mientras Frances responde:
—Sí, pero no en el palacio.
El cuerpo de Abel Jones, vínculo de Gilma Sinclair, fue hallado anoche a última hora.
Aunque en estos tiempos la muerte de un brujo solitario pueda despertar temor, en este caso no parece que el fallecimiento de Abel Jones guarde relación con los asesinatos en serie de brujas y brujos de renombre ocurridos durante los últimos tres años.
El deceso no se atribuye al asesino que algunos diarios no mágicos han bautizado como el Magimáncer, sino más bien al grupo radical conocido como El Nuevo Amanecer.
Aunque, conviene señalar que existen ciertas similitudes entre este caso y las muertes de las presuntas víctimas del Magimáncer. Más información en la página nueve.
Hojeo las páginas. Me doy cuenta de que mamá y Frances estarán aún más preocupadas esta temporada porque aún no han atrapado a ese Magimáncer.
Me detengo en la página cuatro, donde aparece la ilustración de una escena que reconozco al instante: en el centro hay una bruja de larga melena blanca, con aspecto salvaje, elevándose en el aire.
A su alrededor, manifestantes amenazantes y carrozas envueltas en llamas; y, aferrado a su tobillo, hay otro ser mágico que intenta retenerla, tirando de ella hacia abajo.
Noto que se agitan mis iris grises porque sé que esa imagen pretende representarnos a mí y a Nightly.
En su intento de sabotear los actos de la velada, la protesta de El Nuevo Amanecer logró retrasar a muchas debutantes.
Sin embargo, las jóvenes brujas de la alta sociedad mágica no dudaron en alzar sus varitas para contener a los rebeldes.
Según los informes, fue el joven Jules Nightly, hijo de Demelza Nightly —investigadora jefe del Círculo de los Misterios— y de Oliver Hallow —respetado general de división del Círculo de la Concordia—, quien lideró la carga.
¡Y no sólo eso! ¡Se le vio escoltando a Aurelia Wycherley hasta un lugar seguro!
No hará falta recordar a nuestros lectores la antigua rivalidad entre estas dos poderosas familias, ni tampoco que la desafortunada Wycherley, hija de Nell Wycherley —miembro del Real Consejo Mágico en representación del Círculo de la Justicia— y del difunto Ulric le Fay —del extinto Círculo de la Curiosidad—, ha heredado la maldición familiar que Heston Nightly lanzó sobre Mathilde Wycherley y algunos de sus descendientes.
Se cree que la magia de la pobre Wycherley está maldita, y el hecho de que la tuviera que rescatar el valeroso Nightly no hace sino confirmar esa impresión.
Vivimos, sin duda, tiempos extraños, ¡pero esta intervención de los Nightly tal vez sea el episodio más insólito de todos!
Si Nell Wycherley no tiene nada que decir sobre este inesperado encuentro entre la Wycherley y el Nightly, tengo la certeza de que Demelza Nightly, sin duda, sí que lo hará.
Doblo el periódico, y se me enciende el rostro mientras busco la mirada de mi madre, para ver si, en efecto, tiene algo que decir. Ella alza una ceja y comenta:
—Hay asuntos más urgentes que una noticia absurda sobre los Nightly.
Tiene razón, por supuesto, y mis pensamientos vuelven al brujo muerto. La mención de mi padre también me ha dejado un nudo en el pecho.
Han pasado casi cuatro años desde que falleció, desde que lo encontré tendido al pie de las escaleras que llevaban a la academia familiar, sin vida, sin magia.
Un accidente, un traspié, y ya no estaba.
En ese corto espacio de tiempo hemos pasado de ser una familia de seis a una de cuatro: Vaughn, mi madre, Frances y yo.
La mayoría de los seres mágicos forjan vínculos por magia o por estatus.
Mi padre lo hizo por ambos. Mi madre también, en cierto modo.
El esquivo vínculo por amor —cuando el corazón y la magia se unen— es difícil de encontrar.
Lo más habitual es vincularse por magia y casarse por amor.
La mayoría de las familias mágicas son mixtas, con seres mágicos y sus vínculos formando grandes sagas. La nuestra era un poco distinta, aunque no inusual: mi madre quería a mi padre y a Frances, y los tres nos querían a Vaughn y a mí.
El vínculo de mi padre, Jonathan Reid, formaba parte de nuestra familia, pero siempre fue algo distinto.
Nunca vivió con nosotros; tenía su propio círculo familiar: una esposa, Christina Thorn, y un hijo, Kit Thorn, que es unos pocos años mayor que Vaughn y yo.
Jonathan se había vinculado claramente sólo por magia y por la influencia de la familia de mi padre.
Los Le Fay habían tenido un papel más destacado en la historia mágica que los Nightly y los Wycherley juntos, aunque en esta Tercera Era de la Magia ya no sean tan conocidos.
