Los Wycherley (Los Wycherley 1) Capítulo tres #2
14%

Capítulo tres #2

—Muévete, Sebastian —le apremio. Pero no se mueve con suficiente rapidez, y siento cómo mi magia empieza a ceder.

Una ráfaga gris oscura pasa junto a mí: Jules Nightly se lanza hacia nosotros, agarra a Sebastian por debajo de los brazos y lo arrastra fuera justo a tiempo, antes de que la lámpara caiga de nuevo con otro estruendo.

Jules Nightly se sienta detrás de Sebastian, con los brazos aún enganchados por debajo.

—¿Estás bien? —pregunta, y al mirarlo descubro que se dirige a mí, no a Sebastian. Me observa fijamente, sin apartar la mirada de mis ojos grises.

No tengo tiempo de responder, porque Sebastian gira la cabeza hacia Nightly.

—C-creo que no puedo caminar —murmura, mientras vuelve a mirar, aturdido, sus piernas.

Me pongo de pie para ayudarlo, pero él vuelve a apartarse. Eso duele más que los pequeños fragmentos de vidrio clavados en mis palmas y rodillas.

Nightly se pone de pie de un salto, levantando a Sebastian con él, y luego se lo echa al hombro sin ceremonias antes de volverse hacia mí.

—Sígueme, Wycherley, y mantén la varita en alto —ordena. A regañadientes, obedezco. El humo ahora lo cubre todo, inunda el salón y oculta la salida.

Nightly se detiene.

—¿Sabes cómo crear un soplo encantado? —pregunta, tosiendo.

—No —respondo, con los ojos irritados por el humo.

—Pon un pie delante del otro y empuja con las manos hacia abajo, luego hacia arriba y hacia fuera. Piensa en atraer la energía, dejar que te atraviese y liberarla. Haz que sea una energía ligera, como la brisa que quieres crear: que acaricie tu rostro, que te revuelva el cabello.

Sigo sus instrucciones al pie de la letra, aunque en lugar de imaginar mi pelo, visualizo el suyo: largo, sacudido por el viento, pegándosele a la cara y molestándolo.

La imagen me hace sonreír justo cuando logro un enérgico soplo encantado que crea, delante de nosotros, una senda sin humo por la que podemos avanzar.

—Bien, no dejes que se apague —grita Nightly desde delante, y por un momento me dan ganas de parar sólo por fastidiarlo.

Veo a Sebastian colgado de su hombro, con el torso vencido sobre la espalda de Nightly. Levanta la cabeza para mirarme. Lo ignoro y mantengo el soplo encantado, que empuja el humo —y también el pelo de Nightly— hacia delante, abriendo un poco más el sendero despejado.

Sebastian vuelve a bajar la cabeza, pero yo sigo con el hechizo.

Veo unas siluetas entre el humo, y de pronto aparece Vaughn, con la capa cubriéndole la boca. Constance le agarra de la mano mientras él la guía.

—¿Aurelia, estás bien? —pregunta, mirándome, luego a Nightly, después a Sebastian, y de nuevo a mí.

—Sí. ¿Y vosotros dos? —respondo con la voz algo tensa, concentrada al máximo en mantener el soplo encantado.

Constance comprende al instante lo que estoy haciendo y extiende su mano. Su varita serpentea hasta sus dedos, con la punta encendida, y ella empieza a imitar los mismos movimientos que yo hago. Vaughn la sigue.

No creo que ninguno de los dos sea del todo consciente de lo que sucede: están haciendo magia sin soltarse de la mano.

En cuanto sus energías se entrelazan, algo cambia.

La conexión potencia el hechizo y el humo se disipa con una fuerza inesperada, casi despejando por completo el camino hacia la salida.

Siento que estoy presenciando algo que no debería.

Constance y Vaughn se miran en silencio, con una intensidad inesperada, hasta que, de pronto, se sueltan como si despertaran de un trance.

—Vaya magia poderosa la que tenéis entre los dos —comenta Nightly con un gesto de aprobación mientras pasa entre Constance y Vaughn, obligándolos a separarse. Sebastian se retuerce intentando ver qué sucede.

Sigo a Nightly, y al pasar junto a Vaughn y Constance los miro con curiosidad. Pero ninguno me devuelve la mirada; de pronto, los dos parecen muy interesados en todo lo que los rodea, como si el otro no existiera.

