Capítulo tres
Tres
L a princesa regresa a su trono y de inmediato la rodea el Real Consejo Mágico, mientras el salón se llena de un murmullo ligero. Constance se vuelve hacia mí con un suspiro ahogado.
—Aurelia, has estado magnífica. Nunca había visto a nadie irradiar tanto poder. Maldita o no, me sorprendería mucho que no hubiera una o dos personas en la sala deseando ver si su magia encaja con la tuya.
Busco a Sebastian con la mirada, pero él la esquiva. Recuerdo su expresión cuando me presentaban, y deseo con todas mis fuerzas que me mire así otra vez.
Vaughn ya está rodeado por un corrillo de brujas y brujos entusiastas que, sin duda, se están apuntando en su tarjeta de baile para la noche.
—¿Sigues queriendo bailar la primera conmigo? —le pregunto a Constance al ver que un brujo vestido de gris claro la observa con atención.
—¡Por supuesto que sí! —exclama Constance, mientras se gira hacia mí con el ceño fruncido—.
Y, Aurelia Wycherley, si crees que voy a bailar contigo por lástima, estás muy equivocada.
Bailo contigo porque hemos empezado este año de debutantes juntas, y no hay nadie con quien prefiera compartir mi primer baile.
El brujo de gris claro se arma de valor para acercarse. Al principio me ignora, y aunque Constance es amable, se muestra tajante al incluirme en la charla. He de reconocerle al brujo cierto mérito por insistir y pedirle a Connie el segundo baile. Pero ella se inclina hacia él y le escucho decir:
—Lo siento, pero jamás podría bailar con alguien que no acepta a quienes me rodean y, como tu actitud hacia mi amiga ha sido tan fría, yo también debo ser fría contigo.
Atrapo el brillo de su varita de pulsera y veo cómo sus labios se vuelven azules mientras tiembla. Se abraza a sí mismo antes de alejarse, pisando fuerte; supongo que lo hace tanto para calentarse como para mostrar su enfado por haber sido rechazado.
—Probablemente no hacía falta que le lanzaras ese truquito mágico —le digo mientras los músicos toman posiciones.
—Oh, yo creo que sí —responde Constance, agarrándome de la mano para conducirme a la pista de baile—. Además, ni siquiera cuenta como hechizo.
Nos sonreímos cuando comienza a sonar la música, como de niñas jugando a ser brujas, fingiendo un baile…
pero ahora estamos aquí, con nuestra magia presente.
Mientras sigo el ritmo que marca Constance, me trago ese nudo en la garganta que me susurra que nunca seré una bruja de verdad, por mucho que me empeñe en demostrar lo contrario.
Si esto es todo lo que voy a tener —tres años como debutante—, entonces pienso exprimirlos al máximo.
Constance ríe mientras la hago girar, y nos deslizamos y danzamos al compás de la música, con unos movimientos tan próximos a los de la magia que la varita me hace cosquillas en la muñeca, y se extiende por cada rincón de mi cuerpo el mismo poder profundo y certero que experimento cuando realizo un conjuro.
Al iniciar el segundo baile, regresamos a la pista. Estoy segura de que Constance me habría hecho bailar un tercero si Vaughn no lo hubiera impedido.
—Es muy amable por tu parte bailar conmigo —le agradezco a mi hermano.
Constance está ahora bailando con un brujo de gris oscuro al que sonríe con timidez mientras se sostienen torpemente el uno al otro.
—No bailo contigo por amabilidad, Aurelia. Lo hago porque eres mi hermana y, como alguien me sugirió hace poco, a las hermanas hay que protegerlas.
Sigo con la vista la dirección a la que él mira: Jules Nightly está de pie al fondo de la sala. Con la mirada fulmina a una bruja de blanco que le habla con entusiasmo, esperanzada.
—Y tú sí me cuidas —le aseguro a Vaughn—. Como yo a ti.
—Antes de recibir mi magia, estábamos más unidos. En los últimos años he estado ocupado con cosas que creía más importantes que pasar tiempo con mi hermana pequeña, pero después de… —alza una mano hacia mí; sé que se refiere a mi maldición—. Bueno, me equivoqué, y lo siento.
Lo miro, un poco sorprendida.
—No pasa nada, Vaughn. Lo entiendo. Tenías otras cosas en la cabeza. Desarrollar tu magia, forjar un vínculo… Las hermanas pequeñas solemos ser un estorbo para las dos cosas. —Le sonrío.
—Eso es cierto —responde con un guiño—. Pero quién sabe lo que puede pasar esta temporada.
Puede que sólo tengamos ésta, si me vinculo, así que seré tu guía en los aspectos más divertidos de ser una debutante mágica.
Cosas como visitar los Jardines de la Temporada: iremos juntos a cada inauguración.
Me mira ilusionado y puedo ver que está encantado consigo mismo.
—Hmm, no sé… —bromeo.
Su expresión se apaga un poco mientras me hace girar por el salón.
—¿Prometerás comprarme cosas dulces y empalagosas, y llevarme a ver lo mejor de los jardines?
—Lo mejor de lo mejor, y lo más empalagoso. Te lo prometo.
Su sonrisa vuelve.