A veces, mi padre y Jonathan pasaban largos períodos sin verse, casi siempre tras una pelea por una cosa u otra. Su magia era más poderosa cuando estaban juntos, pero, como solía decir mi madre, no siempre se hacían bien el uno al otro.
No se me escapa que los perdí a ambos cuando murió mi padre.
Cuando muere un ser mágico, la magia que comparte con su vínculo desaparece también, así que la muerte de mi padre despojó a Jonathan de sus poderes, y Jonathan, incapaz de sobrellevar la pérdida de su pareja mágica y de sus habilidades, se alejó por completo de nosotros.
También de su propia familia, se convirtió en un extraño para todos los que lo querían y abandonó Inglaterra para recorrer Europa.
Mi madre quedó destrozada tras la muerte de mi padre; fue Frances quien logró mantenernos a flote. Frances, que es desapasionada y práctica, y que incluso se prepara el té como si estuviera elaborando una poción, se hizo cargo de todos nosotros, nos consoló y nos cuidó a su manera.
No es la primera vez desde que me cayó la maldición que pienso en buscar a Jonathan. Al fin y al cabo, él vive sin magia; podría decirme cómo es y qué me espera si se confirma lo peor, si no consigo solucionar mi problema. Pero lo cierto es que nadie tiene la menor idea de dónde está.
Aliso el periódico doblado, de pronto sin ganas de leer los detalles del asesinato del brujo.
—¿El ataque de anoche fue cosa de El Nuevo Amanecer? —pregunto.
Mamá y Frances se miran, y ya sé que no van a contarme todo lo que saben. Entiendo que hay muchas cosas importantes que no pueden compartir conmigo. Yo tampoco les voy a contar todo lo que me reconcome: pensarían que es una locura que quiera encontrar la manera de conservar mi magia.
—El Nuevo Amanecer se ha atribuido el ataque; han enviado un comunicado a la prensa no mágica. Y, como era de esperar, cada medio ha tirado por donde le ha parecido —mi madre sorbe el té ruidosamente.
No necesito que me lo explique. Son varios los periódicos que alimentan los rumores: que la enfermedad del rey se debe en realidad a algún tipo de desarreglo mágico, que algún brujo o bruja con inclinaciones malignas lo ha maldecido o embrujado, lo cual, por supuesto, es imposible.
El juramento que hacemos todos los debutantes jamás permitiría algo así.
Sin embargo, la reina y la princesa regente dan crédito a los rumores, y de ahí nace su poco disimulado desprecio hacia las brujas y los brujos.
Al mismo tiempo, nos necesitan, necesitan nuestra magia, como ha dejado claro la reciente guerra con Francia.
—Desestabilizar: eso es lo que buscaba El Nuevo Amanecer, sin duda alguna —apunta Frances—.
Provocar, rebelarse contra los nuestros.
Tratar de interrumpir la ceremonia, despreciar nuestras tradiciones.
Mostrar su descontento por la presencia de la princesa regente, que parecía estar de nuestro lado.
—Hay quien teme que intenten provocar otra guerra, enfrentar a la comunidad no mágica contra nosotros, o incluso a brujas y brujos entre sí, o contra la Corona.
La última vez que pasó algo así, hubo quema de brujas y brujos y surgió la magia maligna, que se propagó y transformó la magia para siempre.
Un escalofrío me recorre al pensar en la guerra que dio inicio a esta Tercera Era de la Magia, en la batalla final que lo cambió todo y que nos obligó a crear los vínculos.
—Yo me alegro de que nadie saliera gravemente herido anoche.
Creo que el joven Sebastian Crenshaw fue quien se llevó la peor parte —señala mamá.
Frances deja escapar un pequeño resoplido dentro de la taza y mi madre me da un leve codazo—.
Me han dicho que lo salvaste tú, junto con ese tal Nightly.
Os visteis bastante anoche, ¿no? —añade, frunciendo los labios.
—Deberías haberlo dejado allí —farfulla Vaughn a mi espalda. Mamá pone los ojos en blanco.
—¿A Nightly o a Crenshaw? —le suelto con una mirada fulminante.
—A cualquiera de los dos, y ninguno te lo habríamos reprochado. Pero en realidad me refería a Crenshaw, no a Nightly, aunque... —continúa Vaughn mientras besa en la mejilla a mi madre y a Frances, y se sienta entre ellas, frente a mí.
—Bueno, yo creo que eso demuestra lo buena persona que es nuestra Aurelia, que ayudara a Crenshaw después de que él... —empieza Frances.
—Después de que fuera un gusano asqueroso y la tratara como si... —interrumpe Vaughn.
—Como si estuviera maldita. Lo que resulta lógico, porque... bueno... lo estoy —afirmo en voz alta. Todos se quedan un poco demasiado callados.
—Maldito Jules Nightly y su estúpido antepasado —murmura Vaughn.