Salgo del salón detrás de Nightly y cruzamos el césped de la parte trasera del palacio.

Se dirige hacia un par de brujos vestidos de verde claro, sanadores en formación del Círculo del Aliento, que se adelantan para ayudarlo a recostar a Sebastian que parece desmayado.

Me inclino sobre él, pero dudo. No estoy segura de que quiera tenerme cerca.

—Aurelia también está herida —advierte Nightly, asintiendo en mi dirección.

—Estoy bien —respondo, pero al mirar mis manos veo que siguen sangrando. Mi varita está tan cubierta de sangre como mi vestido, y hay dos grandes manchas rojas donde se apoyan mis rodillas.

—¡Por todos los cielos, Aurelia! —exclama Vaughn al ver mi vestido blanco teñido de carmesí.

—De verdad, estoy bien. Me he caído y… sólo es cristal. —Extiendo las manos para mostrar los pequeños fragmentos de vidrio incrustados en la piel.

Uno de los brujos vestidos de verde claro se acerca a mí.

Me toma las muñecas entre las manos, con las palmas hacia arriba.

Empieza a conjurar un hechizo en voz muy baja, y siento cómo la magia fluye hacia mis manos y arrastra consigo los trozos de cristal.

Veo su varita brillar en su muñeca, los cortes de mi piel se cierran y la hemorragia se detiene.

—Perdón —se excusa el sanador, señalando el dobladillo de mi vestido.

Me arden las mejillas al comprender lo que me está pidiendo, y empiezo, con cierta timidez, a subirme la falda por encima de los tobillos y las rodillas.

Vaughn se da la vuelta al instante, para preservar mi intimidad.

Me doy cuenta de que Nightly no es tan rápido: sus ojos recorren la piel que acabo de dejar al descubierto.

Lo fulmino con la mirada justo cuando se gira, con el buen juicio de aparentar cierto apuro.

El sanador me indica entonces que me siente, y vuelve a colocar las manos sobre mis rodillas para extraer el cristal de la herida.

—Gracias —le digo, y él me sonríe mientras me baja el vestido con firmeza.

—No hay de qué.

Sólo entonces me doy cuenta de que no ha mostrado ni un atisbo de repulsión al verme… ni siquiera por mi aspecto maldito.

Estoy sentada junto a Sebastian en el suelo cuando empieza a recobrar el sentido, y, en cuanto abre los ojos, se aparta de mí de un salto.

—Quédate quieto, tienes una pierna rota; estoy intentando recomponer el hueso —le dice el otro brujo vestido de verde claro. Sebastian deja de retorcerse y clava la mirada en su pierna con atención.

Constance me tiende la mano y me ayuda a incorporarme.

—Sebastian Crenshaw, eres un vanidoso, patético y corto de luces —le suelta.

Los sanadores sueltan una risita, y estoy segura de que Constance habría dicho mucho más si no hubieran llegado en ese momento Emery y Jackson, ondeando a su paso sus capas negras del Círculo de la Justicia.

Hobbs Emery y Nita Jackson forman parte del círculo al que pertenecen mamá y Frances.

Cuando aparecen, nunca es por casualidad, es porque ha habido lío.

—Nell y Frances nos han pedido que os llevemos ante ellas.

A ti también, Prior —dice Jackson. Tiene el pelo negro azabache, largo y liso, y la piel del color cálido de las castañas espadas.

Emery, en cambio, lleva una melena dorada de rizos medios y su piel es rosa pálido con tintes de rubor.

Forman una pareja mágica deslumbrante: son jóvenes, apenas unos años mayores que nosotras, acaban de finalizar sus estudios en la escuela de su círculo.

Tengo la impresión de que mamá los está preparando para que un día les den el relevo a Frances y a ella.

Mientras caminamos con ellos, tomo del brazo a Constance. Vaughn mira a Sebastian por encima del hombro y me susurra:

—Muy acertado lo de «vanidoso, patético y corto de luces».

No puedo evitar volverme a mirar a Sebastian y me siento una boba por hacerlo. Sin embargo, es la mirada de Nightly la que me encuentro: ya no parece apurado, sino que muestra su habitual expresión altiva. Probablemente lo que desea es que me caiga otra maldición encima.