—Muy bien, pues salida familiar —acepto. Y de pronto me descubro deseando que llegue ese momento, cosa que no me ocurría cuando pensaba que lo haríamos todo Constance y yo, solas.
Después del baile, insisto en que necesito sentarme un rato. No quiero que Constance y Vaughn se sientan obligados a hacerme de escoltas toda la noche, ya sé que ningún otro brujo o bruja me va a invitar a bailar.
Mientras descanso, los observo con sus respectivas parejas.
Constance se ha soltado ya, se ríe con una bruja vestida de blanco, y se inclina hacia ella para susurrarle algo al oído.
Busco a Vaughn de nuevo, pero en su lugar encuentro a Sebastian.
Está bailando con un brujo de gris claro, y lo guía con soltura por el salón.
Reprimo el calor que me sube por dentro.
Pensaba que íbamos a ser nosotros. Que bailaría con Sebastian en este baile y en todos los que vinieran después.
Siempre creí que sería él, y que nuestra magia sería aún más fuerte por lo que yo sentía por él, porque lo había amado.
Y, por mucho que me pese, sé que aún lo amo.
Siento cómo la varita que llevo de pulsera se ilumina y vibra.
A medida que mis emociones cambian, mi magia se agita: paso del anhelo a otra cosa.
A la alarma . De pronto, un estruendo sacude el salón, y por un instante, cuando los cristales de los ventanales se hacen añicos, creo que ha sido mi magia maldita la que se ha descontrolado.
La varita se desliza sola hasta mi mano, y mis dedos se cierran en torno a ella, ya en su forma de vara propiamente dicha.
Y, en lugar de dar la espalda a la lluvia de vidrios y agacharme, como hacen muchos a mi alrededor, sigo mi instinto: hago un giro con la muñeca, extiendo el brazo y lo alzo con fuerza.
Los bordes de la pequeña cúpula mágica que acabo de crear desvían, como un paraguas, los fragmentos de cristal de colores, que se deslizan hasta el suelo.
La cúpula me protege a mí y a quienes se encuentran dentro del círculo que me rodea.
No soy la única que ha conjurado un hechizo: por todo el salón brillan puntas de varita encendidas y el aire se llena con el chisporroteo inconfundible de la magia.
Los gritos y alaridos se suceden a un ritmo frenético mientras el humo se eleva desde el fondo del salón, donde la princesa se ha retirado y donde ahora están mi madre y los otros miembros del Real Consejo Mágico.
A mi espalda hay una puerta que da a los jardines traseros del palacio de Carlton, pero en lugar de salir, me adentro en el salón.
No sólo está mi madre entre el humo y el caos del fondo, sino que en algún punto intermedio se hallan Vaughn y Constance.
Hago acopio de mi magia y avanzo a trompicones, con la varita lista, brillante. Grito:
—¡Vaughn! ¡Constance!
Mi voz se pierde en la vorágine de terror justo cuando retumba otro estruendo. No sé si es alquimia no mágica o un ataque de magia maligna, pero pienso en la protesta de El Nuevo Amanecer que hemos presenciado antes.
Parece como si hubiera gigantes sacudiendo el edificio.
No reacciono con la suficiente rapidez cuando se oye la siguiente explosión.
Caigo al suelo; mis rodillas y mis manos aterrizan con fuerza sobre los cristales rotos de los ventanales.
Oigo un estrépito ensordecedor muy cerca y me hago un ovillo.
Una de las lámparas de araña ha caído del techo y maldigo mientras me pongo de pie.
Me paso las manos por el vestido blanco, que se mancha con finas líneas de sangre mientras intento arrancarme las diminutas esquirlas que se me han clavado en la piel.
—¡Vaughn! ¡Constance!
—¡Aurelia!
Reconozco esa voz al instante.
—¡Sebastian! —grito, y me abro paso entre brujas y brujos debutantes que huyen, víctimas de la histeria. La mayoría, varita mágica en mano, se tambalea hacia la salida; se sostienen unos a otros.
Sebastian está atrapado bajo la lámpara desprendida; me agacho a su lado y evalúo los daños. El humo es cada vez más denso y aún no he aprendido el hechizo para realizar un soplo encantado. Espero que algún otro ser mágico tenga la previsión de conjurarlo antes de que nos engulla por completo.
La sangre cubre las medias blancas de Sebastian. Al alargar la mano para tranquilizarlo, él se aparta bruscamente y yo retiro la mía con la misma rapidez con la que lo haría al tocar el fuego.
—Si levanto la lámpara, ¿podrás soltarte? —pregunto.
—Creo que sí… —responde Sebastian.
Me incorporo, doy un paso atrás y coloco un pie delante del otro, tal como nos enseñaron las instructoras de la Academia.
Con la varita en la mano, extiendo los brazos hacia delante.
Entonces retiro la mano de la varita hacia atrás, dejando el otro brazo extendido, como si en esa mano vacía llevara una pesada carga.
Elevo ese peso mientras dibujo un círculo con el brazo izquierdo.
Mis movimientos son torpes y desmañados, pero sé que con práctica y tiempo se volverán más fluidos.
Siento cómo mi magia se concentra en la lámpara y empieza a levantarla, y noto cómo el cuerpo acusa el esfuerzo del hechizo.